¿CAMBIO DE PRESIDENTE?

El póster que aparece en esta página fue publicada en el Facebook. Más adelante pudimos encontrar también otros pósteres, denuncias y memes. Pero apareció una discusión en la misma red social, con la participación especialmente de jóvenes, definiendo posturas de la iglesia acerca de la petición al Presidente para que renuncie a su cargo ante la crisis que vive nuestro país en el presente. Parte de esta discusión fue la propuesta que transcribimos abajo.
El redactor de ella es el Lic. Iram Pérez Cano, abogado con una Maestría en Ciencia Política por el Colegio de México. Él es metodista, miembro de la Iglesia Bethel de Chihuahua, Chih. Actualmente, por razones de trabajo, vive en el Distrito Federal. Ante la actual situación mexicana, tan deplorable por revelar dos de los más grandes problemas del país, como lo es la corrupción política y la impunidad, varias personas se han dejado dominar por la desesperación, la cólera, la indignación. Dentro de tantas voces que afloran más lo pasional que lo racional, y sobre todo, carentes de trasfondo de orden espiritual, es oportuno escuchar algunas voces permeadas por la sensatez, como lo es la de Iram.
Publicamos este escrito hallado en el Facebook, pero a la vez no abandonamos nuestra protesta y denuncia contra toda la maldad de la que hemos sido objeto, pecado social contra los mexicanos, perpetrada por aquellos a quienes elegimos para que nos gobiernen bajo los criterios de justicia y verdad. Sencillamente, reprobamos toda forma de agresión hacia un pueblo que por décadas ha suspirado por dejar de verse tan impotente y humillado.
Voy a expresar mi opinión en dos partes: una como cristiano, otra como abogado y politólogo.
I. Como cristiano creo lo siguiente:
- La Biblia es muy clara: nos ordena respetar a nuestras autoridades, ser buenos ciudadanos y orar por los que nos gobiernan (Romanos 13:1-5, 1ª carta de Pedro 2:13-14, 1ª carta a Timoteo 2:2.).
Ahora bien, lo anterior no significa que no podamos criticar y cuestionar el desempeño o la función de las personas que ocupan cargos públicos. De hecho, es sano que lo hagamos, pues el ejercicio de vigilar a nuestros gobernantes es parte de ser un buen ciudadano en los sistemas democráticos modernos. Tampoco significa que no podamos manifestarnos, protestar, marchar, hacer público nuestro descontento o, incluso, exigir la renuncia de nuestras autoridades. No obstante, todo esto debe llevarse a cabo en un marco de respeto por los derechos de otras personas que no compartan nuestra preferencia o visión política. - Creo que hay casos excepcionales en los cuales está permitido desobedecer al gobierno, sin que esto sea contrario a la Biblia o al cristianismo:
(a) Romanos 13:1-5, al hablar de las autoridades, en el versículo 4 señala que son “servidores de Dios para nuestro bien”. En otras palabras, esa es la función de las autoridades, buscar el bien no sólo de los cristianos sino de todos sobre los cuales ejerce poder. Ante esa situación, cuando el gobierno de manera clara se desvía de ese propósito, es válido, legítimo y necesario que todos los ciudadanos, incluidos los cristianos, se opongan al mismo.
No obstante, muchos critican al actual gobierno, y piden una Revolución, basados más en su repudio al partido gobernante, lo cual, a mi parecer, no es justificación. Un buen ejemplo de resistencia cristiana a un gobierno que no buscaba el bien es Dietrich Bonhoeffer. Él fue un gran pastor y teólogo alemán, que se opuso abiertamente al nazismo y a la iglesia protestante que se hizo cómplice de ese sistema político. Al mismo tiempo, dirigió un seminario ilegal para pastores. Al final, Bonhoeffer fue arrestado y murió ejecutado, acusado de participar en el complot contra Hitler.
