¿Todavía Cantas Himnos?

¿TODAVÍA CANTAS HIMNOS?

Por Alan Sánchez Cruz, con motivo de la reciente publicación del libro “Nuestros himnos”

Octubre de 2019

“Cuando se reúnan, canten salmos, himnos y canciones espirituales.
Alaben a Dios el Padre de todo corazón, y denle siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Efesios 5:19-20 TLA

Uno de los rasgos distintivos del metodista desde sus inicios fue el ser un pueblo cantor. Fieles a las instrucciones evangélicas, los creyentes en las filas de esta Iglesia -junto a nuestros hermanos en otras denominaciones históricas- hemos procurado ser diligentes en cuanto a las enseñanzas del divino Maestro, resumidas en amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

La Sagrada Escritura nos muestra cómo el Señor, en su ministerio de salvación/sanación, tenía prácticas comunes a los suyos, así como singulares: sanaba escupiéndole al lodo, tenía más amigos fuera del templo que dentro, usaba la Torá para decirle a los entendidos de su tiempo que sus prácticas eran malas e iban en contra de la voluntad de Dios. Tenía la autoridad para, por un lado, gritar “Sepulcros blanqueados… ¡generación de víboras!” [1] o mostrarse enérgico tirando las mesas de los mercaderes y, por otro, sentar a un niño en sus piernas y expresar: “De los que son como ellos es el reino” [2].

Una más de sus prácticas -a la que no se le da la importancia debida- era el cantar en y con la comunidad. Mateo 26:30 advierte que “cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos”. Terminada la “última cena”, antes de anunciarle a Pedro que le iba a negar, todos cantaron un himno. ¡El Maestro cantó! A pesar de que el evangelista no precisa qué tan afinado sería -no hace falta- o cuál era el himno en específico, da cuenta de que, a la par de la fe y las buenas obras, el canto (himnos y alabanzas) es del agrado del Padre y es importante en la liturgia o servicio cúltico del pueblo. Los metodistas, entonces, debemos revisar de vez en vez qué tanto la fe que decimos tener refleja un estilo de vida renovado, en el amor a Dios y a nuestro prójimo; y el canto nos ayudará para este fin.

En el año en que el metodismo llegó a México (1873, año oficial), el entonces presidente del país, Sebastián Lerdo de Tejada, había realizado el viaje inaugural del ferrocarril entre México y Veracruz apenas el 1 de enero; Ricardo Flores Magón, periodista, historiador y filósofo revolucionario nacía el 16 de septiembre; y el 30 de octubre arribaba a este mundo el futuro mandatario Francisco I. Madero. Mientras tanto, el Obispo John C. Keener, enviado por la Junta de Misiones de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur (IMES) adquiría a finales de enero y principios de febrero la capilla de San Andrés [3] -primera propiedad de la Iglesia Metodista en la capital del país- y, a finales de marzo, William Butler y Thomas Carter, de parte de la Iglesia Metodista Episcopal (IME) [4], compraban la propiedad en la que los fieles se congregan hasta la fecha en “La Santísima Trinidad” en la calle de Gante.

Con los misioneros y su proyecto de nación llegaron también los himnos. Por supuesto, para aquel entonces ya había varios traducidos a nuestro idioma, gracias a personajes como el inglés Thomas Martin Westrup -traído a México desde los quince años- o los españoles Juan Bautista Cabrera y Pedro Castro Iriarte. En cuanto a los mexicanos, se encuentran Ernesto Barocio, Abel Pierson Garza, Effie Chastain de Naylor, entre otros. Mención especial -y debido al tenor del presente texto- merecen los metodistas William Butler y sus hijas. Dice Cecilio McConnell:

Los metodistas también contribuyeron con himnos a los primeros cancioneros evangélicos, himnos que pronto llegaron a usarse también en la Madre Patria. El doctor WILLIAM (GUILLERMO) BUTLER, después de haber fundado la obra metodista en la India en 1857, llegó a la ciudad de México en 1873 […]. Uno de sus primeros trabajos fue establecer una imprenta en 1876. Entre los primeros libros publicados había un himnario con trescientos trece himnos, el Himnario de la Iglesia Metodista Episcopal. Ayudaron a Butler en esa tarea sus dos hijas JULIA Y CLEMENTINA. Después de un mayor trabajo, en 1881 se publicó una edición que también contenía música. Butler falleció en 1889. En escritos de esos años hay referencias a los himnos de Butler, pero evidentemente no los firmó, ya que ahora ninguno aparece con su nombre [5].

Continuando el listado, encontramos a Bertha Westrup Barocio, Pedro Grado Valdés, Gonzalo Báez Camargo, Epigmenio Velasco Urda, Vicente Mendoza Polanco, Maurilio Olivera Chávez, Manuel Vigueras Flores, y otros más [6]. McConnell habla del valor que debe dárseles a quienes llamamos himnólogos o himnógrafos, de esta manera: “Detrás de cada cántico de nuestro himnario hay cuando menos una persona que, con una mezcla de «inspiración y sudor», dio a ese canto el contenido y la forma que lo hizo apto para ser entonado a Dios en los cultos” [7]. Al ejercitar su don las y los poetas, letristas, músicos y cantores, la Iglesia retomaba una tradición que venía -como se ha leído antes- desde los tiempos de Jesús y sus discípulos, los días de la iglesia primitiva que llegó a institucionalizarse, pasando por los reformistas y por los Wesley, hasta nuestros días.

Los himnos y sus divulgadores fueron clave importante en el establecimiento de las misiones metodistas en el país. De acuerdo a Rubén Ruiz Guerra, “los metodistas, y en general los protestantes, tenían un arma poderosa para hacerse propaganda. Primero atraían la curiosidad de la gente por medio de la música y después, con el contenido de las letras, expresaban su mensaje” [8]. Puesto que los himnos eran necesarios para crear una identidad metodista entre los connacionales, dice Xeitl Ulises Alvarado López que “A los pastores se les encargó de manera especial que apoyaran el canto en sus congregaciones pues era parte del ser metodista” [9].

