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El Precio de la Gracia (parte 9)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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g) La venganza
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, da; al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda (Mt 5, 38-42).
Jesús coordina aquí las palabras ojo por ojo, diente por diente, con el precepto veterotestamentario antes mencionado, es decir, con el mandamiento del decálogo de no matar. Por tanto, reconoce que ambos son, sin lugar a dudas, preceptos divinos. Ninguno de los dos debe ser abolido, sino preservado hasta sus últimos detalles. Jesús no conoce nuestra gradación de los preceptos veterotestamentarios en beneficio de los diez mandamientos. Para él, el precepto del Antiguo Testamento es uno, y así indica a sus discípulos que hay que cumplirlo.
Los seguidores de Jesús viven renunciando al propio derecho por amor a él. Él los proclama bienaventurados por ser mansos. Si una vez que lo han abandonado todo para vivir en su comunidad, quisiesen aferrarse a esta posesión, habrían dejado de seguirle. Por consiguiente, aquí sólo tenemos un desarrollo de la bienaventuranza.
La ley veterotestamentaria coloca el derecho bajo la protección de la venganza divina. Ningún mal quedará sin ser castigado. Se pretende crear la verdadera comunidad, superar y eliminar el mal, alejarlo de la comunidad del pueblo de Dios. Para esto sirve la justicia, que conserva su fuerza en la venganza.
Jesús recoge esta voluntad de Dios y afirma la fuerza de la venganza para superar y eliminar el mal y asegurar la comunidad de los discípulos, verdadero Israel. La venganza justa hará desaparecer la injusticia y mantendrá a los discípulos en el seguimiento de Jesús. Según las palabras del Señor, esta venganza justa consiste únicamente en no oponer resistencia al mal.
Con estas palabras, Jesús separa su comunidad del ordenamiento político-jurídico, de la imagen nacional del pueblo de Israel, y la convierte en lo que es en realidad: en la comunidad de los creyentes no ligada a lo político-nacionalista. En el pueblo elegido por Dios, que tenía al mismo tiempo una faceta política, la venganza consistía, según voluntad divina, en responder al golpe con el golpe; sin embargo, para la comunidad de los discípulos, que no puede presentar reivindicaciones jurídicas y nacionales, consiste en soportar pacientemente el golpe para no añadir mal al mal. Sólo de esta forma se fundamenta y conserva la comunidad.
Resulta claro que el seguidor de Jesús está hecho a la injusticia, no considera el propio derecho como una posesión que ha de defender en cualquier circunstancia, sino que, completamente libre de ella, se vincula exclusivamente a Jesús, y dando testimonio de esta unión con él crea el único fundamento firme de la comunidad, mientras pone a los pecadores en manos de Jesús.
El triunfo sobre el otro sólo se consigue haciendo que su mal termine muriendo, haciendo que no encuentre lo que busca, es decir, la oposición, y con esto un nuevo mal con el que pueda inflamarse aún más. El mal se debilita si, en vez de encontrar oposición, resistencia, es soportado y sufrido voluntariamente. El mal encuentra aquí un adversario para el que no está preparado. Naturalmente, esto sólo se da donde ha desaparecido el último resto de resistencia, donde es plena la renuncia a vengar el mal con el mal. En este caso, el mal no puede conseguir su fin de crear un nuevo mal, y queda solo.
El sufrimiento desaparece cuando es sobrellevado. El mal muere cuando dejamos que venga sobre nosotros sin ofrecerle resistencia. La deshonra y el oprobio se revelan como pecado cuando el que sigue a Cristo no cae en el mismo defecto, sino que los soporta sin atacar. El abuso del poder queda condenado cuando no encuentra otro poder que se le oponga. La pretensión injusta de conseguir mi túnica se ve comprometida cuando yo le entrego también el manto, el abuso de mi servicialidad resulta visible cuando no pongo límites. La disposición a dar todo lo que me pidan muestra que Jesucristo me basta y sólo quiero seguirle a él. En la renuncia voluntaria a defenderse se confirma y proclama la vinculación in-condicionada del seguidor a Jesús, la libertad y ausencia de ataduras con respecto al propio yo. Sólo en la exclusividad de esta vinculación puede ser superado el mal.
En todo esto no se trata sólo del mal, sino del maligno. Jesús llama malo al maligno. Mi conducta no debe ser la de disculpar y justificar al que abusa del poder y me oprime. Con mi paciencia sufriente no quiero expresar mi comprensión del derecho del mal. Jesús no tiene nada que ver con estas reflexiones sentimentales. El ataque que deshonra, el abuso de la fuerza, la explotación, siguen siendo malos. El discípulo debe saberlo y debe dar testimonio de esto, igual que Jesús, porque de lo contrario sería imposible vencer al mal. Pero, precisamente porque el mal que ataca al discípulo no puede ser justificado, este no debe oponerse, sino hacer que termine, sufriéndolo, para superar así al mal. El sufrimiento voluntario es más fuerte que el mal, es la muerte del mal.
No existe, pues, ninguna acción imaginable en la que el mal sea tan grande y fuerte que exija una actitud distinta del cristiano. Cuanto más terrible es el mal, tanto más dispuesto debe estar el discípulo para sufrir. El malo debe caer en manos de Jesús. No soy yo, sino Jesús, quien debe ocuparse de él.
La exégesis reformadora ha introducido en este lugar un pensamiento nuevo y decisivo: la necesidad de distinguir entre el daño que se me hace personalmente y el que se me hace en mi ministerio, es decir, en la responsabilidad que Dios me ha encomendado. Si bien en el primer caso estoy obligado a actuar como Jesús manda, en el segundo no lo estoy, sino que incluso me veo forzado a actuar de modo contrario, oponiendo la fuerza a la fuerza, para resistir al dominio del mal. Con esto se justifica la posición de la Reforma con respecto a la guerra y a todo uso de medios jurídicos públicos para rechazar el mal. Sin embargo, Jesús es extraño a esta diferencia entre la persona privada y el portador del ministerio, que debe regir mi actuación. No nos dice una palabra sobre ello. Habla a sus discípulos como a aquellos que lo han abandonado todo para seguirle. Lo «privado» y lo «ministerial» deben estar plenamente sometidos al precepto de Jesús.
Su palabra los ha reivindicado sin ninguna clase de divisiones. El exigió una obediencia indivisa. De hecho, la citada diferencia choca con una dificultad insoluble. En la vida real, ¿dónde soy sólo persona privada, dónde sólo portador del ministerio? En cualquier momento en que me siento comprometido ¿no soy al mismo tiempo el padre de mis hijos, el predicador de la comunidad, el representante político de mi pueblo? En estas circunstancias ¿no estoy obligado a defenderme de toda agresión, teniendo en cuenta la responsabilidad de mi ministerio? Y en mi cargo ¿no soy también en todo tiempo yo mismo, el que se encuentra solo ante Jesús? ¿Olvidaríamos con esta diferencia que el discípulo de Jesús siempre está completamente solo, que es un individuo que, en definitiva, debe actuar y decidir por sí mismo? ¿Y que en esta actuación es precisamente donde radica la responsabilidad más seria para con lo que me está mandando?
Pero ¿cómo justificaremos las palabras de Jesús teniendo en cuenta la experiencia de que el mal se inflama precisamente en los débiles y se enraiza de forma inevitable en los indefensos? ¿No es esta frase pura ideología, que no cuenta con la realidad, con el pecado del mundo? Es posible que esta frase se justifique dentro de la comunidad. Pero ante el mundo parece un olvido fanático del pecado. Esta frase no puede tener valor porque vivimos en el mundo y el mundo es malo.
Pero Jesús dice: Precisamente porque vivís en el mundo y el mundo es malo, tiene valor este principio: no debéis oponer resistencia al mal. Difícilmente podríamos reprochar a Jesús que no conoció el poder del mal, él, que desde el primer día de su vida se halló en lucha con el demonio. Jesús llama mal al mal y precisamente por eso habla de esta forma a los que le siguen. ¿Cómo es esto posible?
Todo lo que Jesús dice a sus discípulos sería puro fanatismo si hubiésemos de entender estas palabras como un programa ético general, si hubiésemos de interpretar esta frase de que el mal ha de ser superado con el bien como una sabiduría mundana. En este caso sería realmente un fantasear irresponsable sobre leyes que el mundo nunca obedece. El carecer de defensa, como principio de la vida mundana, significa la destrucción atea del orden mantenido por la gracia de Dios en el mundo. Pero aquí no habla un programático, aquí habla el que superó el mal con el sufrimiento, el que fue vencido por el mal en la cruz, pero salió triunfante y victorioso de esta derrota. La única justificación posible de este precepto de Jesús es su propia cruz. Sólo quien encuentra en la cruz de Jesús esta fe en la victoria sobre el mal puede obedecer este precepto, y sólo esta obediencia tiene la promesa. ¿Qué promesa? La promesa de la comunidad con la cruz y la victoria de Jesús.

La pasión de Jesús como superación del mal por el amor divino es el único fundamento firme para la obediencia del discípulo.

Con su mandamiento, Jesús llama a los que le siguen a participar de su pasión. ¿Cómo sería visible y digna de crédito la predicación de la pasión de Jesucristo si los discípulos prescindiesen de ella, si se negaran a llevarla en su propio cuerpo? Jesús cumple en la cruz la ley que da y, al mismo tiempo, mantiene graciosamente a los que le siguen en la comunidad con su cruz. Sólo en ésta es real y cierto que la venganza y superación del mal consiste en el amor paciente. A los discípulos se les ha regalado la comunidad con la cruz mediante la llamada al seguimiento. En esta comunidad visible son bienaventurados. Seguir leyendo «El Precio de la Gracia (parte 9)»

El Precio de la Gracia (parte 8)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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6. El sermón del Monte (continúa)

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, por­que ellos serán saciados». Los que siguen a Cristo no sólo viven en renuncia al propio derecho, sino incluso en renuncia a la propia justicia. No se glorían en nada de lo que hacen y sacrifican. Sólo pueden poseer la justicia en el hambre y la sed de ella; ni la propia justicia, ni la de Dios sobre la tierra; desean en todo tiempo la fu­tura justicia de Dios, pero no pueden implantarla por sí mismos. Los que siguen a Jesús tienen hambre y sed durante el camino. An­helan el perdón de todos los pecados y la renovación plena, la re­novación de la tierra y la justicia perfecta de Dios.

Sin embargo, la maldición del mundo y sus pecados recaen so­bre ellos. Aquel a quien siguen debe morir en la cruz como un mal­dito. Su último grito es un deseo desesperado de justicia: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y el discípulo no es más que su maestro. Sigue tras él. Por eso es feliz; porque se le ha pro­metido que quedará saciado. Alcanzarán la justicia no sólo de oí­das, sino hasta saciarse corporalmente. El pan de la verdadera vi­da les alimentará en la cena futura con su Señor. Este pan futuro es el que los hace bienaventurados, puesto que ya lo tienen presente. Jesús, pan de vida, está entre ellos durante toda su hambre. Esta es la felicidad de los pecadores.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Estos pobres, estos extraños, estos débiles, estos pe­cadores, estos seguidores de Jesús viven también con él renun­ciando a la propia dignidad, porque son misericordiosos. No les basta su propia necesidad y escasez, sino que también se hacen partícipes de la necesidad ajena, de la pequeñez ajena, de la culpa ajena. Tienen un amor irresistible a los pequeños, enfermos, mise­rables, a los anonadados y oprimidos, a los que padecen injusticia y son rechazados, a todo el que sufre y se preocupa; buscan a los que han caído en el pecado y la culpa. Por muy profunda que sea la necesidad, por muy terrible que sea el pecado, la misericordia se acerca a ellos. E! misericordioso regala su propia honra al que ha caído en la infamia, y toma sobre sí la vergüenza ajena. Se deja en­contrar junto a los publícanos y pecadores y lleva gustoso la des­honra de tratar con ellos. Se despojan del bien supremo del hom­bre, la propia honra y dignidad, y son misericordiosos.

Sólo una honra y dignidad conocen: la misericordia de su Se­ñor, de la que viven. Él no se avergonzó de sus discípulos, se con­virtió en hermano de los hombres, llevó su ignominia hasta la muerte de cruz. Esta es la misericordia de Jesús, de la única que quieren vivir los que están ligados a él, la misericordia del crucifi­cado. Esta les hace olvidar toda honra y dignidad propia, y buscar sólo la comunidad con los pecadores. Si se les injuria por esto, son felices. Porque alcanzarán misericordia. Dios se inclinará alguna vez profundamente hacia ellos descargándoles de sus pecados e ig­nominias. Dios les dará su honra y quitará de ellos la deshonra. La honra de Dios será llevar la vergüenza de los pecadores y vestirlos con su dignidad. Bienaventurados los misericordiosos, porque tie­nen al misericordioso por Señor.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Quién es limpio de corazón? Sólo el que ha entregado ple­namente su corazón a Jesús, para que este reine exclusivamente en su interior; el que no mancha su corazón con el propio mal, ni tam­poco con el propio bien. El corazón puro es el corazón sencillo del niño, que nada sabe del bien y del mal, el corazón de Adán antes de la caída, el corazón en el que no reina la conciencia, sino la volun­tad de Jesús.

Quien vive en renuncia al propio bien y mal, al propio corazón, quien está tan arrepentido y sólo depende de Jesús, este tiene un co­razón purificado por la palabra de Cristo. La limpieza de corazón se encuentra aquí en oposición a toda pureza externa, incluida la pureza de los buenos sentimientos. El corazón puro está limpio de bien y mal, pertenece por completo e indivisamente a Cristo, sólo se fija en él, que le precede. Sólo verá a Dios quien en esta vida só­lo se ha fijado en Jesucristo, el Hijo de Dios. Su corazón está li­bre de imágenes que le manchen, sin dejarse arrastrar por la plurali­dad de los propios deseos e intenciones. Está totalmente arrebatado en la contemplación de Dios. A Dios le contemplará aquel cuyo co­razón se haya convertido en espejo de la imagen de Jesucristo.

«Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán lla­mados hijos de Dios». El seguidor de Jesús está llamado a la paz. Cuando Jesús los llamó, encontraron su paz. Jesús es su paz. Pero no sólo deben tener la paz, sino también deben crearla. Con esto renuncian a la fuerza y la rebelión. Estas nunca han servido para nada en las cosas de Cristo. Su Reino es un reino de paz, y la co­munidad de Cristo se saluda con el beso de paz. Los discípulos de Cristo mantienen la paz, prefiriendo sufrir a ocasionar dolor a otro, conservan la comunidad cuando otro la rompe, renuncian a impo­nerse y soportan en silencio el odio y la injusticia. De este modo vencen el mal con el bien y son creadores de paz divina en medio de un mundo de odio y guerra. Pero nunca será más grande su paz que cuando se encuentren pacíficamente con el mal y estén dis­puestos a sufrir. Los pacíficos llevarán la cruz con su Señor; por­que en la cruz se crea la paz. Por haber sido insertados de este mo­do en la obra pacificadora de Cristo, por haber sido llamados a colaborar con el Hijo de Dios, serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, por­que de ellos es el reino de los cielos». No se habla aquí de la justi­cia de Dios, sino de los padecimientos por una causa justa, por el juicio y la acción justas de los discípulos de Jesús. Los que siguen a Jesús renunciando a las posesiones, a la felicidad, al derecho, a la justicia, a la honra, al poder, se distinguen en sus juicios y acciones del mundo; resultarán chocantes al mundo. Y así serán perseguidos por causa de la justicia. La recompensa que el mundo da a su pala­bra y actividad no es el reconocimiento, sino la repulsa. Es impor­tante que Jesús proclame bienaventurados a sus discípulos cuando no sufren inmediatamente por la confesión de su nombre, sino sim­plemente por una causa justa. Se les hace la misma promesa que a los pobres. Como perseguidos, se asemejan a ellos.

Al final de las bienaventuranzas surge la pregunta: ¿qué lugar del mundo resta a tal comunidad? Ha quedado claro que sólo les queda un lugar, aquel en el que se encuentra el más pobre, el más combatido, el más manso: la cruz del Gólgota. La comunidad de los bienaventurados es la comunidad del crucificado. Con él lo ha per­dido todo y con él lo ha encontrado todo. La cruz proclama: biena­venturados, bienaventurados. Pero Jesús sólo habla ahora a los que pueden entenderle, a los discípulos; por eso dice directamente:

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

«Por mi causa»: los discípulos son injuriados, pero encuentran al mismo Jesús. Sobre él recae todo, ya que por su causa son injuria­dos. Él carga con la culpa. La injuria, la persecución mortal y las mentiras malignas constituyen la felicidad de los discípulos en su comunidad con Jesús. Es forzoso que el mundo ataque a estos man­sos extranjeros con sus palabras, su fuerza y sus calumnias. La voz de estos pobres y mansos es demasiado amenazadora y potente, su vida demasiado paciente y silenciosa; estos discípulos de Jesús, con su pobreza y sus sufrimientos, dan un testimonio demasiado pode­roso de la injusticia del mundo. Resulta mortal. Mientras Jesús dice: Bienaventurados, bienaventurados, el mundo grita: ¡Fuera, fuera! Sí, fuera. Pero ¿adónde? Al reino de los cielos. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Los pobres se encuentran en el salón de la alegría. Dios mismo enjuga las lágrimas de los que lloran, da de comer a los hambrien­tos con su cena. Los cuerpos heridos y martirizados están transfi­gurados, y en lugar de los vestidos del pecado y de la penitencia llevan la vestidura blanca de la eterna justicia. Desde esta alegría eterna resuena ya aquí un llamamiento a la comunidad de los que siguen bajo la cruz, las palabras de Cristo: Bienaventurados, biena­venturados.

