EDITORIAL

Iglesias con complejo de inferioridad

“Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos”.

Números 13:32-33.

Vivimos en un mundo hiperconectado que habla mucho y dice poco. Sigue enfrentándose a los mismos dilemas, aún con los grandes bancos de datos a la mano y la capacidad de compartir cualquier tipo de información, casi con cualquier lugar y persona en el planeta. Como nunca en la historia de la humanidad, el acceso a cualquier tipo de conocimiento es prácticamente instantáneo y ubicuo. A veces, la sobreexposición de los medios electrónicos y redes sociales nos enseña realidades que van más allá de nuestra comprensión.

Pero los problemas de los seres humanos son los mismos de siempre. La soledad, la incertidumbre ante el futuro, el rencor y la injusticia. Todos ellos siguen estando presente en nuestro devenir cotidiano. La tierra fértil para abonarla con el evangelio de la paz está allí, lista para ser sembrada, protegida y cosechada. Es tierra de la que fluye leche y miel, que es la Tierra Prometida. Pero también es terreno que requiere esfuerzo, disciplina y trabajo. Mucho trabajo. Trabajo diario.

Como iglesias corremos el riesgo de tener ese complejo de minoría que ha caracterizado a algunas denominaciones evangélicas históricas en nuestro querido México. Un complejo de inferioridad que nos hace ver “razas de gigantes” en los retos del mundo actual, una cultura del “no se puede” que nos paraliza y no deja más que espacio para la lamentación, la autocomplacencia y la resignación antes nuestras propias negligencias.

No olvidemos nuestra pasión. Cada ciudad tiene una necesidad, un ritmo, un estilo de vida, en el que la iglesia tiene que penetrar. Hay iglesias que son increíbles dentro del culto, pero no son capaces de impactar en la ciudad, así que debemos usar nuestros ministerios en la comunidad. Los mejores recursos de la iglesia no pueden servir sólo para engrasar la propia maquinaria, deben servir a la gente fuera de ella, ya que cualquier congregación, por pequeña que sea, debe afectar grandemente a su comunidad.

Necesitamos valor (y valores) para cambiar nuestra sociedad. Creer que Dios nos ha puesto aquí y ahora para ser influenciadores en esta Nación. En el día a día, podemos y debemos influenciar a nuestra familia, a nuestros amigos y a nuestros conocidos. Este es el contexto en el que Dios puede trabajar en ti. Cuando pierdes de vista a quién estás sirviendo, puedes acabar sirviéndote a ti mismo. No nos dejemos diluir en la actual cultura del protagonismo individual y la exposición en redes sociales. Recordemos que somos peones que formamos parte de un Reino mayor lleno de ánimo de triunfo, de consolación, de heredades, de saciedad de justicia, de misericordia y de pacificación. En todos los sentidos.

Aunque la voluntad de Dios es que todos sus hijos se conviertan en siervos de Dios, la verdad es que la decisión de aceptar el reto de ser siervo, ministro e instrumento útil de Jesucristo, es voluntaria, y además, no debe hacerse desconsideradamente, pues implica responsabilidades y deberes que requieren de una dedicación y esfuerzo total.

La experiencia de millones de siervos fieles a través de la historia es que rara vez Dios manifestará su voluntad a aquellos que son negligentes, mediocres, desobedientes, irrespetuosos o fluctuantes en su vida diaria.

A nivel personal, debemos estar velando siempre en oración y buscando a Dios. Pero el compromiso con mi prójimo está a la vuelta de la esquina. Mejor aún, está más cerca aún que eso. Y el galardón es grandísimo, Jesús lo prometió. A veces la pequeñez no está en cómo nos ven los otros, sino en la estrechez de nuestra visión.

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