La Amenaza a la Familia y al Matrimonio

La amenaza a la familia y al matrimonio

La sistemática destrucción y devaluación de la familia (padre, madre e hijos) y del matrimonio heterosexual es uno de los más importantes frentes de lucha para la iglesia.

José Hutter

Llegamos al tercer grupo de desafíos. Vuelvo a citar a Piper quien me dio la idea para esta división:

“Cuando pienso en lo que son los problemas más profundos fuertes y grandes pienso en tres cosas. Hay una serie de retos que que tienen que ver con el tema de la verdad del conocimiento y esto tiene que ver con la Biblia. Luego hay una serie de retos que tienen que ver con la fe y nuestra relación con el Señor. Y finalmente hay una serie de temas que tienen que ver con nuestras formas de actuar, nuestras acciones en este mundo” [1].

Hemos llegado a lo que considero uno de los más importantes frentes de lucha de la iglesia: la sistemática destrucción y devaluación de la familia (padre, madre e hijos) y del matrimonio heterosexual.

Una consecuencia directa de la violación del séptimo mandamiento en nuestra sociedad es la revolución sexual que estaba en la agenda del movimiento del 68. En su expresión académica estamos hablando de la famosa escuela de Frankfurt: los catedráticos Horkheimer, Marcuse, Adorno y otros. Sus exigencias de la nivelación de los sexos, el levantamiento de todos los tabúes habidos y por haber ya es una realidad en nuestra sociedad. Ellos eran los primeros en reclamarlo a nivel académico.

La sociedad occidental está obsesionada con el sexo, de eso no cabe duda. Que el séptimo mandamiento prohíbe el adulterio y la fornicación parece a la inmensa mayoría de la gente de nuestro entorno simplemente un dato curioso de un tiempo remoto.

El desenfreno sexual de la sociedad actual es consecuencia de su paganismo. Una sociedad que vive su sexualidad de forma desenfrenada es una sociedad pagana. Su desenfreno es consecuencia de su paganismo, no su causa. La relación matrimonial entre un hombre y una mujer según la Biblia es un pacto que refleja la relación entre Cristo y la Iglesia. En la medida que una sociedad se aleja de Dios empieza a romper las barreras que Dios ha puesto en el ámbito sexual.

Según Apocalipsis 21:8 y 22:15 las personas que están metidos en este tipo de pecados no forman parte del Reino de Dios. Es Dios quien pone las reglas. Y el Reino de Dios no depende de las últimas tendencias de una legislación pagana. Las modas van y vienen. Pero los cristianos obedecen a lo que Dios manda.

Los que propagan la nivelación sexual con celo ideológico con sus escuadrones de denunciantes y lanzapinturas tendrán que exigir responsabilidades a Moisés, Pablo y por supuesto a Dios. Y como no los pillan, los odian. Desde el punto de vista de una exégesis bíblica rigurosa y de sentido común es evidente que una persona que peca contra el séptimo mandamiento está cometiendo un pecado que necesita perdón. Es cierto, que este tipo de pecado casi siempre se menciona en una lista juntamente con otros pecados como el homicidio, el ocultismo y la idolatría. Pero esto no es necesariamente un gran alivio. Jesús menciona en el sermón del Monte (Mateo 6) claramente lo que es la causa del adulterio y que este comportamiento es incompatible con la ética del Reino de Dios.

Por supuesto no se puede tocar este tema sin mencionar la creciente homosexualización de la sociedad occidental. Según la Biblia (AT y NT), la homosexualidad es una abominación para Dios. Es un hecho. Los intentos de reinterpretar esos (muchos) versículos en un sentido más suave o simplemente ningunearlos son construcciones de una “exégesis” deficiente, superficial e inadecuada. Cualquier intento de argumentar en la línea de que lo único que importa es el amor, es uno de los perores argumentos. Porque sobre la misma base -y aparte de una argumentación bíblica- uno podía alegar que el estado también debería reconocer el matrimonio entre un hombre y su perrita preferida o la pedofilia. Porque al fin y al cabo, lo único que importa es el amor y el cariño.

Es lamentable el intento de algunos círculos dentro del mundo evangélico que justifican la homosexualidad como una opción también para el cristiano. Todavía se puede entender que un defensor de la homosexualidad deja del lado la fe cristiana y la Biblia porque obviamente va en contra de sus propias convicciones. Quien lo hace, por lo menos demuestra coherencia intelectual. Pero para una persona que se llama cristiano y pretende seguir a las enseñanza de Cristo es el colmo de una exégesis selectiva e ideologizada.

