Editorial

geniodelcatolicismo

Teniendo a la vista el 278 Aniversario del Movimiento Metodista, celebrado este 24 de mayo, y en ocasión de la visita de una delegación del Concilio Mundial Metodista al Papa Francisco el pasado mes de abril, nos sentimos persuadidos a hacer una breve reflexión sobre uno de los aspectos de nuestra herencia wesleyana. Nos referimos a lo que el reformador Juan Wesley denominó el genio del catolicismo, la apertura ecuménica que guio su corazón a abrir sus brazos a la fraternidad cristiana en primer lugar, y humana en segundo lugar. Tener una apertura saludable no es cosa que nos debiera ocupar para valorar si nos conviene o no, sencillamente es parte del paquete metodista que ya hemos recibido, y debiéramos ufanarnos de contar entre nuestra identidad metodista este espíritu bíblico y cristiano.

Mientras el mundo ensaya la reconciliación derribando las paredes intermedias de separación, como cuando en noviembre de 1989 decidió la demolición del muro de Berlín y la integración de una sola Alemania, o como cuando la atemorizante cortina de hierro debida a la Guerra Fría, cayó junto con la década de los 80´s, acercando a la Europa de Oriente con la de Occidente, nos hacemos la conjetura de si los cristianos anhelamos tanto la unidad entre nosotros como para que  podamos ser un ejemplo para el mundo, o si es el mundo quien está sirviendo como ejemplo para que la iglesia cristiana aprenda algo sobre perdonar y ponernos en paz. Luego de las dos guerras mundiales, los países europeos que entraron en conflicto no han vuelto a enfrentarse, cumpliendo así 71 años de paz, el lapso más grande en esta condición en toda la historia humana de ese Continente. Por eso suena tan ridículo el intrascendente alegato filosófico de Don Donald Trump con nuestro Vicente Fox, sobre el ya famoso muro fronterizo. Y así de lamentables son los discursos sobre muros protectores que algunos evangélicos levantan al solo nombre de Iglesia Católica Apostólica Romana.

La convivencia entre católicos y protestantes, en el pasado y en el presente, ha sido difícil y muy salpicada de sangre en Latinoamérica. Traemos una carga emocional arrastrando desde nuestros antepasados, tanto que ya no podemos distinguir si nos gobierna el resentimiento, el odio o un genuino celo por Dios. Claro que con nuestras palabras siempre decimos que es el santo celo del Señor, pero Jeremías 17:9 dice que nadie puede conocer su propio corazón. Se requeriría una extraordinaria madurez espiritual para discernir los pensamientos y las intenciones de nuestro propio corazón. No obstante, el camino es simple: Si se trata de resentimientos, es nuestra obligación cristiana perdonar a quienes nos ultrajan y persiguen; y si creyéramos que se trata de un celo por Dios, sólo se requiere que sepamos que Dios no nos pide ningún celo denominacional ni confesional. Así, estaríamos listos para “transformarnos mediante la renovación de nuestro entendimiento para que comprobemos cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:1,2), y hasta entonces dejaremos de bendecir sólo al que nos bendice (como cualquier gentil), para saludar y bendecir, despojados de prejuicios, aun a los que no son como nosotros.

La literatura religiosa fundamentalista, con su inseparable extremismo, nos ha inculcado el odio haciéndonos creer que el papa es el anticristo y Roma es la gran Babilonia. Cuando pensamos en el catolicismo lo señalamos como una personificación del mismo diablo. Y con esa hermenéutica fantasiosa y alegorista, bastante amañada, le damos paso a las sombras en nuestra alma que constituyen el verdadero visor con el cual vemos a nuestros compañeros de cristianismo. Es más fácil exacerbar los prejuicios de la gente para que nos aplaudan, que trabajar en la purificación de los sentimientos de rencor en la gente de nuestras iglesias, porque siempre ha sido más fácil maldecir que bendecir.

Desde luego que los párrafos anteriores no intentan promover la unión doctrinal y estructural de ambos bandos. Ni ellos son tan ingenuos como para esperar lo imposible, ni nosotros tan irresponsables como para sacrificar de un plumazo la herencia protestante y wesleyana que hemos recibido. Nos estamos refiriendo a ver con los ojos de Cristo a quienes adoran y  creen de otro modo, al grado que logremos diferentes formas de encuentros que nos sirvan como medio para decirles a los musulmanes, budistas, agnósticos, al mundo entero, que no nos odiamos y que, a pesar de nuestras enormes diferencias irreconciliables, podemos convivir de alguna manera fraternal, para ver si así logramos “que el mundo crea” (Jn. 17:21). ¿Tan inseguros estamos de lo que somos, que no podemos abrazar a un católico frente al mundo y decirle juntos  que nuestro Señor y Rey es el Príncipe de Paz, y que Jesucristo es la fuente de amor para todos los hombres? Perjudican más a la obra misionera nuestras divisiones que otros factores. Tenía total razón Jesús al advertirnos que mientras vivamos de pleito, nuestro mensaje es indigno de crédito. Las divisiones que el cristianismo ha vivido en su historia son malas, como todas las divisiones, pero algunas han sido necesarias, así que al menos debemos testificar que a pesar de nuestras divisiones que no pueden ni deben ser suspendidas, nos podemos unir en alguna medida.