  1. b) La comunidad visible

Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para tirarla afuera y ser pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No pue­de estar oculta una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tam­poco se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, si­no sobre el candelera, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 13-16).

Jesús se dirige a los que han sido llamados a la gracia del segui­miento del crucificado. Mientras hasta ahora los bienaventurados aparecían como dignos del reino de los cielos pero, al mismo tiem­po, como totalmente superfluos e indignos de vivir para el mundo, en este momento se los define con la imagen del bien más impres­cindible. Vosotros sois la sal de la tierra. Son el bien más noble, el valor supremo que posee el mundo. Sin ellos la tierra no puede se­guir viviendo. Es la sal quien conserva la tierra; esta vive gracias a estos pobres, despreciados y débiles que el mundo rechaza. Cuan­do ataca a los discípulos, destruye su propia vida y, oh milagro, son precisamente estos desgraciados los que posibilitan a la tierra el se­guir viviendo. Esta «sal divina» (Homero) conserva su eficacia. Penetra toda la tierra. Es su sustancia. Por tanto, los discípulos no están orientados solamente al reino de los cielos, sino que se les re­cuerda también su misión terrena.

Como hombres ligados a solo Cristo se les pone en contacto con el mundo, cuya sal son ellos. Jesús, al llamar sal a sus discípulos y no a sí mismo, les transmite la actividad sobre la tierra. Los aplica a su trabajo. Él permanece en el pueblo de Israel, pero a sus discípu­los les entrega toda la tierra. Sólo con la condición de que la sal si­ga siendo sal y conserve su fuerza purifícadora y sazonadora podrá ser mantenida la tierra. Por amor a sí misma y al mundo, la sal de­be seguir siendo sal, la comunidad de los discípulos debe seguir siendo lo que es por vocación de Cristo. En esto consistirá su ver­dadera eficacia y su fuerza conservadora. La sal debe ser incorrup­tible, una fuerza permanente de purificación. Por eso el Antiguo Testamento usa la sal para los sacrificios, y en el rito católico del bautismo se pone sal en la boca del niño (Ex 30, 35; Ez 16,4). En la incorruptibilidad de la sal radica la conservación de la comunidad.

«Vosotros sois la sal». No dice: Vosotros debéis ser la sal. No se deja a elección de los discípulos el que quieran o no ser sal. Tam­poco se les hace un llamamiento para que se conviertan en sal de la tierra. Lo son, quiéranlo o no, por la fuerza de la llamada que se les ha dirigido. Vosotros sois la sal. No dice: Vosotros tenéis la sal. Se­ría erróneo querer equiparar la sal con el mensaje de los apóstoles, como hacen los reformadores. Estas palabras se refieren a toda su existencia, en cuanto se halla fundada por la llamada de Cristo al seguimiento, a esta existencia de la que hablaban las bienaventu­ranzas. Quien sigue a Cristo, captado por su llamada, queda plena­mente convertido en sal de la tierra.

La otra posibilidad consiste en que la sal se vuelva insípida, de­je de ser sal. Deja de actuar. Entonces sólo sirve para ser arrojada.

El honor de la sal consiste en que debe salar todas las cosas. Pero la sal que se vuelve insípida no puede adquirir de nuevo su antiguo poder. Todo, incluso el alimento más estropeado, puede ser salvado con la sal; sólo la sal que se ha vuelto insípida se pierde sin espe­ranza. Es el otro aspecto. El juicio que amenaza a la comunidad de los discípulos. La tierra debe ser salvada por la comunidad; sólo la comunidad que deja de ser lo que es se pierde sin salvación. La lla­mada de Jesucristo le obliga a ser sal o quedar aniquilada, a se­guirle o ser destruida por el mismo llamamiento. No existe una nueva posibilidad de salvación. No puede existir.

No sólo la actividad invisible de sal, sino el resplandor visible de la luz se ha prometido a la comunidad de los discípulos por el llamamiento de Jesús. «Vosotros sois la luz». No dice: Debéis ser­lo. La vocación los ha convertido en luz. Ahora están obligados a ser una luz visible; de lo contrario, la llamada no estaría con ellos. ¡Qué imposible, qué fin tan absurdo sería para los discípulos de Je­sús, para estos discípulos, querer convertirse en luz del mundo! Es­to ya lo ha hecho la llamada al seguimiento. Insistamos en que no es: Vosotros tenéis la luz, sino: Vosotros sois. La luz no es algo que se os ha dado, por ejemplo vuestra predicación, sino vosotros mis­mos. El mismo que dice de sí: Yo soy la luz, dice a sus discípulos: Vosotros sois la luz en toda vuestra vida, con tal de que permanez­cáis fieles a la llamada. Siendo esto así, no podéis permanecer ocultos, aunque queráis.

La luz brilla, y la ciudad sobre el monte no puede estar oculta. Imposible. Resulta visible desde lejos, bien como una ciudad fir­me o un castillo fortificado, bien como unas ruinas destrozadas. Esta ciudad sobre el monte -¿qué israelita no pensaría en Jerusa-lén, la ciudad edificada en lo alto?- es la comunidad de los discí­pulos. A los que siguen a Cristo no se les propone una nueva deci­sión; la única decisión posible para ellos se ha producido ya. Ahora deben ser lo que son, o dejar de ser seguidores de Jesús. Los seguidores forman la comunidad visible, su seguimiento es una ac­ción visible por la que se apartan del mundo, o no es un auténtico seguimiento. En realidad, el seguimiento es tan visible como la luz en la noche, como un monte en la llanura.

Huir a la invisibilidad es negar el llamamiento. La comunidad de Jesús que quiere ser invisible deja de seguirle. «No se enciende una lámpara para colocarla bajo el celemín, sino sobre el candele­ra». Existe también la posibilidad de que se oculte la luz capricho­samente, de que brille bajo el celemín, de que se niegue el llama­miento. El celemín bajo el que la comunidad visible oculta su luz puede ser el miedo a los hombres o una configuración consciente al mundo para conseguir ciertos fines, que pueden ser de tipo misio­nero o brotar de un falso amor a los hombres. Y también puede tra­tarse, lo que es mucho más peligroso, de una teología reformadora que se atreve a denominarse theologia crucis, y cuyo distintivo con­siste en preferir la «humilde» invisibilidad, la configuración plena al mundo, a la visibilidad «farisaica». Lo que caracteriza aquí a la comunidad no es la visibilidad extraordinaria, sino la adaptación a \ajustitia civilis.

El criterio de lo cristiano es precisamente que la luz no brille. Jesús, sin embargo, dice: Haced brillar vuestra luz ante los paga­nos. En cualquier caso, es la luz del llamamiento de Cristo la que resplandece. Pero ¿qué luz es la que deben irradiar estos seguido­res de Jesús, estos discípulos de las bienaventuranzas? ¿Qué luz debe brotar de ese lugar en el que sólo los discípulos tienen un de­recho? ¿Qué tiene en común la invisibilidad y ocultamiento de la cruz, bajo la que se encuentran los discípulos, con la luz que debe brillar? ¿No debe deducirse de ese ocultamiento que también los apóstoles han de hallarse en la oscuridad y no en la luz?

Es un pésimo sofisma deducir de la cruz de Cristo el que la Iglesia deba configurarse al mundo. ¿No reconoce claramente cual­quier persona sencilla que, precisamente en la cruz, se ha hecho vi­sible algo extraordinario? ¿O es todo esto justitia civilis, es la cruz configuración al mundo? ¿No es la cruz algo que se ha hecho inau­ditamente visible en medio de toda oscuridad para terror de los enemigos? ¿No es suficientemente visible que Cristo fue rechaza­do y debió padecer, que su vida terminó en un patíbulo frente a las puertas de la ciudad? ¿Es esto invisibilidad?

Las buenas obras de los discípulos deben brillar con esta luz. Lo que los hombres han de ver no son vuestras personas, sino vuestras buenas obras, dice Jesús. ¿Cuáles son las buenas obras que pueden ser vistas a esta luz? Únicamente las que Jesús produ­jo en ellos cuando los llamó, cuando los convirtió bajo su cruz en luz del mundo: pobreza, separación del mundo, mansedumbre, edificación de la paz y, por último, la gracia de ser perseguidos y re­chazados, sintetizándose todo en esta sola cosa: llevar la cruz de Cristo. La cruz es la luz extraña que resplandece, la única en que pueden ser vistas todas estas buenas obras de los discípulos.

No se dice que Dios se hará visible, sino que se verán las «bue­nas obras» y los hombres alabarán a Dios por ellas. Visible será la cruz y visibles serán las obras de la cruz, visibles serán la escasez y renuncia de los bienaventurados. Pero por la cruz y por esta co­munidad no se puede alabar al hombre, sino a solo Dios. Si las buenas obras fuesen virtudes humanas, no se alabaría al Padre sino a los discípulos. Pero en realidad no hay que alabar al discípulo que lleva la cruz, ni a la comunidad que brilla y es visible sobre el mon­te; por las «buenas obras» sólo se puede alabar al Padre que está en los cielos. De este modo los hombres ven la cruz y la comunidad del crucificado y creen en Dios. Es la luz de la resurrección.

  1. c) La justicia de Cristo

No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he veni­do a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos manda­mientos menores y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el reino de los cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ese será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 5, 17-20).

No es extraño que los discípulos, al oír las promesas hechas por su Señor, en las que se quitaba valor a todo lo que el pueblo esti­maba y se alababa todo lo que para él carecía de importancia, vie­sen llegado el fin de la ley. Se les hablaba y consideraba como a hombres que lo habían conseguido todo por pura gracia de Dios, como a quienes ahora todo lo poseen, como a herederos seguros del reino de los cielos. Tenían la comunidad plena y personal con Cristo, que todo lo había renovado. Eran la sal, la luz, la ciudad so­bre el monte. Por eso, todo lo antiguo ha pasado, se ha disuelto. Pa­rece faltar muy poco para que Jesús establezca una separación definitiva entre su persona y lo antiguo, para que declare abolida la ley del Antiguo Testamento y reniegue de ella con su libertad de Hijo de Dios, liberando también a su comunidad.

Por todo lo que había sucedido, los discípulos podían pensar como Marción que, reprochando a los judíos haber falseado el tex­to, lo cambió del siguiente modo: «¿Pensáis que he venido a cum­plir la ley o los profetas? He venido a abolir, y no a dar cumpli­miento». Son innumerables los que desde Marción han leído e interpretado el texto de esta forma. Pero Jesús dice: «No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas…». Cristo revaloriza la ley del Antiguo Testamento.

¿Cómo hay que entender esto? Sabemos que se habla a los que le siguen, a los que están ligados solamente a Jesucristo. Ninguna ley podría haber impedido la comunidad de Jesús con sus discípu­los, como vimos al interpretar Lc 9, 57s. El seguimiento es unión inmediata a solo Cristo. Sin embargo, de forma totalmente inespe­rada, aparece aquí la vinculación de los discípulos a la ley vetero-testamentaria. Con esto Jesús indica dos cosas a sus apóstoles: que la unión a la ley no constituye aún el seguimiento, y que la vincu­lación sin ley a la persona de Jesucristo no puede ser llamada ver­dadero seguimiento. Pone en contacto con la ley a los que ha con­cedido todas sus promesas y su plena comunidad. La ley tiene valor para los discípulos porque así lo dispone aquel a quien ellos siguen. Y ahora surge la pregunta: ¿qué es lo verdaderamente váli­do: Cristo o la ley? ¿A quién estoy yo ligado? ¿A él sólo, o también a la ley? Cristo había dicho que ninguna ley podía interponerse en­tre él y sus discípulos. Ahora dice que la abolición de la ley signi­ficaría separarse de él. ¿Qué sentido tiene esto?

La ley es la ley del Antiguo Testamento; no se trata de una ley nueva, sino de la antigua, de la que se habló al joven rico y al escri­ba como revelación de la voluntad de Dios. Si se convierte en un precepto nuevo es sólo porque Jesús vincula a los que le siguen con esta ley. No se trata, pues, de una «ley mejor» que la de los fariseos; es la misma, la ley que debe permanecer con todas sus letras hasta el fin del mundo, que se ha de cumplir hasta en lo más pequeño. Pe­ro sí se trata de una «justicia mejor». Quien no posea esta justicia mejor, no entrará en el reino de los cielos, porque se habría separa­do del seguimiento de Cristo, que le pone en contacto con la ley. Pero los únicos que pueden tener esta justicia mejor son aquellos a quienes Cristo habla, los que él ha llamado. La condición de esta justicia mejor es el llamamiento de Cristo, es Cristo mismo.

Resulta por lo tanto comprensible que Jesús, en este momento del sermón del monte, hable por primera vez de sí mismo. Entre la justicia mejor y los discípulos, a los que se la exige, se encuentra él. Ha venido para cumplir la ley de la antigua alianza. Este es el presupuesto de todo lo demás. Jesús da a conocer su unión plena con la voluntad de Dios en el Antiguo Testamento, en la ley y los profetas. De hecho, no tiene nada que añadir a los preceptos de Dios; los guarda, y esto es lo único que añade. Dice de sí mismo que cumple la ley. Y es verdad. La cumple hasta lo más mínimo. Y al cumplirla, se «consuma todo» lo que ha de suceder para el cum­plimiento de la ley. Jesús hará lo que exige la ley, por eso sufrirá la muerte; porque sólo él entiende la ley como ley de Dios. Es decir: ni la ley es Dios, ni Dios es la ley, como si esta hubiese ocupado el puesto de Dios.

De esta forma errónea es como Israel había interpretado la ley. Su pecado consistió en divinizar la ley y legalizar a Dios. A la in­versa, el pecado de los discípulos habría consistido en quitar a la ley su carácter divino y separar a Dios de su ley. En ambos casos, Dios y la ley habrían sido unidos e identificados, con las mismas conse­cuencias. Los judíos identificaron a Dios con la ley para poder do­minarlo al dominar la ley. Dios quedaba prisionero de la ley y no era ya su señor. Los discípulos, si pensaran separar a Dios de su ley, lo harían para poder dominar a Dios con los bienes salvíficos que po­seían. En ambos casos se confundirían el don y el donador, se nega­ría a Dios con ayuda de la ley o de la promesa salvífica.

Contra ambas interpretaciones erróneas Jesús revaloriza la ley como ley de Dios. Dios es el donador y señor de la ley, y esta sólo es cumplida en la comunión personal con Dios. Sin comunidad con Dios no hay cumplimiento de la ley, y sin cumplimiento de la ley no hay comunidad con Dios. Lo primero es válido para los judíos, lo segundo para el posible equívoco de los discípulos.

Jesús, Hijo de Dios, el único que vive en plena comunión con Dios, revaloriza la ley del Antiguo Testamento al venir a cumplirla. Por ser el único que lo hizo, sólo él puede enseñar rectamente la ley y su cumplimiento. Los discípulos debieron comprender esto cuando él lo dijo, porque sabían quién era. Los judíos no podían enten­derlo porque no creían en él. Por eso debían rechazar su doctrina de la ley como una ofensa a Dios, es decir, como una ofensa a la ley de Dios. Y Jesús ha de sufrir las recriminaciones de los abogados de la falsa ley por amor a la verdadera ley de Dios. Jesús muere en la cruz como un blasfemo, como trasgresor de la ley, por haber re-valorizado la verdadera ley frente a la ley falsa y mal interpretada.

El cumplimiento de la ley, del que Jesús habla, sólo puede lle­varse a cabo con su muerte en la cruz como pecador. Él mismo, en cuanto crucificado, es el cumplimiento pleno de la ley.

Con esto queda dicho que Jesucristo, y sólo él, cumple la ley, porque sólo él vive en plena comunión con Dios. Se interpone en­tre sus discípulos y la ley, pero ésta no se interpone entre él y sus discípulos. El camino de los discípulos hacia la ley pasa por la cruz de Cristo. Así, Jesús vincula nuevamente a los discípulos a su per­sona, poniéndolos en contacto con la ley que sólo él cumple. Debe rechazar la vinculación sin ley, porque constituiría un fanatismo, un libertinaje pleno, en lugar de auténtica unión. Se elimina la preocupación de los discípulos de que la vinculación a la ley los se­pare de Jesús. Esto sólo sería posible en una interpretación errónea de la ley, como la que separó de hecho a los judíos de Dios. En lu­gar de esto, se deja claro que la auténtica unión con Jesús sólo pue­de alcanzarse estando vinculados a la ley de Dios.

