Casiodoro de Reina: Traductor Perseguido de la Biblia

2. Casiodoro de Reina traductor bajo persecución de la BibliaCasiodoro de Reina: traductor bajo persecución de la Biblia y amigo de reformadores radicales

Se conjuntaron agentes inquisitoriales y algunos pastores y líderes, sobre todo calvinistas, para perseguir a Reina y evitar así que prosiguiera con su ministerio. La persecución no lo detuvo para darse denodadamente a la traducción de la Biblia en castellano, la que fue publicada en 1569.

 Carlos Martínez García

Huyó de España para evitar ser apresado por la Inquisición. Después debió cambiar de países y ciudades para escapar de las fuerzas inquisitoriales, pero también de adversarios protestantes que lo consideraban ambiguo en asuntos bíblicos y doctrinales. En 1557, junto con otros monjes del Monasterio de San Isidoro del Campo, Santiponce, Sevilla, huyó para evitar la inminente acción inquisitorial en su contra.

En San Isidoro los monjes habían estado leyendo la Biblia y obras de autores protestantes, entre ellos libros de “radicales disidentes como [Bernardino] Ochino o [Juan de] Valdés”.1Casiodoro de Reina, Antonio del Corro y Cipriano de Valera, entre otros, se identificaron plenamente con los postulados evangélicos y se distanciaron de las enseñanzas de la Iglesia católica romana. Ante el peligro de ser capturados por la Inquisición, Reina, sus padres y otros once condiscípulos del Monasterio decidieron salir de España hacia fines del verano de 1557. Acordaron tomar caminos distintos y encontrarse en Ginebra, ciudad en la que Juan Calvino encabezaba la reforma religiosa. Reina llegó a Ginebra a finales de 1557. Inicialmente entusiasmado con la reforma teológica y eclesiástica ginebrina, se unió a la iglesia de feligresía mayoritariamente italiana que pastoreaba Juan Pérez de Pineda, quien había salido de Sevilla en 1551 o, posiblemente, en 1555 por temor a ser apresado por el Tribunal del Santo Oficio. Pérez de Pineda era refugiado en Ginebra, donde en 1556 publicaría su traducción del Nuevo Testamento al castellano, tarea en la que le fue de gran ayuda la traducción que del mismo libro realizó en 1543 Francisco de Enzinas.

Poco a poco Reina va marcando distancias con Calvino y sus discípulos. No permaneció mucho tiempo en Ginebra, porque no estaba de acuerdo con Pérez de Pineda, quien “seguía las directrices oficiales de la Iglesia de Ginebra en lo [respectivo] a los anabautistas. Reina rechaza el rigor contra otros protestantes y seguramente por ello persuadirá entonces a algunos miembros de la congregación española –entre otros, sus padres, sus hermanos y el prior del monasterio de Sevilla, Francisco Farías– a irse con él a Londres. A causa de este episodio, el pastor Juan Pérez llamará a Reina, tal vez con una cierta ironía, el Moisés de los españoles”. Y es que en Casiodoro “reinaba una conciencia autónoma como en Servet. Reina llegó a ejercer en Ginebra cierta influencia perturbadora entre el grupo de refugiados españoles, diciendo que Ginebra era la segunda Roma, provocando aun al mismo Pérez a disputar con él”.

En Ginebra, Casiodoro conoció y conversó al menos una vez con Juan Calvino. En el encuentro le expuso al reformador ginebrino su proyecto y avances en la traducción de la Biblia al castellano. Mientras estuvo en Ginebra, Casiodoro de Reina supo los pormenores de la cruenta pena de muerte que sufrió Miguel Servet el 27 de octubre 1553, y aunque no estaba de acuerdo con, por ejemplo, la doctrina unitaria de Servet consideró errada la acción de haberle llevado a la hoguera acusado de herejía (por anti trinitario y contrario al bautismo de infantes). Reina, “lloraba cada vez que pasaba cerca de la colina de Champel porque le traía a la memoria la muerte y la intolerancia sufrida” por el teólogo y médico español.

Pocos meses después de la ejecución que tanto conmovió a Casiodoro de Reina fue publicado un opúsculo de autor anónimo, bajo el títuloHistoria de la muerte de Servet: después se sabría el nombre del escritor: Sebastián Castellio. Él consideró cómplice del “escándalo de escándalos” a Juan Calvino. Para refutar el señalamiento, Calvino redactó Defensa de la fe ortodoxa, que salió de la imprenta en febrero de 1554, donde el reformador de Ginebra “justificó el asesinato de herejes como Servet”.

