Categoría: Teología

El Precio de la Gracia (parte 5)

 

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Capítulo 4

El Seguimiento y la Cruz

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escri­bas, ser condenado a muerte y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Entonces Pedro, tomándole aparte, se puso a re­prenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, repren­dió a Pedro, diciéndole: « ¡Quítate de mi vista, Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!». Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si algu­no quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sí­game. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y peca­dora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles» (Mc 8, 31-38).

La llamada al seguimiento se encuentra aquí en relación con el anuncio de la pasión de Jesús. Jesucristo debe sufrir y ser rechaza­do. Es el imperativo de la promesa de Dios, para que se cumpla la Escritura. Sufrir y ser rechazado no es lo mismo. Jesús podía ser el Cristo glorificado en el sufrimiento. El dolor podría provocar toda la piedad y toda la admiración del mundo. Su carácter trágico po­dría conservar su propio valor, su propia honra, su propia dignidad.

Pero Jesús es el Cristo rechazado en el dolor. El hecho de ser re­chazado quita al sufrimiento toda dignidad y todo honor. Debe ser un sufrimiento sin honor. Sufrir y ser rechazado constituyen la ex­presión que sintetiza la cruz de Jesús. La muerte de cruz significa sufrir y morir rechazado, despreciado. Jesús debe sufrir y ser rechazado por necesidad divina. Todo intento de obstaculizar esta ne­cesidad es satánico. Incluso, y sobre todo, si proviene de los dis­cípulos; porque esto quiere decir que no se deja a Cristo ser el Cris­to. El hecho de que sea Pedro, piedra de la Iglesia, quien resulte culpable inmediatamente después de su confesión de Jesucristo y de ser investido por él, prueba que desde el principio la Iglesia se ha escandalizado del Cristo sufriente. No quiere a tal Señor y, co­mo Iglesia de Cristo, no quiere que su Señor le imponga la ley del sufrimiento. La protesta de Pedro muestra su poco deseo de sumer­girse en el dolor. Con esto Satanás penetra en la Iglesia. Quiere apartarla de la cruz de su Señor.

Jesús se ve obligado a poner en contacto a sus discípulos, de forma clara e inequívoca, con el imperativo del sufrimiento. Igual que Cristo no es el Cristo más que sufriendo y siendo rechazado, del mismo modo el discípulo no es discípulo más que sufriendo, siendo rechazado y crucificado con él. El seguimiento, en cuanto vinculación a la persona de Cristo, sitúa al seguidor bajo la ley de Cristo, es decir, bajo la cruz.

Sin embargo, la comunicación a los discípulos de esta verdad inalienable comienza, de forma curiosa, con el hecho de que Jesús vuelve a dejar a sus discípulos en plena libertad. «Si alguno quiere seguirme», dice Jesús. No se trata de algo natural, ni siquiera entre los discípulos. No se puede forzar a nadie, no se puede esperar es­to de nadie. Por eso dice: «Si alguno» quiere seguirme, desprecian­do todas las otras propuestas que se le hagan. Una vez más, todo depende de la decisión; en medio del seguimiento en que viven los discípulos todo vuelve a quedar en blanco, en vilo, como al princi­pio; nada se espera, nada se impone. Tan radical es lo que ahora va a decirse. Así, una vez más, antes de que sea anunciada la ley del seguimiento, los discípulos deben sentirse completamente libres.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Lo que Pedro dijo al negar a Cristo -«No conozco a ese hombre»- es lo que debe decir de sí mismo el que le sigue. La negación de sí mismo no consiste en una multitud, por grande que sea, de actos aislados de mortificación o de ejercicios ascéticos; tampoco signi­fica el suicidio, porque también en él puede imponerse la propia voluntad del hombre. Negarse a sí mismo es conocer sólo a Cristo, no a uno mismo; significa fijarnos sólo en aquel que nos precede, no en el camino que nos resulta tan difícil. De nuevo la negación de sí mismo se expresa con las palabras: él va delante, mantente fir­memente unido a él.

«Tome su cruz». Jesús, por su gracia, ha preparado a los dis­cípulos a escuchar estas palabras habiéndoles primero de la nega­ción de sí mismo. Si nos hemos olvidado realmente de nosotros mismos, si no nos conocemos ya, podemos estar dispuestos a llevar la cruz por amor a él. Si sólo le conocemos a él, no conocemos ya los dolores de nuestra cruz, sólo le vemos a él. Si Jesús no nos hu­biese preparado con tanta amabilidad para escuchar esta palabra, no podríamos soportarla. Pero nos ha puesto en situación de perci­bir como una gracia incluso estas duras palabras, que llegan a nos­otros en la alegría del seguimiento y nos consolidan en él.

La cruz no es el mal y el destino penoso, sino el sufrimiento que resulta para nosotros únicamente del hecho de estar vinculados a Jesús. La cruz no es un sufrimiento fortuito, sino necesario. La cruz es un sufrimiento vinculado no a la existencia natural, sino al hecho de ser cristianos. La cruz no es sólo y esencialmente sufrimiento, sino sufrir y ser rechazado; y estrictamente se trata de ser rechaza­do por amor a Jesucristo, y no a causa de cualquier otra conducta o de cualquier otra confesión de fe. Un cristianismo que no toma en serio el seguimiento, que ha hecho del Evangelio sólo un consuelo barato de la fe, y para el que la existencia natural y la cristiana se entremezclan indistintamente, entiende la cruz como un mal coti­diano, como la miseria y el miedo de nuestra vida natural.

