Patrimonio Arquitectónico de la IMMAR

Consejo Consultivo que proteja y resguarde el Patrimonio Arquitectónico de la Iglesia Metodista de México

Héctor García Escorza *

En su devenir histórico, la Iglesia Metodista en México ha levantado un número considerable de edificaciones, tanto templos como edificios de servicio, que han sido expresión viviente de quienes los edificaron, usaron y, a través de ellos, cumplieron con el propósito de la iglesia. Cada uno de esos edificios habla de la organización y trabajos, en general, de la vida de sus congregantes y del impacto en la sociedad donde les correspondió servir. Cada uno de ellos es testimonio fiel de la obra de Dios en lugares específicos. Con el transcurrir del tiempo, muchos se han perdido por diferentes motivos. En algunos casos, las mismas congregaciones los han modificado y hasta demolido para generar nuevos espacios, expresando, por un lado, la necesidad de responder a nuevos requerimientos, pero, a la vez, a la poca responsabilidad sobre el patrimonio edificado de la iglesia.

Parte del problema ha sido el cambiante estatus de régimen de propiedad de las edificaciones de la iglesia metodista a lo largo de la historia. Desde la llegada de las sociedades misioneras en 1873-1874, las propiedades que usó la iglesia para sus diferentes fines fueron adquiridas vía compra, cesión o préstamo de particulares o directamente del gobierno federal. En su inicio, los primeros templos fueron originalmente edificios de culto católico romano producto de la desamortización de bienes tras las Leyes de Reforma. Son significativas las dos primeras propiedades adquiridas por las sociedades misioneras de las iglesias metodistas; la capilla de San Andrés del extinto hospital en el edificio que originalmente fuera una escuela y convento jesuita adquirido por los metodistas sureños norteamericanos (1873), a la postre el templo de El Mesías, donde hoy se levanta el Museo Nacional de Arte; y lo que fuera el claustro mayor del convento de San Francisco, el más grande de toda América Latina, adquirido por los metodistas norteamericanos del norte (1874) de lo que poco antes había sido el famoso circo Chiarini y que se convirtiera en La Santísima Trinidad (Gante 5). Ambas propiedades pasaron por una limpieza iconográfica para despojarlas de cualquier referente al culto romanista. No debe extrañar esta acción que tres siglos antes emprendieron los primeros reformadores protestantes europeos.

De ese momento en adelante, hasta la promulgación de la Constitución Mexicana de 1917, la iglesia metodista en México tuvo a su nombre todas sus propiedades, las destinadas al culto y las destinadas al servicio comunitario. Sin embargo, concretamente desde 1930 (coincidente con la autonomía de la iglesia metodista y el retiro del fuerte apoyo misionero), cuando la nueva reglamentación referente a los cultos religiosos es puesta en efecto, los templos metodistas existentes hasta entonces y los que se habrían de construir posteriormente pasaron a ser propiedad de la Nación, bajo la custodia y administración de la Iglesia Metodista de México. La iglesia mantuvo control sobre sus propiedades destinadas al servicio social; escuelas hospitales, centros sociales y otros. No fue sino hasta la promulgación de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público (1992) que las iglesias registradas, como la Iglesia Metodista de México a partir de 1993, nuevamente pueden tener a su nombre propiedades destinadas al culto religioso. Todas las anteriores a esa fecha, siguen siendo patrimonio de la nación bajo el resguardo y administración de la IMMAR.

Particularmente, desde su autonomía en 1930, la iglesia no ha sido la mejor administradora de los bienes heredados de las sociedades misioneras que habían pasado a ser “bienes nacionales” o patrimonio de la Nación. Desde entonces, se han perdido edificaciones destinadas a clínicas, escuelas, centros comunitarios, casas pastorales y templos. Algunas de estas propiedades ya habían pasado, vía el Plan de Cincinnati recién concluida la revolución armada, a manos de iglesias evangélicas hermanas. Como el templo y escuela en San Luís Potosí (a la Iglesia de Los Hermanos) o el templo en la ciudad de Oaxaca (a la Iglesia Presbiteriana). De la misma manera los metodistas obtuvieron propiedades, como templos. Por ejemplo, el de El Mesías en la ciudad de Chihuahua.

Varias de las principales pérdidas fueron ejemplares edificaciones arquitectónicas únicas. En algunos casos fue motivo de obra gubernamental, como en el caso del ex convento agustino en Zimapán, Hgo. adquirido por los metodistas a fines del siglo XIX para trabajar en aquella pujante población minera. Fue cercenado por el trazo de la carreta nacional México-Laredo (1925-1936) en diagonal sobre el conjunto convirtiendo en jardín público una esquina y la restante opuesta, un tramo de una de las crujías del convento, la única porción aún en pie, usado desde entonces como capilla metodista. Una ampliación vial semejante, ésta en la ciudad de México, desapareció las instalaciones del Seminario Metodista en la calle de Lago Mask. También se han vendido propiedades sin mayor explicación como el salón social anexo a la casa pastoral de los metodistas en Pachuca o las instalaciones del internado Ethel Thomas en la Cd. de México.