Un nuevo escrito de Castellio acerca del caso Miguel Servet apareció en marzo de 1554, Sobre los herejes, acerca de si deberían ser perseguidos y cómo deberían ser tratados, firmado con el seudónimo de Martín Bellius. Hizo una defensa de la libertad para disentir doctrinalmente de un determinado cuerpo de creencias tenido por el verdadero, el cual no debería de ser sostenido mediante el poder político. Las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impusieran sus convicciones a otros, y menos que recurrieran a la pena de muerte para extirpar a los que pensaban distinto en materia teológica.

A la controversia se sumó Teodoro de Beza, y lo hizo en apoyo a Calvino, “denunciando las impiedades vomitadas” por Castellio. Éste volvió a la carga en Contra el libelo de Calvino, una de cuyas copias manuscritas llegó a Ginebra en junio de 1554. Al parecer no hubo impresor que se atreviera a desafiar la censura, por lo que solamente se conoció en formato manuscrito y circuló de mano en mano. Castellio explicó en el prefacio que no pretendía “defender las doctrinas de Servet, sino mostrar la falsedad de Calvino”. Sebastián afirmaba que era más peligroso para sus críticos ofender a Calvino en Ginebra que en su palacio al rey de Francia, y agregó: “Si un cristiano llega a Ginebra, será crucificado. Porque Ginebra no es un lugar de libertad cristiana. Está gobernada por un nuevo Papa, uno que quema personas vivas, mientras el Papa de Roma por lo menos primero las estrangula”.

El exilio en Ginebra fue decepcionante para Reina y otro ex monje jerónimo y compañero de Casiodoro en el Monasterio de San Isidoro del Campo: Antonio del Corro. Ambos “no encajaban en el rígido sistema ginebrino. Las autoridades ginebrinas veían a los españoles e italianos con recelo porque entre ellos habían surgido los antitrinitarios más señalados, como el español Miguel Servet, o los italianos Gribaldi o Sozzini”. Además existía sospecha sobre las “raíces judías de la mayoría de los españoles. Esa identidad de origen, creían, les haría proclives a la negación de la Trinidad”.

En la estancia ginebrina de más o menos un año, Casiodoro de Reina expresó públicamente opiniones solidaridad con los anabautistas, de quienes dijo “debían ser considerados como hermanos”. Además “tradujo al castellano y publicitó entre los refugiados españoles en la ciudad el De haerectis an sint persequendi de Castellio”. Reina mantuvo correspondencia con Sebastián Castellio durante los meses que permaneció en Ginebra y el tiempo de su primera estancia en Londres (fines de 1558 a otoño de 1563).  

Reina se documentó sobre la tragedia de Servet y el papel jugado por Calvino. Conoció las críticas de Castellio y estuvo de acuerdo con ellas. Además quedó gratamente impresionado por la traducción de la Biblia al latín clásico realizada por Castellio. Incluso le escribió una carta para darle a conocer su admiración por el trabajo literario. De Castellio tomaría no solamente el término Jehová para su traducción de la Biblia publicada en 1569, “en lugar del comúnmente usado ‘Señor’, sino también el modo de indicación de los textos añadidos de la Vulgata [Latina]”. Castellio murió en 1563, en Basilea, donde tras varios años de penurias y ganarse la vida en distintos trabajos obtuvo un puesto como profesor universitario. En Basilea era integrante de un grupo de estudiosos con distintos trasfondos y tendencias, de tal grupo formaba parte el anabautista David Joris.

Casiodoro de Reina llegó a la conclusión que era pertinente salir de Ginebra, lo que hizo a fines de 1558, con rumbo a Inglaterra, previa escala en Frankfurt. Abandonó el territorio ginebrino convencido de que “se había convertido en una nueva Roma”. Reina sospechaba, con buena base, que algunos calvinistas lo tenían bajo vigilancia por su postura en favor de Servet y Castellio, lo que aceleró la salida de Ginebra. 

Reina abandonó Ginebra y partió hacia Londres, en buena parte motivado por la tragedia de Servet, ya que “los espíritus y almas afines sufren así por empatía, y Reina era un espíritu afín a Servet, no tanto en ideas religiosas como en la independencia de toda forma de autoridad religiosa externa”. Con la esperanza de tener mejores condiciones para su ministerio llegó a la capital inglesa a fines de 1558. Elizabeth I ascendió al trono el 17 de noviembre, y fue coronada como reina el 15 de enero de 1559. El cambio político en la corona inglesa atrajo al país refugiados protestantes de muchas partes de Europa, Casiodoro entre ellos.

