Redescubrir el sentido de la esperanza en la vida cristiana nos lleva a reflexionar que en el tiempo de Adviento hay una motivación especial para renovarnos espiritualmente, desde un sentido individual y colectivo, para recibir y celebrar a Cristo con una esperanza fortalecida y una fe vivificada.
Cuando depositamos nuestra vida en el Señor, el adviento trae una expectativa de esperanza y conversión. Esa esperanza nos ayuda no sólo a salir adelante en medio de las crisis vividas, sino que nos da palabra de esperanza y aliento aún para los que no comparten nuestra fe. El adviento no sólo se trata de los colores litúrgicos que adornan nuestros templos: el adviento nos lleva a vivir una vida familiar y un fortalecimiento dentro de la comunidad metodista.
Recordar el nacimiento de nuestro Salvador nos lleva, no solamente a pensar en el pesebre, sino en una presencia transformadora a través de la persona de Jesús, al ser Él mismo “Dios con nosotros”. Su nacimiento fue en humildad, no en pobreza; y a través de esta encarnación vemos un hecho histórico como una realidad viva que impulsa al cuerpo de Cristo al amor y al servicio colaborativo. Por lo tanto, estas fechas de Adviento nos motivan a cumplir con la misión de celebrarlas sin perder el centro, el cual es Cristo mismo.
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