Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo el segundo capítulo, El Día en Común, donde el quinto subcapítulo es Orar en común.
- El Día en Común
Al amanecer, con alabanza;
Con plegarias al atardecer,
Nuestra pobre voz, Señor,
Te glorifica eternamente.
(LUTERO, según Ambrosio)
Orar en común
La palabra de Dios, la voz de la Iglesia y nuestra oración forman una unidad. Hablaremos ahora de la oración en común. «Si dos de vosotros conviniéreis pedir cualquier cosa, os será concedida por mi Padre que está en los cielos» (Mt 18, 19). La oración es, de todas las prácticas del cuIto comunitario, la que nos ofrece las mayores dificultades, pues en ella somos nosotros mismos los que debemos hablar. Hemos escuchado la palabra de Dios y hemos podido unirnos al canto de la Iglesia; ahora se trata, en cambio, de orar a Dios en comunidad, y esta oración debe ser nuestra palabra, nuestra oración por este día, por nuestro trabajo, por nuestra comunidad, por las miserias y los pecados particulares que pesan sobre todos, por las personas que nos están encomendadas. ¿O tal vez no deberíamos pedir nada para nosotros? ¿Sería inadmisible la necesidad de orar en común y con nuestras propias palabras por nosotros? Sea como fuere, es imposible que cristianos llamados a vivir bajo la autoridad de la palabra no acaben por dirigir, también unidos, sus oraciones personales a Dios. Presentarán a Dios las mismas preces, la misma gratitud, la misma intercesión, y deberán hacerlo con alegría y confianza. Deben desaparecer por tanto la timidez y el temor a expresarse libremente ante los demás. Es preciso dejar que uno de nuestros hermanos dirija a Dios, sobria y sencillamente, la oración de la comunidad. Igualmente habrá que hacer callar en nosotros toda tendencia a juzgar y a criticar a aquel que ora, pues las débiles palabras que pronuncia las dice en nombre de Jesucristo.