Otro monje de los que huyeron en 1557 del Monasterio de San Isidoro del Campo, Cipriano de Valera, también salió de Ginebra aunque por razones distintas a las de Reina, ya que el primero no tuvo dificultades con la “fe calvinista a la cual siempre fue fiel, y a la cual directamente contribuyó con su traducción de las Instituciones de Calvino, que es también una obra clásica del castellano del siglo XVI por su prosa y complejidad teológica magníficamente expresadas en la enjundiosa traducción tan castiza de Valera”. Como Ginebra estaba “saturada de refugiados”, tal situación limitaba las oportunidades ministeriales y Valera consideró tendría mayores posibilidades para ejercer sus talentos en Inglaterra.

Carlos Gilly considera que Reina inició en Ginebra planes para efectuar la traducción de la Biblia al castellano. Del tema conversó con Juan Pérez de Pineda, traductor del Nuevo Testamento publicado en 1556, impreso en Ginebra por Jean Crespin. “A estos mismos planes aludió Casiodoro seguramente en uno de sus encuentros con Calvino”. Ya instalado en Londres, Reina intensifica las tareas de traducción bíblica, a la vez que solicita de la Reina Isabel I su venia para iniciar la Iglesia española en Londres. En 1560 el permiso le es otorgado y junto con sus feligreses ocupa el templo de Santa María de Axe. Por su labor recibe apoyo real por 60 libras anuales. Uno de los congregantes era Cipriano de Valera. En la congregación que pastoreaba, Reina abrió sus puertas a italianos y neerlandeses rechazados en otras iglesias.

Entre los documentos para fundamentar la solicitud con el fin de iniciar la Iglesia española, Casiodoro de Reina redactó en enero de 1560 la Confesión de fe christiana, hecha por ciertos fieles españoles, los quales, huyendo [de] los abusos de la iglesia Romana y la crueldad de la Inquisitión de España, dexaron su patria, para ser recibidos de la Iglesia de los fieles, por hermanos en Christo. Para los críticos de Reina su Confesión era ambigua, según la particular ortodoxia de quien lo juzgara desde una de las familias confesionales protestantes que se estaban consolidando en la segunda mitad del siglo XVI. Acerca de la Trinidad, la que aceptaba con ciertos matices conceptuales, Reina afirmó: “creemos hallarse estas tres personas en la misma substancia, naturaleza y esencia de un Dios”, sin embargo, acotaba, que las palabras trinidad y persona “no se encuentran en las Escrituras”. Apuntó que la enseñanza sobre la Trinidad surgió en un momento histórico de confrontación doctrinal, realidad que le hizo conformarse “con toda la Iglesia de los píos”, por lo cual admitió “los nombres de Trinidad, y de persona, de los cuales los Padres de la Iglesia antigua usaron, usurpándolos (no sin gran necesidad) para declarar lo que sentían contra los errores y las herejías de sus tiempos acerca de este Otro apartado de la Confesión que le atraería problemas a Reina fue el relativo al bautismo, sobre todo el punto tercero, donde escribió: “Y aunque no haya expresa mención en la Divina Escritura que el bautismo se dé a los niños antes que tengan uso de razón, conformámosnos empero con la Iglesia del Señor, que tiene por más conforme a la misma Escritura dárselo que dejar de dárselo, pues que por beneficio del Señor, y por su promesa, no menos pertenecen a su alianza que los Padres”. 

Como bien observa Jorge Ruiz Ortiz, resumiendo las consideraciones de Gordon A. Kinder, estudioso inglés y profundo conocedor de la biografía y obra de Casiodoro de Reina, la Confesión es “un documento 1) de carácter bíblico y práctico, 2) por su forma y contenido, muy personal, y 3) problemático desde el punto de vista doctrinal. Esta última característica es sin duda la más destacable de la obra. Podemos afirmar que Reina hace gala de una marcada ambigüedad doctrinal,una ambigüedad doctrinal que podría haber pasado inadvertida en nuestros días, pero que ciertamente la Reforma del siglo XVI no estaba ni preparada ni dispuesta a admitir. No es sorprendente constatar que, por todas estas razones, la confesión de Reina no haya podido convertirse en un documento doctrinal válido para la Iglesia. Más bien sucedió lo contrario: en su día generó una fuerte polémica y con el tiempo, ha pasado al olvido”.

