En Nombre de Dios que Muere Inocente

EN NOMBRE DE DIOS QUE MUERE INOCENTE

Alan Sánchez Cruz
Mayo de 2019

Hace 102 años murió Otilio Montaño y, como suele suceder con las personas de bien, que defienden la tierra junto con sus hermanas y hermanos campesinos, de una manera vil. Poco antes de cumplirse su sentencia de muerte, redactaría lo que más tarde sería conocido como su Testamento político, donde advertía la traición de algunos líderes zapatistas, destacando el nombre de Antonio Díaz Soto y Gama. ¿Qué hizo Montaño para merecer la muerte, no de manos del enemigo sino de sus propios compañeros? El también compadre de Emiliano Zapata fue enjuiciado injustamente con el aparente consentimiento de El Jefe. Poco se sabe de las causas, por lo que vale la pena repasar algunos pasajes de su historia.

El 13 de diciembre de 1887, en Villa de Ayala, Morelos, llegaría a la familia Montaño Sánchez el pequeño Otilio Edmundo quien, desde temprana edad, habría de distinguirse de sus hermanos. Luis Montaño, uno de ellos, compartiría más tarde la razón principal por la que Otilio se dedicaría a las letras y no, propiamente, a la actividad familiar: “[…] mis hermanos cultivamos junto con mi padre nuestro campo, excepto Otilio que no le gustaba la agricultura y él quizo [sic] estudiar para maestro: ‘sólo a ustedes les gusta andar siempre cagados de vaca’, nos decía” .

Su familia tenía el recurso para cubrir la educación de Otilio. Sus primeros estudios los realizó en la Escuela Real de Villa de Ayala y concluyó la primaria en la escuela Guillermo Prieto, de Cuautla. Continuó preparándose en escuelas de su estado y cursó la carrera de leyes por correspondencia. Trabajó como docente en las comunidades de San Juan Huejotzingo, Tlayca, Jantetelco, Yautepec, Anenecuilco y Villa de Ayala. En esta última fungió como director, era ya 1910.

Aunque sus orígenes fueron distintos a los de Zapata, fue compatible con la mentalidad de éste. Puede inferirse que su incursión en la guerra revolucionaria no fue debido a su experiencia personal de sufrir abusos a manos de los hacendados, sino porque había adquirido conciencia de la problemática de su comunidad mediante la observación de su entorno; sobre todo porque Montaño conocía a la perfección las contradicciones tan marcadas en la sociedad morelense, puesto que se codeaba con las élites locales al tiempo que su origen era campesino y se encontraba en contacto cotidiano con alumnos pertenecientes a las familias de las clases bajas en la entidad; además de la marcada influencia del ideario liberal en su formación .

En 1909, Montaño conoció a Amador Salazar, tío de Emiliano Zapata, en Yautepec. Salazar le presentaría a su sobrino cuando éste último tomaba posesión como calpuleque . Pronto entablaron amistad y, junto a Pablo Torres Burgos -jefe del movimiento maderista en Morelos y adepto, al igual que Montaño, a la teoría magonista-, laboraron estrechamente por el bien de la comunidad. Otilio Montaño se integró al movimiento subversivo en agosto de 1911. Aunque no participó en su primer alzamiento, debido a que su padre se encontraba enfermo, se incorporó una vez que su progenitor falleció.

En marzo de 1911, poco después de que Torres Burgos se entrevistara con Francisco I. Madero en Texas para ser nombrado el líder del movimiento en Morelos y planeando junto con Zapata la toma de Villa de Ayala, el compromiso de Montaño con los suyos se hizo manifiesto:

Torres Burgos leyó ante el pueblo reunido en Asamblea el Plan de San Luis. En medio del alboroto se escuchó una consigna que expresó el sentir y pensar de los hombres y mujeres del campo: «Abajo las haciendas, vivan los pueblos», pronunciada por el maestro rural Otilio Montaño .

Nacían los zapatistas y el sur se sumaba al ideal de la Revolución Mexicana, cuyos actores anhelaban “algo más que un cambio de personajes en la escena gubernamental y con las armas en la mano buscarían transformar las bases mismas del poder” .

A pesar de las críticas por demás sesgadas de autores como John Womack Jr. , y de Octavio Paz Solórzano -padre del Premio Nobel- a su persona , Montaño sería uno de los primeros intelectuales que ayudarían a conformar el pensamiento del Ejército Libertador del Sur, cuyas bases quedarían asentadas en el Plan de Ayala, firmado el 28 de noviembre de 1911 en Ayoxuxtla, Puebla, con la participación de siete generales, diecisiete coroneles, treinta y cuatro capitanes y un teniente del ejército zapatista, constituidos en Junta Revolucionaria del Estado de Morelos.

