Una reflexión teológica desde Romanos 9–11
La pregunta sobre si Israel continúa siendo el pueblo de Dios sigue siendo una de las discusiones más relevantes dentro de la teología cristiana contemporánea. Con frecuencia aparece en el diálogo público, en debates eclesiales y en espacios académicos debido a sus implicaciones históricas, éticas y escatológicas. Para responderla de manera rigurosa, es indispensable volver al texto bíblico, particularmente a la sección más extensa y sistemática donde se aborda el tema: Romanos 9–11, del libro de Romanos.
Esta reflexión sostiene que Israel sí conserva un lugar vigente dentro del proyecto redentor de Dios, aunque la categoría “pueblo de Dios” se ha ampliado en Cristo para incluir a todas las naciones. Esta conclusión se fundamenta en la fidelidad divina, en la lógica de los pactos y en la continuidad histórica del plan salvífico revelado en las Escrituras.
1. La elección de Israel como punto de partida
Desde su origen en la promesa hecha a Abraham (Génesis 12:1–3), Israel fue constituido como un pueblo elegido no por mérito, sino por gracia. El apóstol Pablo reafirma este privilegio al enumerar los dones concedidos a Israel: la adopción, los pactos, la ley, el culto y las promesas (Romanos 9:4–5).
La elección divina es el fundamento de la identidad de Israel, y Pablo declara que estas dádivas son “irrevocables” (Romanos 11:29). Este término —ametamelēta en griego— subraya que Dios no revoca lo que Él mismo ha establecido. Si Dios escogió a Israel, no hay base bíblica para afirmar que lo ha desechado definitivamente.