Hay que repetir que lo antedicho no es cosa que debamos decidir, esta es nuestra herencia ya hecha, es nuestra identidad como metodistas, y no hay lugar para otra. Las conocidas expresiones de Juan Wesley que explican su original genio ecuménico nos han hablado a través de los siglos: “En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; pero en todo caridad”… “En todo aquello que no vulnere la raíz del cristianismo, nosotros pensamos y dejamos pensar”… “Los metodistas reconocemos a los cristianos de otras iglesias, y a las iglesias de otros cristianos”. Y nos hace falta leer la carta que él envió a un católico romano, para que vayamos internalizando nuestra herencia. Este es uno de sus párrafos: “Oh hermano, no nos apartemos más del camino. Yo espero verlo a usted en el cielo. Y si yo practico la religión que he descrito, usted no se atreverá a decir que yo iré al infierno… Su propia conciencia le dice lo contrario. Entonces, si no podemos aún pensar igual en todas las cosas, al menos podemos amar igual. En ello no podemos fallar. Porque hay un punto sobre el que no podemos dudar un solo instante: Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Así pues, en el nombre y en el poder de Dios, resolvamos, primero, no herirnos unos a otros, no hacernos mutuamente nada que sea malo o inamistoso, nada que no nos haríamos a nosotros mismos. Tratemos, más bien, en todas las instancias, de comportarnos cristiana, amable y amistosamente los unos con los otros” (1). Por cierto, durante la visita de la comisión del Concilio Mundial Metodista al Vaticano, el Papa Francisco citó una parte de este párrafo, enfatizando, “Entonces, si no podemos aún pensar igual en todas las cosas, al menos podemos amar igual”. ¡Qué hermosas palabras de Wesley, qué madurez cristiana, qué discernimiento de la voluntad de Dios!

Algunas frases de él que hallaremos en su sermón “El Genio del Catolicismo”, son estas: “¡Cuántos estorbos yacen en el camino! Los dos impedimentos más grandes y comunes son, primero, que no todos pueden pensar lo mismo; y como consecuencia de esto, segundo, que no todos podemos andar igual; pero en varios puntos menores, su práctica debe diferir en proporción a la diferencia de sus sentimientos… Pero aunque una diferencia en cuanto a opiniones o modos de adoración puede impedir una unión externa completa, ¿es necesario que impida nuestra unión en los afectos? Aunque no podamos pensar igual, ¿no podemos acaso amarnos igualmente? ¿No podemos ser de un mismo corazón, aunque no podamos ser de una misma opinión? Sin ninguna duda, podemos… Toda persona sabia por lo tanto permitirá a otros la misma libertad de pensamiento que desea que ellos le permitan; y no insistirá en que ellos abracen sus opiniones más que lo que admitirá que ellos insistan para que él abrace las de ellos. Tolera a quienes difieren de él, y solamente plantea a aquel con quien desea unirse en amor una sola pregunta: ¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo? (2° R. 10:15). Nadie puede ser obligado por ningún poder sobre la tierra excepto el de su propia conciencia a preferir esta o aquella congregación a otra, esta o aquella manera particular de adoración… Por lo tanto, no me atrevo a presumir que yo pueda imponer mi modo de adoración a nadie… Pero mi creencia no ha de ser norma para el otro. No pregunto, por tanto, a aquel con quien quiero unirme en amor: ¿Eres tú de mi iglesia? ¿Aceptas la misma forma de gobierno eclesiástico y admites los mismos funcionarios eclesiásticos que yo acepto? ¿Te unes a la misma manera de orar con la cual yo adoro a Dios? …No quiero decir: «Sé de mi misma opinión». No es necesario. No lo espero ni lo deseo. Ni tampoco quiero decir: «Yo seré de tu misma opinión». No puedo… Guarda tú tu opinión, yo mantendré la mía; y ello, más firmemente que nunca. No necesitas esforzarte para pasarte a mi posición, ni para llevarme a mí a la tuya… No quiero decir: «Abraza mis formas de culto», o «yo adoptaré las tuyas»… Pero mientras está (el cristiano) firmemente adherido a sus principios religiosos en todo cuanto cree que es la verdad… mientras firmemente se adhiere a la forma de culto a Dios que considera más aceptable ante sus ojos; y mientras está unido por los lazos más tiernos y próximos a una congregación particular, su corazón se ensancha hacia toda la humanidad… abraza con fuerte y cordial afecto a prójimos y extraños, a amigos y enemigos. Este es el amor universal” (2).

Y finalicemos con una frase del teólogo metodista latinoamericano más completo que hemos tenido, José Míguez Bonino: “Cuando así concebimos la vocación de la Iglesia, el drama de la división entre los cristianos deja de ser un absurdo problema doméstico para adquirir las dimensiones de una verdadera  tragedia: es la traición a la vocación, a la vocación divina de la Iglesia, la desnaturalización de su propósito original, el contrasentido” (3).

Pbro. Bernabé Rendón M.

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  1. Carta de Wesley a un Católico Romano, fechada el 18 de julio de 1849. Traducida del inglés por José Belaunde. Ver: http://www.lavidaylapalabra.com/index.php?controller.
  2. Wesley, Juan, Sermón 39, El Genio del Catolicismo, Obras de Wesley,Tomo II,  Wesley Heritage Foundation, Inc., Henrico, NC, s/f, p. 397-417.
  3. Míguez Bonino, José, Integración Humana y Unidad Cristiana, Seminario Evangélico de Puerto Rico, Puerto Rico, 1969, p. 20.

4 comentarios sobre “Editorial

  1. Gracias!
    Ante los acontecimientos actuales, se aplica perfectamente para la reflexión profunda de nuestra conducta.

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  2. Hace mucho que no había oído palabras sensatas recordando las raíces Metodistas,..que el sentido común y la bendición de lo alto sean con usted siempre; Pastor Bernabé Rendón Morales. Un gran abrazo fraterno.

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    1. Igualmente para usted, Hno. Josué Enrique. En realidad no deberíamos temer nuestros saludables acercamientos fraternales ni con la ICAR ni con ninguna otra, como si algo fuéramos a perder, si es que sabemos firmemente quiénes somos, qué creemos y cuál es nuestra herencia que debemos conservar. Bendiciones.

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