Doctrina Wesleyana: Una Piedad Comunitaria

Doctrina Wesleyana: Una Piedad Comunitaria

Wesley hace uso de la obra del Espíritu como aquel que une lo dividido, rescata lo desechado y restaura en el amor y la unidad de la comunidad. Una percepción que vislumbra las nuevas posibilidades que se abren en la historia por la fuerza creativa del Espíritu. 

Pablo G. Oviedo

No podemos dejar de mencionar las implicancias sociales y económicas que Wesley deriva para la sociedad y para la iglesia, en este caso para el metodismo naciente. En su sermón 61 “El misterio de la iniquidad” (Obras, Tomo III, p. 339 y ss.) afirma: 

“¿No será ésta otra de las razones por las que se les hace tan difícil a los ricos entrar en el Reino de los Cielos? Una gran mayoría de ellos está bajo maldición, bajo la maldición particular de Dios, porque…no le roban únicamente a Dios, sino también al pobre, al hambriento y al desnudo; (…) y se vuelven culpables por toda la necesidad, aflicción y dolor que pudieran eliminar, pero no lo hacen”. 

“A medida que se incrementa el dinero, también aumenta el amor por él, y siempre será así, salvo que medie un milagro de la gracia. Entonces, por más que otras causas puedan sumarse, no obstante, en todas las épocas ésta ha sido la principal causa del deterioro de la religión auténtica en cualquier comunidad cristiana. Mientras en cualquier lugar los Cristianos eran pobres, eran devotos de Dios (…) Pero simplemente recuerden que las riquezas, en todas las épocas, fueron la ruina del genuino Cristianismo.”

Para Wesley el Espíritu santificador obra para impulsar en la iglesia y en la sociedad el compromiso en la lucha por la misericordia con los pobres y por la justicia social, motivado por el amor a Dios contra toda idolatría, en este caso la del dinero y la ambición. En este sentido es que Wesley insiste en que la santidad social conlleva oposición a otros males tales como la guerra, el colonialismo, el elitismo social y sobre todo, la esclavitud. 

También es justo objetar como lo hace Miguez Bonino que Wesley, como hijo fiel en muchos sentidos de su siglo, no supera nunca una cierta mentalidad con aristas individualistas, propia de su época. En alguna medida, en la práctica del metodismo inicial el motivo de la religiosidad individual, el perfeccionamiento personal y la salvación propia moldea a la comunidad. Una suerte de individualismo en forma comunal, según Miguez; que también sostiene que la falla fundamental en la teología de Wesley “reside en una insuficiente relación entre Cristología y doctrina del Espíritu Santo”. Allí aclara que estas críticas son en un sentido exageradas ya que no pueden aplicarse directamente a Wesley cuyo equilibrio y buen sentido lo preservó de ciertas deficiencias de su pensamiento, pero que se hicieron sentir luego en mentes menos sensatas. 

Una de las debilidades del pensamiento de Wesley es quizá no haber podido elaborar y articular teológicamente en los aspectos sociales y creacionales del Espíritu, la intuición proveniente de su experiencia espiritual, pastoral y eclesial, a saber: la dimensión comunitaria como esencial a la fe cristiana, la comunión y la misión como el eje central de la obra del Espíritu. El hecho de éstas deficiencias de pensamiento no invalidan ni mucho menos pueden negar el valor y la reserva de sentido teológico que Wesley legó con estas intuiciones pneumatológicas sobre la santidad social, muy pertinentes para una espiritualidad encarnada en la actualidad. Según Theodore Runyon, interpretar la teología de Wesley para la actualidad implica resaltar que éste identifica la esencia del cristianismo como la renovación de la creación y de las criaturas mediante la renovación de la imagen de Dios en la humanidad, a través del Espíritu Santo. 

Así, podemos afirmar que “Wesley rehúsa disociar los elementos que representan ambas tradiciones: los elementos objetivos que representan la tradición protestante (la Palabra, los sacramentos y el orden) y los subjetivos que representan la tradición pietista (la experiencia, la santidad interior, la meditación, la oración espontánea, la comunión fraternal)”. En otras palabras, rechaza en teoría por un lado, toda tendencia privatizante de la santificación del Espíritu, todo “entusiasmo” individualista que en vez de edificar la comunidad, la divide, valorando así la tradición, el orden en el culto y la unidad de la iglesia. Pero también podemos rescatar la disposición de constante sorpresa ante las libres acciones del Espíritu ante la “grande y extraordinaria obra” que Dios está realizando en medio nuestro, en una de las épocas de mayores y profundos cambios, de un “desanclaje” fenomenal en la vida de su pueblo. Es en este contexto en que Wesley hace uso de la obra del Espíritu como aquel que une lo dividido, rescata lo desechado y restaura en el amor y la unidad de la comunidad. Una percepción que vislumbra las nuevas posibilidades que se abren en la historia por la fuerza creativa del Espíritu. 

Para nosotros hoy implica que con su aire santificante desea renovar en su comunión agápica, toda la creación en Cristo: los seres humanos, la sociedad con sus estructuras y toda la Creación. 

Podemos concluir mejor con la 1 y 4 estrofa del célebre himno de Carlos Wesley en tono de oración, “Ven, Santo Espíritu de Dios”: “ Ven Santo Espíritu de Dios, y mora en nuestro ser, oh clara fuente de visión de vida y de poder (…) El testimonio danos ya, que somos del Señor; que Cristo , por la eternidad , nos guardará en su amor” . Que así sea. 


Tomado de Facebook de Centro Metodista de Estudios Wesleyanos, 26 de mayo de 2021.