EDITORIAL

EDITORIAL

Metodismo Renovado

El 24 de mayo, los metodistas de todo el mundo, recordamos el episodio conocido como “el corazón ardiente de Aldersgate”. Aquella noche de 1738 en donde, de acuerdo a los registros de su diario, el pastor John Wesley recuerda cómo, después de haber pasado algunos sinsabores personales y en una reunión en la que se estudiaba el prefacio de Martín Lutero a la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, recibió la seguridad de la limpieza de sus pecados de una manera prístina, personal e inequívoca; de cómo el Espíritu Santo daba testimonio a su propio espíritu de que el propio Wesley era hijo de Dios a través del sacrificio de Jesucristo en la cruz.

A partir de ese episodio, algo cambió en la espiritualidad de Wesley e hizo del metodismo un verdadero movimiento transformador.

En 2021, la Iglesia Metodista de México, ha decidido hacer énfasis en una de las doctrinas preeminentes del metodismo: el Testimonio del Espíritu. Un testimonio que el Espíritu da, de que somos hijos de Dios, y al cual siguen los frutos. En palabras que el mismo Wesley escribiría años después del episodio de Aldersgate, “no por medio de una voz externa ni siempre por medio de una interna; no todas las veces por medio de un pasaje de las Sagradas Escrituras, sino de la manera que le place, produciendo una satisfacción evidente de que estamos reconciliados con Dios” (Wesley, 1767. Obras completas, Tomo I, Sermón XI). Pero, además del testimonio directo en el corazón, enfatiza que que existe un testimonio indirecto que siempre produce sus frutos. 

El Señor nos está llamando a una nueva espiritualidad. Pero a una espiritualidad auténtica, sellada con esa certeza (testimonio) de Su Espíritu. Quizás, tendríamos que revisar con mucha conciencia si no hemos caído en una simple –y muchas veces honesta- espiritualidad especulativa y pasiva tratando de conseguir que Dios se contente sola y exclusivamente con el culto, con el ritual. Eso no es la auténtica vivencia y práctica de la espiritualidad cristiana. ¿No estaremos tratando sólo de entretener a Dios a nuestro capricho con oraciones y alabanzas? Dios no está a nuestro servicio, no se puede domesticar y, por tanto, sigue diciéndonos que nuestro culto es vano si no va precedido y seguido de la búsqueda de justicia para los débiles y sin la práctica de misericordia para con el prójimo sufriente, maltratado y tirado al lado del camino.

Pero también, debemos ser cuidadosos de no considerarnos los elegidos y vivir en la placidez de esa elección sin que nos comprometa con el mundo. Un pueblo comprometido no solo con Dios, sino también con el hombre, con el prójimo y, fundamentalmente, con el prójimo sufriente y necesitado, ante el cual no debemos ser sordos a su grito. No hemos sido elegidos solamente para contemplar y disfrutar de la presencia de Dios, sino para comprometernos en la acción y el compromiso integral con el hombre. Debemos tener un doble compromiso de amor: amor a Dios y amor al prójimo. Imprescindible para que nuestro culto sea acepto a Dios. El cristianismo implica toda una ética social que, sin duda, la convierte en la religión más ética del mundo. Religión en el sentido que le da el apóstol Santiago.

Wesley, también infiere que nadie puede confiar en supuestos frutos del Espíritu, sin el testimonio de éste:

“Pueden muy bien existir mucho antes de que tengamos el testimonio en nosotros mismos; antes de que el Espíritu de Dios haya testificado con nuestro espíritu que «tenemos redención por la sangre de Jesucristo, la remisión de pecados», presciencias de gozo, paz y amor no ilusorias, sino realmente venidas de Dios. Más aún, pueden existir en cierto grado la tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza— no en apariencia, sino, hasta cierto grado, en realidad, debido a la gracia de Dios—antes de que seamos «aceptos en el Amado» y, por consiguiente, de tener el testimonio de nuestra aceptación, siendo peligroso el demoramos en esta parte del camino, donde, a la verdad, corren nuestras almas gran peligro. Si tuviéramos la verdadera sabiduría, clamaríamos a Dios sin cesar, hasta que su Espíritu clamase en nuestro corazón: «Abba, Padre»”.

(Wesley, op.cit. p. 226)

Que el metodismo, movimiento transformador del siglo XVIII por medio del Espíritu Santo, renovador de vidas por medio de Jesucristo e instrumento del Reino de Dios en la Tierra, sea una realidad en nuestro México del siglo XXI tan necesitado de una verdadera regeneración nacional.