Categoría: Estudios y tratados

Intolerancia religiosa

¿EN MÉXICO?

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(¡Sí! En México la intolerancia religiosa campea gracias a miembros de la iglesia católica romana

y autoridades gubernamentales –católicas- que no hacen valer las leyes que protegen la libertad de creencias.

Nota del encargado de la sección).

Expulsan a dos familias evangélicas en Hidalgo


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Primero fueron encarcelados y luego expulsados tras negarse a renunciar a su fe evangélica ante las autoridades locales, que sólo permiten la práctica católica.

FUENTES Milenio, CSW AUTOR Redacción P+D MÉXICO D.F. 23 DE MARZO DE 2015 20:48 h

Dos hombres en el estado de Hidalgo, en México, fueron encarcelados arbitrariamente y luego expulsados de su comunidad, junto con sus familias, por negarse a renunciar a sus creencias religiosas, informa Christian Solidarity Worldwide

El pasado 12 de marzo, Casto Hernández Hernández y su primo Juan Plácido Hernández, ambos cristianos protestantes, fueron encarcelados por aproximadamente 30 horas por funcionarios de la aldea Chichiltepec, municipio de Tlanchinol. Según el pastor Marcopolo Valdéz Guzmán, presidente de la Alianza de Pastores de la Sierra y Huasteca, esta es una región en la que las violaciones de la libertad religiosa se han dado en los últimos tiempos, dándose la expulsión de evangélicos a instancias de líderes locales, entre ellos el delegado del pueblo, Jesús Domínguez Hernández.  

CAMPAÑA CONTRA LOS EVANGÉLICOS

Una campaña dirigida contra la minoría protestante comenzó en abril de 2014, cuando las autoridades de la aldea intentaron obligarlos a firmar un documento que les prohibía pertenecer a cualquier religión que no fuese la católica romana. Los protestantes se negaron a hacerlo, pero los líderes de las aldeas firmaron el documento.

El 12 de marzo, Casto Hernández Hernández recibió una citación en el trabajo para asistir a una asamblea extraordinaria donde discutirían preocupaciones de la comunidad. Cuando se presentó en la reunión, se le informó de las quejas recibidas, acusándole de ser anfitrión de reuniones religiosas no católicas en su casa.   Las autoridades locales elaboraron un documento que decía que renunciaba a todos sus derechos como miembro de la comunidad y que estaba entregando todos sus bienes a la comunidad, incluyendo su tierra y su casa. Cuando Casto Hernández Hernández se negó a firmar, él y su primo, que lo había acompañado a la reunión, fueron encarcelados.

Según el pastor Valdéz Guzmán, los dos hombres fueron retenidos en condiciones antihigiénicas en una celda sin baño. Casto Hernández Hernández sólo pudo salir de la celda dos veces durante el período de 30 horas obligándolo a firmar el documento. Ambos fueron puestos en libertad poco después de la medianoche del 21 de marzo, pero les dijeron que tenían 18 horas para abandonar la comunidad. Ahora ellos están desplazados y han recibido refugio temporal en la ciudad de Huejutla de Reyes, con los miembros de la congregación del Pastor Guzmán. Este también ha liderado esfuerzos comunitarios para abastecer a la familia con necesidades básicas  

LAS CAUSAS

El secretario de la Alianza de Pastores de la Huasteca, Miguel Alberto Sánchez Vargas, mencionó que los dos cristianos evangélicos expulsados de Chichiltepec no participaban en las actividades de la localidad al no pertenecer a la religión católica, por lo que dijo, surgió la inconformidad. “Nosotros como cristianos evangélicos participamos en todo lo relacionado a la escuela, agua potable, diferentes actividades del bien común de la comunidad, pero ya en situaciones religiosas no porque la palabra nos llama a no participar porque Dios no es de madera ni es de cartón, Dios es un Dios vivo, que no podemos ver al cual nosotros adoramos y servimos ahora”, sostuvo.

Las violaciones a la libertad religiosa son comunes en el estado de Hidalgo, donde los líderes locales a menudo intentan forzar a todos a seguir la religión mayoritaria. Los funcionarios del Estado son los encargados de hacer cumplir la ley, incluida la protección de los derechos humanos consagrados en la Constitución de México, pero rara vez intervienen para proteger la libertad religiosa.

Leer más: http://protestantedigital.com/internacional/35674/dos_familias_evangelicas_expulsadas_de_su_comunidad_en_hidalgo

 

Intolerancia religiosa

La religión cristiana es la más perseguida a nivel mundial

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 Cristianos coptos orando en El Cairo.

El 77% de la población del mundo vive en países donde las restricciones a la religión por parte de sus gobiernos es alta o muy alta, según un informe publicado por Pew Research.

FUENTES Pew Research AUTOR Redacción P+D ESTADOS UNIDOS

03 DE MARZO DE 2015 21:40 h

Una cuarta parte de los países del mundo tiene altos niveles de hostilidades hacia las religiones, según un informe que acaba de publicar Pew Research Center. El estudio, que abarca a casi todos los países, analiza qué restricciones se producen para la práctica religiosa por parte de los gobiernos y también qué nivel de “hostilidad social” se puede enfrentar a causa de la práctica de una creencia.

Mientras este segundo indicador ha descendido con respecto al informe anterior, en el caso de las restricciones gubernamentales se mantienen las cifras de años anteriores. La proporción de países con restricciones altas o muy altas es de un 27 por ciento.

Mapa de hostilidades a la religión en el mundo. / Pew, Europa Press

Entre los países más poblados, los que tienen más altos niveles generales de restricciones son Birmania (Myanmar), Egipto, Indonesia, Pakistán y Rusia, donde tanto el gobierno como la sociedad en general imponen numerosos límites a las creencias y prácticas religiosas. Más del 77 por ciento de la población del mundo vive en países donde las restricciones para la práctica religiosa por parte del gobierno es alta o muy alta.

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ANTISEMITISMO EN AUMENTO EN EUROPA

Como en años anteriores, cristianos y musulmanes – que en conjunto representan más de la mitad de la población mundial – son quienes sufren un mayor número de casos de hostilidad y restricciones. Los cristianos fueron hostigados, ya sea por el gobierno o grupos sociales, en 102 de los 198 países incluidos en el estudio (52%), mientras que los musulmanes fueron hostigados en 99 países (50%).

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Restricciones gubernamentales a la religión, por áreas geográficas. / Pew

Además el informe detecta el mayor índice de hostilidad hacia el judaísmo en los últimos 6 años, desde que se realiza este estudio. En Europa, por ejemplo, los judíos enfrentaron acciones hostiles en 34 de los 45 países.

MEDIO ORIENTE, LA ZONA MÁS PROBLEMÁTICA

El estudio además demuestra que las restricciones hacia una minoría religiosa se da en un contexto en el que se dan también restricciones y hostilidades hacia otros colectivos religiosos no minoritarios. “En general, las restricciones a las minorías van de la mano con las restricciones más amplias sobre la religión”, afirman los investigadores. El informe toma cifras de 2013, cuando todavía no había surgido Daesh, el autoproclamado Estado Islámico. Sin embargo en el mismo se advierte que esta área sigue siendo “el lugar con una mayor restricción para la práctica religiosa” del mundo.

Leer más: http://protestantedigital.com/internacional/35469/la_religion_cristiana_es_la_mas_perseguida_a_nivel_mundial

El Precio de la Gracia (parte 9)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ← octava parte o puede ir al inicio de la serie.

