EDITORIAL

El Reino de Dios: un sueño de libertad y justicia

El pasado 10 de abril se conmemoró el centenario de la muerte del General Emiliano Zapata Salazar. Hombre sensible a los reclamos de su tiempo, vivió en carne propia la explotación de los terratenientes en el Estado de Morelos y luchó por restablecer los derechos de propiedad ancestrales de los más desposeídos: los campesinos. “La tierra es de quien la trabaja” fue su lema fundamental, en una época en la que México se debatía entre la difícil construcción de una identidad nacional después del sangriento siglo XIX, el marasmo político dejado por el porfiriato y la injusticia social que no dejaba despegar a una nación que cumplía casi cien años de vida independiente por aquel entonces. Por su lucha ante la injusticia, fue arteramente asesinado por las fuerzas del Gobierno Federal. Entre algunos de los ideólogos del zapatismo, figuraron Genovevo de la O y Otilio Montaño, campesinos, maestros y, este último, predicador metodista; ambos, redactores del Plan de Ayala, documento que marcó el rumbo de la lucha zapatista. Todos ellos fueron un estandarte de la reivindicación de los derechos del campesino, oprimido entre el amor a la tierra y la injusticia de la explotación del hombre por el hombre.

El 4 de abril, también, se cumplió el 51 aniversario luctuoso del pastor Martin Luther King Jr., caído en un atentado en la ciudad de Memphis, Tennessee, en los Estados Unidos. Luchador incansable por los derechos civiles de las minorías raciales de aquel país y del mundo, visionario de un mundo incluyente y justo, promotor permanente de la libertad.

Zapata y King encarnaron manifestaciones del amor al prójimo: amor a la tierra, amor a la libertad. Amor sin ideología, amor simple, amor como utopía. El amor al prójimo es, sin duda, una de las credenciales del cristiano. Si bien es cierto que hay manifestaciones diarias de la justicia, como la tenencia de la tierra y los derechos civiles, nuestra esperanza como cristianos es el acceso a un Reino va más allá de nuestras expectativas, es un Reino en donde encontramos tierra de la que fluye leche y miel, es un Reino en donde –en palabras del Dr. King- soñamos vivir todos juntos en completa libertad, en donde gozaremos al fin de la libertad completa, de la libertad de Dios.

También por ello, en el Evangelista Mexicano celebramos el esfuerzo de unidad de las diversas comuniones cristianas, buscando el mensaje fundamental: la justificación por la fe y el amor de Dios. Celebramos el esfuerzo por fortalecer la “credencial de identidad” del cristiano: el amor al prójimo, en esa utopía de construir el Reino de Dios, aquí y ahora en esta Tierra. Ese Reino libertador y justo que nos permita tener acceso a esa tierra prometida.

Durante el Éxodo bíblico, el pueblo elegido de Dios fue disciplinado para su acceso a la Tierra Prometida, teniendo presente que eran necesarios 3 elementos para acceder a ella: mantener la presencia de Dios, construir un lugar donde adorar a Dios y tener un procedimiento para la expiación del pecado individual y social. Los cristianos en la actualidad, no necesitamos andar por el desierto 40 años para que perezca toda una generación, pero sí esforzarnos y ser muy valientes teniendo en mente los mismos elementos: mantener la presencia de Dios a través del Espíritu Santo, ofrecer nuestro mismo cuerpo como culto racional para la adoración a Él y, por sobre todo, una fe inquebrantable en la expiación perfecta en Jesucristo.

Preparémonos, pues, para la Semana Santa que comienza este día. Recordemos que no se necesita nada para completar la perfecta virtud de vida sino la obediencia perfecta en la muerte. Tengamos muy presente que quien quiere servir a Dios debe estar presto, no solamente a entregar toda su alma y su fuerza mientras viva, sino que debe estar preparado a renunciar a su vida cuando sea para la gloria de Dios.

Nuestro perfecto sustituto puso la última pincelada en Su obra al morir, y por tanto Él argumenta que está absuelto de cualquier deuda, pues “Consumado es”.