EDITORIAL

La ética cristiana: tiempo de cooperación y generosidad Universal

“Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18).

Vivimos tiempos en los que se pondera la “competitividad”, concepto que se asocia a conseguir cualquier meta a toda costa. Sin embargo, la perversión de este concepto, es la competencia en la que “a todas costa” se busca la destrucción de todo aquel que se pone enfrente. Anteponer mis intereses particulares a los del interés colectivo. En lo que se refiere a los sistemas económicos que dominan al mundo, ya debíamos haber aprendido que la competencia no es suficiente y puede ser distributivamente dañina. De hecho y en muchos casos, así ha sido. Se necesita, sobre todo, de la cooperación y la generosidad, en lo familiar, en lo local y en lo universal.

Desde esta publicación, queremos iniciar una discusión desde la perspectiva del Evangelio, que genere propuestas que cuestionen nuestra realidad social y económica. Que genere perspectivas esperanzadoras para quien se encuentra sumido en las tribulaciones del “mundo moderno”, en el que impera la servidumbre que generan las deudas (económicas y morales); la falta de trabajo (empleo o autoempleo); la ilusión de que tenemos que esperar “pasivamente” a que desde el cielo venga la solución a todos los problemas de nuestra sociedad.

En este número, José Hutter nos invita a comprender que “la única forma de crear riqueza es a través del trabajo, el ahorro y la innovación tecnológica”. Y eso aplica para todos los ámbitos: económico, social, político y espiritual. Pero también, hace un llamado a la acción, enfatizando el celo que los cristianos debemos tener por aprovechar al máximo el tiempo como regalo de Dios administrándolo eficazmente. No dejando para después lo que nos es obligado a hacer hoy.

Si dejamos las cosas importantes para después, corremos el riesgo de caer en solapamiento, que con el tiempo se convierte en cinismo. Un cinismo que permea en todas los sectores sociales (la iglesia cristiana incluida) y que nos lleva a un estado en el que se pervierten los valores morales. Se pondera la mediocridad, en donde se llama “inteligente” al corrupto, en el que se populariza el robo de manera perversa. En el que ni aún el explotado consigue espabilarse de tan inmoral estado y lo lleva a escudarse en el nefasto refrán popular “ladrón que roba ladrón…”. El triste episodio de la muerte de más de 110 personas en Tlahuelilpan, Hgo. por un incendio en una toma clandestina de combustible tiene muchas aristas que merecen atención del pueblo metodista.

Desde sus inicios, el cristianismo se ha significado por su lucha contra la injusticia. Conmemoramos el 27 de enero el Día Internacional de la Memoria del Holocausto, en la que fue galardonado Giovanni Gervasoni, activista antifascista, metodista y maestro, que combatió la dictadura y acabó sus días en un campo de concentración nazi. La realidad mexicana y mundial de hoy día nos confronta con tantas y diversas injusticias, que nos reta a no desfallecer ante la tragedia y la desesperanza. Porque al final del día y sobre todo lo demás, el mensaje de esperanza de Jesucristo redime y cambia los horizontes.

Los metodistas estamos comprometidos con la santidad social, por lo que debemos levantar la voz para pronunciarnos por los más débiles. Para ser la voz de los que no tienen voz. Tener fe no es cuestión de pensar sino de hacer; no es cuestión de creer, sino de realizar; somos cristianos no tanto por lo que decimos sino por lo que hacemos.

Martín Larios Osorio
Director