Otro fenómeno que amenaza la familia es la ideología de género que está inundando nuestra sociedad y particularmente los centros de educación. Y digo “ideología” porque su base científica es nula. Sus seguidores demandan el fin de la diferenciación de los sexos. Lo que hace unos años todavía sonaba a chiste de algún programa de entretenimiento ya es una realidad. Según el último grito de los defensores de esta ideología no existen diferencias entre hombre y mujer. Son simplemente modos de comportamiento que hemos aprendido por la educación de padres y profesores que no estaban a la altura de los hechos que ahora conocemos. Sexo y género son -por lo tanto- dos cosas distintas. Y lo que importa es el género. Punto.

Esa obsesión enfermiza con la igualdad y de la negación de lo inevitable se deja notar entre otras cosas en el idioma que hablamos. Porque a estas alturas no solamente existe la dictadura de lo políticamente correcto en las opiniones y la vida pública, sino también en el idioma. Empezando con los con los “miembros y miembras” y en su versión cristiana con “Jesucrista” [2], hija de la diosa, no hay prácticamente ninguna área en el idioma de Cervantes que no puede ser mejorado en nombre de la corrección política y la igualdad de los sexos.

Por esa razón ya no se habla de “padre” y “madre” porque podría ser entendido como una discriminación de aquellos niños (y niñas) que vengan de matrimonios homosexuales. Ahora simplemente se habla de educadores.

La legalización de la pornografía y la llamada “libertad sexual” en todas las áreas nos ha convertido en una sociedad donde el negocio con el sexo mueve miles de millones de euros y que ha convertido a nuestros jóvenes en personas vacías en búsqueda del amor verdadero que ya no parece existir y al que nunca llegan. Además, por medio de internet se tiene ahora acceso al mundo pornográfico simplemente a un clic con en ratón.

Es conveniente que la iglesia recapacite y enseñe sobre la ética sexual bíblica. No sorprende que la expresión “felicidad matrimonial” solamente levanta sonrisas aburridas e incrédulas y que parece haber sido tomado el museo de tiempos pasados. Atrás queda una sociedad vacía, cínica e infeliz. Un joven o una joven que hoy a la edad de 16 años no ha tenido ya relaciones sexuales se considera ya un caso para el psicólogo. Y si alguien pretende que esto no tenga relevancia en nuestras iglesias vive en la cara oculta de la luna.

En vez de adaptarse a este desarrollo que es simplemente síntoma de una sociedad en plena disolución, es conveniente que la iglesia recapacite y enseñe a sus propios miembros lo que es la ética sexual bíblica. Al fin y al cabo, es lo que Dios espera de nosotros.

Y si hace falta apelar a nuestra libertad de consciencia y negarnos a seguir sucumbir ante normas que son incompatibles con nuestra fe habrá que ir por este camino. Ser cristiano nunca ha sido la mejor opción para asegurarse el aplauso del mundo.

La amenaza a la familia, por cierto, también incluye el tema tabú que es el abuso sexual en familias supuestamente cristianas. Como evangélicos deberíamos ser muy cautos a la hora de señalar con el dedo a sacerdotes que pasaron líneas rojas en esta área. Esto no es solamente un fenómeno en la Iglesia Católica, ni muchísimo menos. Detrás de una fachada de buen cristiano anda por allí más de un abusador por nuestras iglesias beneficiándose del hecho que sus hermanos miran siempre para el otro lado.

“No cometerás adulterio” habla de uno de las grandes amenazas de nuestra sociedad. Es curioso que no existen datos oficiales sobre el daño que causa el adulterio en el PIB de un país. Según un artículo escrito por BusinessNewsDaily.com en marzo de 2012, pocos fenómenos pueden dañar la economía de un país más que una tasa de divorcios alta [3]. No solamente influye a las personas involucradas de forma negativa, sino también daña la posibilidad de un país de salir de una recesión y mejorar su crecimiento económico.

Tal vez sería el momento de que alguien empiece a investigarlo, aunque sea políticamente incorrecto.

NOTAS

  1. John Piper, Biggest challenges…, Desiring God.
  2. Artículo en Christianity Today.
  3. Economía y divorcio, en Business News Daily.

REFERENCIA

Hutter, José. (2020). La amenaza a la familia y al matrimonio. Marzo 11, 2020, de Protestante Digital Sitio web: https://www.protestantedigital.com/teologia/50920/la-amenaza-a-la-familia-y-al-matrimonio

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