Es verdad que Jesús se encuentra entre sus discípulos y la ley; pero no para liberarlos de su cumplimiento, sino para revalorizar-lo con sus exigencias. Los discípulos deben obedecer a la ley por­que están unidos a él. Por otra parte, el cumplimiento de la «iota» no significa que, desde ahora, esta «iota» se haya acabado para los discípulos. Se ha cumplido, y esto es todo. Pero precisamente por ello ha adquirido ahora su valor, de forma que en adelante será grande en el reino de los cielos el que cumpla y enseñe la ley. «Cumpla y enseñe»; podría imaginarse una doctrina de la ley que dispensase de la acción, en la que la ley sólo sirviese para com­prender la imposibilidad de cumplirla. Pero esta doctrina no podría basarse en Jesús. Hay que cumplir la ley como él lo hizo. Quien permanece junto a él en el seguimiento -junto a él, que cumplió la ley- este observa y enseña la ley en el seguimiento. Sólo quien po­ne en práctica la ley puede permanecer en comunión con Jesús.

No es la ley la que distingue a los discípulos de los judíos, sino la «justicia mejor». La justicia de los discípulos «supera» a la de los escribas. Es algo extraordinario, especial. Por primera vez re­suena aquí el concepto que será de gran importancia en el v. 47. Debemos preguntarnos: ¿en qué consistía la justicia de los fariseos?, ¿en qué consiste la justicia de los discípulos? Los fa­riseos nunca cayeron en el error, contrario a la Escritura, de que la ley sólo había que enseñarla, pero no cumplirla. El fariseo quería ser observante de la ley. Su justicia consistía en el cumplimiento li­teral, inmediato, de lo dispuesto por la ley. Su justicia era acción. Su fin, la conformidad plena de su acción con lo mandado en la ley. Sin embargo, siempre debía quedar un resto que había de ser tapado con el perdón. Su justicia permanecía incompleta.

También la justicia de los discípulos sólo podía consistir en la observancia de la ley. Nadie podía ser llamado justo si no observa­ba la ley. Pero la observancia de los discípulos supera a la de los fa­riseos porque, de hecho, su justicia es perfecta, mientras la de estos es imperfecta. ¿Cómo? La preeminencia de la justicia de los discí­pulos consiste en que entre ellos y la ley se encuentra aquel que cumplió perfectamente la ley y está en comunión con ellos. Él no se vio frente a una ley incumplida, sino frente a una ley ya cumpli­da. Antes de que comenzase a obedecer a la ley, ésta ya estaba cumplida y sus exigencias satisfechas. La justicia que exige la ley ya está presente; es la justicia de Jesús, que marcha hacia la cruz por amor a la ley. Pero como esta justicia no es sólo un bien ofreci­do, sino la comunidad plena y verdaderamente personal con Dios, Jesús no sólo tiene la justicia, sino que él mismo es justicia. Es la justicia de los discípulos. Por su llamada los ha hecho partícipes de su persona, les ha regalado su comunidad, y así les ha permitido to­mar parte de su justicia, les ha otorgado su justicia.

La justicia de los discípulos es la justicia de Cristo. Con el úni­co fin de decir esto comienza Jesús sus palabras sobre la «justicia mejor» haciendo referencia a su cumplimiento de la ley. La justi­cia de Cristo es realmente la justicia de los discípulos. En sentido estricto, sigue siendo una justicia regalada, otorgada por la llama­da al seguimiento. Es la justicia que consiste en el seguimiento y que ya en las bienaventuranzas recibe la promesa del reino de los cielos. La justicia de los discípulos es justicia bajo la cruz. Es la justicia de los pobres, de los combatidos, hambrientos, mansos, pacíficos, perseguidos por amor a Cristo, la justicia visible de los que son luz del mundo y ciudad sobre el monte, por la llamada de Cristo. Si la justicia de los discípulos es «mejor» que la de los fa­riseos, se debe a que sólo se apoya en la comunión con aquel que ha cumplido la ley; la justicia de los discípulos es auténtica justi­cia porque ahora cumplen la voluntad de Dios observando la ley.

También la justicia de Cristo debe ser observada, y no sólo en­señada. De lo contrario, no es mejor que la ley que se enseña pero no se cumple. Todo lo que sigue habla de esta observancia de la justicia de Cristo por los discípulos. Podríamos sintetizarlo en una sola palabra: seguimiento. Es la participación real y sencilla por la fe en la justicia de Cristo. La justicia de Cristo es la ley nueva, la ley de Cristo.

  1. d) El hermano

Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y aquel que matare será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame «imbécil» a su hermano, será reo ante el sanedrín; y el que le llame «renegado», será reo de la gehenna del fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que un her­mano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuel­ves y presentas tu ofrenda. Ponte en seguida a buenas con tu adver­sario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil, y se te meta en la cárcel. Yo te aseguro: No saldrás de allí hasta haber pagado el último céntimo (Mt 5, 21-26).

«Pues yo os digo». Jesús sintetiza todo lo dicho sobre la ley. Te­niendo en cuenta lo anterior, resulta imposible interpretar a Jesús revolucionariamente o aceptar una contraposición de opiniones, al estilo de los rabinos. Más bien, Jesús expresa, continuando lo di­cho, su unidad con la ley de la alianza mosaica, pero al mismo tiempo deja completamente claro que él, el Hijo de Dios, es señor y dador de la ley. Sólo quien percibe la ley como palabra de Cristo puede cumplirla. El error pecaminoso en que se encontraban los fariseos no les daba esta oportunidad. Sólo en el conocimiento de Cristo como señor y cumplidor de la ley radica el verdadero cono­cimiento de la misma. Cristo ha puesto su mano sobre la ley, la reivindica. Con esto hace lo que la ley quiere en realidad. Pero al unirse de esta forma con la ley se convierte en enemigo de una fal­sa interpretación de la misma. Al honrarla, se entrega en manos de los falsos celosos de la ley.

La ley que Jesús indica a sus seguidores les prohibe matar y les encomienda cuidar del hermano. La vida del hermano depende de Dios, está en sus manos, solamente él tiene poder sobre la vida y la muerte. El asesino no tiene sitio en la comunidad de Dios. In­curre en el juicio que él mismo ejerce. El hermano que se encuen­tra bajo la protección del precepto divino no es únicamente el que pertenece a la comunidad, como lo demuestra sin lugar a dudas el hecho de que los seguidores de Jesús no pueden determinar quién es el prójimo; esto sólo puede hacerlo aquel a quien siguen obe­dientemente.

Al seguidor de Jesús le está prohibido matar, bajo pena del jui­cio divino. La vida del hermano es una frontera que no puede ser traspasada. Y se la traspasa por la ira, empleando palabras malas que se nos escapan (imbécil) y, por último, insultando premedita­damente a otro (renegado).

Toda ira va contra la vida ajena, siente envidia de ella, busca aniquilarla. Por otra parte, no existe ninguna diferencia entre la ira justa y la injusta. El discípulo no puede conocer la cólera, porque iría contra Dios y contra el hermano. La palabra que se nos escapa, a la que damos tan poca importancia, revela que no respetamos al otro, nos creemos superiores a él y valoramos nuestra vida por en­cima de la suya. Esta palabra es un ataque contra el hermano, un golpe en su corazón, que repercute en él, le hiere y destruye. El in­sulto premeditado roba al hermano su honra incluso en público, quiere hacerlo despreciable ante los demás, busca con odio el ani­quilamiento de su existencia interna y externa. Ejecuta un juicio sobre él, lo que constituye un asesinato. Y el asesino también es digno de ser juzgado.

  1. La adición ebcfj en la mayoría de los manuscritos es la primera corrección prudente de la dureza de las palabras de Jesús.

 

Quien se encoleriza contra su hermano, le dirige malas palabras, le insulta o calumnia públicamente, es un asesino que no tiene ca­bida ante Dios. Al separarse del hermano, se ha separado también de Dios. Ya no tiene acceso a él. Su ofrenda, su culto, su oración, no pueden agradar a Dios. El que sigue a Jesús no puede separar, co­mo los rabinos, el culto divino del servicio al hermano. El despre­cio del hermano convierte el culto en inauténtico y le priva de toda promesa divina. El individuo y la comunidad que quieren acercarse a Dios con un corazón lleno de desprecio o sin reconciliar, sólo practican un juego con los dioses. La ofrenda no será aceptada mientras se niegue al hermano la ayuda y el amor, mientras se le si­ga despreciando, mientras pueda tener algo contra mí o contra la comunidad de Jesús.

Lo que se interpone entre Dios y yo no es principalmente mi propia cólera, sino el hecho de que existe un hermano enfermo, despreciado, deshonrado, que «tiene algo contra mí». Por tanto, examínese la comunidad de los discípulos de Jesús para ver si no es culpable de haber odiado, despreciado, injuriado al hermano, convirtiéndose de este modo en colaboradora de su muerte. Que examine la comunidad de Jesús si, en el momento en que se acer­ca a Dios para el culto y la oración, no hay muchas voces que le acusan ante Dios e impiden su oración. Que examine la comunidad de Jesús si ha dado a los despreciados y deshonrados de este mun­do un signo del amor de Jesús, que quiere conservar, mantener y proteger la vida. De lo contrario, el culto más correcto, la oración más piadosa, la confesión más firme de la fe, no le servirían para nada, sino que darían testimonio contra ella porque ha olvidado el seguimiento de Jesús.

Dios no quiere ser separado de nuestro hermano. No quiere ser honrado si un hermano es deshonrado. Es el Padre. Sí, el Padre de Jesucristo, que se hizo hermano de todos nosotros. En esto radica el fundamento último de por qué Dios no quiere separarse del her­mano. Su Hijo hecho hombre fue deshonrado, injuriado, por amor a la honra del Padre. Mas el Padre no se dejó separar de su Hijo y ahora tampoco quiere alejarse de aquel que se asemejó a su Hijo, por el que su Hijo cargó con el oprobio. La encarnación del Hijo de Dios ha hecho inseparable el culto divino del servicio al hermano. Quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso.

Por tanto, al que quiere practicar el verdadero culto siguiendo a Jesús sólo le queda un camino: el de la reconciliación con el her­mano. Quien acude a la palabra y a la eucaristía con un corazón sin reconciliar recibe su propio juicio. Es un asesino a los ojos de Dios. Por eso, «vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda». Es un camino difícil el que Jesús exige a sus seguidores. Está unido a una gran humillación y opro­bio. Pero es un camino hacia él, el hermano crucificado, y por con­siguiente, un camino lleno de bendiciones. En Jesús se unificaron el servicio al hermano más pequeño y el culto a Dios. Él fue a re­conciliarse con el hermano y luego ofreció al Padre la única ofren­da verdadera, entregándose a sí mismo.

Todavía es tiempo de gracia porque aún tenemos un hermano, y todavía «vamos con él por el camino». Ante nosotros se halla el juicio. Todavía podemos ponernos a buenas con él y pagarle la deuda que le debemos. Se acerca la hora en que caeremos en ma­nos del juez. Entonces será demasiado tarde, el derecho y la pena se aplicarán hasta sus últimas consecuencias. ¿Comprendemos que aquí el hermano no se convierte para el discípulo de Jesús en ley, sino en gracia? Es gracia poder ponerse a buenas con él, recono­cerle su derecho, es gracia poder reconciliarnos con el hermano. Él es nuestra gracia antes del juicio.

Sólo puede hablarnos el que, siendo nuestro hermano, se ha he­cho nuestra gracia, nuestra reconciliación, nuestra salvación antes del juicio. En la humanidad del Hijo de Dios se nos ha otorgado la gracia del hermano. Ojalá piensen en esto los discípulos de Jesús.

El servicio al hermano, que intenta complacerle, que respeta su vida y sus derechos, es el camino de la negación de sí mismo, el camino hacia la cruz. Nadie tiene mayor amor que quien da la vi­da por su amigo. Es el amor del crucificado. Y por eso esta ley só­lo se cumple en la cruz de Cristo.

  1. e) La mujer

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna. También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la expone a co­meter adulterio; y el que se case con una repudiada, comete adulte­rio (Mt 5, 27-32).

La vinculación a Jesucristo no abre paso al placer que carece de amor, sino que lo prohibe a los discípulos. Puesto que el segui­miento es negación de sí y unión con Jesús, en ningún momento puede tener curso libre la voluntad propia, dominada por el placer, del discípulo. Tal concupiscencia, aunque sólo radicase en una sim­ple mirada, separa del seguimiento y lleva todo el cuerpo al infier­no. Con ella, el hombre vende su origen celestial por un momento placentero. No cree en el que puede devolverle una alegría centu­plicada por el placer al que renuncia. No confía en lo invisible, si­no que se aferra al fruto visible del placer. De este modo se aleja del camino del seguimiento y queda separado de Cristo.

La impureza de la concupiscencia es incredulidad. Por eso hay que rechazarla. Ningún sacrificio que libere a los discípulos de es­te placer que separa de Jesús es demasiado grande. El ojo es menos que Cristo y la mano es menos que Cristo. Si el ojo y la mano sir­ven al placer e impiden a todo el cuerpo la pureza del seguimien­to, es preferible renunciar a ellos a renunciar a Jesús. Las alegrías que proporciona el placer son menores que sus inconvenientes; se consigue el placer del ojo y de la mano por un instante, y se pierde el cuerpo por toda la eternidad. Tu ojo, que sirve a la impura con­cupiscencia, no puede contemplar a Dios.

¿No resulta decisiva en este momento la pregunta de si Jesús dio a su precepto un sentido literal o figurado? ¿No depende toda nuestra vida de una respuesta clara a esta pregunta? ¿No se ha da­do ya la respuesta en la actitud de los discípulos? En estas pregun­tas decisivas, aparentemente tan serias, nuestra voluntad huye de la decisión. La misma pregunta es falsa y maligna. No puede tener respuesta. Si dijéramos que, naturalmente, no hay que entenderlo en sentido literal, debilitaríamos la seriedad del precepto; y si dijéramos que hay que interpretarlo literalmente, no sólo se pondría de manifiesto la absurdidad fundamental de la existencia cristiana, si­no que el mismo precepto perdería su fuerza. Sólo quedaremos firmemente ligados al mandamiento de Jesús en cuanto esta pre­gunta fundamental no sea respondida. No podemos inclinarnos a ninguna de las dos partes. Debemos obedecer a lo que se nos pro­pone. Jesús no obliga a sus discípulos a vivir en una convulsión in­humana, no les prohibe mirar, pero orienta sus miradas hacia él y sabe que la mirada sigue siendo pura aunque ahora se dirija a la mujer. De este modo, no impone sobre ellos el yugo insoportable de la ley, sino que les ayuda misericordiosamente con el Evangelio.

Jesús no invita al matrimonio a los que le siguen. Pero santifi­ca el matrimonio según la ley al declararlo insoluble y prohibir un segundo matrimonio cuando una de las partes se separa de la otra por adulterio. Con este precepto, Jesús libera al matrimonio del placer egoísta y malo, y lo pone al servicio del amor, que es la úni­ca posibilidad dentro del seguimiento. Jesús no injuria al cuerpo y a su deseo natural, pero rechaza la incredulidad que en él se oculta. Así, no disuelve el matrimonio, sino que lo consolida y santifica mediante la fe, y el que le sigue podrá continuar conservando, in­cluso en el matrimonio, su vinculación exclusiva a Cristo en la dis­ciplina y la negación de sí. Cristo también es el señor de su matri­monio. El que con esto el matrimonio del discípulo sea algo distinto al matrimonio civil no significa un desprecio del matrimonio, sino precisamente su santificación.

Parece que Jesús, al exigir la indisolubilidad del matrimonio, se opone a la ley veterotestamentaria. Pero él mismo da a entender su unión con la ley mosaica (Mt 19, 8). A los israelitas se les permi­tió dar el acta de divorcio «por la dureza de su corazón», es decir, sólo para precaver su corazón de un desenfreno mayor. Pero la ley veterotestamentaria coincide con Jesús en que su intención se orienta exclusivamente a la pureza del matrimonio, al matrimonio que es vivido con la fe en Dios. Esta pureza queda a salvo en la co­munidad de Jesús, en su seguimiento.

Puesto que a Jesús sólo le interesa la pureza perfecta de sus dis­cípulos, también ha de decir que la renuncia plena al matrimonio por amor al reino de los cielos es digna de elogio. Jesús no hace un programa del matrimonio o del celibato, sino que libera a sus discípulos de la    , de la fornicación, dentro o fuera del matri­monio, que no sólo es un pecado contra el propio cuerpo, sino tam­bién contra el mismo cuerpo de Cristo (1 Cor 6, 13-15). También el cuerpo del discípulo pertenece a Cristo y al seguimiento; nuestros miembros son miembros de su cuerpo. La fornicación es un peca­do contra el propio cuerpo de Jesús, porque él, el Hijo de Dios, tu­vo un cuerpo humano y porque nosotros tenemos comunidad con su cuerpo.

El cuerpo de Jesús fue crucificado. El apóstol dice de aquellos que pertenecen a Cristo han crucificado su cuerpo con sus vicios y concupiscencias (Gal 5, 24). El cumplimiento de esta ley vetero-testamentaria sólo es cierto en el cuerpo crucificado y martirizado de Jesucristo. La visión y la comunidad de este cuerpo que se en­tregó por ellos es para los discípulos la fuerza que les permite al­canzar la pureza que Jesús les ofrece.

  1. f) La veracidad

Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vues­tro lenguaje: sí, sí; no, no; que lo que pasa de aquí viene del malig­no (Mt 5, 33-37).

