Lo hiciste con tus manos y tu boca sopló
suave aliento divino que la vida le dio.
Lo pusiste en tu huerto para que lo labrara
y que en todas tus obras gozara y señoreara.
Le impartiste tu imagen para bien razonar,
le formaste cerebro para en grande pensar;
Corazón le entregaste para emocionarse y sentir
y de tu amor lo llenaste pareciéndose a ti.
Las estrellas lo vieron, todos los astros del cielo;
supieron que de tu mano era el ser más bello,
el más sabio y perfecto; el más fuerte y capaz
hasta que, por “ser como Tú”, codició conocer más.
Sus ojos lo engañaron, sus sentidos le mintieron.
La lengua de la serpiente, instrumento de Satán,
le sembró una ambición con una media verdad:
Que sería como Dios, conociendo el bien y el mal
ocultándole que nunca los podría dominar.