La mencionada ambigüedad doctrinal de Reina le atrajo la animadversión de las iglesias de extranjeros existentes en Londres, “ya que todas eran calvinistas”. Además de esto, sus adversarios lo acosaban por haber cultivado contacto “con dos excluidos de la Iglesia reformada: el holandés Adriaan Haemstede [y] el italiano Acontius”. El primero, al igual que Reina, había defendido el derecho de los anabautistas a mantener sus creencias y sostenía que no debían ser perseguidos. Por su parte Acontius, estuvo de parte de Sebastián Castellio en la controversia que sostuvo con Calvino. Adicionalmente, Reina se dio tiempo en Londres para “profundizar la lectura de los grandes teólogos reformados, Lutero, Calvino, Zwinglio, pero también la de los hombres de la Reforma radical, como Velsius, Schwenckfeld y Osiander”.

En 1561 Reina contrajo matrimonio con Anna, “hija de un comerciante converso de origen español residente en Frankfurt, Abraham de León, de Nivelles, cerca de Bruselas”. Ambos procrearían varios hijos. Por dos flancos fue cercado Casiodoro de Reina. Por un lado los agentes inquisitoriales cooptaron a Gaspar Zapata, asistente del exiliado español, quien les pasaba información sobre los escritos y actividades de Reina. En tanto el grupo de calvinistas que le señalaba de ser oscilante en cuanto a sus creencias y simpatizar con Servet y Castellio, pasó en agosto de 1563 a sumar un cargo grave: el de sodomía.

La sodomía entonces era entendida como actos homosexuales consumados. Los acusadores hicieron correr la versión de que Reina antes de su matrimonio habría tenido relaciones con un mozo, Jean de Bayonne. Formalmente lo acusaron de sodomía los pastores calvinistas de las iglesias francesa y holandesa en Londres, Jean Cousin y Johannes Utenhovius. Reina refutó la acusación. El 21 de septiembre de 1563 inició el juicio contra Casiodoro por cuestiones doctrinales. Dos días más tarde se trataría el cargo de sodomía. Llegada la fecha, Reina no se presentó y después se supo que había huido de Inglaterra. Lo hizo ante el temor de no ser escuchado por sus enjuiciadores y la sospecha que la decisión ya estaba tomada en su contra.

Tras salir de Inglaterra, Reina y su esposa iniciaron un periplo que les llevaría a varios países, entre ellos, Holanda, Alemania, Francia, Suiza. Durante quince años y en distintos lugares algunos calvinistas hicieron resurgir el señalamiento de sodomita contra Reina, este cargo siempre lo rechazó y defendió su inocencia. Casiodoro se instaló en Amberes porque creyó allí encontraría un mejor entorno para su proyecto de traducción. En tanto el monarca español Felipe II puso precio a la cabeza de Reina, como quedó constancia a principios de 1564 en una carta del gobernador de Amberes a la regente de los Países Bajos, Margarita de Parma, hermana de Felipe II, en la cual se afirmaba que la Corona española había “gastado grandes sumas de dineros por hallar y descubrir al dicho Casiodoro, para poderle detener, si por ventura se encontrase en las calles o en cualquier otro lugar, prometiendo una suma de dinero a quien le descubriese”.

Reina de nueva cuenta se ve obligado a mudar su residencia a Basilea en el otoño de 1567. En esta ciudad encontró apoyos que hicieron posible completase una tarea que antes, en distintos momentos y lugares, estuvo a punto de abandonar no por voluntad sino exigido por sus perseguidores, diversas penurias y enfermedad. El mismo Reina escribió en 1573, en la dedicatoria de la Exposición de la primera parte del capítulo cuarto de Mateo, cómo se encontraba física y económicamente cuando llegó a Basilea y la desesperación que le embargaba por estar imposibilitado de terminar la traducción. Así evocó Reina aquellos días: “Pues ni los médicos, ni vosotros, ni yo pensábamos otra cosa: Confieso sinceramente, como es la verdad, que seguro entonces de su inminencia, mientras estuve en mi sano juicio no me aterraba la contemplación de la muerte. Al experimentar la maldad de este injustísimo siglo la había deseado cuando estaba lejos y cuando a mi juicio, prolongaba demasiado su tardanza; ahora que por fin la tenía frente a mí la abrazaba con la mayor alegría […] Me producía no poca tristeza el pensamiento de mi mujer y de mis hijos pequeños, a quienes parecía haber traído conmigo a Basilea únicamente para que empezaran un nuevo exilio lejos de nuestros amigos y conocidos, y sobre todo, privados de mí. Pero incluso esta tristeza la alejaba fácil y rápidamente encomendándolos a la Providencia de Dios que, primero a mí y después a ellos conmigo, nos había hecho experimentar su cuidado paternal en medio de tantas dificultades y frecuentes trabajos, esto me era garantía segura de que Él jamás abandonaría en su Providencia a los que yo dejaba atrás”.