Hasta el momento presente, la interpretación de estos versos re­sulta extraordinariamente insegura en la Iglesia cristiana. Desde los tiempos primitivos, los exegetas oscilan desde la repulsa rigurosa de todo juramento, considerándolo pecado, hasta la recusación más suave del juramento y del perjurio frivolos. En la Iglesia antigua, la idea más ampliamente reconocida era la de que el juramento esta­ba prohibido, sin duda, al cristiano «perfecto», pero podía admi­tirse en los más débiles, dentro de ciertos límites. Agustín, entre otros, defendió esta opinión. Al juzgar el juramento coincidió con filósofos paganos como Platón, los pitagóricos, Epicteto, Marco Aurelio, que lo consideraban como indigno de un hombre noble.

Las Iglesias reformadoras, en sus confesiones, piensan que las pa­labras de Jesús no se refieren al juramento exigido por las autori­dades mundanas. Desde el principio, los argumentos fundamen­tales eran que el Antiguo Testamento mandaba jurar, que Jesús mismo juró ante el sanedrín y el apóstol Pablo se sirvió en muchas ocasiones de fórmulas semejantes. Para los reformadores tuvo una importancia decisiva en este punto la separación de los reinos es­piritual y mundano, junto con la prueba inmediata de la Escritura.

¿Qué es el juramento? Es la invocación pública de Dios como testigo de una afirmación que hago sobre algo pasado, presente o futuro. Dios, el omnisciente, vengará la mentira. ¿Cómo puede de­cir Jesús que este juramento es pecado, algo «satánico» que viene del maligno, ex xoñ jtovtiqoü? Porque él se refiere a la veracidad plena.

El juramento es la prueba de la mentira que reina en el mundo. Si el hombre no pudiese mentir, el juramento resultaría innecesa­rio. Por eso el juramento es un dique contra la mentira. Pero al mis­mo tiempo la fomenta; porque allí donde sólo el juramento reivin­dica la veracidad última, se concede simultáneamente un ámbito vital a la mentira, se le admite un cierto derecho a la existencia. La ley veterotestamentaria rechaza la mentira mediante el juramento. Jesús rechaza la mentira prohibiendo jurar. Tanto aquí como allí sólo se pretende una cosa: aniquilar la falsedad en la vida de los creyentes. El juramento que la antigua alianza colocaba contra la mentira quedó en manos de la mentira misma y fue puesto a su ser­vicio. Quería asegurarse mediante él y crearse un derecho. Por eso Jesús debe atrapar la mentira en el mismo sitio donde se refugia, en el juramento. Este debe desaparecer porque se ha convertido en re­fugio de la mentira.

El atentado del engaño contra el juramento podía tener lugar de doble forma: afirmándose bajo el juramento (perjurio), o introdu­ciéndose en la forma del mismo juramento. En este caso, la mentira en el juramento no necesitaba la invocación del Dios vivo, sino la in­vocación de cualquier poder mundano o divino. Cuando la mentira se ha introducido tan profundamente en el juramento, la única forma de poner a salvo la veracidad plena es prohibiendo el juramento.

Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Con esto, las palabras del discípulo no se libran de la responsabilidad que tiene ante el Dios omnisciente. Más bien, precisamente porque no se invoca de forma expresa el nombre de Dios, toda palabra del discípulo queda situa­da bajo la presencia natural del Dios que todo lo sabe. El discípu­lo de Jesús no debe jurar, porque sería imposible pronunciar una sola palabra sin que Dios la conociera. Cada una de sus palabras no debe ser más que verdad, de forma que no necesiten ser confirma­das con el juramento. El juramento sitúa todas sus otras palabras en las tinieblas de lo dudoso. Por eso viene «del maligno». El discípu­lo debe ser luz en todas sus palabras.

Con esto se rechaza el juramento, pero al mismo tiempo que­da claro que el único fin pretendido es el de la veracidad. El pre­cepto de Jesús no admite excepciones en ningún foro. Pero tam­bién hay que decir que la negación del juramento no debe servir de nuevo para ocultar la verdad. Cuándo se da este caso, o sea, cuándo hay que prestar juramento precisamente por amor a la verdad, no debe decidirse en general, sino que es el individuo quien ha de decidirlo. Las Iglesias reformadoras opinan que todo juramento exigido por la autoridad mundana se encuentra en es­tas circunstancias. Seguirá siendo discutible si es posible una de­cisión general de este tipo.

Lo que resulta indiscutible es que, cuando se da este caso, sólo se puede prestar juramento si, en primer lugar, resulta completa­mente claro y transparente el contenido del juramento; en segundo lugar, hay que distinguir entre juramentos que se refieren a hechos pasados o futuros que nos son conocidos y aquellos que tienen el carácter de un voto. Puesto que el cristiano nunca está libre de error en su conocimiento del pasado, la invocación del Dios omnis­ciente no pretende confirmar sus posibles afirmaciones erróneas, sino servir a la pureza de su conocimiento y su conciencia. Pero como el cristiano tampoco dispone nunca de su futuro, un voto con juramento, por ejemplo un juramento de fidelidad, representa de antemano para él grandes peligros. Porque el cristiano no sólo no dispone de su propio futuro, sino tampoco del futuro de aquel con quien se une en el juramento de fidelidad.

Por amor a la veracidad y al seguimiento de Jesús, resulta im­posible prestar un juramento de este tipo sin someterlo a la reser­va de la ciencia divina. Para el cristiano no existe ningún vínculo terreno absoluto. Un juramento de fidelidad que quiera ligar absolutamente al cristiano se convierte para él en mentira, es «del maligno». En tal juramento, la invocación del nombre de Dios nunca puede ser la confirmación del voto, sino única y exclusi­vamente el testimonio de que, en el seguimiento de Jesús, sólo estamos ligados a la voluntad de Dios, y todo otro vínculo por amor a Jesús está sometido a esta reserva. Si en caso de duda no se expresa o reconoce esta reserva, no puedo prestar juramento porque con él engañaría a aquel que me lo toma. Sea vuestro len­guaje: si, sí; no, no.

El precepto de la veracidad plena es sólo una nueva palabra en la totalidad del seguimiento. Sólo el que está ligado a Jesús en el seguimiento se encuentra en la verdad total. No tiene que ocultar nada ante su Señor. Vive descubierto en su presencia. Es recono­cido por Jesús y situado en la verdad. Está patente ante Jesús co­mo pecador. No es que él se haya manifestado a Jesús, sino que cuando Jesús se le reveló en su llamada se conoció a sí mismo en su pecado. La veracidad plena sólo existe al quedar descubiertos los pecados que también son perdonados por Jesús. Quien confe­sando sus pecados se encuentra ante Jesús en la verdad, es el úni­co que no se avergüenza de ella sea cual sea el lugar donde haya que proclamarla. La veracidad que Jesús exige de sus discípulos consiste en la negación de sí mismo, que no oculta los pecados. Todo es manifiesto y transparente.

Como la veracidad pretende desde el principio hasta el fin que el hombre quede completamente al descubierto ante Dios en todo su ser, en su maldad, suscita la oposición de los pecadores y es per­seguida y crucificada. La veracidad del discípulo tiene su único fundamento en el seguimiento de Jesús, en el que nos revela nues­tros pecados en la cruz. Sólo la cruz, como verdad de Dios sobre nosotros, nos hace veraces. Quien conoce la cruz no se avergüen­za ya de otra verdad. Para el que vive bajo la cruz no tiene sentido el juramento como ley expositiva de la veracidad, porque se en­cuentra en la verdad plena de Dios.

Es imposible ser veraces con Jesús sin ser veraces con los hom­bres. La mentira destruye la comunidad, mientras la verdad aniqui­la la falsa comunidad fundando una auténtica fraternidad. Es im­posible seguir a Jesús sin vivir en la verdad manifiesta ante Dios y los hombres.

El Precio de la Gracia (parte 7)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ← sexta parte o puede ir al inicio de la serie.

6. El sermón del Monte
1. Mt 5: Sobre lo «extraordinario» de la vida cristiana
a) Las bienaventuranzas
Jesús en la cima del monte, la multitud, los discípulos. El pueblo ve: ahí está Jesús con los discípulos que se le han unido. Los discípulos pertenecían completamente, hasta hace poco, a la masa del pueblo. Eran como todos los demás. Pero llegó la llamada de Jesús; abandonaron todo y le siguieron. Desde entonces pertenecen a Jesús por completo. Van con él, viven con él, le siguen a dondequiera que los lleve. Les ha sucedido algo que los otros no han experimentado. Se trata de un hecho muy inquietante y sorprendente que no pasa desapercibido al pueblo. Los discípulos ven: ese es el pueblo del que proceden, las ovejas perdidas de la casa de Israel. La comunidad elegida por Dios. El pueblo de la Iglesia. Cuando fueron segregados de este pueblo por el llamamiento de Jesús, hicieron lo que era natural y necesario para las ovejas perdidas de la casa de Israel: siguieron la voz del buen pastor, porque la conocían. Pertenecen, pues, a este pueblo, vivirán en él, se moverán en su ambiente y le predicarán la llamada de Jesús a la gloria del seguimiento. Pero ¿qué sucederá al final? Jesús ve: ahí están sus discípulos. Se han unido a él visiblemente. Ha llamado a cada uno en concreto. Al oír su llamada han renunciado a todo.
Ahora viven en desprendimiento y escasez, son los más pobres entre los pobres, los más combatidos entre los combatidos, los más hambrientos entre los hambrientos. Sólo le tienen a él. Y con él no tienen nada en el mundo, absolutamente nada, pero lo tienen todo en Dios. Es una pequeña comunidad que ha encontrado; y cuando contempla al pueblo, ve la gran comunidad que busca. Discípulos y pueblo están íntimamente relacionados; los discípulos serán sus mensajeros y encontrarán también aquí y allá oyentes y fieles. Sin embargo, existirá hasta el fin una enemistad entre ellos. Toda la ira contra Dios y su palabra recaerá en los discípulos y serán repudiados junto con ella. La cruz se hace visible. Cristo, los discípulos, el pueblo constituyen el cuadro completo de la historia sufriente de Jesús y de su comunidad .
Por eso, bienaventurados. Jesús habla a los discípulos (cf. Lc 6, 20s). Habla a los que se encuentran bajo el poder de su llamada. Es¬ta llamada los ha hecho pobres, combatidos, hambrientos. Los proclama bienaventurados no por su escasez o su renuncia. Ni la una ni la otra constituyen un fundamento de cualquier clase para la bienaventuranza. El único fundamento válido es la llamada y la promesa, por las que viven en escasez y renuncia. Carece de interés la observación de que en algunas bienaventuranzas se habla de la escasez de los discípulos y en otras de una renuncia consciente, es decir, de virtudes especiales. La carencia objetiva y la renuncia personal tienen su fundamento común en el llamamiento y la promesa de Cristo. Ninguna de ellas tiene valor en sí misma ni puede presentar reivindicaciones .
Jesús proclama bienaventurados a sus discípulos. El pueblo lo oye y es testigo asombrado de lo que sucede. Lo que según la pro¬mesa de Dios pertenece a todo el pueblo de Israel, recae aquí sobre la pequeña comunidad de los elegidos por Jesús. «Vuestro es el reino de los cielos». Pero los discípulos y el pueblo están de acuerdo en que todos forman la comunidad elegida de Dios. Por eso, la bienaventuranza de Jesús debe convertirse para todos en motivo de decisión y salvación. Todos están llamados a ser lo que son en realidad. Los discípulos son bienaventurados por el llamamiento de Jesús que han seguido. El pueblo es bienaventurado por la promesa de Dios que le ha sido concedida. Pero ¿conseguirá el pueblo de Dios la promesa por la fe en Jesucristo, o se apartará de Cristo y de su comunidad mostrándose incrédulo? Este es el problema.
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Los discípulos carecen absolutamente de todo. Son «pobres» (Lc 6, 20). Sin seguridad, sin posesiones que puedan considerar como propias, sin un trozo de tierra a la que puedan llamar su patria, sin una comunidad terrena a la que puedan pertenecer plenamente. Pero también sin fuerza, experiencia, conocimientos espirituales propios a los que puedan invocar y con los que puedan consolarse. Por amor a él lo han perdido todo. Al seguirle, se han perdido incluso a sí mismos y, con esto, todo lo que aún podía enriquecerles. Ahora son pobres, tan inexperimentados, tan imprudentes, que no pueden poner su esperanza más que en el que los ha llamado. Jesús conoce también a otros, los representantes y predicadores de la religión popular, los poderosos llenos de prestigio, firmemente asentados en la tierra e indisolublemente enraizados en las costumbres, el espíritu de la época y la piedad popular. Pero no es a ellos, sino sólo a sus discípulos a quienes dice: Bienaventurados, porque vuestro es el reino de los cielos. Sobre ellos, que por amor a Jesús viven en renuncia y pobreza, irrumpe el reino de los cielos. En medio de la pobreza se han hecho herederos del Reino. Tienen su tesoro muy oculto, en la cruz. Se les promete el reino de los cielos en su gloria visible, y también se les regala ahora en la pobreza perfecta de la cruz.
La bienaventuranza de Jesús se distingue perfectamente de su caricatura, figurada por los programas político-sociales. También el anticristo proclama bienaventurados a los pobres, pero no por amor a la cruz, en la que toda pobreza es feliz, sino por la renuncia de la cruz a través de una ideología político-social. Puede llamar cristiana a esta ideología, pero al hacerlo se convierte en enemigo de Cristo.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». A cada nueva bienaventuranza se ahonda el abismo entre los discípulos y el pueblo. Los discípulos resaltan cada vez más visiblemente. Los que lloran son los que están dispuestos a vivir renunciando a lo que el mundo llama felicidad y paz, los que en nada pueden estar de acuerdo con el mundo, los que no se le asemejan. Sufren por el mundo, por su culpa, su destino y su felicidad. El mundo goza, y ellos se mantienen al margen; el mundo grita: ¡Alegraos de la vida!, y ellos se entristecen. Ven que el barco de la inmensa alegría se está yendo a pique. El mundo fantasea del progreso, de la fuerza, del futuro; los discípulos conocen el fin, el juicio, la venida del reino de los cielos, para la que el mundo no está preparado. Por eso son extranjeros en el mundo, huéspedes molestos, perturbadores de la paz a los que se rechaza. ¿Por qué debe la comunidad de Jesús mantenerse al margen de tantas fiestas del pueblo en que vive? ¿Es que no comprende a sus semejantes? ¿Ha caído en el odio y el desprecio del hombre? Nadie entiende a sus prójimos mejor que la comunidad de Jesús. Nadie ama más a los hombres que los discípulos de Jesús, y por eso se mantienen fuera y sufren.
Es hermoso, y tiene mucho sentido, que Lutero tradujese aquí la palabra griega por Leidtragen (llevar dolor). Lo importante es el llevarlo (tragen). La comunidad de los discípulos no lo rechaza como si careciese de fuerza creadora, lo acepta. En esto se hace patente su unión al prójimo. Al mismo tiempo se indica que no busca el dolor caprichosamente, que no se retira por desprecio al mundo, sino que lleva lo que le corresponde y recae sobre ella por amor de Cristo en el seguimiento.
Por último, el sufrimiento no cansa, desgasta ni amarga a los discípulos, dejándolos destrozados. Ellos lo llevan con la fuerza del que lo ha padecido. Los discípulos llevan su dolor con la fuerza de aquel que lo sufrió todo en la cruz. Como sufrientes, se hallan en comunión con el crucificado. Son extranjeros por la fuerza de aquel que resultó tan extraño al mundo, que éste lo crucificó. Esto es su consuelo; más bien, este es su consuelo, su consolador (cf. Lc 2, 25). La comunidad de los extraños es consolada en la cruz, sin-tiéndose impulsada hacia el lugar donde la espera el consolador de Israel. Así encuentra su verdadera patria junto al Señor crucificado, aquí y en la eternidad.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra». Ningún derecho propio protege a la comunidad de los extranjeros en el mundo. Ellos tampoco lo reivindican, porque son los mansos, los que viven por amor a Jesús en la renuncia a todo derecho propio. Se les injuria y callan, se les oprime y lo soportan, se les empuja y se apartan. No pleitean por sus derechos, no protestan cuando son tratados con injusticia. No reivindican ningún derecho propio. Prefieren dejarlo todo a la justicia de Dios; «non cupidi vindictae», reza la exégesis de la antigua Iglesia. Lo que a su Señor parece justo, debe parecérselo también a ellos. Sólo eso. En cada palabra, en cada ademán, resulta evidente que no pertenecen a este mundo. Dejadles el cielo, dice el mundo compasivo, puesto que les pertenece.
Pero Jesús dice: Ellos poseerán la tierra. La tierra pertenece a estos hombres débiles y sin derechos. Los que ahora la poseen con la fuerza y la injusticia, terminarán perdiéndola, y los que han renunciado a ella completamente, mostrándose mansos hasta la cruz, dominarán la nueva tierra. No hay que pensar aquí en una justicia intramundana y castigadora de Dios (Calvino), sino que cuando venga el reino de los cielos, quedará renovada la faz de la tierra y esta se convertirá en herencia de la comunidad de Jesús. Dios no abandona la tierra. La ha creado. Ha enviado a ella a su Hijo. Edificó sobre ella su comunidad. Todo comenzó en este tiempo. Se dio un signo. Ya aquí se ha dado a los débiles un trozo de tierra: la Iglesia, su comunidad, sus bienes, hermanos y hermanas, en medio de persecuciones hasta la cruz. También el Gólgota es un trozo de tierra. A partir del Gólgota, donde murió el más manso de todos, de¬be ser renovada la tierra. Cuando llegue el reino de Dios, los mansos poseerán la tierra.