g) La venganza
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, da; al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda (Mt 5, 38-42).
Jesús coordina aquí las palabras ojo por ojo, diente por diente, con el precepto veterotestamentario antes mencionado, es decir, con el mandamiento del decálogo de no matar. Por tanto, reconoce que ambos son, sin lugar a dudas, preceptos divinos. Ninguno de los dos debe ser abolido, sino preservado hasta sus últimos detalles. Jesús no conoce nuestra gradación de los preceptos veterotestamentarios en beneficio de los diez mandamientos. Para él, el precepto del Antiguo Testamento es uno, y así indica a sus discípulos que hay que cumplirlo.
Los seguidores de Jesús viven renunciando al propio derecho por amor a él. Él los proclama bienaventurados por ser mansos. Si una vez que lo han abandonado todo para vivir en su comunidad, quisiesen aferrarse a esta posesión, habrían dejado de seguirle. Por consiguiente, aquí sólo tenemos un desarrollo de la bienaventuranza.
La ley veterotestamentaria coloca el derecho bajo la protección de la venganza divina. Ningún mal quedará sin ser castigado. Se pretende crear la verdadera comunidad, superar y eliminar el mal, alejarlo de la comunidad del pueblo de Dios. Para esto sirve la justicia, que conserva su fuerza en la venganza.
Jesús recoge esta voluntad de Dios y afirma la fuerza de la venganza para superar y eliminar el mal y asegurar la comunidad de los discípulos, verdadero Israel. La venganza justa hará desaparecer la injusticia y mantendrá a los discípulos en el seguimiento de Jesús. Según las palabras del Señor, esta venganza justa consiste únicamente en no oponer resistencia al mal.
Con estas palabras, Jesús separa su comunidad del ordenamiento político-jurídico, de la imagen nacional del pueblo de Israel, y la convierte en lo que es en realidad: en la comunidad de los creyentes no ligada a lo político-nacionalista. En el pueblo elegido por Dios, que tenía al mismo tiempo una faceta política, la venganza consistía, según voluntad divina, en responder al golpe con el golpe; sin embargo, para la comunidad de los discípulos, que no puede presentar reivindicaciones jurídicas y nacionales, consiste en soportar pacientemente el golpe para no añadir mal al mal. Sólo de esta forma se fundamenta y conserva la comunidad.
Resulta claro que el seguidor de Jesús está hecho a la injusticia, no considera el propio derecho como una posesión que ha de defender en cualquier circunstancia, sino que, completamente libre de ella, se vincula exclusivamente a Jesús, y dando testimonio de esta unión con él crea el único fundamento firme de la comunidad, mientras pone a los pecadores en manos de Jesús.
El triunfo sobre el otro sólo se consigue haciendo que su mal termine muriendo, haciendo que no encuentre lo que busca, es decir, la oposición, y con esto un nuevo mal con el que pueda inflamarse aún más. El mal se debilita si, en vez de encontrar oposición, resistencia, es soportado y sufrido voluntariamente. El mal encuentra aquí un adversario para el que no está preparado. Naturalmente, esto sólo se da donde ha desaparecido el último resto de resistencia, donde es plena la renuncia a vengar el mal con el mal. En este caso, el mal no puede conseguir su fin de crear un nuevo mal, y queda solo.
El sufrimiento desaparece cuando es sobrellevado. El mal muere cuando dejamos que venga sobre nosotros sin ofrecerle resistencia. La deshonra y el oprobio se revelan como pecado cuando el que sigue a Cristo no cae en el mismo defecto, sino que los soporta sin atacar. El abuso del poder queda condenado cuando no encuentra otro poder que se le oponga. La pretensión injusta de conseguir mi túnica se ve comprometida cuando yo le entrego también el manto, el abuso de mi servicialidad resulta visible cuando no pongo límites. La disposición a dar todo lo que me pidan muestra que Jesucristo me basta y sólo quiero seguirle a él. En la renuncia voluntaria a defenderse se confirma y proclama la vinculación in-condicionada del seguidor a Jesús, la libertad y ausencia de ataduras con respecto al propio yo. Sólo en la exclusividad de esta vinculación puede ser superado el mal.
En todo esto no se trata sólo del mal, sino del maligno. Jesús llama malo al maligno. Mi conducta no debe ser la de disculpar y justificar al que abusa del poder y me oprime. Con mi paciencia sufriente no quiero expresar mi comprensión del derecho del mal. Jesús no tiene nada que ver con estas reflexiones sentimentales. El ataque que deshonra, el abuso de la fuerza, la explotación, siguen siendo malos. El discípulo debe saberlo y debe dar testimonio de esto, igual que Jesús, porque de lo contrario sería imposible vencer al mal. Pero, precisamente porque el mal que ataca al discípulo no puede ser justificado, este no debe oponerse, sino hacer que termine, sufriéndolo, para superar así al mal. El sufrimiento voluntario es más fuerte que el mal, es la muerte del mal.
No existe, pues, ninguna acción imaginable en la que el mal sea tan grande y fuerte que exija una actitud distinta del cristiano. Cuanto más terrible es el mal, tanto más dispuesto debe estar el discípulo para sufrir. El malo debe caer en manos de Jesús. No soy yo, sino Jesús, quien debe ocuparse de él.
La exégesis reformadora ha introducido en este lugar un pensamiento nuevo y decisivo: la necesidad de distinguir entre el daño que se me hace personalmente y el que se me hace en mi ministerio, es decir, en la responsabilidad que Dios me ha encomendado. Si bien en el primer caso estoy obligado a actuar como Jesús manda, en el segundo no lo estoy, sino que incluso me veo forzado a actuar de modo contrario, oponiendo la fuerza a la fuerza, para resistir al dominio del mal. Con esto se justifica la posición de la Reforma con respecto a la guerra y a todo uso de medios jurídicos públicos para rechazar el mal. Sin embargo, Jesús es extraño a esta diferencia entre la persona privada y el portador del ministerio, que debe regir mi actuación. No nos dice una palabra sobre ello. Habla a sus discípulos como a aquellos que lo han abandonado todo para seguirle. Lo «privado» y lo «ministerial» deben estar plenamente sometidos al precepto de Jesús.
Su palabra los ha reivindicado sin ninguna clase de divisiones. El exigió una obediencia indivisa. De hecho, la citada diferencia choca con una dificultad insoluble. En la vida real, ¿dónde soy sólo persona privada, dónde sólo portador del ministerio? En cualquier momento en que me siento comprometido ¿no soy al mismo tiempo el padre de mis hijos, el predicador de la comunidad, el representante político de mi pueblo? En estas circunstancias ¿no estoy obligado a defenderme de toda agresión, teniendo en cuenta la responsabilidad de mi ministerio? Y en mi cargo ¿no soy también en todo tiempo yo mismo, el que se encuentra solo ante Jesús? ¿Olvidaríamos con esta diferencia que el discípulo de Jesús siempre está completamente solo, que es un individuo que, en definitiva, debe actuar y decidir por sí mismo? ¿Y que en esta actuación es precisamente donde radica la responsabilidad más seria para con lo que me está mandando?
Pero ¿cómo justificaremos las palabras de Jesús teniendo en cuenta la experiencia de que el mal se inflama precisamente en los débiles y se enraiza de forma inevitable en los indefensos? ¿No es esta frase pura ideología, que no cuenta con la realidad, con el pecado del mundo? Es posible que esta frase se justifique dentro de la comunidad. Pero ante el mundo parece un olvido fanático del pecado. Esta frase no puede tener valor porque vivimos en el mundo y el mundo es malo.
Pero Jesús dice: Precisamente porque vivís en el mundo y el mundo es malo, tiene valor este principio: no debéis oponer resistencia al mal. Difícilmente podríamos reprochar a Jesús que no conoció el poder del mal, él, que desde el primer día de su vida se halló en lucha con el demonio. Jesús llama mal al mal y precisamente por eso habla de esta forma a los que le siguen. ¿Cómo es esto posible?
Todo lo que Jesús dice a sus discípulos sería puro fanatismo si hubiésemos de entender estas palabras como un programa ético general, si hubiésemos de interpretar esta frase de que el mal ha de ser superado con el bien como una sabiduría mundana. En este caso sería realmente un fantasear irresponsable sobre leyes que el mundo nunca obedece. El carecer de defensa, como principio de la vida mundana, significa la destrucción atea del orden mantenido por la gracia de Dios en el mundo. Pero aquí no habla un programático, aquí habla el que superó el mal con el sufrimiento, el que fue vencido por el mal en la cruz, pero salió triunfante y victorioso de esta derrota. La única justificación posible de este precepto de Jesús es su propia cruz. Sólo quien encuentra en la cruz de Jesús esta fe en la victoria sobre el mal puede obedecer este precepto, y sólo esta obediencia tiene la promesa. ¿Qué promesa? La promesa de la comunidad con la cruz y la victoria de Jesús.

La pasión de Jesús como superación del mal por el amor divino es el único fundamento firme para la obediencia del discípulo.

Con su mandamiento, Jesús llama a los que le siguen a participar de su pasión. ¿Cómo sería visible y digna de crédito la predicación de la pasión de Jesucristo si los discípulos prescindiesen de ella, si se negaran a llevarla en su propio cuerpo? Jesús cumple en la cruz la ley que da y, al mismo tiempo, mantiene graciosamente a los que le siguen en la comunidad con su cruz. Sólo en ésta es real y cierto que la venganza y superación del mal consiste en el amor paciente. A los discípulos se les ha regalado la comunidad con la cruz mediante la llamada al seguimiento. En esta comunidad visible son bienaventurados. Seguir leyendo «El Precio de la Gracia (parte 9)»

Intolerancia religiosa

Lección que Putin le da a Occidente

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Hace unos años el rey de Arabia visitó a Putin en Moscú.

Antes de partir le dijo a Putin que quería comprar una gran parcela y edificar, con dinero totalmente árabe, una gran mezquita en la capital rusa.

«No hay problema», le contestó el ruso, «pero con una condición: que autorice a que se construya también en su capital árabe una gran iglesia ortodoxa».

“No puede ser» dijo el árabe.

«¿Por qué? preguntó Putin.

«Porque su religión no es la verdadera y no podemos dejar que se engañe al pueblo».

«Yo pienso igual de su religión y sin embargo permitiría edificar su templo si hubiera correspondencia, así que hemos terminado el tema»

El 4 de agosto de 2013 el líder ruso, Vladimir Putin, se dirigió al parlamento de su país con este discurso acerca de las tensiones con las minorías étnicas:

«¡En Rusia vivid como rusos!

Cualquier minoría, de cualquier parte, que quiera vivir en Rusia, trabajar y comer en Rusia, debe hablar ruso y debe respetar las leyes rusas. Si ellos prefieren la Ley Sharia y vivir una vida de musulmanes, les aconsejamos que se vayan a aquellos lugares donde esa sea la ley del Estado…

Rusia no necesita minorías musulmanas, esas minorías necesitan a Rusia y no les garantizamos privilegios especiales ni tratamos de cambiar nuestras leyes adaptándolas a sus deseos. No importa lo alto que exclamen «discriminación», no toleraremos faltas de respeto hacia nuestra cultura rusa. Debemos aprender mucho de los suicidios de América, Inglaterra, Holanda, Francia, etc. si queremos sobrevivir como nación.

Los musulmanes están venciendo en esos países y no lo lograrán en Rusia. Las tradiciones y costumbres rusas no son compatibles con la falta de cultura y formas primitivas de la Ley Sharia y de los musulmanes. Cuando este honorable cuerpo legislativo piense crear nuevas leyes, deberá tener en mente primero el interés nacional ruso, observando que las minorías musulmanas no son rusas.»

Los miembros del Parlamento Ruso puestos en pie ovacionaron a Putin durante cinco minutos.

Intolerancia religiosa

MEXICO

Impiden a evangélicos

que regresen a sus hogares en Chiapas

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Doce familias de la comunidad de Buenavista Bahuitz no pudieron recuperar sus casas porque como condición para quedarse les querían obligar a participar de las actividades de la Iglesia Católica.

AUTOR Redacción P+D TUTXLA GUTIÉRREZ 05 DE FEBRERO DE 2015 14:26 h

Manifestación en Tuxtla Gutiérrez el pasado año, pidiendo el regreso de los evangélicos a sus hogares. Se produjo un “engaño a los más vulnerables”, dicen los evangélicos en Chiapas ante un nuevo atropello a la libertad religiosa en una zona donde miles han sido obligados a dejar sus hogares en los últimos años por presiones de los tradicionalistas católicos.

Sucedió en Buenavista Bahuitz, donde unas doce familias evangélicas habían sido expulsadas el pasado año. Tras las manifestaciones pidiendo justicia ante las autoridades de Tuxtla Gutiérrez, capital del Estado de Chiapas, al sur de México, habían conseguido el compromiso de que podrían regresar en libertad. Así lo quisieron hacer el pasado 20 de enero, cuando un grupo formado por doce familias evangélicas comenzaron el largo viaje en autobús con sus escasas pertenencias, acompañados por funcionarios del Estado de Chiapas.  

TRABAS

“Las cosas no estaban claras desde el principio, el Subsecretario no había enviado el acuerdo previo como estaba establecido en los compromisos, se les estaba pidiendo ir todas las familias completas cuando eran solo los representantes y no habían recursos para el traslado y los alimentos en el camino”, explican desde la Coordinación de Organizaciones Cristianas en Chiapas. “El espíritu del grupo siempre fue de confianza en Dios, cantando, orando sabiendo que Dios tienen el control”, cuentan.

Sin embargo se encontraron pronto con la oposición. En primer lugar, no admitían que su representante legal, Luis herrera, entrase en la Comunidad. “Al final de un camino difícil para el autobús, se llegó al Ejido en donde se reunieron los pobladores, algunos sorprendidos por la llegada, y los líderes preparados”, narran los testigos del suceso.  

OBLIGADOS A ABANDONAR SU FE

Allí comenzaron a poner condiciones para el regreso de los evangélicos a sus casas. Primero, que debían “participar en todas las actividades de la Iglesia Católica”, ante lo que el representante del Municipio señaló que el Art. 24 Constitucional señala la libertad de las personas en el tema religioso. Entonces los líderes replicaron que “así lo señala la ley pero no los queremos aquí en el Ejido”. Tras una discusión, se les ofreció a las familias quedarse, pero haciendo el pago de una multa elevada. Al no llegar a un acuerdo, las familias decidieron regresar, entendiendo que era imposible para ellos asumir estas condiciones.  

FORTALECIDOS A PESAR DE TODO

“Los evangélicos regresaron un poco cansados porque no habían comido durante el día, pero no habían perdido el ánimo, sabían que Dios estaba con ellos y que ante tal evidencia, los funcionarios no volverían a decirles que son incongruentes, que son los responsables de los problemas o que se salieron sin motivo alguno porque lo que buscan es dinero; estos fueron algunos señalamientos que en algunas reuniones recibieron los desplazados de parte de funcionarios”, cuentan desde la Coordinación de Organizaciones Cristianas.

