Pionero del metodismo en Cañada, Hidalgo(*).
Oswaldo Ramirez González
SEHIMM
En el principio y la persecución.
La intolerancia y persecución religiosa han estado presentes desde el inicio de las civilizaciones. No es exclusiva de este tiempo, ni tampoco del cristianismo ni del islam. Si bien es cierto en la actualidad vivimos momentos convulsos en los que el fantasma del fascismo y del fanatismo religioso afloran en gran parte de nuestro planeta -han generado desencuentros incluso dentro de miembros de una misma facción religiosa o congregación evangélica-, el discernimiento, así como el conocimiento de la Palabra y de nuestra historia deben de ser los canales correctos para un esquema de diálogo entre las distintas posturas. En el metodismo tenemos la máxima heredada por Juan Wesley, que en una paráfrasis sencilla infiere en “pensar y dejar pensar”, caso similar a los preceptos sociopolíticos derivados de los intelectuales de la Ilustración francesa. No obstante, esto no dista de que, en el imperfecto de sistemas y malos entendidos teológicos, los grupos dominantes en un sistema político o religioso abusen con el yugo de su poder, violentando la paz y la armonía tanto del cuerpo como del espíritu.
Dicho lo anterior, sabemos que, para las minorías protestantes en México, un país donde históricamente su devoción católica -más exactamente guadalupana- permea casi en su totalidad el espectro de la vida cotidiana, complica las cosas para la convivencia de otras corrientes religiosas. Fue precisamente en este territorio en la otrora Nueva España, que el mito de la virgen del Tepeyac y Juan Diego fueron cruciales en el sincretismo religioso de los indígenas, el cual con el tiempo se heredó generacionalmente no sólo a la población indígena, sino también a mestizos y criollos. No por nada, el cura Miguel Hidalgo enarboló con éxito el estandarte de la Virgen de Guadalupe como emblema de cohesión, unidad e identidad en el movimiento de Independencia de México.
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