Los Imperfectos

Los imperfectos

Ernesto Contreras Pulido

La Biblia enseña que a diferencia de las plantas y animales que nacen con su conducta determinada por Dios en los instintos, respuestas condicionada y propósitos específicos, el ser humano fue creado a imagen (con espíritu inmortal) y semejanza (con libre albedrío o libertad para escoger su conducta) de Dios.

Así entendemos que Adán, antes de pecar, tenía plena libertad de decidir cada día, vivir obedeciendo y sometiéndose prudente, inteligente y convenientemente a la soberanía de su Creador, o decidir voluntaria, imprudente, necia y desastrosamente, someterse a la autoridad y señorío del enemigo de nuestras almas, al que la Biblia llama diablo, el maligno, Satanás y la serpiente antigua.

La historia bíblica nos relata que Adán, con plena conciencia y como el perro que se vuelve a su vómito y la puerca lavada que se vuelve a revolcar en el excremento, decidió desobedecer un mandamiento específico de su Hacedor y Buen Padre Celestial, y comió del árbol del conocimiento del bien y del mal, literalmente vendiendo así su alma al diablo y trayendo la maldición y desgracia a su persona, su descendencia y la creación entera.

¡Gloria a Dios! Porque Dios, el Buen Padre Celestial, sabiendo por presciencia (atributo de Dios que le da la facultad de saber lo que va a suceder sin necesariamente determinarlo), sabiendo de antemano que seríamos pecadores, desde antes de la fundación del mundo, no solo planeó la salvación de los mortales, sino que decidió por misericordia (favores y bendiciones inmerecidas), aliviar las horrendas consecuencias terrenales, pasajeras y temporales de nuestros pecados.

Pero que no quede duda que el justo juicio de Dios que por la herencia adámica cayó sobre nosotros, deberá cumplirse en su totalidad, y la única manera de librarnos o aliviar las consecuencias temporales del pecado (la enfermedad, tribulación, llanto, dolor, desgracias y muerte), es implorando la misericordia de Dios; y la única manera de librarnos de las consecuencias eternas de nuestros pecados (la condenación y los indecibles tormentos del infierno), es la salvación que por gracia (gratuitamente para nosotros, porque Jesucristo pagó por ella derramando su sangre y muriendo en vez de nosotros en la cruz del Calvario), el Buen Padre Celestial nos ofrece con el solo requisito de que con fe verdadera (que Él le da a todo el que desea sinceramente ser salvo), sabia y prudentemente, creamos, aceptemos, recibamos y confesemos a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador.

La sentencia divina dice: Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente (Jesucristo) y la simiente suya (el diablo); ésta le herirá en la cabeza (golpe mortal), y tú le herirás en el calcañar (la muerte temporal de Cristo seguida de la resurrección). Y a la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.

Fue así que el pecado entro en el mundo por un varón (Adán) y por el pasó a todos los humanos (genéticamente, por la herencia adámica), por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gracia de Dios, más Dios muestra su amor por nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros, y ahora Él es la propiciación (el sacrificio sustitutivo, suficiente y aceptable delante de Dios), por todos nuestros pecados, y no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo, porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en Él cree, y le acepta, reciba y confiese como su Salvador, no se pierda mas tenga vida eterna.
Pero ¡Gloria a Dios! que la promesa de Dios es fiel que cuando el tiempo y condición presente se cambie por cielo y tierra nuevas, durante el milenio, y por la gloria sempiterna después, Dios promete que los salvos estarán delante del trono de Dios, y le servirán día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Y ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero (Jesucristo) que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. ¡Aleluya! Porque las tribulaciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.

Al respecto de la condición actual del mundo, Antonio Aguilés comenta: “Hay mucha gente que no logra entender por qué Dios consiente que tantos inocentes sufran. O por qué media humanidad pasa hambre. O por qué Dios no arregla este mundo. Y por qué no lo hace de una vez, ya. Pero no parece serio echar a Dios la culpa de todo lo que se nos antoja que no va bien en este mundo. “Son los hombres –decía C. S. Lewis–, y no Dios, quienes han producido los instrumentos de tortura, los látigos, la esclavitud, los cañones, las bayonetas y las bombas. Debido a la avaricia o a la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad de la naturaleza, sufrimos pobreza y agotador trabajo”.

En muchas de esas quejas que lanzan algunas gentes contra Dios, hay una lamentable confusión. Consideran a Dios como un extraño personaje al que cargan con la obligación de resolver todo lo que los hombres hemos hecho mal, y, si es posible, incluso antes de que lo hubiéramos hecho. Es como una rebelión ingenua ante la existencia del mal, una negativa a aceptar la libertad humana. Y, como consecuencia de ambas cosas, un cómodo echar a Dios culpas que son solo nuestras.