Casiodoro de Reina pudo llevar a buen término la misión de concluir la traducción de la Biblia y publicarla debido, sobre todo, a su persistencia de proseguir con la tarea de verter al castellano los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, pero también gracias a la red que le apoyó protegiéndole y proveyéndole de los fondos necesarios. De ello dejó constancia: “Mi entrañable amigo [Marcos] Pérez, que siempre había sido generosísimo conmigo, también entonces, con caridad y piedad extraordinarias, nos trasladó a su casa a mí gravemente enfermo y a mi pequeña familia y cuidó con la mayor humanidad tanto de los enfermos como de los sanos. Sólo una cosa me producía el mayor dolor: que, después de haber trabajado durante diez años enteros en traducir la Sagrada Biblia al español, sufriendo en esta ocupación mucha envidia y muchas vejaciones por parte de aquellos a quienes esa empresa no les era grata como a mí –hasta el punto de que, comparado con ese desasosiego, me parecía levísimo el trabajo de la traducción–, cuando ya estaba a la puerta de la imprenta, la mies madura para la cosecha y el fruto de tan gran trabajo a punto para la recolección, me viera obligado a dejar mis labores a otros sin saber con qué cuidado y solicitud las llevarían a cabo. Y aun en el caso de que fueran personas de la mayor fidelidad y diligencia –como yo no lo dudaba si se tratara de [Marcos] Pérez– no sería yo quien diera cuna a la obra. Esta tristeza, aun en tan gran debilidad de cuerpo y de ánimo, me incitaba a dirigir ardientes preces a Dios para que me concediera todavía el tiempo suficiente para publicar aquella obra sagrada para gloria de su nombre, después de lo cual dejaría yo la vida con entera alegría”.

Años más tarde los agentes al servicio del rey Felipe II, describe Doris Moreno, se enteraron de la posible publicación de la Biblia traducida por Casiodoro, el rey les instruyó para que invirtieran fuerzas y recursos con el fin de evitar saliese a la luz la obra. Reina no solamente debió evadir a quienes se afanaban por aprehenderlo y llevarlo a España, igualmente tuvo que hacer frente a desgracias como la muerte del impresor Oporino en julio de 1568, a quien el año anterior se le había dado un importante adelanto para que en sus talleres tuviera lugar la edición de la Biblia. Al morir Oporino todavía no habían iniciado los trabajos de impresión y el adelanto monetario no pudo recuperarlo Casiodoro de Reina.

El entrañable amigo de Casiodoro, Marcos Pérez, que en varias ocasiones contribuyó para el avance de la traducción, le hizo un generoso préstamo (que desde un principio dio por irrecuperable) que posibilitó pagar en Basilea los servicios del impresor Thomas Guarin, de cuyas prensas salieron dos mil seiscientos ejemplares de la Biblia del Oso. Fue conocida con este nombre por tener en la portada un oso alcanzando un panal. Otro estudioso de Reina, Carlos Gilly, considera que probablemente la impresión fue terminada el 24 de junio de 1569. En tal fecha Reina informó a un amigo que le había sido entregado el último folio.

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Las acusaciones levantadas en su contra persiguieron a Casiodoro hasta 1578, cuando se traslada de Amberes, donde era pastor en una iglesia luterana, a Londres para enfrentar nuevamente los señalamientos sobre su doctrina y sodomía. En diciembre de aquel año comenzó un nuevo juicio sobre los cargos hechos quince años atrás. En marzo de 1579 quedó exonerado. Una cuidadosa revisión del expediente y los antecedentes de sus acusadores evidenció que los testigos que señalaron a Reina de sodomía, los españoles Francisco de Ábrego y Gaspar Zapata, habían sido agentes encubiertos al servicio de la Inquisición española e incluso salieron a la luz los pagos recibidos por ser parte del complot contra Casiodoro.

Como hemos visto, se conjuntaron agentes inquisitoriales y algunos pastores y líderes, sobre todo calvinistas, para perseguir a Reina y evitar así que prosiguiera con su ministerio. La persecución no lo detuvo para darse denodadamente a la traducción de la Biblia en castellano, la que fue publicada en 1569. Desde 1578 fue pastor luterano en distintas iglesias, hasta su muerte en Frankfurt, el 15 de marzo de 1594.

REFERENCIA:

Martínez-García, Carlos. (2018). Casiodoro de Reina: traductor bajo persecución de la Biblia y amigo de reformadores radicales. Agosto 12, 2018, de Protestante Sitio web: http://protestantedigital.com/magacin/45306/Casiodoro_de_Reina_traductor_bajo_persecucion_de_la_Biblia_y_amigo_de_reformadores_radicales