Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 08
Chihuahua, Chih., 30 de noviembre, 2014
La versión original de la Teología
La principal aportación que hizo Juan Wesley al campo teológico fue su teología práctica o de la experiencia. De allí que la cuarta fuente de teología metodista llamada La Experiencia es la que mejor define lo que cree y vive un metodista. En el ya próximo año 2015, este será el énfasis que se nos señalará que atendamos los metodistas mexicanos. Wesley jamás se sentó a escribir algún tratado doctrinal partiendo del vacío, sólo por querer formular conceptos. Su teología se hizo en el camino, respondiendo a las circunstancias de la obra de Cristo y del estado social de Inglaterra, preguntándose qué querría decir Dios en vivencias concretas.
En realidad, la teología judeocristiana original fue de ese tipo. Es la teología de la Biblia, en sus dos testamentos. Al principio la teología no fue sistemática ni especulativa como lo es hoy. No hubo un escritor bíblico que se sentara a pensar sobre los grandes temas que debería contener el desarrollo teológico judío o cristiano. Ese tipo de dogmática se creó hasta la Edad Media, y no tenemos nada contra ella porque nuestra mente es inquieta y plantea preguntas, pues quiere saber y entender, y la respuesta a esa demanda es la teología sistemática. En cambio, la teología bíblica surgió poco a poco de las experiencias de un pueblo, y las intervenciones de Dios en la historia de ese pueblo. Fue así que se entendió que Dios era un ser amoroso mientras cuidaba de los suyos, y cuando velaba por las necesidades de los desamparados. Se descubrió que Dios era Justo mientras recriminaba los abusos que los poderosos cometían contra los débiles. Se cayó en la cuenta que él era Santo no sólo porque era adorado en los cielos bajo ese atributo, sino principalmente cuando encendía su ira ante los pecados entre las naciones y entre los personajes de la tierra. Ese es el tipo de teología que tiene más sentido, pues se trata de una teología cuya vigencia descansa en ser elaborada en su contexto.
México está sufriendo hoy un clima de tristeza y rabia por los sucesos en Iguala, Guerrero, el pasado mes de septiembre. Pero no es sólo eso, sino que dicha tragedia ha venido a evidenciar que lo que tanto se ha temido y sospechado desde hace décadas, y que se había verificado muchas veces, ahora vino a aflorar en un hecho que despertó la indignación nacional e internacional. Nos referimos a que algunos de aquellos a quienes el voto popular colocó para que ejerzan su autoridad en pro de la justicia, en realidad están aliándose con fuerzas oscuras para brindarse apoyo entre sí, con el fin de enriquecerse aunque, si se necesitare, se destruyan tantas vidas humanas como se requiera para conseguirlo. Es escalofriante pensar que una parte de esa clase política, en varios sentidos aislada de nosotros, pues se convierte en una élite diferente a nosotros, sea en realidad un peligro en lugar de una protección. Esto lleva a un pueblo a un angustioso sentido de impotencia y orfandad.
El presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha insistido en que se tipifique el caso de los 43 desaparecidos como una “desaparición forzada”, figura jurídica que señala a ciudadanos siendo secuestrados por gente de las esferas poderosas del gobierno. Esto se llama corrupción, y si las instancias federales no llegaran al esclarecimiento total del caso, entonces probablemente le sumaríamos la impunidad. Es esto lo que ha puesto a la gente en las calles, a veces con episodios de desorden, ante la desesperación de algunos que suponen no serían considerados en serio de otro modo. No podrá haber en nuestro pueblo alguna esperanza de que eventos como el del 26 de septiembre no se repetirán, por la vía de los discursos y promesas, porque para muchos son cada vez menos creíbles, ni a través de leyes antiguas o nuevas, puesto que estas podrían quedarse en el papel, sino sólo a través de un esclarecimiento completo de lo que sucedió, hasta llegar a quienes sean responsables sin importar quiénes ni cuántos sean, y se les lleve a juicio. Y después habría que ir por todos los demás, por aquellos que estén en circunstancias semejantes de corrupción e impunidad.
No se les puede pedir a los familiares de los desparecidos, ni a la nación, que se guarden en paz así nada más porque sí. Dios ha señalado el camino hacia la paz en Isaías 32:17, al decir: “El efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre”. Por un lado rechazamos, por supuesto, toda anarquía, todo desorden, especialmente si daña a terceros, y toda forma de violencia contra el patrimonio particular o de la nación, pero por otro lado afirmamos que Dios no está de acuerdo en que se trate de declarar la paz sin imponer antes la justicia, ya que una es la que trae a la otra, porque la negación de una impedirá a la otra.
Hemos orado por las facetas de este problema multiforme, así como nuestros seis obispos mexicanos nos lo han pedido. Hemos llorado literalmente ante Dios por el dolor de los familiares de los 43 normalistas desparecidos; hemos clamado porque aquellos de entre la clase gobernante que abusan de su poder se arrepienta de sus pecados y abandonen su alianza con la cultura de la mentira y la muerte; hemos suplicado al Señor porque el Presidente de la República, el Procurador General de la República, la Comisión Especial de la Cámara de Diputados para la investigación de las desapariciones, y las demás instancias federales encargadas de la investigación, encuentren a los desaparecidos para darle fin a tan angustiosa incertidumbre, y a la vez persigan de manera inexorable a toda la red implicada; hemos suplicado porque nuestras autoridades no se desanimen y conserven la firmeza al continuar con su esfuerzo por dilucidar con la verdad las cosas, para que no se pierda el orden social.
Pero, ¿qué tratará Dios de decirle a la sociedad mexicana en esta hora? ¿Cuáles son los pensamientos de Dios no sólo acerca del dolor de unos, sino también acerca de la práctica de la injusticia y el crimen de otros? ¿Cuál es su voluntad perfecta en esta crisis? ¿Qué espera él que su iglesia haga, aparte de orar y confiar? ¿Cuál es nuestro trabajo? ¿Está Dios callado, o somos nosotros los que queremos que no hable? Responder a esto, permeados por los grandes principios bíblicos, es lo que hace de la teología algo práctico y pertinente, una teología contextualizada fundamentada en la fe en un Dios inmanente que siempre se ha hecho presente dentro de su creación, con una inagotable vocación por el devenir humano. Esta sería la misma y única teología que encontramos en la Biblia, el modelo teológico original que el cristianismo conoció al principio.
Pbro. Bernabé Rendón M.
NOTA: Sobreentendemos que este tema abordado puede prestarse a controversias, por lo que hacemos la anotación de que corresponde a la opinión personal del escritor, en el uso de su derecho a expresar libremente su opinión. Pero no es una declaración a nombre de la Iglesia Metodista de México, A. R., facultad que se le concede exclusivamente al Gabinete General de la IMMAR.


Muy interesante el tema solo tengo un comentario, en la fecha se del encabezado dice: Chihuahua, Chih., 30 de noviembre, 2015 y estamos todavía en 2014
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Sí, Edith, como mujer te fijas en todo. Ya corregimos el error involuntario de tecla.
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No es una declaracion pero deberia de serlo.
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Gracias, Pastor Torres. Procuramos respetar la estructura de nuestra denominación evangélica, porque es lo más saludable y honesto. Pero nuestros amigos que no pertenecen a la IMMAR deben saber que no debe tomarse este Editorial como una declaración, para que no supongan que la IMMAR se ha pronunciado de esta manera. El Distrito Chihuahua de la CANCEN ha hecho un pronunciamiento por parte de esa región, y aparecerá en la edición del 15 de diciembre.
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