En este punto, para asumir una postura como la de Bonhoeffer veo que faltan dos cosas: por un lado, no tenemos un gobierno represor de corte totalitario. Es más, a pesar de la corrupción de la clase política mexicana, nuestro sistema actual no se compara, ni por asomo, con el autoritarismo que se vivió entre 1930 y finales del siglo pasado. Por el otro, tampoco tenemos a un Bonhoeffer. Al contrario, sólo veo a unos cuantos ingenuos que piden “Revolución”, sin saber lo que eso implicaría. Hay algunos “románticos” que les parece atractiva la idea de un movimiento armado que derroque al gobierno. Al respecto, tuve un tío, primo de mi abuela materna. Él murió tiempo después de cumplir 90 años de edad, y de niño le tocó vivir la Revolución de 1910. Las pláticas que sostuve con él, donde me contaba lo que presenció, en realidad eran estremecedoras. Dios no permita que lleguemos a otra Revolución en este país.
(b) En la Biblia encontramos un ejemplo muy claro de resistencia al mandato de las autoridades: cuando Pedro y Juan fueron perseguidos por predicar el Evangelio, el Concilio judío les ordenó que no lo hicieran más. En Hechos 5 se relata esta historia, y la respuesta de los apóstoles: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).
Entonces, mientras el gobierno o las autoridades no nos estén dando una indicación que sea contraria a lo que Dios manda, no tenemos justificación alguna para desobedecer. Reitero, lo anterior no significa que no se pueda criticar el desempeño de nuestras autoridades e, inclusive, pedir la renuncia no sólo del Presidente, sino de toda la clase gobernante (aunque a mí mi parece que esto no es la solución). - Muchos cristianos citan ejemplos de algunos reformadores como hombres que tuvieron determinado comportamiento político con contra del gobierno. En este punto, cabe señalar que, al final, ellos no son nuestra guía, sino lo que dice la Biblia.
Algunas de las acciones de Lutero, por ejemplo, las podemos considerar reprobables. Martín Lutero no resistió abiertamente a las autoridades políticas. Ahora bien, una de las consecuencias que tuvieron sus tesis fue el alzamiento de campesinos en contra de los príncipes que los gobernaban. Sin embargo, el gran reformador se puso del lado de las autoridades; además, estuvo de acuerdo con la sangrienta represión mediante la cual se acabó con esos levantamientos por parte de los campesinos, masacrando a un buen número de ellos.
Al ser metodistas, uno de nuestros ejemplos es Juan Wesley. Y aquí, contrario a lo que algunos mal interpretan, debo decir que Wesley no fue ningún revolucionario. Juan Wesley fue un gran maestro, teólogo, evangelista y, por decirlo de algún modo, activista social. Sin embargo, su activismo no se encaminó a desestabilizar al gobierno inglés, sino a transformar a una sociedad mediante la predicación del Evangelio. De hecho, algunos estudiosos consideran que el movimiento wesleyano impidió que en Inglaterra se diera una Revolución. Así que, por favor, no citen a Wesley para justificar la oposición armada y violenta al Estado.
II. Como abogado y politólogo opino lo siguiente:
- Estamos ante una de las crisis sociales más importantes de los últimos 20 años. Sin embargo, a mí me parece que fue peor la situación que atravesamos en 1994. Aún en esos momentos el Presidente no renunció y tampoco tuvimos una Revolución.
Entre 1994-1995 en nuestro país se presentó una crisis económica (el “error de diciembre” y el “efecto tequila”) que afectó al sistema financiero internacional. No obstante, a pesar que el desempeño económico actual de México no es el que esperamos, de ninguna manera se compara con lo que vivimos en 1994. En ese año, además, la crisis fue también política: hubo un grupo armado que abiertamente combatió al Ejército: el EZLN. Por si fuera poco, por primera vez en casi 70 años las disputas por el poder se resolvieron mediante la violencia: el asesinato de Colosio, quien sin duda habría sido el siguiente Presidente, y el asesinato de Francisco Ruiz Massieu, uno de los principales líderes del PRI en ese momento.