Distintos planes promulgados con anterioridad pudieron preparar el camino para el de Ayala. En el libro A cien años del Plan de Ayala se enlistan algunos de ellos , contando entre los principales el de Ayutla (1854), el de Tuxtepec (1876) y el de San Luis (1910). Aunque difícilmente se encuentra información de uno más, faltaría nombrar el Plan de Tlaltizapán (julio de 1911) , por su influencia en el redactado por Montaño. Su importancia se encuentra, además, en el corte religioso de su autor, el general José Trinidad Ruiz, pastor metodista, allegado a Montaño y a Zapata. Trinidad Ruiz firmó también el Plan de Ayala -hay versiones que afirman que redactó parte del mismo- y se integró al movimiento zapatista temporalmente, antes de su muerte en 1915.

Continuando con la labor de Montaño, esta se vería opacada con la llegada de los también intelectuales Manuel Palafox y Antonio Díaz Soto y Gama; el último, en el año de 1913. Aunque compartían la misma trinchera, las visiones eran distintas. Palafox y Soto y Gama serían intelectuales de escritorio, mientras que Montaño, por su cercanía a Zapata, tendría encomiendas especiales, y recibiría de Emiliano toda la confianza. Poco a poco comenzarían a surgir pequeñas riñas entre las filas zapatistas (en esto ayudaron los carrancistas quienes, habiendo sofocado al villismo en el norte, buscarían la manera de dividir al movimiento suriano), y así reinaría un clima de traición y desconcierto. Las consecuencias de ello: deserciones y fusilamientos. De esto, tristemente, harían partícipe al general Otilio Montaño cuatro años más tarde.

En mayo de 1917 estalló un levantamiento contra el Cuartel General zapatista en Buena Vista de Cuéllar, Guerrero. Zapata ordenó sofocar la revuelta de inmediato que, al parecer, estaba orquestada por Lorenzo Vázquez, acusado de traición y ahorcado el día 7 del mismo mes. Algunos prisioneros capturados acusaron a Otilio Montaño de tener vínculos con Vázquez, lo que obligó a Zapata a ordenar una indagatoria para comprobar la responsabilidad de Montaño en ese asunto.

El día de su captura, 13 de mayo de 1917, Otilio Montaño estaba acompañado de su hermano Luis y un amigo en común, Abraham; viajaban rumbo a Guerrero, al poblado de Huitzuco, con el fin de adquirir víveres, pues los que habían conseguido antes se agotaron rápidamente. Gil Muñoz Zapata, junto con su escolta, por órdenes directas de Emiliano Zapata, alcanzaron a los hermanos Montaño y a su acompañante camino a Jojutla, pasaron al lado de ellos a caballo “sin saludarlos”, los rebasaron unos 100 metros; retornaron y Gil Muñoz apuntó directamente a Otilio Montaño con el fusil mientras les advertía, según narró Luis Montaño: “Hagan alto, nadie se mueva, usted general, es mi prisionero” .

Fueron trasladados al cuartel de Tlaltizapán, siendo liberados su hermano y Abraham poco después. Montaño estuvo cautivo hasta el 15 de mayo, cuando fue formado un consejo de guerra que sería el encargado de juzgarlo. Así se integró dicho consejo: general Manuel Palafox, presidente; coronel Serafín M. Robles, primer vocal; Joaquín V. Blanco, segundo vocal; ingeniero Manuel Y. Gutiérrez, tercer vocal; licenciado Antonio Díaz Soto y Gama, cuarto vocal. El consejo se formó a modo, mientras Zapata se ausentaba de Tlaltizapán el mismo día, tal vez para no descubrir una posible traición de su compadre. Emiliano indicó, antes de retirarse, que podía conceder la gracia en casi cualquier delito, menos el de traición.

De acuerdo al veredicto, “al acusado se le comprobaron todos los cargos y fue condenado al paredón” . En su defensa, Montaño argumentó que aquello servía para satisfacer ambiciones miserables, y acusó a los miembros del consejo de ser traidores al pueblo, a la Revolución, a los ideales zapatistas y a la patria. A punto de ser ejecutada la sentencia, el 18 de mayo de 1917, el acusado hace un gesto memorable:

Antes de morir dicta un testamento en el que afirma: “Voy a morir, no cabe duda, pero ahí donde se hace la justicia, ahí los espero tarde o temprano”. A Montaño, antes que nada un espíritu religioso, se le niega la extremaunción. Se resiste a morir de espaldas pero lo fuerzan. Abre los brazos y declara, “en nombre de Dios”, que “muere inocente” .