Metodistas en la Revolución Mexicana

Para meditar un momento acerca de la importancia del movimiento y guerra de transformación social, denominado históricamente como la Revolución Mexicana (la primera en su tipo entre las que tuvieron lugar en el siglo XX), y la relación que el metodismo sostuvo con ella, estamos retomando un discurso del Maestro Luis Rublúo Islas, durante la ceremonia cívica en el Hemiciclo a Juárez, organizada por la Iglesia Metodista de México, A. R. con motivo del XXV período de sesiones de la Conferencia Anual de México, el viernes 16 de Julio de 2010, a las 12.00 Hrs. Éste fue publicado en septiembre 26 de 2010, aquí mismo en El Evangelista Mexicano.
“El grito se levanta tierra afuera por razón de lactancia. Espiritual de tierra adentro… Porque tierra adentro quiere decir la herencia de un Hidalgo, y la epopeya de un Morelos, y la peregrinación de un Juárez, y el martirio de un Madero. Se quiere decir que México tiene héroes, que México tiene abuelos…” Alberto Rembao, Evangelio de la mexicanidad. 1949.
Lic. Luis Rublúo Islas
Lic. Luis Rublúo Islas

Pbro. Moisés Valderrama Gómez, Obispo de la C. A. M., Pbro. Andrés Hernández Miranda, Obispo Electo de la C. A. M.,
Queridos hermanos de la Conferencia Anual de México,
Conciudadanos todos:
Entre el gran pueblo mexicano, emerge el pueblo evangélico de México y, en la configuración de éste, destaca el pueblo metodista mexicano; y como tal, es pueblo cristiano y en su doctrina cabe, natural, entrañablemente un inmenso amor a la Patria; tanto, como son símbolos nuestros y desde el principio, el pabellón tricolor: verde, blanco y rojo; el escudo del águila y la serpiente, el Himno Nacional con las estrofas escritas por Francisco González Bocanegra y música de Jaime Nunó; la egregia figura del más grande estadista de esta tierra: Benito Juárez; y, palmo a palmo, la geografía nacional nos es igualmente entrañable, según de toda esa geografía provienen
nuestros miembros, hermanos correligionarios. Nuestro compromiso con la Patria, nunca, nunca acabará: somos mexicanos.
Por cuanto hace a la historia, de los primeros metodistas institucionales se dieron grupos importantes de escritores e historiadores, interesados desde el pasado prehispánico y escribieron de toda época. La congruencia entre el amor a Cristo y el amor a México, bajo del respeto sin límites, dio a una vez como resultado, una pléyade de personajes allegados como miembros de la iglesia o como simpatizantes, lo que explica su intima colaboración al interior de la comunidad metodista de México, de notables intelectuales patriotas: Don Justo Sierra, el Maestro de América, para empezar, de quien guardamos páginas hasta hace poco inéditas en su bibliografía; Heriberto Frías, el pre-revolucionario autor de la novela primigenia, de un género trascendente en el país: Tomo Chic; Frías, quien en nuestra jerga lingüística fue “un metodista ganteano” –alusión a nuestro templo situado en la calle Gante número 5-, y ahí trabajo mucho: de él conservamos obra literaria, teatro representado en la iglesia; y, no se diga el Cantor del Hogar, Juan de Dios Peza, quien durante los últimos treinta años de su vida, lo recordamos ahora en su centenario de muerte –enero de 1910 -, convivió entre nosotros, auxilio a la señorita Julia Butler en la preparación del primer Himnario Metodista Mexicano. Y aún él mismo escribió himnos, los que ahora se cantan en nuestra liturgia: A Cristo doy mi canto”, es un ejemplo. Y podría agregar otros nombres con satisfacción: Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, José María Vigil, Amado Nervo, etc. Nada de esto es simple presunción, nuestro Archivo Histórico cuneta con documentos preciosos, sobre todo por la simpatía que despertó la liberalidad y un no desmentido nacionalismo de la Iglesia Metodista de México y la generosidad de su periódico oficial, entonces: El Abogado Cristiano Ilustrado y su imprenta, de la que el arqueólogo mexicano, Dr. Leopoldo Batres, edito obras suyas. Otra de estas características patrióticas las tenemos en los nombres de escuelas e institutos fundados por la iglesia: Hijos de Hidalgo, Hijas de Allende, Hijos de Juárez, o Colegio Insurgente Julián Villagrán, son asimismo ejemplos.
Por tales remembranzas históricas, ciertas, no debe sorprender a nadie, como, cuando ahora México se apresta para conmemorar el Bicentenario de la Independencia Nacional, los metodistas podemos referirnos a riquísima historiografía relativa, escrita por pastores y laicos de ayer y de hoy. Y si se trata del Centenario de la Revolución Mexicana, la aciaga época y aquellos episodios; pero muchísimo más: los metodistas vivieron intensamente el periodo a través de nuestros abuelos y padres quienes abrazaron las causas de aquel movimiento social, el primero el mundo en el siglo XX. Movimiento el que lucho por el respeto a principios, los cuales ya se habían ganado con sangre; principios de libertades de conciencia, de expresión dentro de un Estado laico, pero de nuevo vulnerados. Esos abuelos metodistas fueron, muchos, muchos revolucionarios.
A distancia, como el gran episodio histórico según resulta, podemos contemplar un cuadro de Generales Metodistas, de reconocida presencia, junto a Madero, junto a Carranza, junto a Zapata, junto a los Flores Magón. De esos generales, unos cayeron en combate, otros murieron fusilados y otros más, sobrevivientes, con el tiempo se vieron reconocidos como veteranos de la guerra. Otro cuadro es el de pensadores, si bien entre ellos caben generales del cuadro anterior; en este contemplamos a los educadores influyentes, quienes contribuyeron para la estructuración del Artículo Tercero Constitucional y derivados de este, un replanteamiento de programas en la
educación pública. Se hallan, asimismo los obreristas, los agraristas de genio, lo reitero. Cuadro anterior a los dichos, pero en mayor número, lo integran los precursores y luego decididos revolucionarios, desde fines del siglo XIX y en los albores del XX, cansados de una dictadura cada vez insostenible, hasta la institucionalización de las ideas surgidas durante el conflicto. Es necesario que se sepan siquiera, algunos de los más importantes episodios en los cuales hombres y mujeres comprometidos en la lucha revolucionaria, gente metodista de aquellos cuadros, participaron
Del precursor, el más numeroso, destaca una mujer a la debemos mucho: la maestra Juana palacios, primera en dirigir un jardín de Guiños en la República, año de 1887 en Puebla; iniciadora de un feminismo, cuya doctrina la que data de 1906, es feminismo junto con el hombre y no contra el hombre; mujer escuchada y respetada, llego a ser la primera en su género en dirigir la escuela de Altos Estudios, hoy Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México. Y agregamos otra dama: Bertha Gamboa, hija del pastor y escritor Conrado Andrés Gamboa, y después esposa del poeta español León Felipe. Sus ideas avanzadas las comenzó a verter en El Abogado Cristiano Ilustrado y con el tiempo creo la cátedra de Historia de la Revolución Mexicana, a partir de la literatura: la Novela precisamente, la que surgió del movimiento esfuerzo del cual devino en una extraordinaria Antología, la que casi dejo preparada cuando murió, y la sucedió en la tarea quien fue rector de la Universidad Nacional, el Dr. Antonio Castro Leal, y por ello este maestro le rindió un singular homenaje a la maestra Gamboa de Camino. En el pensamiento de esta mujer esta considerar el idealismo y acción de aquella tragedia nacional, por sus logros positivos, una gran lección de civismo.
El Gral. Emiliano Zapata confió a dos pastores-maestros, entonces de sus principales generales, metodistas ambos: José Trinidad Ruiz y Otilio Montaño, la redacción del Plan de Ayala, uno de los documentos próceres de la Revolución Mexicana; sí, nosotros podemos decirlo con seguridad y orgullo legítimo, ese, el Plan de Ayala es un documento metodista por su hechura; y lo dice la historia, y lo dicen los historiadores no metodistas, desde luego no con este énfasis, pero quienes sí reconocen semejante sello; y no en balde calzaron con sus firmas, inmediatamente después de Zapata, aquel insigne papel. Los hermanos metodistas Ruiz y Montaño, cayeron en la lucha; el último injustamente acusado, calumniado y a quien no se le dio el derecho de defensa; y entre los cargos estuvo el de “redactar cartas pastorales”. Murió fusilado.
En la huelga obrera de Río Blanco, Veracruz, 1906-1907, estuvieron dos metodistas de incansable activismo y los dos muertos también durante la lucha: José Rumbia Guzmán, pastor y maestro, y Camerino Z. Mendoza, laico metodista; el nombre de éste último es tan recordado por su influencia, como que ahora una población importante en el estado de Veracruz, cercana a Rió blanco, se llama exactamente Ciudad Camerino Z. Mendoza, Ciudad Mendoza. Había nacido en Real del Monte, Hidalgo.
Durante la revolución Constitucionalista, la que echo fuera al usurpador Victoriano Huerta y Junto a Venustiano Carranza, destacaron varios de nuestros personajes en la diplomacia, en la educación y aun en la política. Uno de ellos, el profesor Andrés Osuna quien fue integrado al gabinete del Primer jefe, en la cartera de Educación Pública para el Distrito y territorios federales y luego Gobernador del estado de Tamaulipas. Por su parte debo agregar: Otilio Montaño también ocupó la Secretaría de Educación Pública en uno de los gobiernos convencionalistas; y el Gral. Camerino Z. Mendoza fue Gobernador del Estado de Puebla. Otros tres hombres metodistas recuerdo: el Dr. Alberto Rembao, quien a sus quince años perdió una pierna en la guerra. Siempre recordó su iglesia “del primer amor”, la metodista “La Santísima Trinidad” de la Ciudad de Chihuahua, después fue congregacionalista, pero dejó un libro documento: Chihuahua de mis amores, memorias, visión de la historia mexicana, testimonios suyos sobre la revolución, desde su asiento en la dirección de estudios latinoamericanos de la Universidad de Columbia, en Nueva York. El Dr. Efrén Muñoz Mata, uno de los cronistas oficiales de nuestra iglesia, médico, educador, historiador, autor de un libro clásico: México en la Historia. Por último, el Dr. Gonzalo Báez Camargo, revolucionario constitucionalista, subteniente en la tropa del Gral. Francisco Coss y seguramente el más lúcido y autor de testimonios, tanto como para ser un eje en esa materia. En efecto, escribió y publicó muchísimo bajo del seudónimo que lo hizo célebre en idioma español: Pedro Gringoire.
Para concluir permítaseme un recuerdo de mi padre, en su juventud miembros de nuestra iglesia, asistente al templo “Emmanuel” de real del Monte, también se fue a la Revolución en el Ejército Constitucionalista de Venustiano Carranza y solo alcanzó el grado de sargento; pero llego a ser Presidente Municipal de real del Monte y por lo menos en el estado de Hidalgo, suprimió desde su aldea, las Tiendas de Raya, por lo que pretendieron asesinarlo y, en efecto lo dejaron por muerto en un atentado. Sobrevivió y en su Mineral puso el nombre de su correligionario y paisano Camerino Z. Mendoza, al Mercado Municipal, hasta ahora el más grande de todos; creo escuelas y la gente lo recuerda con cariño, como para que un barrio y una calle lleve su nombre; Abraham Rublúo Calva. El vivió la dureza de la rebelión Cristera y nos contó cómo, con prudencia, mucha prudencia y lecciones de tolerancia, para nada fáciles, pudo atemperar las pasiones ante la cercanía de un Obispo católico, el de Huejutla, quien fue conducido preso a la cárcel de Pachuca por infringir Constitución y leyes, de manera muy grave.
No la iglesia Metodista como tal, si los metodistas, muchos, como ciudadanos quienes jamás escondieron su fe cristiana, estuvieron en esa revolución Mexicana. Quisiera extenderme, no es el momento, para ellos precisan libros que narren tantos episodios y vidas de los nuestros. Así se verá cómo el metodismo, una manera de ser cristiano, mantiene el espíritu de servicio a los demás y es afín a las causas de libertad. Cristo nos dijo: “… conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” Juan 8.32) Y el apóstol Pablo, al escribir a Tito su discípulo, lo alecciona respecto del poder público y del Estado, conforme con las doctrinas de Jesucristo: para exhortar con autoridad de espíritu, precisa también respetar la autoridad de los gobernantes “en buena obra” (Tito 3.1 y ss)
¡Qué bien decir estas cosas en el hemiciclo a Benito Juárez, el más grande estadista de México!
Muchas Gracias.

Por el sufrimiento, hacia el triunfo.

La siguiente historia está relacionada con personas del pueblo metodista. El Ing. Antonio Borunda Olivas, su esposa Ofelia Magallanes de Borunda, y sus tres hijos son laicos plenamente activos de la IMMAR Bethel, en Chihuahua, Chih. Él es un predicador laico a quien se le ha dado nombramiento para atender congregaciones durante los fines de semana, dentro de la CANCEN. La hija mayor del matrimonio, Ana, es pastora de una iglesia metodista de la CANCEN, y es probando de la Conferencia Anual.El Hno. Antonio tiene una hermana viviendo en la misma Ciudad de Chihuahua. Ella y su familia asisten a la hermana Iglesia de las Asambleas de Dios. Su nombre es Lourdes Borunda de Irigoyen. Ella es la escritora de la siguiente presentación. Si el Espíritu del Señor llegare a despertar en alguno de nuestros lectores un interés por el caso de su familia, y deseare hacerse presente de alguna manera, se le puede escribir al siguiente correo: lulybo2000@yahoo.com. O puede escribírsele a Liz, mamá de Mateo: abejitaliz@hotmail.com.Mientras tanto, a todos nos interesará conocer este testimonio que revela el caminar de una familia cristiana a través de luchas y sufrimiento, pero buscando ser llevados a un desenlace triunfal en Cristo.

Parece una arrogancia pretender poner en unas letras la exponencial obra misericordiosa de Dios en nuestras vidas, sin embargo este es el recurso que tengo para hacerlo, a plena conciencia que nunca podrán mis palabras abarcar su grandeza y su amor.

La tarde que recibimos una pequeñita caja de regalo con un diminuto calcetín de apenas 5 cm. o algo así, como una señal de la agradable noticia de que íbamos a ser abuelos, que mi hija mayor que recién se había casado hacía unos meses ahora esperaba su primer bebé, fue como llegar a una de las máximas metas de la vida: contemplar la bendición de tu linaje extendido a tus generaciones, soñar con las enseñanzas más triviales y más profundas que darás a ese pequeñito o pequeñita, recopilar textos bíblicos e himnos que comenzarás a compartirle aún desde el vientre de su mamá.

Fue un embarazo tranquilo y aparentemente sin complicaciones, por lo menos al ojo humano del médico que atendió a nuestra hija, apenas dos semanas aproximadamente a su fecha de parto. Se ordenó nuevamente un estudio más de imagen, sólo como protocolo para preparación a recibir a nuestro amado nieto, sin embargo las cosas no se veían muy bien, y se sugirió realizar una cesárea lo antes posible, ya que el bebé se encontraba sin líquido amniótico. Se realizó la cesárea, y aparentemente Mateo se encontraba bien, supuestamente no había afectaciones, y por lo mismo, no se le realizaron estudios que ahora sabemos debieron habérsele practicado al nacer bajo las condiciones que traía.

Dios nos permitió disfrutar a nuestro pequeñito, y también estar un poco preocupados por su falta de incremento de peso que se atribuyó a una alergia hacia la leche, aun a la materna. Sin embargo, su retraso en el desarrollo seguía siendo preocupante, y comenzamos insistentemente a consultar médicos para encontrar la respuesta a esto, poniendo en las manos de Dios cada nueva consulta que realizábamos. Finalmente las respuestas comenzaron a aparecer, lamentablemente cuando los riñones de Mateo ya se habían dañado, pues él había nacido con una deformación en su sistema urinario, un doble sistema colector, que por alguna extraña razón ningún médico observó sino hasta los 7 meses de vida, cuando el reflujo urinario ya había causado insuficiencia renal severa.