Hoy estamos enfrentando una crisis social, política y de seguridad. Los ciudadanos no confían en sus autoridades desde hace tiempo, pero a diferencia, en esta ocasión los inconformes se manifiestan en diferentes puntos del país. Las instituciones se muestran ineficientes para procesar y atender las demandas de los gobernados. Los índices delictivos y de criminalidad son preocupantes: de 100 delitos, sólo se denuncian 10, y de esos 10, sólo 1 recibe castigo. En otras palabras, tenemos un indicador de impunidad de 99%. A todo lo anterior, se suma la violencia provocada por el narcotráfico, el crimen organizado, la desigualdad social y la corrupción. - Ante este –muy breve e insuficiente- diagnóstico, para tomar cualquier posición política y exigir soluciones, se debe considerar lo siguiente:
(a) La inseguridad viene de tiempo atrás, y no es responsabilidad exclusiva del actual Presidente. No olvidemos que quien inició la “guerra contra el narcotráfico” fue la administración anterior, y aún estamos viviendo los efectos de esa decisión gubernamental que se tomó sin haber hecho estudios serios al respecto (situación que fue reconocida por el propio Felipe Calderón).
(b) Impartir justicia y acabar con la criminalidad no es responsabilidad sólo del Presidente. El sistema de justicia se compone de Ministerios Públicos, y Jueces, los cuales tienen una función. Si un juez no sentencia a un criminal, no es culpa del Presidente. Si un Ministerio Público no hace bien una investigación y, por tanto, un criminal sale libre, tampoco se puede señalar directamente al titular del poder ejecutivo. No trato de quitar responsabilidad a EPN, sólo digo que debemos repartir las culpas como corresponde.
(c) Mentes simplonas piden la renuncia de Peña Nieto, y dicen que, quitándolo, se pone a cualquier otra persona en su lugar y todo se solucionará. En este punto diré dos cosas: en primer lugar, cambiar al Presidente no va a tener el mínimo efecto, pues los problemas que mencioné antes son mucho más complejos y no se resuelven removiendo a un individuo, sino transformando a las instituciones. En segundo lugar, la renuncia del EPN, en estos momentos, sólo acrecentaría la crisis que vivimos pues, en ese caso, hay dos escenarios posibles (ver el artículo 84 constitucional):
- Primer escenario. Si al Presidente le pasa algo (muere, renuncia, juicio político, por ejemplo), lo cual le impida continuar su gestión, dentro de los 2 primeros años de su periodo (los que se cumplen, en este caso, el 1 de diciembre de 2014), se tendrían que celebrar nuevas elecciones para nombrar a su substituto. Entonces, pregunto, ¿el país está en condiciones de organizar unos comicios? ¿Vamos a tolerar campañas electorales y asistiremos a las urnas, en medio de la inestabilidad y la violencia?
- Segundo escenario. Si al Presidente le pasa algo (mismos supuestos) luego de los 2 primeros años de su gobierno, no tendríamos nuevas elecciones sino que el Congreso deberá nombrar a la persona que ocupará la Presidencia y terminará el periodo. De nuevo, pregunto, ¿tenemos las condiciones necesarias en nuestro Congreso de la Unión para que se nombre a un Presidente, de manera rápida? ¿Existe alguien, en este momento, que pueda provocar el consenso de las fuerzas políticas para obtener ese nombramiento, y que al mismo tiempo tenga legitimidad para los ciudadanos? ¿Cuánto tiempo tardarán en encontrar y nombrar a ese individuo? ¿Esa persona nos garantizará enfrentar la crisis de manera adecuada?
Lic. Iram Pérez Cano

Esta es una colaboración que nos fue enviada por el Pbro. Raúl Ruiz Ávila.
Él radica en Tequisquiapan, Qro. con su esposa Judith, por lo que son miembros de la CAS.
Aparte de ser pastor, y de haber sido uno de nuestros obispos, es conferencista y asesor matrimonial.
Él y su esposa organizan y celebran retiros matrimoniales, como también con otras temáticas.