Las doce familias regresaron a Tuxtla Gutiérrez (la capital) “sin que funcionario alguno les dijera algo al respecto; se regresaron sin expectativa pero con mucha fortaleza en su fe en Cristo”, explican. Actualmente los desplazados siguen refugiados en la Iglesia Jesús es el Camino en esta ciudad.

Leer más:

http://protestantedigital.com/internacional/35195/impiden_a_evangelicos_regresar_a_sus_hogares_en_chiapas

 

El Precio de la Gracia (parte 8)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ← septima parte o puede ir al inicio de la serie.

6. El sermón del Monte (continúa)

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, por­que ellos serán saciados». Los que siguen a Cristo no sólo viven en renuncia al propio derecho, sino incluso en renuncia a la propia justicia. No se glorían en nada de lo que hacen y sacrifican. Sólo pueden poseer la justicia en el hambre y la sed de ella; ni la propia justicia, ni la de Dios sobre la tierra; desean en todo tiempo la fu­tura justicia de Dios, pero no pueden implantarla por sí mismos. Los que siguen a Jesús tienen hambre y sed durante el camino. An­helan el perdón de todos los pecados y la renovación plena, la re­novación de la tierra y la justicia perfecta de Dios.

Sin embargo, la maldición del mundo y sus pecados recaen so­bre ellos. Aquel a quien siguen debe morir en la cruz como un mal­dito. Su último grito es un deseo desesperado de justicia: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y el discípulo no es más que su maestro. Sigue tras él. Por eso es feliz; porque se le ha pro­metido que quedará saciado. Alcanzarán la justicia no sólo de oí­das, sino hasta saciarse corporalmente. El pan de la verdadera vi­da les alimentará en la cena futura con su Señor. Este pan futuro es el que los hace bienaventurados, puesto que ya lo tienen presente. Jesús, pan de vida, está entre ellos durante toda su hambre. Esta es la felicidad de los pecadores.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Estos pobres, estos extraños, estos débiles, estos pe­cadores, estos seguidores de Jesús viven también con él renun­ciando a la propia dignidad, porque son misericordiosos. No les basta su propia necesidad y escasez, sino que también se hacen partícipes de la necesidad ajena, de la pequeñez ajena, de la culpa ajena. Tienen un amor irresistible a los pequeños, enfermos, mise­rables, a los anonadados y oprimidos, a los que padecen injusticia y son rechazados, a todo el que sufre y se preocupa; buscan a los que han caído en el pecado y la culpa. Por muy profunda que sea la necesidad, por muy terrible que sea el pecado, la misericordia se acerca a ellos. E! misericordioso regala su propia honra al que ha caído en la infamia, y toma sobre sí la vergüenza ajena. Se deja en­contrar junto a los publícanos y pecadores y lleva gustoso la des­honra de tratar con ellos. Se despojan del bien supremo del hom­bre, la propia honra y dignidad, y son misericordiosos.

Sólo una honra y dignidad conocen: la misericordia de su Se­ñor, de la que viven. Él no se avergonzó de sus discípulos, se con­virtió en hermano de los hombres, llevó su ignominia hasta la muerte de cruz. Esta es la misericordia de Jesús, de la única que quieren vivir los que están ligados a él, la misericordia del crucifi­cado. Esta les hace olvidar toda honra y dignidad propia, y buscar sólo la comunidad con los pecadores. Si se les injuria por esto, son felices. Porque alcanzarán misericordia. Dios se inclinará alguna vez profundamente hacia ellos descargándoles de sus pecados e ig­nominias. Dios les dará su honra y quitará de ellos la deshonra. La honra de Dios será llevar la vergüenza de los pecadores y vestirlos con su dignidad. Bienaventurados los misericordiosos, porque tie­nen al misericordioso por Señor.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Quién es limpio de corazón? Sólo el que ha entregado ple­namente su corazón a Jesús, para que este reine exclusivamente en su interior; el que no mancha su corazón con el propio mal, ni tam­poco con el propio bien. El corazón puro es el corazón sencillo del niño, que nada sabe del bien y del mal, el corazón de Adán antes de la caída, el corazón en el que no reina la conciencia, sino la volun­tad de Jesús.

Quien vive en renuncia al propio bien y mal, al propio corazón, quien está tan arrepentido y sólo depende de Jesús, este tiene un co­razón purificado por la palabra de Cristo. La limpieza de corazón se encuentra aquí en oposición a toda pureza externa, incluida la pureza de los buenos sentimientos. El corazón puro está limpio de bien y mal, pertenece por completo e indivisamente a Cristo, sólo se fija en él, que le precede. Sólo verá a Dios quien en esta vida só­lo se ha fijado en Jesucristo, el Hijo de Dios. Su corazón está li­bre de imágenes que le manchen, sin dejarse arrastrar por la plurali­dad de los propios deseos e intenciones. Está totalmente arrebatado en la contemplación de Dios. A Dios le contemplará aquel cuyo co­razón se haya convertido en espejo de la imagen de Jesucristo.

«Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán lla­mados hijos de Dios». El seguidor de Jesús está llamado a la paz. Cuando Jesús los llamó, encontraron su paz. Jesús es su paz. Pero no sólo deben tener la paz, sino también deben crearla. Con esto renuncian a la fuerza y la rebelión. Estas nunca han servido para nada en las cosas de Cristo. Su Reino es un reino de paz, y la co­munidad de Cristo se saluda con el beso de paz. Los discípulos de Cristo mantienen la paz, prefiriendo sufrir a ocasionar dolor a otro, conservan la comunidad cuando otro la rompe, renuncian a impo­nerse y soportan en silencio el odio y la injusticia. De este modo vencen el mal con el bien y son creadores de paz divina en medio de un mundo de odio y guerra. Pero nunca será más grande su paz que cuando se encuentren pacíficamente con el mal y estén dis­puestos a sufrir. Los pacíficos llevarán la cruz con su Señor; por­que en la cruz se crea la paz. Por haber sido insertados de este mo­do en la obra pacificadora de Cristo, por haber sido llamados a colaborar con el Hijo de Dios, serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, por­que de ellos es el reino de los cielos». No se habla aquí de la justi­cia de Dios, sino de los padecimientos por una causa justa, por el juicio y la acción justas de los discípulos de Jesús. Los que siguen a Jesús renunciando a las posesiones, a la felicidad, al derecho, a la justicia, a la honra, al poder, se distinguen en sus juicios y acciones del mundo; resultarán chocantes al mundo. Y así serán perseguidos por causa de la justicia. La recompensa que el mundo da a su pala­bra y actividad no es el reconocimiento, sino la repulsa. Es impor­tante que Jesús proclame bienaventurados a sus discípulos cuando no sufren inmediatamente por la confesión de su nombre, sino sim­plemente por una causa justa. Se les hace la misma promesa que a los pobres. Como perseguidos, se asemejan a ellos.

Al final de las bienaventuranzas surge la pregunta: ¿qué lugar del mundo resta a tal comunidad? Ha quedado claro que sólo les queda un lugar, aquel en el que se encuentra el más pobre, el más combatido, el más manso: la cruz del Gólgota. La comunidad de los bienaventurados es la comunidad del crucificado. Con él lo ha per­dido todo y con él lo ha encontrado todo. La cruz proclama: biena­venturados, bienaventurados. Pero Jesús sólo habla ahora a los que pueden entenderle, a los discípulos; por eso dice directamente:

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

«Por mi causa»: los discípulos son injuriados, pero encuentran al mismo Jesús. Sobre él recae todo, ya que por su causa son injuria­dos. Él carga con la culpa. La injuria, la persecución mortal y las mentiras malignas constituyen la felicidad de los discípulos en su comunidad con Jesús. Es forzoso que el mundo ataque a estos man­sos extranjeros con sus palabras, su fuerza y sus calumnias. La voz de estos pobres y mansos es demasiado amenazadora y potente, su vida demasiado paciente y silenciosa; estos discípulos de Jesús, con su pobreza y sus sufrimientos, dan un testimonio demasiado pode­roso de la injusticia del mundo. Resulta mortal. Mientras Jesús dice: Bienaventurados, bienaventurados, el mundo grita: ¡Fuera, fuera! Sí, fuera. Pero ¿adónde? Al reino de los cielos. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Los pobres se encuentran en el salón de la alegría. Dios mismo enjuga las lágrimas de los que lloran, da de comer a los hambrien­tos con su cena. Los cuerpos heridos y martirizados están transfi­gurados, y en lugar de los vestidos del pecado y de la penitencia llevan la vestidura blanca de la eterna justicia. Desde esta alegría eterna resuena ya aquí un llamamiento a la comunidad de los que siguen bajo la cruz, las palabras de Cristo: Bienaventurados, biena­venturados.

  1. b) La comunidad visible

Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para tirarla afuera y ser pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No pue­de estar oculta una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tam­poco se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, si­no sobre el candelera, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 13-16).

Jesús se dirige a los que han sido llamados a la gracia del segui­miento del crucificado. Mientras hasta ahora los bienaventurados aparecían como dignos del reino de los cielos pero, al mismo tiem­po, como totalmente superfluos e indignos de vivir para el mundo, en este momento se los define con la imagen del bien más impres­cindible. Vosotros sois la sal de la tierra. Son el bien más noble, el valor supremo que posee el mundo. Sin ellos la tierra no puede se­guir viviendo. Es la sal quien conserva la tierra; esta vive gracias a estos pobres, despreciados y débiles que el mundo rechaza. Cuan­do ataca a los discípulos, destruye su propia vida y, oh milagro, son precisamente estos desgraciados los que posibilitan a la tierra el se­guir viviendo. Esta «sal divina» (Homero) conserva su eficacia. Penetra toda la tierra. Es su sustancia. Por tanto, los discípulos no están orientados solamente al reino de los cielos, sino que se les re­cuerda también su misión terrena.

Como hombres ligados a solo Cristo se les pone en contacto con el mundo, cuya sal son ellos. Jesús, al llamar sal a sus discípulos y no a sí mismo, les transmite la actividad sobre la tierra. Los aplica a su trabajo. Él permanece en el pueblo de Israel, pero a sus discípu­los les entrega toda la tierra. Sólo con la condición de que la sal si­ga siendo sal y conserve su fuerza purifícadora y sazonadora podrá ser mantenida la tierra. Por amor a sí misma y al mundo, la sal de­be seguir siendo sal, la comunidad de los discípulos debe seguir siendo lo que es por vocación de Cristo. En esto consistirá su ver­dadera eficacia y su fuerza conservadora. La sal debe ser incorrup­tible, una fuerza permanente de purificación. Por eso el Antiguo Testamento usa la sal para los sacrificios, y en el rito católico del bautismo se pone sal en la boca del niño (Ex 30, 35; Ez 16,4). En la incorruptibilidad de la sal radica la conservación de la comunidad.

«Vosotros sois la sal». No dice: Vosotros debéis ser la sal. No se deja a elección de los discípulos el que quieran o no ser sal. Tam­poco se les hace un llamamiento para que se conviertan en sal de la tierra. Lo son, quiéranlo o no, por la fuerza de la llamada que se les ha dirigido. Vosotros sois la sal. No dice: Vosotros tenéis la sal. Se­ría erróneo querer equiparar la sal con el mensaje de los apóstoles, como hacen los reformadores. Estas palabras se refieren a toda su existencia, en cuanto se halla fundada por la llamada de Cristo al seguimiento, a esta existencia de la que hablaban las bienaventu­ranzas. Quien sigue a Cristo, captado por su llamada, queda plena­mente convertido en sal de la tierra.