Con el paso del tiempo, en algunas congregaciones comenzó a menguar el interés por divulgar su historia hímnica, y ya no solamente habría que hablar de la Iglesia Metodista. Gran parte de las comunidades de fe actuales o “modernas” han optado por amenizar sus reuniones con las llamadas “alabanzas contemporáneas”, relegando el uso de los himnos a las Iglesias históricas. Por supuesto, tal cosa no ha de ser motivo de divisiones o enemistades denominacionales puesto que, en ambos casos, la letra y música de salmos, himnos y cantos congregacionales no serán un fin en sí, sino el puente que a cada uno y a cada una le dirija a una mayor comunión con el Ser Supremo, con Dios. No obstante, hay que traer a la memoria 1 Corintios 14:15: “¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento”.

Hermano, hermana, ¿todavía cantas himnos? Para algunos, el término “himno” es cosa de los abuelos o de gente nostálgica. Sin embargo, existen grandes historias, y curiosidades, detrás de ellos y de los libros que los compilan. Para muestra, el invento del Post it.

Se cuenta que el doctor Spencer Silver, químico que trabajaba para la compañía 3M en 1968, debía de encontrar un pegamento de alta capacidad que pudiera ser utilizado en la construcción de aviones. El resultado fue un pegamento de alta calidad, aunque lo suficientemente débil como para pegar dos hojas y despegarlas después sin dañarlas. Spencer buscó ayuda de sus colegas sin obtenerla. Fue hasta 1974 que Arthur (Art) Fry, otro científico de la compañía, enfrentó una pequeña complicación:

Todos los miércoles por la noche, mientras practicaba con el coro de su iglesia, usaba pedacitos de papel para marcar los himnos que iban a cantar en el próximo servicio. Para el domingo, descubriría que todos se habían caído del himnario. Necesitaba un marcador que se adhiriera al papel sin dañar las páginas.

Pensando en un seminario al que había asistido sobre las microesferas de Silver, tenía lo que ahora llama su “momento eureka”.

Al asociarse con Silver, comenzaron a desarrollar el producto. Una vez que se encontraron escribiendo mensajes en sus nuevas notas para comunicarse en la oficina, se dieron cuenta del potencial de la idea [10].

Desde una historia circunstancial hasta las memorias de quienes han llorado de tristeza o de alegría al cantarlos, los himnos están compuestos de mucho más que simples melodías. ¡Cómo no cantarlos! Cómo no entonar las palabras que, además de abrirnos a una experiencia grata con Dios, nos permiten el encuentro con el otro y la otra, a la vez que cantamos “¿Has tratado de llevar tu carga?”, “¿Cómo podré estar triste?”, “Iré si Él va conmigo”, traducidos por Vicente Mendoza; “Yo quiero trabajar por el Señor”, “Me hirió el pecado”, por Pedro Grado; o, “Ama el Pastor a sus ovejas” y “Me guía Él”, por Epigmenio Velasco, entre otros.

Para el pueblo creyente en general, los himnos son parte de una herencia centenaria que inició, inclusive, antes de los días de Jesús. Por tanto, valdría la pena desempolvar el himnario y aprender un himno nuevo, como señal de que no se echará “en saco roto” lo leído.


NOTAS

  1. Mateo 23:27-33 Reina Valera Revisión 1960 (RVR 1960)
  2. Mateo 19:13-15; Marcos 10:13-16 en distintas versiones.
  3. Rubén Pedro Rivera, Iglesia Metodista Episcopal del Sur, los primeros diez años en México (1873-1883). Apuntes para la historia (México, CUPSA, 2018), 47.
  4. Gonzalo Báez Camargo, Biografía de un templo (México, SEHIMM, Tercera Edición: 1998), 115.
  5. Cecilio McConnell, La historia del himno en castellano (Chile, CBP, Segunda Edición: 1968), 127.
  6. Listas más extensas se encuentran en: Ariel Waller González, La música cristiana, del Génesis a nuestros días (México, CUPSA, 2017), 241-261, apartado “La música evangélica en México”; en el trabajo de investigación del hermano José Donato Rodríguez, que en sus primeras líneas se lee: “Himnólogos e Himnarios. Compilación iniciada a principios de esta segunda década del siglo… con vistas a presentar un trabajo sobre himnología e himnólogos metodistas mexicanos, en proceso”. En la página:
  7. https://www.metodismomexicano.org/septiembre-2018#!. Consultada el miércoles 24 de julio de 2019.
  8. Cecilio McConnell M., Conozcamos nuestro himnario (Chile, CBP, 1980), 32.
  9. Rubén Ruiz Guerra, Hombres nuevos. Metodismo y modernización en México (1873-1930) (México, CUPSA, 1992), 32.
  10. Rubén Ruiz Guerra y otros, Viviendo la fe. Metodistas en México 1873-2000 (México, CUPSA/SEHIMM, 2015), 116, artículo: “El papel de los himnos en la Iglesia Metodista Episcopal del Sur en México 1873-1892”.
  11. https://www.post-it.com/3M/en_US/post-it/contact-us/about-us/; consultado el martes 29 de octubre de 2019, traducido del inglés.

Un comentario sobre “¿Todavía Cantas Himnos?

  1. El himnario que ilustra la imagen de este artículo es el de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No obstante, la primera versión de ese himnario, fue una recopilación de Emma Hale, quien había sido metodista. Por ello, muchos de los himnos que se cantan en dicha iglesia tienen autoría y raíces metodistas.

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