EDITORIAL

La educación en la construcción del Reino de la justicia y la paz

El día especial para reconocer a los maestros en México es el 15 de mayo. Fue en 1917 cuando el Congreso de la Unión estableció esta fecha para honrar a aquellos que han abrazado la vocación de formar a la niñez y a la juventud. Pero, ¿Por qué el 15 de mayo precisamente? Porque en ese mismo año 1917 se celebraba el cincuentenario del Triunfo de la República ante la intervención francesa encabezada por Maximiliano de Habsburgo, Archiduque de Austria, derrotado definitivamente en Querétaro, justamente el 15 de mayo de 1867.

Ese triunfo representó, en su momento, la reafirmación de los ideales de independencia política de un pueblo que había vivido avatares de toda índole: sociales, políticos y militares, que no le habían permitido consolidar un proyecto de nación, desde la separación de España en 1821. Pero sobre todo, fue la reafirmación de un proyecto visionario de una generación notable de mexicanos que soñaba con un país pleno de paz, justicia y bienestar. Los maestros, pues, eran visualizados como los artífices fundamentales en la construcción de ese proyecto que llevaría a nuestro país a encumbrarse entre todas las naciones del mundo y que, desde entonces, se ha venido construyendo en nuestro querido México

En años recientes y en diversos foros auspiciados por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés), se ha consensuado que la educación es un proceso formativo que se construye a lo largo de una vida y se basa en cuatro pilares:

  1. Aprender “a conocer”;
  2. aprender “a hacer”;
  3. aprender “a vivir juntos”;
  4. y aprender “a ser

El aprender “a conocer” implica el proceso tradicionalmente conocido como “instrucción” o “enseñanza”. Pero supone, además, aprender a aprender para poder aprovechar las posibilidades que ofrece la educación a lo largo de la vida.

El aprender “a hacer” se refiere al adquirir no sólo una calificación académica sino, más bien, una competencia que capacite al individuo para hacer frente a gran número de situaciones y a trabajar en equipo. Pero, también, aprender a hacer en el marco de las distintas experiencias sociales o de trabajo que se ofrecen a los niños y jóvenes.

El aprender “a vivir juntos” significa el desarrollo de la comprensión del otro y la percepción de las formas de interdependencia –realizar proyectos comunes y prepararse para tratar los conflictos- respetando los valores de pluralismo, comprensión mutua y paz.

Finalmente, el aprender “a ser” se refiere a la capacidad a mejorar la propia personalidad y obrar con creciente capacidad de autonomía, de juicio y de responsabilidad personal.

Sin embargo, esta categorización genial de los aspectos a considerar como pilares de una formación integral, ya eran mencionados por el pastor John Wesley en la Inglaterra del siglo XVIII. El conocimiento escritural basado en el estudio de la Biblia; la razón como herramienta metodológica que cuestiona permitiendo construir destrezas y habilidades; la experiencia como materialización de una fe actuante que define el ser del creyente; y la tradición histórica de la iglesia como testimonio de su capacidad de vivir en comunidad. Para Wesley, desde entonces, representaban los cuatro elementos (o fuentes teológicas) que permitían al movimiento metodista construir un proyecto tangible del Reino de Dios en la sociedad de aquella época.

Y aún más, nuestro Señor Jesucristo, el Maestro de todos los maestros, fue capaz de integrar todos estos aspectos en su ministerio: conocer, hacer, convivir y ser. ¿Y quién, sino Él, sería capaz de ser el Maestro perfecto? Pero sobre todo, nos sigue instruyendo, formando, capacitando y entrenando como “ciudadanos” de ese Reino que no consiste sólo en palabras, sino en poder (1 Corintios 4:20), y se puede experimentar aquí y ahora. En ese Reino que no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17).

Actualmente, se discute en los foros educativos, si es pertinente “educar” a las nuevas generaciones bajo cierta visión o proyecto, o simplemente exponerlos ante los diversos estímulos que encontrarán en el mundo y dejarlos “decidir” libremente sobre la conveniencia de tal o cual acción. Existen aquellos que califican la educación formal como una actitud intervencionista que es inaceptable porque supuestamente viola el derecho y libertad de acción del educando. Ante eso, los cristianos evangélicos seguimos persuadidos de que debemos poner muy en claro que es nuestra obligación, en forma preventiva, educar a los hijos y discípulos, con toda vehemencia, perseverancia y congruencia, en los principios bíblicos de conducta que los ayudarán a alcanzar la meta deseada de llegar a la edad adulta habiendo elegido libremente, por convicción propia, ser individuos cristianos, decentes, útiles, necesarios, productivos para la sociedad y enteramente preparados para toda buena obra.

Por eso conviene no perder de vista que toda educación es selectiva: escoge unos valores, unas normas de comportamiento o unos sectores del saber, y los transmite a la nueva generación. El problema es: ¿Qué valores hay que transmitir? ¿Hacia qué dirección debemos orientar a nuestros hijos? Si el hombre es sólo un ente que vive unos cuantos años en un planeta lleno de sufrimientos y que muere para dejar a otros un poco más de oxígeno, la educación tendrá una orientación muy concreta. Si el hombre, en cambio, es un ser espiritual, con un alma inmortal, llamado a vivir para amar y destinado a construir un mundo de justicia y de paz, la educación tendrá otra orientación bastante diferente de la anterior.

Se necesita que los hijos en nuestro país sean sanados en la forma de pensar y de actuar, por tal motivo la dirección de los padres y las madres como primeros maestros en la vida, es de vital importancia. Cada niño necesita ver: amor, disciplina, valores y principios claros en los hogares, así como una fe congruente a la Palabra de Dios.

En su edición de hoy 15 de mayo, El Evangelista Mexicano rinde homenaje a aquellos que han abrazado el ministerio de la educación siendo promotores de los valores del Reino y Su justicia, formadores de un proyecto basado en el amor, la disciplina, los valores, los principios y una fe congruente con la Palabra de Dios.

Muchas felicidades. Nuestro reconocimiento para todos ustedes.

4 comentarios sobre “EDITORIAL

  1. Brillante correlación entre los cuatro pilares del proceso educativo y las cuatro fuentes teológicas de la doctrina metodista. Felicidades.

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  2. Muchas gracias por tu comentario, estimado Isaac. Me temo que me confundes con mi padre, el Arq. Martin Larios García, profesor de la ESIA del IPN durante casi 40 años en el plantel de Tecamachalco. Nuestro reconocimiento a todos los que, como tu, ejerce el ministerio de la educación con un propósito aún más excelente contribuyendo a la construcción de un país más justo, digno y pacífico, desde instituciones tan nobles como el Instituto Politécnico Nacional.
    Fraternalmente, tu servidor Martín Larios Osorio.

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  3. C. Martín Larios. Reciba una atenta felicitación por su editorial tan interesante. Mi nombre es Isaac Lot Muñoz Galindo, metodista, miembro del Coro AMEN, de jóven liguero conocí y traté al C. Donato Guerra en la I, M, de Gante, soy profesor en la carrera de Ing. Arq, en la ESIA Tecamachalco del I P N desde hace muchos años y creo que nos conocimos en esa institución. Recibo y leo con mucho interés la revista. Le envío un atento y cordial saludo.

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