La otra posibilidad consiste en que la sal se vuelva insípida, de­je de ser sal. Deja de actuar. Entonces sólo sirve para ser arrojada.

El honor de la sal consiste en que debe salar todas las cosas. Pero la sal que se vuelve insípida no puede adquirir de nuevo su antiguo poder. Todo, incluso el alimento más estropeado, puede ser salvado con la sal; sólo la sal que se ha vuelto insípida se pierde sin espe­ranza. Es el otro aspecto. El juicio que amenaza a la comunidad de los discípulos. La tierra debe ser salvada por la comunidad; sólo la comunidad que deja de ser lo que es se pierde sin salvación. La lla­mada de Jesucristo le obliga a ser sal o quedar aniquilada, a se­guirle o ser destruida por el mismo llamamiento. No existe una nueva posibilidad de salvación. No puede existir.

No sólo la actividad invisible de sal, sino el resplandor visible de la luz se ha prometido a la comunidad de los discípulos por el llamamiento de Jesús. «Vosotros sois la luz». No dice: Debéis ser­lo. La vocación los ha convertido en luz. Ahora están obligados a ser una luz visible; de lo contrario, la llamada no estaría con ellos. ¡Qué imposible, qué fin tan absurdo sería para los discípulos de Je­sús, para estos discípulos, querer convertirse en luz del mundo! Es­to ya lo ha hecho la llamada al seguimiento. Insistamos en que no es: Vosotros tenéis la luz, sino: Vosotros sois. La luz no es algo que se os ha dado, por ejemplo vuestra predicación, sino vosotros mis­mos. El mismo que dice de sí: Yo soy la luz, dice a sus discípulos: Vosotros sois la luz en toda vuestra vida, con tal de que permanez­cáis fieles a la llamada. Siendo esto así, no podéis permanecer ocultos, aunque queráis.

La luz brilla, y la ciudad sobre el monte no puede estar oculta. Imposible. Resulta visible desde lejos, bien como una ciudad fir­me o un castillo fortificado, bien como unas ruinas destrozadas. Esta ciudad sobre el monte -¿qué israelita no pensaría en Jerusa-lén, la ciudad edificada en lo alto?- es la comunidad de los discí­pulos. A los que siguen a Cristo no se les propone una nueva deci­sión; la única decisión posible para ellos se ha producido ya. Ahora deben ser lo que son, o dejar de ser seguidores de Jesús. Los seguidores forman la comunidad visible, su seguimiento es una ac­ción visible por la que se apartan del mundo, o no es un auténtico seguimiento. En realidad, el seguimiento es tan visible como la luz en la noche, como un monte en la llanura.

Huir a la invisibilidad es negar el llamamiento. La comunidad de Jesús que quiere ser invisible deja de seguirle. «No se enciende una lámpara para colocarla bajo el celemín, sino sobre el candele­ra». Existe también la posibilidad de que se oculte la luz capricho­samente, de que brille bajo el celemín, de que se niegue el llama­miento. El celemín bajo el que la comunidad visible oculta su luz puede ser el miedo a los hombres o una configuración consciente al mundo para conseguir ciertos fines, que pueden ser de tipo misio­nero o brotar de un falso amor a los hombres. Y también puede tra­tarse, lo que es mucho más peligroso, de una teología reformadora que se atreve a denominarse theologia crucis, y cuyo distintivo con­siste en preferir la «humilde» invisibilidad, la configuración plena al mundo, a la visibilidad «farisaica». Lo que caracteriza aquí a la comunidad no es la visibilidad extraordinaria, sino la adaptación a \ajustitia civilis.

El criterio de lo cristiano es precisamente que la luz no brille. Jesús, sin embargo, dice: Haced brillar vuestra luz ante los paga­nos. En cualquier caso, es la luz del llamamiento de Cristo la que resplandece. Pero ¿qué luz es la que deben irradiar estos seguido­res de Jesús, estos discípulos de las bienaventuranzas? ¿Qué luz debe brotar de ese lugar en el que sólo los discípulos tienen un de­recho? ¿Qué tiene en común la invisibilidad y ocultamiento de la cruz, bajo la que se encuentran los discípulos, con la luz que debe brillar? ¿No debe deducirse de ese ocultamiento que también los apóstoles han de hallarse en la oscuridad y no en la luz?

Es un pésimo sofisma deducir de la cruz de Cristo el que la Iglesia deba configurarse al mundo. ¿No reconoce claramente cual­quier persona sencilla que, precisamente en la cruz, se ha hecho vi­sible algo extraordinario? ¿O es todo esto justitia civilis, es la cruz configuración al mundo? ¿No es la cruz algo que se ha hecho inau­ditamente visible en medio de toda oscuridad para terror de los enemigos? ¿No es suficientemente visible que Cristo fue rechaza­do y debió padecer, que su vida terminó en un patíbulo frente a las puertas de la ciudad? ¿Es esto invisibilidad?

Las buenas obras de los discípulos deben brillar con esta luz. Lo que los hombres han de ver no son vuestras personas, sino vuestras buenas obras, dice Jesús. ¿Cuáles son las buenas obras que pueden ser vistas a esta luz? Únicamente las que Jesús produ­jo en ellos cuando los llamó, cuando los convirtió bajo su cruz en luz del mundo: pobreza, separación del mundo, mansedumbre, edificación de la paz y, por último, la gracia de ser perseguidos y re­chazados, sintetizándose todo en esta sola cosa: llevar la cruz de Cristo. La cruz es la luz extraña que resplandece, la única en que pueden ser vistas todas estas buenas obras de los discípulos.

No se dice que Dios se hará visible, sino que se verán las «bue­nas obras» y los hombres alabarán a Dios por ellas. Visible será la cruz y visibles serán las obras de la cruz, visibles serán la escasez y renuncia de los bienaventurados. Pero por la cruz y por esta co­munidad no se puede alabar al hombre, sino a solo Dios. Si las buenas obras fuesen virtudes humanas, no se alabaría al Padre sino a los discípulos. Pero en realidad no hay que alabar al discípulo que lleva la cruz, ni a la comunidad que brilla y es visible sobre el mon­te; por las «buenas obras» sólo se puede alabar al Padre que está en los cielos. De este modo los hombres ven la cruz y la comunidad del crucificado y creen en Dios. Es la luz de la resurrección.

  1. c) La justicia de Cristo

No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he veni­do a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos manda­mientos menores y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el reino de los cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ese será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 5, 17-20).

No es extraño que los discípulos, al oír las promesas hechas por su Señor, en las que se quitaba valor a todo lo que el pueblo esti­maba y se alababa todo lo que para él carecía de importancia, vie­sen llegado el fin de la ley. Se les hablaba y consideraba como a hombres que lo habían conseguido todo por pura gracia de Dios, como a quienes ahora todo lo poseen, como a herederos seguros del reino de los cielos. Tenían la comunidad plena y personal con Cristo, que todo lo había renovado. Eran la sal, la luz, la ciudad so­bre el monte. Por eso, todo lo antiguo ha pasado, se ha disuelto. Pa­rece faltar muy poco para que Jesús establezca una separación definitiva entre su persona y lo antiguo, para que declare abolida la ley del Antiguo Testamento y reniegue de ella con su libertad de Hijo de Dios, liberando también a su comunidad.

Por todo lo que había sucedido, los discípulos podían pensar como Marción que, reprochando a los judíos haber falseado el tex­to, lo cambió del siguiente modo: «¿Pensáis que he venido a cum­plir la ley o los profetas? He venido a abolir, y no a dar cumpli­miento». Son innumerables los que desde Marción han leído e interpretado el texto de esta forma. Pero Jesús dice: «No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas…». Cristo revaloriza la ley del Antiguo Testamento.

¿Cómo hay que entender esto? Sabemos que se habla a los que le siguen, a los que están ligados solamente a Jesucristo. Ninguna ley podría haber impedido la comunidad de Jesús con sus discípu­los, como vimos al interpretar Lc 9, 57s. El seguimiento es unión inmediata a solo Cristo. Sin embargo, de forma totalmente inespe­rada, aparece aquí la vinculación de los discípulos a la ley vetero-testamentaria. Con esto Jesús indica dos cosas a sus apóstoles: que la unión a la ley no constituye aún el seguimiento, y que la vincu­lación sin ley a la persona de Jesucristo no puede ser llamada ver­dadero seguimiento. Pone en contacto con la ley a los que ha con­cedido todas sus promesas y su plena comunidad. La ley tiene valor para los discípulos porque así lo dispone aquel a quien ellos siguen. Y ahora surge la pregunta: ¿qué es lo verdaderamente váli­do: Cristo o la ley? ¿A quién estoy yo ligado? ¿A él sólo, o también a la ley? Cristo había dicho que ninguna ley podía interponerse en­tre él y sus discípulos. Ahora dice que la abolición de la ley signi­ficaría separarse de él. ¿Qué sentido tiene esto?

La ley es la ley del Antiguo Testamento; no se trata de una ley nueva, sino de la antigua, de la que se habló al joven rico y al escri­ba como revelación de la voluntad de Dios. Si se convierte en un precepto nuevo es sólo porque Jesús vincula a los que le siguen con esta ley. No se trata, pues, de una «ley mejor» que la de los fariseos; es la misma, la ley que debe permanecer con todas sus letras hasta el fin del mundo, que se ha de cumplir hasta en lo más pequeño. Pe­ro sí se trata de una «justicia mejor». Quien no posea esta justicia mejor, no entrará en el reino de los cielos, porque se habría separa­do del seguimiento de Cristo, que le pone en contacto con la ley. Pero los únicos que pueden tener esta justicia mejor son aquellos a quienes Cristo habla, los que él ha llamado. La condición de esta justicia mejor es el llamamiento de Cristo, es Cristo mismo.

Resulta por lo tanto comprensible que Jesús, en este momento del sermón del monte, hable por primera vez de sí mismo. Entre la justicia mejor y los discípulos, a los que se la exige, se encuentra él. Ha venido para cumplir la ley de la antigua alianza. Este es el presupuesto de todo lo demás. Jesús da a conocer su unión plena con la voluntad de Dios en el Antiguo Testamento, en la ley y los profetas. De hecho, no tiene nada que añadir a los preceptos de Dios; los guarda, y esto es lo único que añade. Dice de sí mismo que cumple la ley. Y es verdad. La cumple hasta lo más mínimo. Y al cumplirla, se «consuma todo» lo que ha de suceder para el cum­plimiento de la ley. Jesús hará lo que exige la ley, por eso sufrirá la muerte; porque sólo él entiende la ley como ley de Dios. Es decir: ni la ley es Dios, ni Dios es la ley, como si esta hubiese ocupado el puesto de Dios.

De esta forma errónea es como Israel había interpretado la ley. Su pecado consistió en divinizar la ley y legalizar a Dios. A la in­versa, el pecado de los discípulos habría consistido en quitar a la ley su carácter divino y separar a Dios de su ley. En ambos casos, Dios y la ley habrían sido unidos e identificados, con las mismas conse­cuencias. Los judíos identificaron a Dios con la ley para poder do­minarlo al dominar la ley. Dios quedaba prisionero de la ley y no era ya su señor. Los discípulos, si pensaran separar a Dios de su ley, lo harían para poder dominar a Dios con los bienes salvíficos que po­seían. En ambos casos se confundirían el don y el donador, se nega­ría a Dios con ayuda de la ley o de la promesa salvífica.

