EDITORIAL

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La violencia contra ellas, una esclavitud de nuestros días

“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

Gálatas 3:28

El 25 de noviembre ha sido designado por la ONU como el Día Internacional de la Eliminación de la violencia contra la Mujer. De acuerdo a esa organización, la violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas, persistentes y devastadoras del mundo actual. ¿Los problemas principales? La impunidad de la cual disfrutan los perpetradores, y el silencio, la estigmatización y la vergüenza que sufren las víctimas. Por un lado, la indiferencia del agresor –con una conciencia cauterizada- y, por otro lado, la inmovilidad de la agredida –por un espíritu asolado y deprimido-.

Esta violencia puede ser de muchos tipos:

  • Violencia por un compañero sentimental (violencia física, maltrato psicológico, violación conyugal, feminicidio);
  • Violencia sexual y acoso (violación, actos sexuales forzados, insinuaciones sexuales no deseadas, abuso sexual infantil, matrimonio forzado, acecho, acoso callejero, acoso cibernético);
  • Trata de seres humanos (esclavitud, explotación sexual);
  • Mutilación genital, y Matrimonio infantil.

En nuestro querido México, de acuerdo a datos del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México, conocemos cifras que documentan esta violencia:

  • Ocurren 10 feminicidios al día.
  • 2 de cada 3 mexicanas han sufrido violencia, más de 63% a manos de su pareja o esposo.
  • 6 de cada 10 niñas han sufrido abuso sexual antes de los 15 años. 76% a manos de un familiar.
  • Cada 4 minutos una mujer es violada. Sólo uno de cada 10 agresores va a prisión.

Esto es una realidad que no admite indiferencia, nos reta a actuar con empatía y no cuestiona hasta lo más profundo de nuestra conciencia comunitaria: ¿Qué estamos haciendo?

La violencia contra la mujer sigue siendo un obstáculo para alcanzar igualdad, desarrollo, paz, al igual que el respeto de los derechos humanos de mujeres y niñas. Aún más, la promesa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de no dejar que nadie se quede atrás, no podrá cumplirse sin primero poner fin a la violencia contra mujeres y niñas.

Debemos empezar por cuestionarnos si estamos poniendo atención a las señales que estamos recibiendo. Seguimos oyendo voces que se irritan cuando, en esa lucha por la eliminación del concepto de género y en una supuesta lucha por la igualdad, hablar del “respeto a los bienes públicos”. Por eso, parece un dilema emitir una opinión cuando vemos mujeres echando piedras contra otras, pintando monumentos públicos y destruyendo la infraestructura de una ciudad.

Nos cuesta trabajo distinguir lo esencial. Porque la libertad no tiene la misma manifestación para todas las personas, como no la tiene el amor, o cualquier otro concepto difícil de concretar. Muchas mujeres crecieron jugando con muñecas, y están orgullosas de ello. Otras muchas están orgullosas de su maternidad. No nos hacemos más feministas por eliminar las muñecas del repertorio de juguetes, ni las hacemos más libres por llevarlas a jugar con coches. Ni nos hacemos más dignos pintando más muros o rompiendo más vidrios.

Si aplicamos la actitud de Jesús, podremos vivir el Evangelio y tendremos en este enfoque una pauta saludable y necesaria para seguir ganando en madurez como sociedad. El trato favorable de Jesús hacia las mujeres rompió la norma social de las relaciones entre hombres y mujeres en aquel tiempo. De algún modo, este escandaloso trato de igualdad fue parte del proceso que lo llevaría a la cruz.

Necesitamos más mujeres valientes que, sin plegarse a las modas o arrebatos del momento, estén dispuestas a defender aquello en lo que creen y hacerlo mientras trabajan en su ministerio, profesional o no, en la iglesia o no, dentro y fuera de su familia. El tema de fondo es vencer esos espíritus deprimidos y atemorizados que generan víctimas de violencia. Y, por supuesto, las conciencias cauterizadas, endurecidas y entenebrecidas, que son capaces de ejercer cualquier tipo de violencia hacia una mujer o una niña. Y allí, los varones, tienen también mucha tarea pendiente.

Debemos, pues, seguir caminando para erradicar la violencia contra las mujeres, por la libertad de las mujeres para no permitir ser violentadas, por la libertad de los varones para no violentar de ninguna manera a ninguna mujer. Por una sociedad con personas más libres y responsables. Pero, más allá, por personas más justas para todo.

El apóstol Pablo definió esta nueva libertad en Cristo como un espacio comunitario de igualdad. Y aunque la esclavitud ya ha sido erradicada en muchos lugares, esto no ocurrido con la igualdad plena entre hombres y mujeres. Y quizás sea esta la ruta marcada por Jesús cuando dijo que sus seguidores harían, en un futuro, “cosas mayores” que Él (Juan 14:12).

Caminemos firmes, recordando que el propósito del evangelismo no es meter personas a la Iglesia, es sacar a la Iglesia al Mundo para enfocarnos en la tarea encomendada, la Gran Comisión.

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