El dolor frente a una noticia así, es algo tan profundo que aún a pesar de haber vivido otras tragedias, éste no tenía comparación, había demasiadas preguntas sin respuesta, ¿Por qué este bebé inocente? ¿Por qué no se dieron cuenta a tiempo? Para colmo, nos encontramos con que el error de una empleada había dejado sin seguro de gastos médicos para Mateo al momento de nacer, haciendo éste efectivo a partir de los 6 meses de edad, lo cual nos dejó sin cobertura, ya que al ser una enfermedad prexistente, los gastos derivados de la enfermedad y sus posteriores complicaciones no podrían ser cubiertos. Una vez confirmado el diagnóstico comenzamos a buscar la atención idónea para Mateo. En nuestra ciudad ni siquiera existía un pediatra urólogo, aunque, gracias a Dios, sí encontramos un nefrólogo pediatra, quien fue orientándonos en nuestro inicial peregrinar. Conocimos varios médicos en varias ciudades, y no faltó el codicioso que aprovechando nuestro dolor nos asegurara que él podía solucionar todo con una costosa cirugía que debía realizarse urgentemente. Ahora sabemos que una operación no habría resuelto el problema, pero en su momento es terrible la presión que médicos sin escrúpulos y sin vocación de servicio hacen sobre las familias en crisis.

A pesar de lo duro que fue emprender el camino que Dios había preparado en el desierto, nuestro desierto, Él fue disponiendo la provisión oportuna: puso en nuestro camino médicos con una gran calidad humana, y que desde su área de influencia colaboraron para que Mateo fuera atendido en el Centro Médico de Especialidades Siglo XXI, en la Unidad de Pediatría. A los 8 meses tuvo su primera cirugía para drenar sus riñones, con la esperanza de que esto sirviera para reactivar su función renal, y a partir de allí ha tenido 7 cirugías más, tres de ellas relacionadas con su inicio de diálisis peritoneal, atención que debió comenzar poco antes de cumplir los 2 años de edad, al presentarse una notable disminución de su función renal. Cada noche Mateo debe permanecer conectado a una máquina que realiza un procedimiento de limpieza de toxinas que cualquier persona elimina de forma cotidiana a través de su orina, su mamá es la persona capacitada y encargada de realizar esta conexión de la máquina al catéter que porta el niño en su área abdominal, esto debe hacerse en área estéril y con procedimientos de asepsia similares a un procedimiento quirúrgico.

Obviamente, esto condiciona en mucho los estilos tradicionales de vida, sobre todo de un joven matrimonio que inicia los desafíos comunes de la vida familiar, y que ahora se ven aumentados por los constantes viajes, el tiempo requerido para atender adecuadamente a Mateo, los recursos económicos requeridos y el desafío diario de cuidar de un niño que inmunológicamente es más vulnerable, logrando desarrollar en él fortaleza emocional y espiritual para enfrentar estas circunstancias que se vieron agravadas por la presencia de la osteodistrofia renal, un padecimiento derivado que debilita sus huesos al reducir la asimilación de calcio en su sangre, y deformando sus huesos especialmente de su cadera y extremidades, y formando tumores en sus glándula paratiroides, lo que produjo que Mateo tuviera un pronóstico desalentador en cuanto a poder caminar.

Ha sido en medio de todo este panorama tan desalentador que la Gracia de Dios se ha

magnificado, justo como Él lo promete a través de las palabras expresadas al apóstol Pablo, cuando le indica que su poder se perfecciona en nuestras debilidades, justo donde nada podemos hacer, justo donde la capacidad humana se agota, es allí donde el Poder de Dios se perfecciona y se magnifica; y es entre lágrimas, es desde el suelo, desde la humillación, apelando sólo a su misericordia donde esto ocurre.

Hoy Mateo no sólo camina, aun corre, salta, juega fútbol y beisbol; sus piernas siguen estando con deformidad, y el calcio sigue siendo un suplemento necesario para él diariamente, porque a pesar de haber tenido una cirugía en el mes de marzo de 2014, en las glándulas paratiroides, con el fin de solucionar este problema, hasta hoy la cirugía no ha tenido éxito… la glándula implantada para sustituir la función de las glándulas que se habían llenado de tumores, no ha comenzado a funcionar, y, dado las constantes hospitalizaciones que Mateo estuvo presentando, fue dado de baja en el CRIT y suspendidas todo tipo de terapias físicas aun en casa, para lograr que subiera de peso al no consumir demasiada energía. Sin embargo, Dios había dispuesto otro escenario para él y para nosotros: en el mes de abril comenzó a insistir en ponerse de pie, y dar algunos pasos, así que para mayo ya caminaba, algo torpe y lento, pero además aumentó de peso.

Fue en este mes que viajamos a México para realizarle el trasplante tan necesario Sin embargo, ocurrieron muchas situaciones con las que Dios determinó que no… Fue extraño, no sabemos por qué Dios detuvo este trasplante donde Mateo recibiría el riñón de su abuela materna; (la que escribe esta historia) todo parecía en orden, con una alta compatibilidad, sin embargo, Dios dijo NO, y en obediencia a Él regresamos a nuestro hogar, con nuestra familia, disfrutando cada día que Dios nos permite orar, cantar, reír, gozar con Mateo. Hemos aprendido, o por lo menos lo intentamos, a vivir como Él nos enseña, sólo un día a la vez. No pretendemos ya más respuestas, sólo tener la humildad para caminar en Su soberana voluntad. Aún esperamos su dirección en relación al trasplante y a todo en nuestra vida.

Muchos aprendizajes se desprenden de la aflicción, y aún habrá varias experiencias que sólo se aprenderán mirando la vida pasar desde el suelo, cuando miras a tu alrededor y parece que quienes te rodean son felices y sólo tú pareces no serlo, debes volver a la Palabra y entender que tu tragedia y tu alegría proceden del mismo Señor y Dios, tal como Job lo afirma: “¿Recibiré del Señor el bien y el mal rechazaré?” Y sabemos que es Él mismo quien prepara el desierto a donde nos trae, donde nos recibe y donde nos habla con ternura, donde nos devuelve nuestras viñas, y convierte el Valle de la Desgracia en el Paso de la Esperanza, como anuncia el profeta Oseas al afligido pueblo de Israel. Por cierto, tuvimos que rentar un lugar donde pasar estas temporadas en la Ciudad de México, y Dios dispuso para nosotros un pequeño departamento que “casualmente” se ubica en la calle que se llama literalmente ESPERANZA.

Quisiera terminar este capítulo que no alcanza a narrar toda nuestra experiencia, puesto que hay tantos favores de Dios, tantas gracias recibidas, como el amor y la generosidad de la familia, los hermanos y amigos que nos sostienen en oración, nos brindan su ofrenda generosa en forma material, económica y aun donando su sangre para nuestro niño, que falta tiempo para detallar; termino entonces con una de las más grandes enseñanzas que he recibido de esta experiencia: Estando afuera del hospital donde Mateo pasaba por una muy difícil recuperación de una de sus cirugías, miraba jugar a unos niños indígenas que lucían

bastante descuidados mientras su madre se ocupaba de otros menesteres, sus rasgos de pobreza eran evidentes, sin embargo ellos reían y gritaban alegres con unas mejillas gordas y saludables, tanto que al verlos sentí envidia, y volví a preguntar al Señor: ¿Por qué a Mateo? ¿Por qué este niño, al que cuidamos y atendimos “adecuadamente” desde el vientre de su madre? ¿Por qué madres que descuidan a sus hijos, y algunas hasta se alcoholizan o se drogan, tienen niños sanos y nosotros no? Y el Señor me respondió contundentemente: ¿Qué más quieres que les sea quitado a éstos desposeídos para que tú creas que tu Dios es justo?

¡Sí! mi Dios es justo, y “aunque Él me matare, en Él esperaré…” Y mientras lo hago, procuro ver a mi alrededor, ya no para envidiar, sino para solidarizarme con el que sufre aún más que yo… ¡Hay tantos!

Luly B. de Irigoyen

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El Precio de la Gracia (parte 6)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ←quinta parte o puede ir al inicio de la serie.

Capítulo 5

El seguimiento y el individuo

Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 26).

La llamada de Jesús al seguimiento convierte al discípulo en un individuo aislado. Quiéralo o no, debe decidirse, y debe decidirse solo. No se trata de una elección personal, por la que pretende convertirse en un individuo aislado; es Cristo quien transforma al que llama en individuo. Cada uno es llamado individualmente. Debe se­guir individualmente. Temeroso de encontrarse solo, el hombre bus­ca protección entre las personas y cosas que le rodean. De un golpe descubre todas sus responsabilidades y se aferra a ellas. Quiere to­mar sus decisiones al abrigo de estas responsabilidades, no desea encontrarse solo, frente a frente con Jesús, no quiere tener que deci­dirse mirándole solo a él. Pero ni el padre ni la madre, ni mujer ni hijos, ni pueblo ni historia, pueden proteger en este momento al que ha sido llamado. Cristo quiere individualizar al hombre, que no de­be ver más que al que le ha llamado.

En la llamada de Jesús se ha consumado ya la ruptura con los da­tos naturales entre los que vive el hombre. No es el seguidor quien consuma esta ruptura, sino Jesús mismo en el momento en que lla­ma. Cristo ha liberado al hombre de las relaciones inmediatas con el mundo, para situarlo en relación inmediata consigo mismo. Nadie puede seguir a Cristo sin reconocer y aprobar esta ruptura ya consu­mada. No es el capricho de una vida llevada según la propia volun­tad, sino Cristo mismo quien conduce al discípulo a la ruptura.

¿Por qué debe ser esto así? ¿Por qué no hay un crecimiento, un progreso lento y santificante desde los órdenes naturales hasta la comunión con Cristo? ¿Cuál es el poder irritante que se interpone entre el hombre y las categorías de su vida natural dadas por Dios mismo? ¿No es esta ruptura un metodismo legalista? ¿No es una forma lúgubre de despreciar los excelentes dones de Dios, despre­cio que no tiene nada que ver con la libertad del cristiano?

Es cierto; algo se interpone efectivamente entre el que ha sido llamado por Cristo y los datos de su vida natural. Pero lo que se in­terpone no es un lúgubre despreciador de la vida, no es un código de piedad, es la vida y el Evangelio mismo, es Cristo mismo. Con su encarnación se ha interpuesto entre mí y el mundo. No puedo volver atrás. Él está en el medio. A quien ha llamado le quita la re­lación inmediata con estos datos del mundo. Él quiere ser el medio, todo debe suceder únicamente por él. Cristo se encuentra no sólo entre mí y Dios, sino también entre mí y el mundo, entre mí y los otros hombres y cosas.

Él es el mediador, no solamente entre Dios y el hombre, sino también entre hombre y hombre, entre el hombre y la realidad. Puesto que el mundo ha sido creado por él y para él (Jn 1, 3; 1 Cor 8, 6; Heb 1, 2), él es el único mediador en el mundo. Después de Cristo, no hay para el hombre relación inmediata ni con Dios ni con el mundo; Cristo quiere ser el mediador. Existen numerosos dioses que se ofrecen a conceder al hombre un acceso inmediato; también el mundo busca por todos los medios una relación inme­diata con el hombre; pero precisamente en esto radica la hostilidad a Cristo, el mediador. Los dioses y el mundo quieren arrebatar a Cristo lo que él les ha quitado: el privilegio de relacionarse única e inmediatamente con el hombre.

Romper las relaciones inmediatas con el mundo no es más que reconocer a Cristo como Hijo de Dios, mediador. Esto no consiste nunca en un acto caprichoso por el que el hombre se liberaría, a causa de un ideal cualquiera, de sus lazos con el mundo, cambian­do un ideal menor por un ideal superior. Esto sería fanatismo, ac­tuar por propia autoridad, e incluso significaría volver a caer en una relación inmediata con el mundo. Sólo el reconocimiento de un hecho cumplido, el hecho de que Cristo es el mediador, separa al discípulo del mundo de los hombres y de las cosas.

La llamada de Jesús, en la medida en que se la comprende como una palabra del mediador, no como un ideal, realiza en mí esta ruptura completa con el mundo. Si se tratase de examinar atentamente unos ideales, habría que buscar, en cualquier caso, un acuerdo, que podría repercutir quizás en beneficio de un ideal cristiano, pero que nunca podría ser unilateral. Desde el punto de vista de la idealidad, partiendo de las «responsabilidades» de la vida, no se podría justi­ficar una devaluación radical de las categorías vitales naturales frente a un ideal de vida cristiana. Más bien, podría decirse mucho en favor de una valoración inversa y también, notémoslo, partiendo precisamente del punto de vista de una idealidad cristiana, de una ética cristiana de la responsabilidad o de la conciencia.

Pero como no se trata de ideales, de valoraciones, de responsa­bilidades, sino de hechos cumplidos y de su reconocimiento, es de­cir, de la persona misma del mediador, que se interpone entre noso­tros y el mundo, es preciso romper con las relaciones inmediatas de la vida, es preciso que el que ha sido llamado se convierta en un in­dividuo delante del mediador.

Quien ha sido llamado por Jesús aprende que en sus relaciones con el mundo ha vivido en medio de una ilusión. Esta ilusión se llama inmediatez. Le ha impedido la fe y la obediencia. Ahora sa­be que no puede tener ninguna inmediatez, ni siquiera en los lazos más estrechos de su vida, los lazos de la sangre que le unen a su padre y a su madre, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, los la­zos del amor conyugal, los de las responsabilidades históricas. Después de Jesús, no hay para sus discípulos ninguna relación in­mediata en el plano natural, histórico o vivencial. Entre el hijo y su padre, entre el hombre y su esposa, entre el individuo y su pue­blo, se halla Cristo, el mediador, puedan o no reconocerle. Para nosotros no hay más camino hacia el prójimo que el que pasa por Cristo, por su palabra y nuestro seguimiento. La inmediatez es una impostura.

Y como conviene detestar la impostura que nos vela la verdad, también debemos detestar, a causa de Cristo mediador, la relación inmediata con los datos naturales de la vida. Siempre que una co­munidad nos impida ser un individuo delante de Cristo, siempre que una comunidad reivindique la inmediatez, hay que detestarla a causa de Cristo; porque toda inmediatez es, conscientemente o no, odio a Cristo, el mediador, incluso cuando quiere ser comprendida cristianamente.

Es un grave error de la teología utilizar la mediación de Jesús en­tre Dios y el hombre para justificar las relaciones inmediatas de la vida. Si Jesús es el mediador, se dice, ha cargado al mismo tiempo con el pecado de todas nuestras relaciones inmediatas con el mun­do y, de este modo, nos ha justificado. Jesús es nuestro mediador con Dios para que podamos, con buena conciencia, volver a relacio­narnos inmediatamente con el mundo, con este mundo que crucifi­có a Cristo. De esta forma se reduce a un denominador común el amor a Dios y el amor al mundo. Y la ruptura con los datos del mun­do se convierte ahora en incomprensión «legalista» de la gracia de Dios, que pretendería precisamente ahorrarnos esta ruptura.

De las palabras pronunciadas por Jesús sobre el odio a las rela­ciones inmediatas se hace un «sí» alegre y espontáneo a las «reali­dades de este mundo, que son dones de Dios». Una vez más, la jus­tificación del pecador se convierte en justificación del pecado.

Para quien sigue a Jesús, no hay «realidades dadas por Dios» más que a través de Jesucristo. Lo que no me es dado por medio de Jesu­cristo encarnado no me es dado por Dios. Lo que no me es dado a causa de Cristo no viene de Dios. La acción de gracias por los dones de la creación se hace a través de Cristo y la súplica que pide la gra­cia de la conservación de esta vida se hace por la voluntad de Cris­to. Si hay algo que no puedo agradecer a causa de Cristo, no puedo agradecerlo de ninguna manera, o cometo un pecado. También el ca­mino que lleva a la «realidad dada por Dios» del prójimo con quien convivo pasa por Cristo; de lo contrario, es un camino equivocado.

Todos nuestros intentos de franquear, por medio de lazos natu­rales o afectivos, el abismo que nos separa del otro, de vencer la distancia insuperable, la alteridad, el carácter extraño del otro, es­tán condenados al fracaso. Ningún camino específico conduce del hombre al hombre. La intuición más amante, la psicología más pro­funda, la apertura de espíritu más natural, no avanzan hacia el otro; no existen relaciones anímicas inmediatas. Cristo se interpone. Só­lo a través de él podemos llegar al otro. Por eso, de todos los cami­nos que llevan al prójimo, la súplica es el más rico de promesas, y la oración común en nombre de Cristo es la forma más auténtica de comunión.

No hay verdadero reconocimiento de los dones de Dios sin re­conocimiento del mediador, por cuya causa nos han sido dados. Y no es posible dar verdaderas gracias por el pueblo, la familia, la his­toria y la naturaleza, sin un profundo arrepentimiento, que atribu­ye la gloria sólo a Cristo, y a él por encima de todo. No hay una au­téntica vinculación a los datos del mundo creado, no hay verdadera responsabilidad en el mundo, si no se reconoce primero el abismo que nos separa del mundo. No hay auténtico amor al mundo fuera del amor con el que Dios amó al mundo en Jesucristo. «No améis al mundo» (1 Jn 2, 15). Pero: «De tal manera amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, a fin de que todo el que cree en él no pe­rezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).

La ruptura con las relaciones inmediatas es inevitable. Bien se produzca exteriormente, bajo la forma de una ruptura con la familia o el pueblo, siendo uno llamado a llevar de modo visible el oprobio de Cristo, a asumir el reproche de odiar a los hombres («odium generis humani»), bien sea preciso llevar esta ruptura secretamente, co­nocida sólo por él, dispuesto a realizarla visiblemente en cualquier instante, no hay en esto una diferencia definitiva. Abrahán es el ejemplo de estas dos posibilidades. Debió abandonar a sus amigos y la casa de su padre; Cristo se interpuso entre él y los suyos. Enton­ces la ruptura debió hacerse visible. Abrahán se convirtió en un ex­tranjero a causa de la tierra prometida. Fue la primera llamada. Más tarde Abrahán es llamado por Dios a sacrificarle a su hijo Isaac. Cristo se interpone entre el padre de la fe y el hijo de la promesa.