Contra ambas interpretaciones erróneas Jesús revaloriza la ley como ley de Dios. Dios es el donador y señor de la ley, y esta sólo es cumplida en la comunión personal con Dios. Sin comunidad con Dios no hay cumplimiento de la ley, y sin cumplimiento de la ley no hay comunidad con Dios. Lo primero es válido para los judíos, lo segundo para el posible equívoco de los discípulos.

Jesús, Hijo de Dios, el único que vive en plena comunión con Dios, revaloriza la ley del Antiguo Testamento al venir a cumplirla. Por ser el único que lo hizo, sólo él puede enseñar rectamente la ley y su cumplimiento. Los discípulos debieron comprender esto cuando él lo dijo, porque sabían quién era. Los judíos no podían enten­derlo porque no creían en él. Por eso debían rechazar su doctrina de la ley como una ofensa a Dios, es decir, como una ofensa a la ley de Dios. Y Jesús ha de sufrir las recriminaciones de los abogados de la falsa ley por amor a la verdadera ley de Dios. Jesús muere en la cruz como un blasfemo, como trasgresor de la ley, por haber re-valorizado la verdadera ley frente a la ley falsa y mal interpretada.

El cumplimiento de la ley, del que Jesús habla, sólo puede lle­varse a cabo con su muerte en la cruz como pecador. Él mismo, en cuanto crucificado, es el cumplimiento pleno de la ley.

Con esto queda dicho que Jesucristo, y sólo él, cumple la ley, porque sólo él vive en plena comunión con Dios. Se interpone en­tre sus discípulos y la ley, pero ésta no se interpone entre él y sus discípulos. El camino de los discípulos hacia la ley pasa por la cruz de Cristo. Así, Jesús vincula nuevamente a los discípulos a su per­sona, poniéndolos en contacto con la ley que sólo él cumple. Debe rechazar la vinculación sin ley, porque constituiría un fanatismo, un libertinaje pleno, en lugar de auténtica unión. Se elimina la preocupación de los discípulos de que la vinculación a la ley los se­pare de Jesús. Esto sólo sería posible en una interpretación errónea de la ley, como la que separó de hecho a los judíos de Dios. En lu­gar de esto, se deja claro que la auténtica unión con Jesús sólo pue­de alcanzarse estando vinculados a la ley de Dios.

Es verdad que Jesús se encuentra entre sus discípulos y la ley; pero no para liberarlos de su cumplimiento, sino para revalorizar-lo con sus exigencias. Los discípulos deben obedecer a la ley por­que están unidos a él. Por otra parte, el cumplimiento de la «iota» no significa que, desde ahora, esta «iota» se haya acabado para los discípulos. Se ha cumplido, y esto es todo. Pero precisamente por ello ha adquirido ahora su valor, de forma que en adelante será grande en el reino de los cielos el que cumpla y enseñe la ley. «Cumpla y enseñe»; podría imaginarse una doctrina de la ley que dispensase de la acción, en la que la ley sólo sirviese para com­prender la imposibilidad de cumplirla. Pero esta doctrina no podría basarse en Jesús. Hay que cumplir la ley como él lo hizo. Quien permanece junto a él en el seguimiento -junto a él, que cumplió la ley- este observa y enseña la ley en el seguimiento. Sólo quien po­ne en práctica la ley puede permanecer en comunión con Jesús.

No es la ley la que distingue a los discípulos de los judíos, sino la «justicia mejor». La justicia de los discípulos «supera» a la de los escribas. Es algo extraordinario, especial. Por primera vez re­suena aquí el concepto que será de gran importancia en el v. 47. Debemos preguntarnos: ¿en qué consistía la justicia de los fariseos?, ¿en qué consiste la justicia de los discípulos? Los fa­riseos nunca cayeron en el error, contrario a la Escritura, de que la ley sólo había que enseñarla, pero no cumplirla. El fariseo quería ser observante de la ley. Su justicia consistía en el cumplimiento li­teral, inmediato, de lo dispuesto por la ley. Su justicia era acción. Su fin, la conformidad plena de su acción con lo mandado en la ley. Sin embargo, siempre debía quedar un resto que había de ser tapado con el perdón. Su justicia permanecía incompleta.

También la justicia de los discípulos sólo podía consistir en la observancia de la ley. Nadie podía ser llamado justo si no observa­ba la ley. Pero la observancia de los discípulos supera a la de los fa­riseos porque, de hecho, su justicia es perfecta, mientras la de estos es imperfecta. ¿Cómo? La preeminencia de la justicia de los discí­pulos consiste en que entre ellos y la ley se encuentra aquel que cumplió perfectamente la ley y está en comunión con ellos. Él no se vio frente a una ley incumplida, sino frente a una ley ya cumpli­da. Antes de que comenzase a obedecer a la ley, ésta ya estaba cumplida y sus exigencias satisfechas. La justicia que exige la ley ya está presente; es la justicia de Jesús, que marcha hacia la cruz por amor a la ley. Pero como esta justicia no es sólo un bien ofreci­do, sino la comunidad plena y verdaderamente personal con Dios, Jesús no sólo tiene la justicia, sino que él mismo es justicia. Es la justicia de los discípulos. Por su llamada los ha hecho partícipes de su persona, les ha regalado su comunidad, y así les ha permitido to­mar parte de su justicia, les ha otorgado su justicia.

La justicia de los discípulos es la justicia de Cristo. Con el úni­co fin de decir esto comienza Jesús sus palabras sobre la «justicia mejor» haciendo referencia a su cumplimiento de la ley. La justi­cia de Cristo es realmente la justicia de los discípulos. En sentido estricto, sigue siendo una justicia regalada, otorgada por la llama­da al seguimiento. Es la justicia que consiste en el seguimiento y que ya en las bienaventuranzas recibe la promesa del reino de los cielos. La justicia de los discípulos es justicia bajo la cruz. Es la justicia de los pobres, de los combatidos, hambrientos, mansos, pacíficos, perseguidos por amor a Cristo, la justicia visible de los que son luz del mundo y ciudad sobre el monte, por la llamada de Cristo. Si la justicia de los discípulos es «mejor» que la de los fa­riseos, se debe a que sólo se apoya en la comunión con aquel que ha cumplido la ley; la justicia de los discípulos es auténtica justi­cia porque ahora cumplen la voluntad de Dios observando la ley.

También la justicia de Cristo debe ser observada, y no sólo en­señada. De lo contrario, no es mejor que la ley que se enseña pero no se cumple. Todo lo que sigue habla de esta observancia de la justicia de Cristo por los discípulos. Podríamos sintetizarlo en una sola palabra: seguimiento. Es la participación real y sencilla por la fe en la justicia de Cristo. La justicia de Cristo es la ley nueva, la ley de Cristo.

  1. d) El hermano

Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y aquel que matare será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame «imbécil» a su hermano, será reo ante el sanedrín; y el que le llame «renegado», será reo de la gehenna del fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que un her­mano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuel­ves y presentas tu ofrenda. Ponte en seguida a buenas con tu adver­sario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil, y se te meta en la cárcel. Yo te aseguro: No saldrás de allí hasta haber pagado el último céntimo (Mt 5, 21-26).

«Pues yo os digo». Jesús sintetiza todo lo dicho sobre la ley. Te­niendo en cuenta lo anterior, resulta imposible interpretar a Jesús revolucionariamente o aceptar una contraposición de opiniones, al estilo de los rabinos. Más bien, Jesús expresa, continuando lo di­cho, su unidad con la ley de la alianza mosaica, pero al mismo tiempo deja completamente claro que él, el Hijo de Dios, es señor y dador de la ley. Sólo quien percibe la ley como palabra de Cristo puede cumplirla. El error pecaminoso en que se encontraban los fariseos no les daba esta oportunidad. Sólo en el conocimiento de Cristo como señor y cumplidor de la ley radica el verdadero cono­cimiento de la misma. Cristo ha puesto su mano sobre la ley, la reivindica. Con esto hace lo que la ley quiere en realidad. Pero al unirse de esta forma con la ley se convierte en enemigo de una fal­sa interpretación de la misma. Al honrarla, se entrega en manos de los falsos celosos de la ley.

La ley que Jesús indica a sus seguidores les prohibe matar y les encomienda cuidar del hermano. La vida del hermano depende de Dios, está en sus manos, solamente él tiene poder sobre la vida y la muerte. El asesino no tiene sitio en la comunidad de Dios. In­curre en el juicio que él mismo ejerce. El hermano que se encuen­tra bajo la protección del precepto divino no es únicamente el que pertenece a la comunidad, como lo demuestra sin lugar a dudas el hecho de que los seguidores de Jesús no pueden determinar quién es el prójimo; esto sólo puede hacerlo aquel a quien siguen obe­dientemente.

Al seguidor de Jesús le está prohibido matar, bajo pena del jui­cio divino. La vida del hermano es una frontera que no puede ser traspasada. Y se la traspasa por la ira, empleando palabras malas que se nos escapan (imbécil) y, por último, insultando premedita­damente a otro (renegado).

Toda ira va contra la vida ajena, siente envidia de ella, busca aniquilarla. Por otra parte, no existe ninguna diferencia entre la ira justa y la injusta. El discípulo no puede conocer la cólera, porque iría contra Dios y contra el hermano. La palabra que se nos escapa, a la que damos tan poca importancia, revela que no respetamos al otro, nos creemos superiores a él y valoramos nuestra vida por en­cima de la suya. Esta palabra es un ataque contra el hermano, un golpe en su corazón, que repercute en él, le hiere y destruye. El in­sulto premeditado roba al hermano su honra incluso en público, quiere hacerlo despreciable ante los demás, busca con odio el ani­quilamiento de su existencia interna y externa. Ejecuta un juicio sobre él, lo que constituye un asesinato. Y el asesino también es digno de ser juzgado.

  1. La adición ebcfj en la mayoría de los manuscritos es la primera corrección prudente de la dureza de las palabras de Jesús.

 

Quien se encoleriza contra su hermano, le dirige malas palabras, le insulta o calumnia públicamente, es un asesino que no tiene ca­bida ante Dios. Al separarse del hermano, se ha separado también de Dios. Ya no tiene acceso a él. Su ofrenda, su culto, su oración, no pueden agradar a Dios. El que sigue a Jesús no puede separar, co­mo los rabinos, el culto divino del servicio al hermano. El despre­cio del hermano convierte el culto en inauténtico y le priva de toda promesa divina. El individuo y la comunidad que quieren acercarse a Dios con un corazón lleno de desprecio o sin reconciliar, sólo practican un juego con los dioses. La ofrenda no será aceptada mientras se niegue al hermano la ayuda y el amor, mientras se le si­ga despreciando, mientras pueda tener algo contra mí o contra la comunidad de Jesús.