En vez de sentirse avergonzados, por ejemplo, por no hacer casi nada por los millones de personas que cada año mueren de hambre, se contentan –es bastante cómodo, realmente– con echar a Dios la culpa de lo que, en gran medida, no es otra cosa que una gran falta de solidaridad de quienes poblamos el mundo desarrollado. ¿Tendremos que pasarnos la vida –se preguntaba Martín Descalzo– exigiendo a Dios que baje a tapar los agujeros que a diario producen nuestras injusticias? Cuando tendríamos que preocuparnos de resolver esa asombrosa situación por la que unos no logran dar salida a sus excedentes alimentarios mientras otros se mueren de inanición, y cuando parece que la mitad de la humanidad pasa hambre y la otra mitad está con un régimen bajo en calorías para adelgazar, es una pena que lo único que se les ocurra –en vez de trabajar más, o ser más solidarios, de una forma o de otra– sea echar en cara a Dios que el mundo (en el que suelen olvidar incluirse, curiosamente) es horrible.

Mucha gente parece haber sido educada en la idea de que todo lo malo que sucede en el mundo es culpa de otros. Y se dirigen a Dios como jueces y le reprochan todo lo malo que hacen todos. En vez de dirigirse a Dios para pedirle perdón de los propios errores, le increpan duramente, o como mucho se esfuerzan para solo quejarse de que haya creado un mundo tan injusto. Pienso que si una persona no comienza a analizar el mal en el mundo comenzando por el propio, por los propios errores, por todas las veces que no ha estado a la altura que debía, es difícil que haga juicios claros de lo que sucede en el mundo y sobre cómo arreglarlo. En cambio, si tiene valor para reconocer sus errores, es sorprendente cómo se acierta en el blanco. Podemos hacer mucho por mejorar el mundo. No somos simples accidentes de la bioquímica o de la historia, a la deriva en el cosmos.

Podemos, como hombres y mujeres con responsabilidad moral, convertirnos en protagonistas, no en meros objetos o víctimas del drama de la vida. ¿Pero cómo es que Dios permite tanta persistencia nuestra en el mal? ¿Por qué no nos cambia y nos hace, efectivamente, más solidarios?
La bondad humana es el resultado libre del esfuerzo de quien, pudiendo ser malo, no lo es. Y Dios ha dado al hombre un infinito potencial de bondad, pero también ha respetado la libertad de ese hombre –como hace, por ejemplo, cualquier padre sensato al educar a su hijo–, y ha aceptado el riesgo de nuestra equivocación. No es muy serio decir que Dios tiene que cambiarnos, cuando cambiar es el primero de nuestros deberes. Si Dios nos hubiera hecho incapaces de ser malos, ya no seríamos buenos en absoluto, puesto que seríamos marionetas obligadas a la bondad.

Pero se ven tantos errores en el mundo, tantas calamidades, tanto egoísmo, tantas lamentables aberraciones y tan difíciles de explicar…La respuesta cristiana a esto es clara: los desequilibrios que fatigan el mundo están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano, que sumerge en tinieblas el entendimiento y lleva a la corrupción de la voluntad. Esta es la clave para descifrar el enigma.

El verdadero mal proviene del interior del hombre, radica en una escisión que tiene su origen en el pecado. Igual que hay una experiencia clara de la existencia de la libertad, la hay también de que la libertad está herida, así como del mal que el hombre puede ser capaz de hacer. Las situaciones de injusticia social proceden de la acumulación de injusticias personales de quienes las favorecen, o de quienes pudiendo evitar o limitar ciertos males sociales, no lo hacen.

Los que se eximen de culpa personal para pasársela toda a las estructuras del mal, niegan al hombre su capacidad de culpa, y niegan por tanto su libertad y su responsabilidad personales, y disminuyen su propia dignidad. Los verdaderos creyentes, en cambio, se sienten responsables. Y cuanto más acentuado sea el sentido de responsabilidad de una persona, tanto menos buscará excusas y tanto más se examinará a sí mismo –sin absurdos complejos de culpabilidad–, para mejorar él y ayudar a mejorar a los que le rodean.

Pero arreglar un poco este mundo se ve como una labor muy a largo plazo, con un final lejano… Si algo resulta muy necesario, y además tardará en llegar, es entonces también muy urgente. Como dijo aquel mariscal francés al tomar posesión de su cargo: si estos árboles van a tardar veinte años en dar sombra, hay que plantarlos hoy mismo.”

Así concluimos que siendo que la sentencia dice que el alma que pecare esa morirá, y todos desde la concepción somos concebidos en pecado, y conscientemente, todos hemos pecado, si vivimos un día o cien años, es por la pura misericordia de Dios, si tenemos más o menos salud, más o menos capacidades, oportunidades y bendiciones, es por la pura misericordia de Dios. Seamos pues agradecidos, y buenos hijos, siervos, ministros e instrumentos de Dios para bendición de los pobres y menesterosos, porque esa es la voluntad de Dios.

Pero recordemos que Jesucristo nuestro Gran Dios, Señor y Salvador, no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Si tú no has aceptado a Jesucristo como tu Salvador: ¡Hazlo ahora! Pues Dios promete una vida abundante y misericordia a millares a los que le aman, guardan sus mandamientos y viven como Dios manda en la Biblia.

¡Bendito sea Dios!