Es Tiempo de la Gracia

Es tiempo de la Gracia

Dr. Ernesto Contreras Pulido

¡Qué bendición es ser cristianos! Salvos de la eterna condenación, libres de la esclavitud del pecado, y herederos de todas las promesas eternas que Dios ofrece a sus hijos gratuitamente. Y todo, sólo porque la Biblia dice que Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, derramado su preciosísima sangre, al morir sacrificado en forma cruel, con sus manos y pies horadados y clavados en la cruz del monte Calvario, para después resucitar, venciendo la muerte, y garantizando así que el que en Él cree, aunque esté muerto vivirá.

Dios en la Biblia dice: Porque ciertamente todos los sacerdotes de antaño, estaban día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca podían quitar los pecados, pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y lo mismo atestigua el Espíritu Santo, que añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones, pues donde hay remisión de pecados, no hay necesidad de más ofrendas por el pecado.

Dios dice que por ello, Jesucristo es el Testigo Fiel, el Primogénito de los Muertos (el primero de los humanos engendrados que resucitó con cuerpo glorificado), y el Soberano de los reyes de la tierra que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre. Por tal amor con que nos amó, ¡A Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos! Amén (Ap. 1:5, 6).

Por pura gracia, y porque la Biblia afirma que Dios no quiere la muerte del impío pecador, sino que éste deje sus malos caminos y se arrepienta (Ez. 18:23), es que fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir, la cual recibimos por herencia adámica, e involuntariamente desde la concepción, de parte de nuestros padres; y rescatarnos no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, quien se ofreció y sacrificó por nosotros como un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a nosotros ( Salmo 51:5; 1 Pe. 1: 18, 19).

¡Bendito el Señor Dios de Israel que ha visitado y redimido a su pueblo y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo! (Lc. 1:68, 69). Será su nombre para siempre, se perpetuará su nombre mientras dure el sol. ¡Benditas serán en Él todas las naciones! Pues lo llamarán el Bienaventurado. ¡Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel! El único que hace maravillas. ¡Bendito su nombre glorioso para siempre! Y que toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén (Salmo 72:17-19).

La Biblia afirma que también, por pura gracia, a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, Dios les da milagrosamente la potestad y la bendición de ser hechos hijos de Dios, pues la sangre de Jesucristo su Hijo los limpia de todo pecado (Jn. 1:12; 1 Jn. 1:7) y que de ahí en adelante, son elegidos según la presciencia de Dios Padre, para santificación del Espíritu, para obedecer, y para ser rociados con la sangre de Jesucristo para perdón de pecados y salvación. ¡Gloria a Dios!

¡Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! Quien según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, y para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible (que no se marchita), reservada en los cielos para nosotros, que somos guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación final (en espíritu, alma y cuerpo), que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero, en lo cual nosotros nos alegramos, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengamos que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba nuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, nuestro Gran Dios y Salvador, a quien amamos, aún sin haberle visto, y en quien creyendo, aunque ahora no lo veamos, nos alegramos con gozo inefable y glorioso, obteniendo así, el fin de nuestra fe, que es la salvación de vuestras almas (1 Pe. 1: 2-8).

Más, oh amados, no ignoren esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. Por lo tanto, consideren que el Señor Jesucristo, no retarda su promesa de regresar por segunda vez al mundo a establecer su reino eterno, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.

Pero sépase que seguramente, y al tiempo asignado, el día del Señor (el juicio apocalíptico de este mundo) vendrá como ladrón en la noche (por sorpresa); en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.

Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡Cómo no debemos nosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándonos para la venida del día de Dios (2 Pe. 3: 8-12).

Por lo cual, levemos las manos caídas y las rodillas paralizadas; y hagamos sendas derechas para nuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.

Sigamos la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (He 12: 12-14). Porque así dice, nuestro Dios: Yo soy Jehová su Dios; ustedes por tanto se santificarán (apartarán su vida para servir a Dios, y serán puros en toda su manera de vivir), porque yo soy Santo. Han pues, de ser para mí santos, porque yo soy santo, y los he apartado de entre todos los pueblos, para que sean míos (Lv. 11:44, 20:26).

Nuestra constante oración debe ser que el mismo Dios de paz nos santifique por completo; y todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea presentado delante de Dios, en la venida de nuestro Señor Jesucristo, irreprensible, enteramente santificado, y glorificado. ¡Gloria a Dios! Porque podemos confiar en que ¡Fiel es el que nos llama, el cual también lo hará! (1 Te. 5: 23, 24).

Y todo porque la Biblia asegura que a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también les aseguró que serían glorificados.

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios si Dios es el que los justifica? ¿Quién es el que los condenará si Cristo murió por ellos y más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros? (Ro 8: 29-34).

Por tanto, ante tan firme promesa y preciosa esperanza, mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque Fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto vemos que de acuerdo a las señales, aquel día ya se acerca (He. 10:19-31).

Si usted no está seguro, por cualquier razón, de que sus pecados han sido perdonados y lavados por la preciosísima sangre de Jesucristo, y de que por los méritos del sacrificio de Cristo, tiene por gracia, franca entrada al cielo, yo le invito a que, cerrando sus ojos y poniendo toda su fe en Jesús, nuestro Salvador, ore conmigo así: Padre celestial, gracias por tu amor y el sacrificio de Jesucristo en la cruz por mí. Te confieso que como todos los demás, yo también soy pecador y te pido perdón por ello. Hoy te abro la puerta de mi corazón y te acepto y recibo como mi Salvador, y arrepentido de mis pecados pasados, me comprometo, de hoy en adelante y con la ayuda de Dios, a vivir como Dios manda en la Biblia. Gracias por lavar mi corazón y regalarme la vida eterna, por los méritos de Jesucristo, mi bendito Salvador. Amén.

Si usted de corazón sincero ante Dios, hizo una oración así, le felicito, le doy la bienvenida a la familia de Dios y le recuerdo que la Biblia dice que hay gozo en los cielos, por su arrepentimiento.

Que el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, nos haga aptos en toda obra buena para que hagamos su voluntad, haciendo Él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (He. 13:20,21).

REFERENCIA
Contreras-Pulido, Ernesto. (2018). Es tiempo de la Gracia. Diciembre 23, 2018, de Dr. Ernesto Contreras Sitio web: http://docs.wixstatic.com/ugd/0317a1_13f198b15d78a27ad4ff85b69decce43.pdf