Lo que se interpone entre Dios y yo no es principalmente mi propia cólera, sino el hecho de que existe un hermano enfermo, despreciado, deshonrado, que «tiene algo contra mí». Por tanto, examínese la comunidad de los discípulos de Jesús para ver si no es culpable de haber odiado, despreciado, injuriado al hermano, convirtiéndose de este modo en colaboradora de su muerte. Que examine la comunidad de Jesús si, en el momento en que se acer­ca a Dios para el culto y la oración, no hay muchas voces que le acusan ante Dios e impiden su oración. Que examine la comunidad de Jesús si ha dado a los despreciados y deshonrados de este mun­do un signo del amor de Jesús, que quiere conservar, mantener y proteger la vida. De lo contrario, el culto más correcto, la oración más piadosa, la confesión más firme de la fe, no le servirían para nada, sino que darían testimonio contra ella porque ha olvidado el seguimiento de Jesús.

Dios no quiere ser separado de nuestro hermano. No quiere ser honrado si un hermano es deshonrado. Es el Padre. Sí, el Padre de Jesucristo, que se hizo hermano de todos nosotros. En esto radica el fundamento último de por qué Dios no quiere separarse del her­mano. Su Hijo hecho hombre fue deshonrado, injuriado, por amor a la honra del Padre. Mas el Padre no se dejó separar de su Hijo y ahora tampoco quiere alejarse de aquel que se asemejó a su Hijo, por el que su Hijo cargó con el oprobio. La encarnación del Hijo de Dios ha hecho inseparable el culto divino del servicio al hermano. Quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso.

Por tanto, al que quiere practicar el verdadero culto siguiendo a Jesús sólo le queda un camino: el de la reconciliación con el her­mano. Quien acude a la palabra y a la eucaristía con un corazón sin reconciliar recibe su propio juicio. Es un asesino a los ojos de Dios. Por eso, «vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda». Es un camino difícil el que Jesús exige a sus seguidores. Está unido a una gran humillación y opro­bio. Pero es un camino hacia él, el hermano crucificado, y por con­siguiente, un camino lleno de bendiciones. En Jesús se unificaron el servicio al hermano más pequeño y el culto a Dios. Él fue a re­conciliarse con el hermano y luego ofreció al Padre la única ofren­da verdadera, entregándose a sí mismo.

Todavía es tiempo de gracia porque aún tenemos un hermano, y todavía «vamos con él por el camino». Ante nosotros se halla el juicio. Todavía podemos ponernos a buenas con él y pagarle la deuda que le debemos. Se acerca la hora en que caeremos en ma­nos del juez. Entonces será demasiado tarde, el derecho y la pena se aplicarán hasta sus últimas consecuencias. ¿Comprendemos que aquí el hermano no se convierte para el discípulo de Jesús en ley, sino en gracia? Es gracia poder ponerse a buenas con él, recono­cerle su derecho, es gracia poder reconciliarnos con el hermano. Él es nuestra gracia antes del juicio.

Sólo puede hablarnos el que, siendo nuestro hermano, se ha he­cho nuestra gracia, nuestra reconciliación, nuestra salvación antes del juicio. En la humanidad del Hijo de Dios se nos ha otorgado la gracia del hermano. Ojalá piensen en esto los discípulos de Jesús.

El servicio al hermano, que intenta complacerle, que respeta su vida y sus derechos, es el camino de la negación de sí mismo, el camino hacia la cruz. Nadie tiene mayor amor que quien da la vi­da por su amigo. Es el amor del crucificado. Y por eso esta ley só­lo se cumple en la cruz de Cristo.

  1. e) La mujer

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna. También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la expone a co­meter adulterio; y el que se case con una repudiada, comete adulte­rio (Mt 5, 27-32).

La vinculación a Jesucristo no abre paso al placer que carece de amor, sino que lo prohibe a los discípulos. Puesto que el segui­miento es negación de sí y unión con Jesús, en ningún momento puede tener curso libre la voluntad propia, dominada por el placer, del discípulo. Tal concupiscencia, aunque sólo radicase en una sim­ple mirada, separa del seguimiento y lleva todo el cuerpo al infier­no. Con ella, el hombre vende su origen celestial por un momento placentero. No cree en el que puede devolverle una alegría centu­plicada por el placer al que renuncia. No confía en lo invisible, si­no que se aferra al fruto visible del placer. De este modo se aleja del camino del seguimiento y queda separado de Cristo.

La impureza de la concupiscencia es incredulidad. Por eso hay que rechazarla. Ningún sacrificio que libere a los discípulos de es­te placer que separa de Jesús es demasiado grande. El ojo es menos que Cristo y la mano es menos que Cristo. Si el ojo y la mano sir­ven al placer e impiden a todo el cuerpo la pureza del seguimien­to, es preferible renunciar a ellos a renunciar a Jesús. Las alegrías que proporciona el placer son menores que sus inconvenientes; se consigue el placer del ojo y de la mano por un instante, y se pierde el cuerpo por toda la eternidad. Tu ojo, que sirve a la impura con­cupiscencia, no puede contemplar a Dios.

¿No resulta decisiva en este momento la pregunta de si Jesús dio a su precepto un sentido literal o figurado? ¿No depende toda nuestra vida de una respuesta clara a esta pregunta? ¿No se ha da­do ya la respuesta en la actitud de los discípulos? En estas pregun­tas decisivas, aparentemente tan serias, nuestra voluntad huye de la decisión. La misma pregunta es falsa y maligna. No puede tener respuesta. Si dijéramos que, naturalmente, no hay que entenderlo en sentido literal, debilitaríamos la seriedad del precepto; y si dijéramos que hay que interpretarlo literalmente, no sólo se pondría de manifiesto la absurdidad fundamental de la existencia cristiana, si­no que el mismo precepto perdería su fuerza. Sólo quedaremos firmemente ligados al mandamiento de Jesús en cuanto esta pre­gunta fundamental no sea respondida. No podemos inclinarnos a ninguna de las dos partes. Debemos obedecer a lo que se nos pro­pone. Jesús no obliga a sus discípulos a vivir en una convulsión in­humana, no les prohibe mirar, pero orienta sus miradas hacia él y sabe que la mirada sigue siendo pura aunque ahora se dirija a la mujer. De este modo, no impone sobre ellos el yugo insoportable de la ley, sino que les ayuda misericordiosamente con el Evangelio.

Jesús no invita al matrimonio a los que le siguen. Pero santifi­ca el matrimonio según la ley al declararlo insoluble y prohibir un segundo matrimonio cuando una de las partes se separa de la otra por adulterio. Con este precepto, Jesús libera al matrimonio del placer egoísta y malo, y lo pone al servicio del amor, que es la úni­ca posibilidad dentro del seguimiento. Jesús no injuria al cuerpo y a su deseo natural, pero rechaza la incredulidad que en él se oculta. Así, no disuelve el matrimonio, sino que lo consolida y santifica mediante la fe, y el que le sigue podrá continuar conservando, in­cluso en el matrimonio, su vinculación exclusiva a Cristo en la dis­ciplina y la negación de sí. Cristo también es el señor de su matri­monio. El que con esto el matrimonio del discípulo sea algo distinto al matrimonio civil no significa un desprecio del matrimonio, sino precisamente su santificación.

Parece que Jesús, al exigir la indisolubilidad del matrimonio, se opone a la ley veterotestamentaria. Pero él mismo da a entender su unión con la ley mosaica (Mt 19, 8). A los israelitas se les permi­tió dar el acta de divorcio «por la dureza de su corazón», es decir, sólo para precaver su corazón de un desenfreno mayor. Pero la ley veterotestamentaria coincide con Jesús en que su intención se orienta exclusivamente a la pureza del matrimonio, al matrimonio que es vivido con la fe en Dios. Esta pureza queda a salvo en la co­munidad de Jesús, en su seguimiento.

Puesto que a Jesús sólo le interesa la pureza perfecta de sus dis­cípulos, también ha de decir que la renuncia plena al matrimonio por amor al reino de los cielos es digna de elogio. Jesús no hace un programa del matrimonio o del celibato, sino que libera a sus discípulos de la    , de la fornicación, dentro o fuera del matri­monio, que no sólo es un pecado contra el propio cuerpo, sino tam­bién contra el mismo cuerpo de Cristo (1 Cor 6, 13-15). También el cuerpo del discípulo pertenece a Cristo y al seguimiento; nuestros miembros son miembros de su cuerpo. La fornicación es un peca­do contra el propio cuerpo de Jesús, porque él, el Hijo de Dios, tu­vo un cuerpo humano y porque nosotros tenemos comunidad con su cuerpo.

El cuerpo de Jesús fue crucificado. El apóstol dice de aquellos que pertenecen a Cristo han crucificado su cuerpo con sus vicios y concupiscencias (Gal 5, 24). El cumplimiento de esta ley vetero-testamentaria sólo es cierto en el cuerpo crucificado y martirizado de Jesucristo. La visión y la comunidad de este cuerpo que se en­tregó por ellos es para los discípulos la fuerza que les permite al­canzar la pureza que Jesús les ofrece.

  1. f) La veracidad

Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vues­tro lenguaje: sí, sí; no, no; que lo que pasa de aquí viene del malig­no (Mt 5, 33-37).

Hasta el momento presente, la interpretación de estos versos re­sulta extraordinariamente insegura en la Iglesia cristiana. Desde los tiempos primitivos, los exegetas oscilan desde la repulsa rigurosa de todo juramento, considerándolo pecado, hasta la recusación más suave del juramento y del perjurio frivolos. En la Iglesia antigua, la idea más ampliamente reconocida era la de que el juramento esta­ba prohibido, sin duda, al cristiano «perfecto», pero podía admi­tirse en los más débiles, dentro de ciertos límites. Agustín, entre otros, defendió esta opinión. Al juzgar el juramento coincidió con filósofos paganos como Platón, los pitagóricos, Epicteto, Marco Aurelio, que lo consideraban como indigno de un hombre noble.

Las Iglesias reformadoras, en sus confesiones, piensan que las pa­labras de Jesús no se refieren al juramento exigido por las autori­dades mundanas. Desde el principio, los argumentos fundamen­tales eran que el Antiguo Testamento mandaba jurar, que Jesús mismo juró ante el sanedrín y el apóstol Pablo se sirvió en muchas ocasiones de fórmulas semejantes. Para los reformadores tuvo una importancia decisiva en este punto la separación de los reinos es­piritual y mundano, junto con la prueba inmediata de la Escritura.

¿Qué es el juramento? Es la invocación pública de Dios como testigo de una afirmación que hago sobre algo pasado, presente o futuro. Dios, el omnisciente, vengará la mentira. ¿Cómo puede de­cir Jesús que este juramento es pecado, algo «satánico» que viene del maligno, ex xoñ jtovtiqoü? Porque él se refiere a la veracidad plena.

El juramento es la prueba de la mentira que reina en el mundo. Si el hombre no pudiese mentir, el juramento resultaría innecesa­rio. Por eso el juramento es un dique contra la mentira. Pero al mis­mo tiempo la fomenta; porque allí donde sólo el juramento reivin­dica la veracidad última, se concede simultáneamente un ámbito vital a la mentira, se le admite un cierto derecho a la existencia. La ley veterotestamentaria rechaza la mentira mediante el juramento. Jesús rechaza la mentira prohibiendo jurar. Tanto aquí como allí sólo se pretende una cosa: aniquilar la falsedad en la vida de los creyentes. El juramento que la antigua alianza colocaba contra la mentira quedó en manos de la mentira misma y fue puesto a su ser­vicio. Quería asegurarse mediante él y crearse un derecho. Por eso Jesús debe atrapar la mentira en el mismo sitio donde se refugia, en el juramento. Este debe desaparecer porque se ha convertido en re­fugio de la mentira.