Sin embargo, otros tantos se han perdido por nuestra negligencia, o están en peligro de desaparición. La gravedad no es solo la pérdida de edificaciones, finalmente son solo piedras y tabiques. El hecho substancial es que con ellos se han perdido testigos físicos y por lo tanto también, la memoria histórica de la obra metodista en sitios y regiones enteras. De las edificaciones de las primeras etapas ya no existe el primer templo de El Mesías en Monterrey (demolido para hacer uno más moderno) ni el primer templo de la congregación Emanuel en Puebla, Pue. (devorado por un incendio), o los colegios Hijas de Allende en Pachuca, Hgo. (la escuela e internado para niñas más grande de Latinoamérica demolido para hacer una ambiciosa ampliación cuyos fondos fueron devorados por la devaluación de finales de los años 70 del siglo pasado) o el colegio e internado (incluido su anexo agropecuario) Benjamín N. Velasco en Querétaro, Qro. o el Hospital y Escuela de Enfermería Palmore en Chihuahua, Chih., el Colegio Juárez en Guanajuato, Gto., por mencionar sólo unos ejemplos. Ello sin considerar las alteraciones parciales e irremplazables como en El Divino Redentor (Aztecas) en la Ciudad de México, en el Divino Salvador, en Pachuca, o La Santísima Trinidad, en Chicavasco, ambos en el estado de Hidalgo, en los últimos años.

La IMMAR no puede darse el lujo de seguir siendo mal administrador de “bienes nacionales” o propios, ni mal mayordomo de lo se le ha confiado, mucho menos de mantener una actitud de irresponsabilidad respecto al patrimonio histórico edificado, símbolo de su historia, referente de una nueva fe en innumerables poblaciones y, en muchos casos, hitos arquitectónicos de las localidades de ubicación. Por ello, desde la conferencia General de 2014 en Tijuana, B.C, se pugnó por establecer un Consejo Consultivo a nivel nacional, responsable del patrimonio histórico edificado de la Iglesia Metodista de México. Fue rechazada la propuesta. Un nuevo intento se hizo en la recién Conferencia General de 2014 en Querétaro, Qro, y fue aprobado, pero sólo en los ámbitos conferenciales. Es decir, se prefirió establecer seis organismos, uno por conferencia en lugar de uno solo a nivel nacional, dejando al interés y preocupación de cada obispo y sus conferencias esta tarea (Ver la legislación aprobada incluida en la nueva Disciplina de la IMMAR, 2018-2022, Art. 741, y el Anexo 6, Ficha de Información básica de Bienes Muebles). No obstante, con esta decisión los metodistas se colocan a la vanguardia como asociación religiosa dispuesta salvaguardar el patrimonio edificado propio y el encomendado. Otras iglesias simplemente han asumido la actitud de “si el bien es de la nación, que la nación lo mantenga”. De igual manera, algunas congregaciones metodistas, por desconocimiento, piensan que pueden hacer lo que quieran con sus templos y demás propiedades: ampliarlos, cambiarlos o hasta demolerlos. Con esta nueva actitud, difícilmente podrá seguir siendo así.

Para frenar los equívocos y cumplir como buenos mayordomos la encomienda del patrimonio edificado que usa, el acuerdo recién aprobado establece que se constituirá un Consejo Consultivo Conferencial del Patrimonio Histórico Edificado en cada Conferencia Anual, que trabajará con los obispos y las Comisiones Distritales de Supervisión de Proyectos de Construcción (Arts. 196 y 739), con el propósito de resguardar el patrimonio histórico edificado de la Iglesia Metodista de México, por medio de acciones concretas como:

  1. Establecer un catálogo histórico de las edificaciones de la iglesia, desde su fundación a la fecha.
  2. Elaborar y divulgar información sobre la responsabilidad del patrimonio histórico edificado de la iglesia.
  3. Apoyar técnicamente a las congregaciones cuando deseen ampliar o modificar bienes de patrimonio histórico de la iglesia.

El Consejo estará integrado, en cada Conferencia Anual, por un comité técnico al que se sumarán un representante del Obispo correspondiente, un representante de la Dirección de Archivo e Historia y un representante de la Sociedad de Estudios del Metodismo Conferencial, elegidos para un periodo de cuatro años. Se buscará que de entre los integrantes del Comité Técnico se incluya por lo menos a un arquitecto, un ingeniero civil y un restaurador de edificios, junto con un historiador.

Es obvio que la vida de las congregaciones es dinámica y que en muchos de los casos la utilización de sus espacios puede variar para hacer el espacio más cómodo, más amplio o más “significativo” y “actual” formalmente. No obstante, cada congregación debe estar consciente de sus orígenes, su devenir y la responsabilidad del uso de los espacios bajo su resguardo, muy en particular cuando son patrimonio de la nación, o estén catalogados como patrimonio artístico y cultural por su emplazamiento o arquitectura, y como parte del catálogo del Patrimonio edificado de la Iglesia Metodista de México. El llamado es para que cada congregación trabaje, a través de sus Distritos, organizando un expediente completo con la documentación que clarifique y ordene las propiedades que administra. Que si no la tiene aún, escriba su historia, entreviste a sus ancianos y recolecte información e imágenes de su devenir histórico. Que conozca sus orígenes y descubra qué tanto ha modificado sus inmuebles, templos casa pastorales y demás. Que corrija modificaciones a los edificios cuando se han asumido prácticas cúlticas ajenas al espíritu wesleyano.

Si bien esta acción no es la tarea principal de la IMMAR, sí coadyuvará a fortalecer la identidad histórica y presencia a través del primer símbolo identificado por la sociedad, su arquitectura, en cada lugar donde ha sido puesta para compartir la buena nueva.

(*) Héctor García Escorza, Dr. PT.
Presidente del Consejo Consultivo del Patrimonio Histórico Edificado, Conferencia Anual Septentrional. Miembro de la Iglesia Metodista Getsemaní, Mineral de la Reforma, Hgo.