Uno de sus enemigos políticos, Antonio Díaz Soto y Gama, afirmaría hasta el final de sus días la culpabilidad de Montaño . Excusando un proceso limpio, lo cierto es que su sentencia fue forjada a las sombras de la noche y no ante el pueblo, contrario a lo que pidió Montaño, y sus testigos solamente fueron acusadores.

Algunos de nuestros historiadores metodistas (Luis Rublúo Islas, Rubén Pedro Rivera) afirman que el general estuvo dentro de las filas de la denominación. El autor de las presentes líneas no ha encontrado tal información en historiadores seculares, como sí sucede en el caso del pastor José Trinidad Ruiz. Pero, aunque no es seguro ubicar su filiación religiosa, hay certeza en decir que Otilio Montaño era un hombre de fe, cuya muerte recuerda a la del inocente que fue condenado a la cruz por interferir con los intereses mezquinos de sus detractores.

Su cuerpo fue colgado en un árbol de cazahuate, para amedrentar a todo aquel que quisiera traicionar al movimiento. Quienes le enjuiciaron querían exhibir sus restos para deshonrarlo, pero al día siguiente desaparecieron. Quizá, sin saberlo, quienes lo descolgaron cumplieron las Escrituras (Deuteronomio 21:23).


[1] J. Salazar Pérez, General Otilio Montaño. Cuernavaca: Cuadernos Morelenses (México, 1982); en Luis Huerta-Rosas, Otilio Montaño, ¿traidor o compadre de Zapata? (México, MIGUEL ÁNGEL PORRÚA, 2017), 85.

[2] Luis Huerta-Rosas, Otilio Montaño, ¿traidor o compadre de Zapata?, 86.

[3] Este personaje era el jefe del calpulli, figura que ya existía en los pueblos indígenas antes de la dominación española. Ver: Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata (México, CONACULTA, Segunda Edición: 2011), 192-200.

[4] Luciana Lartigue, La Revolución Mexicana (México, OCEAN SUR, 2011), 49.

[5] Ibídem.

[6] “Aunque Zapata le tenía simpatía, nunca había sentido muncho respeto por él. Montaño hablaba demasiado y rara vez iba al grano. Anarquista, positivista, autor de pastorales, a menudo había aburrido a Zapata o lo había hecho reír. Además, era incapaz de escribir una simple oración. Su estilo literario servía especialmente para expresar rimas filosóficas pero no para una simple correspondencia”. En: John Womack Jr., Zapata y la Revolución Mexicana; trad. Francisco González Aramburo (México, SIGLO XXI, Trigésima Reimpresión: 2011), 280.

[7] Influenciado por Antonio Díaz Soto y Gama, sobre la redacción del Plan de Ayala, Paz Solórzano escribió: “Acerca de su redacción hay varias versiones: el general Zapata, al preguntarle el que esto escribe quién lo había hecho, no respondió de una manera clara, pero el licenciado Soto y Gama le dijo que una parte del plan lo había redactado el profesor Otilio Montaño, a quien había tenido que encerrar en un cuarto durante ocho días, para que interpretara sus ideas, porque como era muy tonto no podía hacerlo”. En: Octavio Paz Solórzano, Emiliano Zapata (México, FCE, Primera Reimpresión: 2016), 98.

[8] Édgar Castro Zapata y Francisco Pineda Gómez (comps.), A cien años del Plan de Ayala (México, ERA, Primera Edición: 2013), 121-141.

[9] “El lenguaje religioso cristiano en dos proclamar zapatistas”, exposición por el Ing. Agur Arredondo Torres, en el marco del Encuentro de Cronistas del Estado de Morelos y de la Región Mixteca del estado de Puebla (s/a).

[10] Luis Huerta-Rosas; Op. Cit, 114. [1] Barreto, Carlos (noviembre de 2012) La muerte de un gran zapatista: Otilio Montaño. Relatos e historias en México. Año V, número 51, p. 56.

[11] Barreto, Carlos (noviembre de 2012) La muerte de un gran zapatista: Otilio Montaño. Relatos e historias en México. Año V, número 51, p. 56

[12] Enrique Krauze, Emiliano Zapata: el amor a la tierra. Biografía del poder, vol. 3 (México, FCE, Primera Reimpresión: 1987), 114.

[13] Leer la biografía exhaustiva: Pedro Castro, Soto y Gama: genio y figura (México, UAM, 2002).