El atentado del engaño contra el juramento podía tener lugar de doble forma: afirmándose bajo el juramento (perjurio), o introdu­ciéndose en la forma del mismo juramento. En este caso, la mentira en el juramento no necesitaba la invocación del Dios vivo, sino la in­vocación de cualquier poder mundano o divino. Cuando la mentira se ha introducido tan profundamente en el juramento, la única forma de poner a salvo la veracidad plena es prohibiendo el juramento.

Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Con esto, las palabras del discípulo no se libran de la responsabilidad que tiene ante el Dios omnisciente. Más bien, precisamente porque no se invoca de forma expresa el nombre de Dios, toda palabra del discípulo queda situa­da bajo la presencia natural del Dios que todo lo sabe. El discípu­lo de Jesús no debe jurar, porque sería imposible pronunciar una sola palabra sin que Dios la conociera. Cada una de sus palabras no debe ser más que verdad, de forma que no necesiten ser confirma­das con el juramento. El juramento sitúa todas sus otras palabras en las tinieblas de lo dudoso. Por eso viene «del maligno». El discípu­lo debe ser luz en todas sus palabras.

Con esto se rechaza el juramento, pero al mismo tiempo que­da claro que el único fin pretendido es el de la veracidad. El pre­cepto de Jesús no admite excepciones en ningún foro. Pero tam­bién hay que decir que la negación del juramento no debe servir de nuevo para ocultar la verdad. Cuándo se da este caso, o sea, cuándo hay que prestar juramento precisamente por amor a la verdad, no debe decidirse en general, sino que es el individuo quien ha de decidirlo. Las Iglesias reformadoras opinan que todo juramento exigido por la autoridad mundana se encuentra en es­tas circunstancias. Seguirá siendo discutible si es posible una de­cisión general de este tipo.

Lo que resulta indiscutible es que, cuando se da este caso, sólo se puede prestar juramento si, en primer lugar, resulta completa­mente claro y transparente el contenido del juramento; en segundo lugar, hay que distinguir entre juramentos que se refieren a hechos pasados o futuros que nos son conocidos y aquellos que tienen el carácter de un voto. Puesto que el cristiano nunca está libre de error en su conocimiento del pasado, la invocación del Dios omnis­ciente no pretende confirmar sus posibles afirmaciones erróneas, sino servir a la pureza de su conocimiento y su conciencia. Pero como el cristiano tampoco dispone nunca de su futuro, un voto con juramento, por ejemplo un juramento de fidelidad, representa de antemano para él grandes peligros. Porque el cristiano no sólo no dispone de su propio futuro, sino tampoco del futuro de aquel con quien se une en el juramento de fidelidad.

Por amor a la veracidad y al seguimiento de Jesús, resulta im­posible prestar un juramento de este tipo sin someterlo a la reser­va de la ciencia divina. Para el cristiano no existe ningún vínculo terreno absoluto. Un juramento de fidelidad que quiera ligar absolutamente al cristiano se convierte para él en mentira, es «del maligno». En tal juramento, la invocación del nombre de Dios nunca puede ser la confirmación del voto, sino única y exclusi­vamente el testimonio de que, en el seguimiento de Jesús, sólo estamos ligados a la voluntad de Dios, y todo otro vínculo por amor a Jesús está sometido a esta reserva. Si en caso de duda no se expresa o reconoce esta reserva, no puedo prestar juramento porque con él engañaría a aquel que me lo toma. Sea vuestro len­guaje: si, sí; no, no.

El precepto de la veracidad plena es sólo una nueva palabra en la totalidad del seguimiento. Sólo el que está ligado a Jesús en el seguimiento se encuentra en la verdad total. No tiene que ocultar nada ante su Señor. Vive descubierto en su presencia. Es recono­cido por Jesús y situado en la verdad. Está patente ante Jesús co­mo pecador. No es que él se haya manifestado a Jesús, sino que cuando Jesús se le reveló en su llamada se conoció a sí mismo en su pecado. La veracidad plena sólo existe al quedar descubiertos los pecados que también son perdonados por Jesús. Quien confe­sando sus pecados se encuentra ante Jesús en la verdad, es el úni­co que no se avergüenza de ella sea cual sea el lugar donde haya que proclamarla. La veracidad que Jesús exige de sus discípulos consiste en la negación de sí mismo, que no oculta los pecados. Todo es manifiesto y transparente.

Como la veracidad pretende desde el principio hasta el fin que el hombre quede completamente al descubierto ante Dios en todo su ser, en su maldad, suscita la oposición de los pecadores y es per­seguida y crucificada. La veracidad del discípulo tiene su único fundamento en el seguimiento de Jesús, en el que nos revela nues­tros pecados en la cruz. Sólo la cruz, como verdad de Dios sobre nosotros, nos hace veraces. Quien conoce la cruz no se avergüen­za ya de otra verdad. Para el que vive bajo la cruz no tiene sentido el juramento como ley expositiva de la veracidad, porque se en­cuentra en la verdad plena de Dios.

Es imposible ser veraces con Jesús sin ser veraces con los hom­bres. La mentira destruye la comunidad, mientras la verdad aniqui­la la falsa comunidad fundando una auténtica fraternidad. Es im­posible seguir a Jesús sin vivir en la verdad manifiesta ante Dios y los hombres.

Intolerancia religiosa

LISTA DE VIGILANCIA MUNDIAL 2015 

Aumenta la persecución a los cristianos

en todo el mundo

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Puertas Abiertas da a conocer la lista de los 50 países que más persiguen a la iglesia,

que sufre sobre todo donde el Islam es mayoritario.

AUTOR Daniel Hofkamp

MADRID 07 DE ENERO DE 2015 19:35 h

Una mujer cristiana observa su hogar destruido, en Pakistán (puesto 8 en la Lista de Vigilancia Mundial). / NBC

La persecución a cristianos en el mundo se ha incrementado durante el año 2014. Así lo comunica Puertas Abiertas, organización internacional dedicada a la defensa de los cristianos perseguidos que cada año, desde 2002, elabora su “Lista de Vigilancia Mundial” (World Watch List). La lista, que se da a conocer este miércoles 7 de enero, trae noticias “preocupantes”, comenta a Protestante Digital Ted Blake, director de Puertas Abiertas en España. “La persecución va en aumento. Ha subido 3 puntos porcentuales la media para poder entrar  en este top 50, por lo que detectamos un incremento significativo a nivel global”, expone Blake. “Por ejemplo, Arabia Saudí ha pasado del puesto 6 al 12, pero no porque hayan rebajado el nivel de persecución, sino porque ha aumentado en otros países”, explica el director de la entidad, que elabora la lista desde el año 2002.  

EL RADICALISMO ISLÁMICO, CONTRA LA LIBERTAD

La mayoría de los 50 países que aparecen en la lista tienen un factor común: en ellos, las leyes se ajustan en mayor o menor medida a la sharia, la doctrina islámica, según la cual no hay lugar para otra religión que no sea la musulmana. El islamismo se ha hecho notar de forma muy clara en Irak y Siria (puestos 3 y 4 de la lista) con la irrupción del Estado Islámico. Sin embargo, también se ha dado en otros países, sobre todo en África.  

int rel2Ted Blake, director de Puertas Abiertas España.  “Nos preocupa profundamente la violencia religiosa por parte del radicalismo islámico que va dirigida a los cristianos, porque vemos cómo los musulmanes no quieren mezclarse con los cristianos”, explica Ted Blake, que no ve además señales positivas por parte de los musulmanes. “Es muy difícil que haya una mejora en la situación de las libertades en el contexto musulmán. El islam no contempla la posibilidad de que haya otra religión aparte de la suya”, explican desde Puertas Abiertas. La consigna en muchos países es que “si no eres musulmán no mereces vivir. Y esta es una de las realidades que encontramos”.

ÁFRICA: CRISTIANOS EN PELIGRO

Uno de los aspectos destacados en la Lista de Vigilancia Mundial 2015 es el aumento de la persecución en países africanos que no solían aparecer. El país donde más se ha incrementado la persecución es Kenia, un país “de mayoría cristiana”, explica Ted Blake, donde “las incursiones de grupos radicales islámicos desde Somalia hacen mella en las comunidades cristianas, que son objetivo de sus ataques violentos”.

Un caso significativo es el de Nigeria, país que por primera vez ocupa un lugar entre los diez donde hay mayor persecución. “El grupo islámico Boko Haram quiere echar a los cristianos. Sobre todo en el 2015 quieren que no estén en su lugar de residencia a la hora de ejercer el voto ante las próximas elecciones presidenciales”, explica Ted Blake. Según los cálculos de Puertas Abiertas, unos 4.000 cristianos han sido asesinados este año por Boko Haram. Una masacre que además ha estado acompañada de secuestros de mujeres y niños. “Quieren destruir la base de la familia cristiana – advierte Ted Blake – atacando sobre todo a las mujeres, que son las mayores defensoras de la fe en la estructura social de Nigeria”.   Un mapa de la persecución a los cristianos en el mundo, este 2015.

EUROPA, EN EL PUNTO DE MIRA

La batalla contra el islamismo radical no se desarrolla sólo en Oriente Próximo, África o Asia, sino también en Europa. El ataque este miércoles a una revista satírica en Francia por reproducir viñetas de Mahoma muestra el peligro de la extensión de los radicalismos en el viejo continente. Para Ted Blake, en el ideario de muchos musulmanes “hay la intención de reconquistar Europa. Hablan de recuperar Al-Andalus, y tienen varias formas de llevarlo a cabo.

Una es con el hecho de la reproducción. Simplemente viviendo en Europa, como tienen entre cinco y diez hijos mientras que los europeos tienen entre uno y dos hijos. Por lo tanto en poco tiempo podrían ser mayoría”, explica. “Usando las leyes de libertad de religión y de pensamiento, ellos podrían llegar al poder y transformar las leyes para fundar estados islámicos en Europa. Hay estudios que hablan de mayorías musulmanas en Europa en pocos años y esto es una realidad que debemos tener en cuenta. Egipto hace unos 400 años era un país de mayoría cristiana. Setenta años después pasó a ser un país musulmán. Esto podría ocurrir en Europa también”, advierte el experto del ministerio Puertas Abiertas.  

COREA DEL NORTE, EN CABEZA

La lista de Vigilancia Mundial 2015 vuelve a estar liderada por Corea del Norte, algo que se repite desde el año 2002. El país asiático continúa siendo un lugar peligroso para los cristianos, de hecho, los indicadores de Puertas Abiertas muestran un empeoramiento de la situación. Sin embargo “hay algunos indicios subjetivos, algunas voces de personas que consideran que habrá un cambio de aquí a cinco años en Corea del Norte. Hay esperanza de que la situación mejore en un futuro no demasiado lejano”, agrega Ted Blake.  

MÉXICO Y COLOMBIA, EN LA LISTA

Dentro de la lista se encuentran países que parten de un contexto de libertad religiosa, pero en los que se está produciendo casos de persecución. Así sucede en México, que aparece en el puesto 38. “La corrupción y el narcotráfico generan violencia hacia los cristianos, sobre todo hacia aquellos que se oponen a que los jóvenes se involucren en el crimen organizado”, explica Blake.

