A los 500 Años de la Reforma

2. A los 500 años de la ReformaA los 500 años de la Reforma

Manuel Osorio

En una época de oscuridad emergió Lutero, cual profeta de Dios, con un mensaje que golpeaba a la conciencia de quienes sostenían un sistema religioso, político y social, plagado de corrupción, de abusos de poder, ambiciones materiales, explotación y toda clase de injusticias. Lo peor, era un sistema que negaba la eficacia de la fe, el camino de la gracia y la autoridad de las Escrituras. Y aunque es probable que muchos lo sabían, nadie se atrevía a denunciarlo.

Al igual que en el Antiguo Testamento, cuyo mensaje del profeta estaba dirigido especialmente al pueblo de Dios, así sucedió en la Reforma y así sucede actualmente. Pero como le sucede al pez en el agua, nos sucede a nosotros, no somos capaces de notar que estamos sumergidos en ella, hasta que alguien nos saca de nuestro lugar. Y esa fue, y es, la labor de los profetas. Sacarnos a la superficie de la santidad, para que nos demos cuenta, que ya no somos capaces de respirar, si no estamos sumergidos en la corrupción.

Como sucedía antes, sucede ahora, no somos capaces de ver el deterioro moral y espiritual de nuestra propia estructura religiosa. Y si lo vemos, lo obviamos, lo justificamos, lo suavizamos o hacemos cualquier cosa, menos enfrentarlo para corregirlo. Porque es probable que la corrección tenga implicaciones, como la pérdida del poder y de los privilegios por los que hemos luchado toda nuestra vida.

Lutero evidencia las señales de un sistema religioso decadente, en el cual se confabulan las autoridades para manipular el sistema a su antojo, entre ellas:

  1. Las autoridades jurídicas: Son los “correctos”, los que están tras bastidores porque no son populares, pero manipulan las leyes, las normas, las regulaciones, el “deber ser” de las cosas y hasta las conciencias, para mantener el control “legal” del sistema.
  2. Las autoridades políticas: Estos son los “populares”, “los electos”, quienes manipulan las relaciones, las simpatías, y a las personas, con promesas y palabras que mantengan contentos a todos. Estos manipulan las carencias y necesidades de otros con promesas de solucionarlo todo. Pero eso sí, “vota por mí”.
  3. Las autoridades religiosas: Estos son los “consagrados”, quienes se atribuyen el derecho absoluto de interpretar a Dios y su Palabra.

En el fondo todos tenemos en común la idolatría, la creencia en un dios distinto a Yavéh y al cual servimos. Es algo tan sutil que no siempre lo percibimos. Aunque en espacios diferentes, los manipuladores del sistema pueden que compartan uno o varios de los siguientes ídolos:

  1. El ídolo del poder: la devoción por la jefatura, estos creen en el mando más que en el servicio.
  2. El ídolo del status: la devoción por la fama, estos buscan el reconocimiento, buscan más ser vistos de los hombres, que entrar en su cuarto con Dios a puertas cerradas.
  3. El ídolo del dinero: la devoción por lo material, estos buscan su seguridad económica a toda costa, estos no harán nada si no hay un buen dinero para ello.

Esta idolatría se ve reflejada en un sistema corrupto, injusto, opresivo y explotador. “En donde cada quien hace lo que bien le parece”. Por su parte, Dios se reserva para sí un remanente, entre los cuales, levanta a un profeta; valeroso, “subversivo”, que se atreva a cuestionar al sistema, dispuesto a arriesgar su vida, su reputación y sus posesiones, con tal de llevar el mensaje de Dios. Su propósito nunca es el dividir, sino el llamar al arrepentimiento. A estos, el mundo los aborrece, el sistema les teme y como son indomables, los expulsa, los relega, los persigue y los expone al escarnio público. Les temen porque se saben descubiertos, porque no tienen argumento para persuadir a la razón, ni amor, para persuadir el corazón.

Dios levanta entre nosotros hombres y mujeres del Reino, para estremecer este sistema de maldad.

“Denme cien hombres que no temen más que al pecado y no deseen más que a Dios y cambiaré el mundo” (Juan Wesley).

Tomado del muro de Facebook del pastor David Almanza.