No sólo la inmediatez natural, sino también la inmediatez espi­ritual son rotas aquí; Abrahán debe aprender que la promesa no de­pende de Isaac, sino sólo de Dios. Nadie oye hablar de esta llamada divina, ni siquiera los servidores que acompañan a Abrahán hasta el lugar del sacrificio. Abrahán está absolutamente solo. Una vez más es un ser completamente individualista, como hace tiempo, cuando abandonó la casa de su padre. Toma esta llamada tal como le ha si­do dirigida, no le da vueltas para encontrar explicaciones, no la es­piritualiza, toma a Dios a la letra y está dispuesto a obedecer. Con­tra toda inmediatez natural, contra toda inmediatez ética, contra toda inmediatez religiosa, obedece a la palabra de Dios. Lleva a su hijo al sacrificio. Está decidido a manifestar visiblemente la ruptu­ra secreta, a causa del mediador.

Entonces, en el mismo momento, se le devuelve todo lo que ha­bía dado. Abrahán recibe de nuevo a su hijo. Dios le muestra una víctima mejor, que debe sustituir a Isaac. Es un giro de 360 grados; Abrahán ha recibido de nuevo a su hijo, pero ahora lo tiene de for­ma distinta. Lo tiene por el mediador, a causa de él. Por estar dis­puesto a escuchar y obedecer literalmente la orden de Dios, le es permitido tener a Isaac como si no lo tuviese, tenerlo por Jesu­cristo. Nadie sabe nada de esto. Abrahán baja con Isaac de la mon­taña tal como había subido, pero todo ha cambiado. Cristo se ha in­terpuesto entre el padre y el hijo. Abrahán había abandonado todo para seguir a Cristo y, en pleno seguimiento, le es permitido de nuevo vivir en el mundo en que antes vivía. Externamente, todo continúa como antes. Pero lo antiguo ha pasado, y he aquí que to­do se ha hecho nuevo. Todo ha debido pasar a través de Cristo.

Esta es la otra posibilidad, la que consiste en ser individuo en medio de la comunidad, en seguir a Cristo en medio de su pueblo y de la casa de su padre, en medio de los bienes y posesiones. Pero es precisamente Abrahán quien ha sido llamado a esta existencia; Abrahán, que había pasado antes por la ruptura visible; Abrahán, cuya fe se ha convertido en modelo para el Nuevo Testamento. Nos sería muy fácil generalizar esta posibilidad de Abrahán, entender­la de forma legalista, es decir, aplicárnosla a nosotros mismos sin más ni más, pretendiendo que nuestra existencia cristiana consiste en seguir a Cristo en medio de la posesión de los bienes de este mundo, y ser así individualista.

Pero, sin duda, es un camino más fácil para el cristiano ser condu­cido a la ruptura exterior que soportar, en el misterio de la fe, la rup­tura secreta. Quien no sabe esto, es decir, quien no lo sabe por la Es­critura y la experiencia, se engaña indudablemente al marchar por el otro camino. Volverá a caer en la inmediatez y perderá a Cristo.

No pertenece a nuestra voluntad elegir esta posibilidad o aque­lla. Según la voluntad de Jesús, somos llamados de tal o cual ma­nera a salir de la inmediatez, y debemos convertirnos visible o se­cretamente en individuos.

El mismo mediador que nos transforma en individuos es igual­mente el fundamento de una comunión completamente nueva. Se sitúa entre el otro hombre y yo. Separa, pero también une. Así, se corta ciertamente todo camino inmediato hacia el otro, pero se in­dica al seguidor cuál es el nuevo y solo verdadero camino hacia el prójimo, el que pasa por el mediador.

Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús respondió: «Yo os aseguro: nadie que ha­ya dejado casa, hermanos, hermanas; madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: aho­ra al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el tiempo venidero, vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros» (Mc 10, 28-31).

Jesús se dirige aquí a los que, por su causa, se han convertido en seres individualistas, a los que abandonaron todo cuando él los lla­mó, a los que pueden decir de sí mismos: «Ya lo ves, nosotros lo he­mos dejado todo y te hemos seguido». A ellos se hace la promesa de una comunión nueva. Según la palabra de Jesús, ya en este mundo recibirán centuplicado todo lo que abandonaron. Jesús habla aquí de su comunidad, que se encuentra en él. Quien abandona a su padre por causa de Jesús hallará en ella un padre, hallará hermanos y her­manas, e incluso campos y casas que le están preparados. Cada uno se lanza solo al seguimiento, pero nadie queda solo en el seguimien­to. A quien osa convertirse en individuo, basándose en la palabra de Jesús, se le concede la comunión de la Iglesia. Se halla en una fra­ternidad visible que le devuelve centuplicadamente lo que perdió. ¿Centuplicadamente? Sí, porque ahora lo tiene sólo por Jesús, todo lo tiene por el mediador, lo que significa, por otra parte, «con perse­cuciones». «Centuplicadamente»-«con persecuciones», es la gracia de la comunidad que sigue a su maestro bajo la cruz. Esta es, pues, la promesa hecha a los seguidores de convertirse en miembros de la co­munidad de la cruz, de ser pueblo del mediador, pueblo bajo la cruz.

Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los doce y se puso a decirles lo que iba a suceder (Mc 10,32).

Como para confirmar la seriedad de su llamada al seguimiento y, simultáneamente, la imposibilidad de seguirle con nuestras fuer­zas humanas, así como la promesa de pertenecerle en las persecu­ciones. Jesús precede ahora a los discípulos hacia Jerusalén, hacia la cruz, y los que le siguen se asombran y temen al contemplar es­te camino por el que él les llama.

El Precio de la Gracia (parte 5)

 

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Capítulo 4

El Seguimiento y la Cruz

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escri­bas, ser condenado a muerte y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Entonces Pedro, tomándole aparte, se puso a re­prenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, repren­dió a Pedro, diciéndole: « ¡Quítate de mi vista, Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!». Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si algu­no quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sí­game. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y peca­dora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles» (Mc 8, 31-38).

La llamada al seguimiento se encuentra aquí en relación con el anuncio de la pasión de Jesús. Jesucristo debe sufrir y ser rechaza­do. Es el imperativo de la promesa de Dios, para que se cumpla la Escritura. Sufrir y ser rechazado no es lo mismo. Jesús podía ser el Cristo glorificado en el sufrimiento. El dolor podría provocar toda la piedad y toda la admiración del mundo. Su carácter trágico po­dría conservar su propio valor, su propia honra, su propia dignidad.

Pero Jesús es el Cristo rechazado en el dolor. El hecho de ser re­chazado quita al sufrimiento toda dignidad y todo honor. Debe ser un sufrimiento sin honor. Sufrir y ser rechazado constituyen la ex­presión que sintetiza la cruz de Jesús. La muerte de cruz significa sufrir y morir rechazado, despreciado. Jesús debe sufrir y ser rechazado por necesidad divina. Todo intento de obstaculizar esta ne­cesidad es satánico. Incluso, y sobre todo, si proviene de los dis­cípulos; porque esto quiere decir que no se deja a Cristo ser el Cris­to. El hecho de que sea Pedro, piedra de la Iglesia, quien resulte culpable inmediatamente después de su confesión de Jesucristo y de ser investido por él, prueba que desde el principio la Iglesia se ha escandalizado del Cristo sufriente. No quiere a tal Señor y, co­mo Iglesia de Cristo, no quiere que su Señor le imponga la ley del sufrimiento. La protesta de Pedro muestra su poco deseo de sumer­girse en el dolor. Con esto Satanás penetra en la Iglesia. Quiere apartarla de la cruz de su Señor.

Jesús se ve obligado a poner en contacto a sus discípulos, de forma clara e inequívoca, con el imperativo del sufrimiento. Igual que Cristo no es el Cristo más que sufriendo y siendo rechazado, del mismo modo el discípulo no es discípulo más que sufriendo, siendo rechazado y crucificado con él. El seguimiento, en cuanto vinculación a la persona de Cristo, sitúa al seguidor bajo la ley de Cristo, es decir, bajo la cruz.

Sin embargo, la comunicación a los discípulos de esta verdad inalienable comienza, de forma curiosa, con el hecho de que Jesús vuelve a dejar a sus discípulos en plena libertad. «Si alguno quiere seguirme», dice Jesús. No se trata de algo natural, ni siquiera entre los discípulos. No se puede forzar a nadie, no se puede esperar es­to de nadie. Por eso dice: «Si alguno» quiere seguirme, desprecian­do todas las otras propuestas que se le hagan. Una vez más, todo depende de la decisión; en medio del seguimiento en que viven los discípulos todo vuelve a quedar en blanco, en vilo, como al princi­pio; nada se espera, nada se impone. Tan radical es lo que ahora va a decirse. Así, una vez más, antes de que sea anunciada la ley del seguimiento, los discípulos deben sentirse completamente libres.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Lo que Pedro dijo al negar a Cristo -«No conozco a ese hombre»- es lo que debe decir de sí mismo el que le sigue. La negación de sí mismo no consiste en una multitud, por grande que sea, de actos aislados de mortificación o de ejercicios ascéticos; tampoco signi­fica el suicidio, porque también en él puede imponerse la propia voluntad del hombre. Negarse a sí mismo es conocer sólo a Cristo, no a uno mismo; significa fijarnos sólo en aquel que nos precede, no en el camino que nos resulta tan difícil. De nuevo la negación de sí mismo se expresa con las palabras: él va delante, mantente fir­memente unido a él.

«Tome su cruz». Jesús, por su gracia, ha preparado a los dis­cípulos a escuchar estas palabras habiéndoles primero de la nega­ción de sí mismo. Si nos hemos olvidado realmente de nosotros mismos, si no nos conocemos ya, podemos estar dispuestos a llevar la cruz por amor a él. Si sólo le conocemos a él, no conocemos ya los dolores de nuestra cruz, sólo le vemos a él. Si Jesús no nos hu­biese preparado con tanta amabilidad para escuchar esta palabra, no podríamos soportarla. Pero nos ha puesto en situación de perci­bir como una gracia incluso estas duras palabras, que llegan a nos­otros en la alegría del seguimiento y nos consolidan en él.

La cruz no es el mal y el destino penoso, sino el sufrimiento que resulta para nosotros únicamente del hecho de estar vinculados a Jesús. La cruz no es un sufrimiento fortuito, sino necesario. La cruz es un sufrimiento vinculado no a la existencia natural, sino al hecho de ser cristianos. La cruz no es sólo y esencialmente sufrimiento, sino sufrir y ser rechazado; y estrictamente se trata de ser rechaza­do por amor a Jesucristo, y no a causa de cualquier otra conducta o de cualquier otra confesión de fe. Un cristianismo que no toma en serio el seguimiento, que ha hecho del Evangelio sólo un consuelo barato de la fe, y para el que la existencia natural y la cristiana se entremezclan indistintamente, entiende la cruz como un mal coti­diano, como la miseria y el miedo de nuestra vida natural.

Se olvidaba que la cruz siempre significa, simultáneamente, ser rechazado, que el oprobio del sufrimiento forma parte de la cruz. Ser rechazado, despreciado, abandonado por los hombres en el su­frimiento, como dice la queja incesante del salmista, es un signo esencial del sufrimiento de la cruz, imposible de comprender para un cristianismo que no sabe distinguir entre la existencia civil y la existencia cristiana. La cruz es con-sufrir con Cristo, es el sufri­miento de Cristo. Sólo la vinculación a Cristo, tal como se da en el seguimiento, se encuentra seriamente bajo la cruz.

«Tome su cruz»; está preparada desde el principio, sólo falta llevarla. Pero nadie piense que debe buscarse una cruz cualquiera, que debe buscar voluntariamente un sufrimiento, dice Jesús; cada uno tiene preparada su cruz, que Dios le destina y prepara a su medida. Debe llevar la parte de sufrimiento y de repulsa que le ha sido prescrita. La medida es diferente para cada uno. Dios honra a este con un gran sufrimiento, le concede la gracia del martirio, a otro no le permite que sea tentado por encima de sus fuerzas. Sin embargo, es la misma cruz.

Es impuesta a todo cristiano. El primer sufrimiento de Cristo que todos debemos experimentar es la llamada que nos invita a li­berarnos de las ataduras de este mundo. Es la muerte del hombre viejo en su encuentro con Jesucristo. Quien entra en el camino del seguimiento se sitúa en la muerte de Jesús, transforma su vida en muerte; así sucede desde el principio. La cruz no es la meta terrible de una vida piadosa y feliz, sino que se encuentra al comienzo de la comunión con Jesús.

Toda llamada de Cristo conduce a la muerte. Bien sea porque debamos, como los primeros discípulos, dejar nuestra casa y nues­tra profesión para seguirle, bien sea porque, como Lutero, debamos abandonar el claustro para volver al mundo, en ambos casos nos espera la misma muerte, la muerte en Jesucristo, la muerte de nuestro hombre viejo a la llamada de Jesucristo. Puesto que la lla­mada que Jesús dirige al joven rico le trae la muerte, puesto que no le es posible seguir más que en la medida en que ha muerto a su propia voluntad, puesto que todo mandamiento de Jesús nos orde­na morir a todos nuestros deseos y apetitos, y puesto que no pode­mos querer nuestra propia muerte, es preciso que Jesús, en su pa­labra, sea nuestra vida y nuestra muerte.

La llamada al seguimiento de Jesús, el bautismo en nombre de Jesucristo, son muerte y vida. La llamada de Cristo, el bautismo, sitúan al cristiano en el combate diario contra el pecado y el demo­nio. Cada día, con sus tentaciones de la carne y del mundo, vuelca sobre el cristiano nuevos sufrimientos de Jesucristo. Las heridas que nos son infligidas en esta lucha, las cicatrices que el cristiano conserva de ella, son signos vivos de la comunidad con Cristo en la cruz. Pero hay otro sufrimiento, otra deshonra, que no es ahorrada a ningún cristiano. Es verdad que sólo el sufrimiento de Cristo es un sufrimiento reconciliador; pero como Cristo ha sufrido por cau­sa del pecado del mundo, como todo el peso de la culpa ha caído sobre él, y como Jesús ha imputado el fruto de su sufrimiento a los que le siguen, la tentación y el pecado recaen también sobre el discípulo, le recubren de oprobio y le expulsan, igual que al macho cabrío expiatorio, fuera de las puertas de la ciudad.

De este modo, el cristiano se convierte en portador del pecado y de la culpa en favor de otros hombres. Quedaría aplastado bajo este peso si él mismo no fuese sostenido por el que ha llevado to­dos los pecados. Pero en la fuerza del sufrimiento de Cristo le es posible triunfar de los pecados que recaen sobre él, en la medida en que los perdona. El cristiano se transforma en portador de cargas: «Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6, 2).

Igual que Cristo lleva nuestra carga, nosotros debemos llevar las de nuestros hermanos; la ley de Cristo que debemos cumplir consiste en llevar la cruz. El peso de mi hermano, que debo llevar, no es solamente su suerte externa, su forma de ser y sus cualida­des, sino, en el más estricto sentido, su pecado. Y no puedo cargar con él más que perdonándole en la fuerza de la cruz de Cristo, de la que he sido hecho partícipe. De este modo, la llamada de Jesús a llevar la cruz sitúa a todo el que le sigue en la comunión del perdón de los pecados. El perdón de los pecados es el sufrimiento de Cris­to ordenado a los discípulos. Es impuesto a todos los cristianos.

Pero ¿cómo sabrá el discípulo cuál es su cruz? La recibirá cuan­do siga a su Señor sufriente, reconocerá su cruz en la comunión con Jesús.

El sufrimiento se convierte así en signo distintivo de los segui­dores de Cristo. El discípulo no es mayor que su maestro. El se­guimiento es una passio passiva, una obligación de sufrir. Por eso pudo Lutero contar el sufrimiento entre los signos de la verdadera Iglesia. También por eso, un trabajo preliminar a la Confesión de Augsburgo definió a la Iglesia como la comunidad de los que «son perseguidos y martirizados a causa del Evangelio». Quien no quie­re cargar su cruz, quien no quiere entregar su vida al dolor y al desprecio de los hombres, pierde la comunión con Cristo, no le si­gue. Pero quien pierde su vida en el seguimiento, llevando la cruz, la volverá a encontrar en este mismo seguimiento, en la comunión de la cruz con Cristo. Lo contrario del seguimiento es avergonzar­se de Cristo, avergonzarse de la cruz, escandalizarse de ella.

Seguir a Jesús es estar vinculado al Cristo sufriente. Por eso el sufrimiento de los cristianos no tiene nada de desconcertante. Es, más bien, gracia y alegría. Las actas de los primeros mártires dan testimonio de que Cristo transfigura, para los suyos, el instante de mayor sufrimiento con la certeza indescriptible de su proximidad y de su comunión. De suerte que, en medio de los más atroces tor­mentos soportados por su Señor, participan de la alegría suprema y de la felicidad de la comunión con él. Llevar la cruz se les revelaba como la única manera de triunfar del sufrimiento. Y esto es válido para todos los que siguen a Cristo, puesto que fue válido para Cris­to mismo.

Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Pa­dre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú…». Y alejándose de nuevo, por se­gunda vez oró así: «Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 39.42).

Jesús pide al Padre que pase de él este cáliz, y el Padre escucha la oración del Hijo. El cáliz del sufrimiento pasará de él, pero única­mente bebiéndolo. Cuando Jesús se arrodilla por segunda vez en Getsemaní, sabe que el sufrimiento pasará en la medida en que lo su­fra. Sólo cargando con él vencerá al sufrimiento, triunfará de él. Su cruz es su triunfo.

El sufrimiento es lejanía de Dios. Por eso, quien se encuentra en comunión con Dios no puede sufrir. Jesús ha afirmado esta frase del Antiguo Testamento. Precisamente por esto toma sobre sí el su­frimiento del mundo entero y, al hacerlo, triunfa de él. Carga con toda la lejanía de Dios. El cáliz pasa porque él lo bebe. Jesús quie­re vencer al sufrimiento del mundo; para ello necesita saborearlo por completo. Así, ciertamente, el sufrimiento sigue siendo lejanía de Dios, pero en la comunión con el sufrimiento de Jesucristo el su­frimiento triunfa del sufrimiento y se otorga la comunión con Dios precisamente en el dolor.

Es preciso llevar el sufrimiento para que este pase. O es el mun­do quien lo lleva, y se hunde, o recae sobre Cristo, y es vencido por él. Así, pues, Cristo sufre en representación del mundo. Sólo su su­frimiento es un sufrimiento redentor. Pero también la Iglesia sabe ahora que el sufrimiento del mundo busca a alguno que lo lleve. De forma que, en el seguimiento de Cristo, el sufrimiento recae sobre la Iglesia y ella lo lleva, siendo llevada al mismo tiempo por Cristo. La Iglesia de Jesucristo representa al mundo ante Dios en la me­dida en que sigue a su Señor cargando con la cruz.

Dios es un Dios que lleva. El Hijo de Dios llevó nuestra carne, llevó la cruz, llevó todos nuestros pecados y, con esto, nos trajo la reconciliación. El que le sigue es llamado igualmente a llevar. Ser cristiano consiste en llevar. Lo mismo que Cristo, al llevar la cruz, conservó su comunión con el Padre, para el que le sigue cargar la cruz significa la comunión con Cristo.

El hombre puede desembarazarse de esta carga que le es im­puesta. Pero con esto no se libera de toda carga; al contrario, lleva un peso mucho más insoportable y pesado. Lleva el yugo de su pro­pio yo, que se ha escogido libremente. A los que están agobiados con toda clase de penas y fatigas, Jesús los ha llamado a desemba­razarse del propio yugo para coger el suyo, que es suave, para coger su peso, que es ligero. Su yugo y su peso es la cruz. Ir bajo ella no significa miseria ni desesperación, sino recreo y paz de las almas, es la alegría suprema. No marchamos ya bajo las leyes y las cargas que nos habíamos fabricado a nosotros mismos, sino bajo el yugo de aquel que nos conoce y comparte ese mismo yugo con nosotros.

Bajo su yugo tenemos la certeza de su proximidad y de su comu­nión. A él es a quien encuentra el seguidor cuando carga con su cruz.

Las cosas no deben suceder según tu razón, sino por encima de tu ra­zón; sumérgete en la sinrazón y yo te daré mi razón. La sinrazón es la razón verdadera; no saber adónde vas es, realmente, saber adónde vas. Mi razón te volverá perfectamente irrazonable. Así fue como abandonó Abraham su patria, sin saber a dónde iba. Se entregó a mi saber, abandonando su propio saber, siguió el verdadero camino pa­ra llegar al fin verdadero. Mira, este es el camino de la cruz; tú no puedes encontrarlo, es preciso que yo te guíe como a un ciego; por eso, no eres tú, ni un hombre, ni una criatura, quien te enseñará el camino que debes seguir; seré yo, yo mismo, con mi Espíritu y mi palabra. Este camino no es el de las obras que te has escogido, ni el sufrimiento que te has imaginado; es el sufrimiento que yo te indico contra tu elección, contra tus pensamientos y deseos. Marcha por él, yo te llamo. Sé discípulo, porque ha llegado el tiempo y tu maestro se acerca (Lutero).

El precio de la Gracia (parte 5)

Dietrich Bonhoeffer
Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.
(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Capítulo 3

La Obediencia Sencilla

Cuando Jesús exigió al joven rico la pobreza voluntaria, este sabía que sólo era posible obedecer o desobedecer. Cuando Leví fue llamado a dejar su oficina de contribuciones, cuando Pedro fue llamado a abandonar sus redes, no cabía duda de que Jesús tomaba en serio esta llamada. Debían abandonarlo todo y seguirle. Cuando Pedro es llamado a la mar insegura, debe levantarse y arriesgarse a dar este paso. En todo esto sólo se requería una cosa: confiar en la palabra de Jesús, considerarla como un terreno mucho más firme que todas las seguridades del mundo.

En aquella época, los poderes que querían situarse entre la palabra de Jesús y la obediencia eran tan grandes como ahora. La razón discutía; la conciencia, la responsabilidad, la piedad, la ley misma y la autoridad de la Escritura intervenían para prevenir este extremo, este fanatismo anárquico. Pero la llamada de Jesús se abrió paso a través de todo esto e impuso la obediencia. Era la palabra misma de Dios. Lo que se exigía era la obediencia sencilla.

Si Jesús, por medio de la sagrada Escritura, hablase hoy de esta forma a uno de nosotros, es probable que argumentásemos del modo siguiente: Jesús manda una cosa muy concreta, es verdad. Pero cuando Jesús manda algo, debo saber que nunca exige una obediencia conforme a la ley; solo requiere de mi una única cosa: que yo crea. Y mi fe no esta ligada a la pobreza o a la riqueza, o a algo semejante; mas bien, en la fe tengo la posibilidad de ser ambas cosas al mismo tiempo, pobre y rico. Lo importante no es que yo carezca de bienes, sino que los tenga como si no los tuviese, que este libre interiormente de ellos, que no apegue mi corazón a mis riquezas. Por ejemplo, Jesús dice: vende tus bienes, pero quiere decir: Lo importante no es que hagas esto externamente, sino que conserves tranquilamente tus bienes, pero como si no los tuvieses. No apegues tu corazón a tus bienes.

Nuestra obediencia a la palabra de Jesús consistiría entonces en negarnos a la obediencia sencilla, por ser legalista, para ser obedientes «en la fe». Con esto nos diferenciamos del joven rico. En su tristeza, no pudo tranquilizarse diciendo: Es verdad que, a pesar de la palabra de Jesús, voy a seguir siendo rico; pero me liberare interiormente de mi riqueza y, sintiendo toda mi incapacidad pondré mi esperanza en el perdón de los pecados y estaré en comunión con Jesús por medio de la fe. Por el contrario, se alejó triste, perdiendo la fe al faltarle la obediencia. En esto, el joven se mostró totalmente honrado. Se separó de Jesús, y esta honradez se halla mas cerca de la promesa que una comunión aparente con Jesús basada en la desobediencia. Evidentemente, en opinión de Jesús, el joven se encontraba en una situación en la que no podía liberarse ante-reoriente de su riqueza. Es probable que lo hubiese intentado mil veces, como un hombre serio que busca.

Su fracaso lo revela el hecho de que, en el momento decisivo, no pueda obedecer a la palabra de Jesús. En esto se mostró honrado. Pero nosotros, con nuestra forma de argumentar, nos distinguí-

Nos completamente del oyente bíblico de la palabra de Jesús. Si Jesús dice a este: Abandona todo y sígueme, deja tu profesión, tu familia, tu pueblo y la casa de tu padre; este hombre sabe que solo puede responder a tal llamada con la obediencia sencilla, porque precisamente a ella se le ha concedido la comunión con Jesús. Pero nosotros diríamos: Sin duda, la llamada de Jesús debe «ser tomada totalmente en serio», pero la verdadera obediencia a ella consiste en que yo permanezca en mi profesión, en mi familia, y le sirva con libertad interior.

Jesús diría: ¡Sal! Pero nosotros sabemos que, en realidad, quiere decir: jQuédate dentro! Desde luego, como una persona que, en su interior, ha salido.

Jesús diría: No os preocupéis. Y nosotros entenderíamos: Naturalmente, debemos preocuparnos y trabajar por los nuestros y por nosotros mismos. Toda otra actitud sería irresponsable. Pero interiormente debemos sin duda estar libres de preocupaciones.

Jesús diría: Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y nosotros entenderíamos: Precisamente en el combate, precisamente devolviendo los golpes es como crece el verdadero amor al hermano.

Jesús diría: Buscad primero el reino de Dios. Y nosotros entenderíamos: Naturalmente, debemos buscar primero todas las otras cosas. Si no, ¿cómo podríamos subsistir? Jesús se refiere a la disponibilidad última a comprometerlo todo por el reino de Dios.

Siempre encontramos lo mismo: la supresión consciente de la obediencia sencilla, de la obediencia literal. ¿Cómo es posible tal cambio? ¿Qué ha ocurrido para que la palabra de Jesús haya debido prestarse a este juego, para que haya sido entregada de este modo a la burla del mundo? En cualquier parte del mundo donde se dan órdenes las cosas quedan claras. Un padre dice a su hijo: j Vete a la carnal, y el niño sabe muy bien de que se trata. Pero un niño educado en esta pseudo teología debería argumentar: Papá me dice: vete a la cama. Quiere decir: estas cansado; no quiere que yo este cansado.

Pero también puedo descansar jugando. Por consiguiente, mi padre ha dicho: vete a la cama, pero, de hecho, quiere decir: vete a jugar. Si el niño utilizase un argumento semejante con su padre, o el ciudadano con la autoridad, se llegaría a un lenguaje completamente claro: el de la sanción. Las cosas solo cambian cuando se trata de las órdenes de Jesús. Por lo visto, aqui hay que convertir la obediencia sencilla en pura desobediencia. ¿C6mo es esto posible?

Es posible porque, en el fondo de esta falsa argumentación, se da una cosa verdadera. La orden dirigida por Jesús al joven rico, es decir, la llamada a colocarse en una situación en la que es posible creer, tiene efectivamente por único fin llamar al hombre a la fe en Jesús, llamarlo a la comunión con él.

En definitiva, nada depende de tal o cual acto del hombre, sino de la fe en Jesús, en cuanto Hijo de Dios y mediador. Nada depende de la pobreza o de la riqueza, del matrimonio o del celibato, de la vida profesional o de la ausencia de ella, sino que todo depende de la fe. En esto tenemos razón hasta cierto punto; es posible creer en Cristo siendo ricos y poseyendo bienes de este mundo, con tal de que se tengan como si no se tuviesen. Pero esta es una posibilidad ultima de la existencia cristiana en general, una posibilidad con vistas a la espera seria de la vuelta inminente de Cristo, y no precisamente la posibilidad primera ni la más sencilla. La comprensión paradójica de los mandamientos esta justificada desde un punto de vista cristiano, pero nunca puede conducir a la supresión de una interpretación sencilla de los mandamientos.

Al contrario, solo está justificada y es posible para el que, en un punto cualquiera de su vida, ha intentado ya seriamente la experiencia de comprender las cosas con sencillez y, así, se halla en comunión con Jesús, le sigue y espera el fin. Comprender la llamada de Jesús paradójicamente es la posibilidad más difícil de todas, una posibilidad realmente imposible en el piano humano. Por eso corre el peligro continuo de transformarse en lo contrario, de convertirse en una escapatoria fácil, en una huida de la obediencia concreta.

Quien no sabe que le sería infinitamente más fácil comprender de forma sencilla el mandamiento de Jesús, obedecerlo a la letra -por ejemplo, abandonando realmente todos sus bienes en lugar de

Conservarlos no tiene derecho a interpretar paradójicamente la palabra de Jesús. Por tanto, esta interpretación paradójica del mandamiento de Jesús siempre debe incluir la comprensión literal.

La llamada concreta de Jesús y la obediencia sencilla tienen un sentido irrevocable. Jesús llama con ellas a una situación concreta en la que es posible creer en el; si llama tan concretamente y desea que se le comprenda de este modo es porque sabe que el hombre solo se vuelve libre para la fe en la obediencia concreta.

Donde la obediencia sencilla es eliminada fundamentalmente, la gratia cara del llamamiento de Jesús se transforma de nuevo en gratia barata de la auto justificación. Con esto se proclama también una ley falsa, que cierra los oídos a la llamada concreta de Cristo. Esta falsa ley es la ley del mundo, a la que corresponde y se opone la ley de la gratia. El mundo no es el que ha sido superado en Cristo y al que hay que vender de nuevo cada día en comunión con el, sino que se ha convertido en una ley rigurosa e intangible.

La gracia, por su parte, no es ya el don de Dios por el que somos arrancados del pecado y situados en la obediencia a Cristo, sino una ley divina general, un principio divino cuya aplicación solo depende del caso particular. El combate sistemático contra «el legalismo» de la obediencia sencilla resulta ser la más peligrosa de las leyes: la ley del mundo y la ley de la gracia. El combate sistemático contra el legalismo es el mayor legalismo de todos. No se puede triunfar del legalismo más que obedeciendo realmente a la llamada de Jesús al seguimiento, en el que Jesús mismo cumple y abroga la ley.

Donde la obediencia sencilla es eliminada fundamentalmente, se introduce un principio no evangélico de la Escritura. Entonces el presupuesto para comprender la Escritura consiste en disponer de una llave que sirva para esta comprensión. Pero esta llave no es ya el mismo Cristo vivo, que juzga y da la gracia, ni su uso depende solo del Espíritu santo vivificador, sino que la llave de la Escritura resulta ser una doctrina general de la gracia, de la que nosotros mismos podemos disponer.

El problema del seguimiento también aparece aquí como un problema hermenéutico. Toda hermenéutica evangélica debe saber claramente que no podemos identificarnos inmediatamente, sin más ni más, con los que han sido llamados por Jesús; más bien, los que han sido llamados en la Escritura toman parte en la palabra de Dios y, con ello, en la predicación del Evangelio. En la predicación no oímos solamente la respuesta de Jesús a la pregunta de un discípulo, pregunta que podría ser la nuestra, sino que pregunta y respuesta, ambas juntas, son objeto de la predicación en cuanto palabra de la Escritura. Por tanto, hermenéuticamente interpretaríamos mal la obediencia sencilla si quisiéramos actuar y seguir de forma directamente simultánea con el que ha sido llamado.

Pero el Cristo que nos es anunciado en la Escritura es, a través de toda su palabra, un Cristo que no da la fe más que al que le obedece. No tenemos el derecho ni la posibilidad de volver en busca de los acontecimientos reales tras la palabra de la Escritura, sino que, sometiéndonos a la palabra de la Escritura en su totalidad, es como somos llamados al seguimiento, precisamente porque no queremos violentar la Escritura en virtud de la ley, apoyándonos sobre el principio, aunque este principio sea el de una doctrina de la gracia.

Resulta, pues, que la interpretación paradójica del mandamiento de Jesús debe incluir la interpretación sencilla, precisamente porque no queremos proclamar una ley, sino predicar a Cristo. Con esto, parece ahora superfluo defenderse contra la sospecha de que, al hablar de la obediencia sencilla, lo hacemos de un carácter meritorio cualquiera del hombre, de un «facere quod in se est», de una condición preliminar indispensable de la fe. La obediencia a la llamada de Cristo no es nunca un acto arbitrario del hombre.

En sí, el abandono de sus bienes, por ejemplo, no constituye de ningún modo la obediencia exigida; muy bien podría suceder que semejante paso no significase la obediencia a Jesús, sino la fijación completamente libre de un estilo de vida personal, de un ideal cristiano, de un ideal de pobreza franciscana. Muy bien podría suceder que, al abandonar sus bienes, el hombre se aceptase a sí mismo y a un ideal, pero no al mandamiento de Gestas, quedando sin más prisionero de sí mismo en lugar de verse liberado. Porque este paso hacia la situación no es un ofrecimiento del hombre a Jesús, sino siempre la oferta graciosa de Gestas al hombre. El paso so- lo es legítimo cuando se da de esta forma, y entonces ya no es una posibilidad libre del hombre.

Dijo Jesús a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrara en el reino de los cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos». Al oír esto, los discípulos se asombraban mucho y decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándoles fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible» (Mt 19, 23-26).

Del asombro de los discípulos a propósito de estas palabras y de la pregunta que plantean para saber quién puede salvarse, se deduce que no consideraban el caso del joven rico como un caso especial, sino como el caso más corriente. En efecto, no preguntan: ¿Que rico?, sino, de forma general: ¿Quien» podrá salvarse?, precisamente porque todo el mundo, incluso los mismos discípulos, pertenecen a estos ricos para los que es tan difícil entrar en el reino de los cielos. La respuesta de Jesús confirma la interpretación que hacen los discípulos de sus palabras. Salvarse en el seguimiento es imposible a los hombres, más para Dios todo es posible.