Algo similar ocurre en Colombia, que vuelve a estar en la lista al no modificarse demasiado su situación con respecto al año anterior. “La persecución se localiza en lugares concretos, más bien rurales, y está sobre todo dirigida a comunidades protestantes. Los católicos no están sufriendo esta persecución. La sufren sobre todo los líderes, los pastores, que se oponen a la extorsión de grupos violentos”, explica Ted Blake. Ante todas estas circunstancias, Ted Blake pide que los cristianos sobre todo “oren” por los cristianos perseguidos. “Es lo más poderoso que podemos hacer (…) orar para que Dios actúe”. También se puede escribir cartas a los cristianos perseguidos o “incluso visitarlos”. Desde Puertas Abiertas animan asimismo a las personas a “estar informados” sobre la persecución a los cristianos, algo que llevan a cabo con regularidad desde su página web.  

LA LISTA DE 50 PAÍSES ES LA SIGUIENTE:   

  1. Corea del Norte 2. Somalia 3. Irak 4. Siria 5. Afganistán 6. Sudán 7. Irán 8. Pakistán 9. Eritrea 10. Nigeria 11. Islas Maldivas 12. Arabia Saudí 13. Libia 14. Yemen 15. Uzbekistán 16. Vietnam 17. Rep. Centroafricana 18. Qatar 19. Kenia 20. Turkmenistán 21. India 22. Etiopía 23. Egipto 24. Djibuti 25. Myanmar 26. Palestina 27. Brunei 28. Laos 29. China 30. Jordania 31. Bután 32. Islas Comoros 33. Tanzania 34. Argelia 35. Colombia 36. Túnez 37. Malasia 38. México 39. Omán 40. Mali 41. Turquía 42. Kazakistán 43. Bangladesh 44. Sri Lanka 45. Tayikistan 46. Azerbayán 47. Indonesia 48. Mauritania 49. Emiratos Árabes 50. Kuwait

Leer más: http://protestantedigital.com/internacional/34919/aumenta_la_persecucion_a_los_cristianos_en_todo_el_mundo

 

Intolerancia religiosa

Arabia Saudí impone

Pena de muerte

para quienes introduzcan Biblias al país

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 viernes, 12 de diciembre de 2014 | Acontecer Cristiano

El gobierno de Arabia Saudita ha aprobado una nueva ley que castiga con la muerte a cualquiera que intente ingresar Biblias de contrabando al país.

En un comunicado oficial, el gobierno saudí impone la pena capital a las personas que traigan al país drogas ilícitas y publicaciones que hablen de cualquier otra creencias religiosas que no sea el Islam.

Esto quiere decir que si alguien intenta ingresar Biblias o literatura evangelística al país, el material será confiscado y el portador será encarcelado y posteriormente condenado a muerte, según informa la agencia misionera Heart Cry.

«En el mundo moderno de hoy, todavía hay medios que los cristianos podemos utilizar para proclamar el Evangelio», señala Hear Cry en su página web. «No olvidemos que Dios nos dará las habilidades para hablar poderosamente a cualquier persona, sin embargo les pedimos que oren para que Dios hable a este país».

Arabia Saudita es el lugar de nacimiento del Islam, que influye, desde la Meca, sobre miles de millones y personas y en muchas culturas. «Roguemos al Señor para que se estreche este centro de influencia espiritual y dar a conocer su Palabra poderosa. Si hay un avance espiritual que glorifique a Cristo Jesús ocurrirá aquí, transformaría el Islam y a los sometidos a ella», dice la agencia misionera. AcontecerCristiano.Net

Teología y Posmodernidad -Curso de Actualización

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Sobre la aceptación del Bautismo Católico Romano

Ni el libro de Disciplina de la IMMAR, ni ningún acuerdo de la Conferencia General de la IMMAR han resuelto la cuestión acerca de si los metodistas en México hemos de tomar el sacramento del bautismo oficiado por la Iglesia Católica Romana como válido, o no. Escuchamos diferentes voces posicionándose de un lado y del otro, pero siempre a título personal.

Mientras no haya una resolución sobre el particular, se sobreentiende que permanece la libertad dentro de la IMMAR para pronunciarse en la instrucción y en la práctica en favor de cualquiera de las dos posibilidades, tanto en el nivel personal como en el congregacional.

A través del siguiente artículo, que es en realidad una compilación de respuestas derivada de algunas discusiones entre pastores metodistas del Distrito Rey de Reyes de la Conferencia Anual Oriental, podemos escuchar con sumo respeto y apertura una de las dos explicaciones posibles. La redacción corresponde al Pbro. David E. Almanza Villalobos, miembro de ese Distrito.

 


¿El bautismo católico es válido para los metodistas?

David AlmanzaLa decisión de aceptar o no el bautismo católico en la IMMAR, y específicamente por los pastores metodistas, es decisión personal. La Disciplina  no dice si el pastor metodista mexicano debe o no aceptar el bautismo católico. Por esa razón no hay ningún respaldo disciplinario que te obligue ni a rechazar ni a aceptar ese bautismo. Como ya lo dije, la decisión es personal, según tus razonamientos o convicciones.

Personalmente, NO lo acepto.

Las razones de algunos metodistas que se dicen “conservadores” para aceptar ese bautismo, son que 1) la fórmula trinitaria valida el bautismo como cristiano, y 2) efesios 4:5, “un bautismo”. Un tercer argumento sería, la apelación a que las personas que fueron bautizados de infantes en la iglesia católica romana, y que ahora están en la iglesia metodista, tienen frutos de cristianos y para ellos tuvo un significado especial su bautismo de niños, tanto que no quieren otro bautismo. ¿Es esta una doctrina bíblica o protestante? Según la Biblia, el bautismo reclama tres cosas:

  1.  Que el candidato sea cristiano previamente (o hijo de padres cristianos),
  2. Que el oficiante sea cristiano (el ministro),
  3. Y que la fórmula sea trinitaria.

Ahora bien, si yo acepto como válido el bautismo católico tendría que aceptar otras cosas como:

  1.  Aceptar que los padres de los niños bautizados son cristianos. Y no me refiero a la estadística, que dice que aquel que cree en Cristo es cristiano; me refiero a que hayan tenido un encuentro con el Señor Jesús, y sus vidas hayan sido transformadas de modo que anden según los principios bíblicos, y se hayan alejado de la idolatría y las falsas doctrinas romanas; mandamientos de hombres que se contraponen a la Biblia.
  2. Aceptar que el bautismo quita el “pecado original”.
  3. Aceptar que el ministro que bautiza, en este caso el sacerdote católico romano, es cristiano y por lo tanto, valido su ministerio, y por lo tanto, valido sus enseñanzas tales como: la transustanciación, María madre de Dios, la salvación por obras, María co-redentora, María inmaculada, el confesionario, el purgatorio, las indulgencias, la idolatría etc.

En la Iglesia Metodista de México, se tiene por costumbre que sólo un ministro ordenado, un Presbítero, puede ministrar los sacramentos. Tan es así que alguien que no está ordenado, tiene que tener un permiso expedido por su superintendente para ministrar la Santa Cena o para bautizar.

Pero al validar el bautismo católico, estamos entonces validado implícitamente a un sacerdote católico. ¿Les suena esto congruente? Pues si aceptamos lo antes dicho, habría que cambiar los artículos 328, 329 y 334 inciso “t”, de nuestro libro de Disciplina Metodista.

Si consideramos que un sacerdote católico romano puede bautizar y que es válido su bautismo, entonces ¿Por qué la IMMAR limita a los pastores suplentes, a los misioneros sin órdenes ministeriales, a los probandos de Distrito y probandos de la Conferencia?

Pienso que, validar el bautismo católico sólo por el uso de la fórmula trinitaria o por la idea inconsistente de “un bautismo”, es reducir y perder el significado del bautismo. Es la iglesia católica la que sostiene la doctrina de que los sacramentos actúan «ex opere operato», es decir, que contienen y conceden la gracia de Dios de manera inseparable, independientemente de quién otorgue y a quién se otorgue los sacramentos.

Si es necesario que el candidato (o los padres, si es un niño) llene los requisitos de arrepentimiento y fe en Cristo antes de recibir el bautismo, significa que el uso de la fórmula trinitaria o “un bautismo”, NO lo es todo. Por lo tanto, habría qué hacerse tres preguntas:

  1.  Puesto que la gente católica practica casi generalmente el bautismo de niños como un evento social, familiar y religioso, más que como un compromiso con Dios, ¿cómo podemos saber si los niños bautizados en la iglesia católica eran hijos de padres verdaderamente convertidos a Cristo? Si no lo eran, entonces el bautismo no tuvo ningún valor, por la sencilla razón de que el sacramento no actúa «ex opere operato».
  2. Es costumbre en la iglesia católica cobrar una cuota fija y determinada por ella para conceder el sacramento del bautismo, lo cual es una costumbre que hoy denominamos «simonía», por el intento de Simón el mago de pagar a Pedro y Juan el don de conceder los bienes celestiales (en ese caso de otorgar el Espíritu Santo), ¿no reduce y ofende el propósito y significado del bautismo como un sacramento de la gracia, al intercambiarlo por una cuota monetaria?
  3. La iglesia católica bautiza con el fin de borrar el pecado original, intención que denominamos «regeneración bautismal», doctrina en la que la iglesia metodista NO cree, lo cual hace que el bautismo católico ofrezca una cosa que no es posible, una obra que Dios no da al bautizado, ¿no hace esto que ese bautismo desmerezca su naturaleza al pretender una cosa que realmente no logra?

Nos contentaríamos con muy poco si damos por válido un bautismo con tantas deficiencias, tan alejado de la intención de Cristo cuando lo ordenó. Pablo rebautizó a los efesios de Hechos 19 debido a que su bautismo era incompleto. La confianza de Pablo en el nuevo bautismo no estaba en el uso de la fórmula trinitaria (misma que aparentemente ni siquiera usó en esa ocasión), sino en que los 12 efesios tuvieran fe en Cristo y así recibieran el Espíritu Santo.

De todos modos, si las tres consideraciones anteriores no representaran tanto valor para los metodistas que validan el bautismo católico, al menos habría que tomar en cuenta la primera. La primera es fundamental, sin esa fe previa en Cristo no habría salvación, y sin salvación no hay bautismo que valga.

Deben ser honestos ante su conciencia, ante la Biblia y ante Dios, y contestar a la pregunta ¿sus padres eran cristianos de fe cuando los llevaron a bautizar? Y, como dije, al final de cuentas cada pastor decidirá si acepta o no como válido el bautismo católico, pero debe haber un fundamento más completo que simplemente sostener el principio insuficiente y católico de que el bautismo vale únicamente porque se usó la fórmula trinitaria o por “un bautismo”. Pero pienso que la iglesia metodista y su cuerpo pastoral no deberían aceptar como válido el bautismo realizado en la iglesia católica y/o cualquier otra profesión de fe lejana a la ortodoxia cristiana protestante.

Notas de:

  • Libro de la Disciplina Metodista 2010-2014 de la IMMAR.
  • Manual de Doctrina Cristiana, Juan S. Banks.
  • http://www.corazones.org/diccionario/exopere_operato
  • Apuntes de Pbro. Bernabé Rendón Morales.
  • Catecismo de la Doctrina Cristiana, Editorial Enseña, México, D.F.