Se olvidaba que la cruz siempre significa, simultáneamente, ser rechazado, que el oprobio del sufrimiento forma parte de la cruz. Ser rechazado, despreciado, abandonado por los hombres en el su­frimiento, como dice la queja incesante del salmista, es un signo esencial del sufrimiento de la cruz, imposible de comprender para un cristianismo que no sabe distinguir entre la existencia civil y la existencia cristiana. La cruz es con-sufrir con Cristo, es el sufri­miento de Cristo. Sólo la vinculación a Cristo, tal como se da en el seguimiento, se encuentra seriamente bajo la cruz.

«Tome su cruz»; está preparada desde el principio, sólo falta llevarla. Pero nadie piense que debe buscarse una cruz cualquiera, que debe buscar voluntariamente un sufrimiento, dice Jesús; cada uno tiene preparada su cruz, que Dios le destina y prepara a su medida. Debe llevar la parte de sufrimiento y de repulsa que le ha sido prescrita. La medida es diferente para cada uno. Dios honra a este con un gran sufrimiento, le concede la gracia del martirio, a otro no le permite que sea tentado por encima de sus fuerzas. Sin embargo, es la misma cruz.

Es impuesta a todo cristiano. El primer sufrimiento de Cristo que todos debemos experimentar es la llamada que nos invita a li­berarnos de las ataduras de este mundo. Es la muerte del hombre viejo en su encuentro con Jesucristo. Quien entra en el camino del seguimiento se sitúa en la muerte de Jesús, transforma su vida en muerte; así sucede desde el principio. La cruz no es la meta terrible de una vida piadosa y feliz, sino que se encuentra al comienzo de la comunión con Jesús.

Toda llamada de Cristo conduce a la muerte. Bien sea porque debamos, como los primeros discípulos, dejar nuestra casa y nues­tra profesión para seguirle, bien sea porque, como Lutero, debamos abandonar el claustro para volver al mundo, en ambos casos nos espera la misma muerte, la muerte en Jesucristo, la muerte de nuestro hombre viejo a la llamada de Jesucristo. Puesto que la lla­mada que Jesús dirige al joven rico le trae la muerte, puesto que no le es posible seguir más que en la medida en que ha muerto a su propia voluntad, puesto que todo mandamiento de Jesús nos orde­na morir a todos nuestros deseos y apetitos, y puesto que no pode­mos querer nuestra propia muerte, es preciso que Jesús, en su pa­labra, sea nuestra vida y nuestra muerte.

La llamada al seguimiento de Jesús, el bautismo en nombre de Jesucristo, son muerte y vida. La llamada de Cristo, el bautismo, sitúan al cristiano en el combate diario contra el pecado y el demo­nio. Cada día, con sus tentaciones de la carne y del mundo, vuelca sobre el cristiano nuevos sufrimientos de Jesucristo. Las heridas que nos son infligidas en esta lucha, las cicatrices que el cristiano conserva de ella, son signos vivos de la comunidad con Cristo en la cruz. Pero hay otro sufrimiento, otra deshonra, que no es ahorrada a ningún cristiano. Es verdad que sólo el sufrimiento de Cristo es un sufrimiento reconciliador; pero como Cristo ha sufrido por cau­sa del pecado del mundo, como todo el peso de la culpa ha caído sobre él, y como Jesús ha imputado el fruto de su sufrimiento a los que le siguen, la tentación y el pecado recaen también sobre el discípulo, le recubren de oprobio y le expulsan, igual que al macho cabrío expiatorio, fuera de las puertas de la ciudad.

De este modo, el cristiano se convierte en portador del pecado y de la culpa en favor de otros hombres. Quedaría aplastado bajo este peso si él mismo no fuese sostenido por el que ha llevado to­dos los pecados. Pero en la fuerza del sufrimiento de Cristo le es posible triunfar de los pecados que recaen sobre él, en la medida en que los perdona. El cristiano se transforma en portador de cargas: «Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6, 2).

Igual que Cristo lleva nuestra carga, nosotros debemos llevar las de nuestros hermanos; la ley de Cristo que debemos cumplir consiste en llevar la cruz. El peso de mi hermano, que debo llevar, no es solamente su suerte externa, su forma de ser y sus cualida­des, sino, en el más estricto sentido, su pecado. Y no puedo cargar con él más que perdonándole en la fuerza de la cruz de Cristo, de la que he sido hecho partícipe. De este modo, la llamada de Jesús a llevar la cruz sitúa a todo el que le sigue en la comunión del perdón de los pecados. El perdón de los pecados es el sufrimiento de Cris­to ordenado a los discípulos. Es impuesto a todos los cristianos.

Pero ¿cómo sabrá el discípulo cuál es su cruz? La recibirá cuan­do siga a su Señor sufriente, reconocerá su cruz en la comunión con Jesús.

El sufrimiento se convierte así en signo distintivo de los segui­dores de Cristo. El discípulo no es mayor que su maestro. El se­guimiento es una passio passiva, una obligación de sufrir. Por eso pudo Lutero contar el sufrimiento entre los signos de la verdadera Iglesia. También por eso, un trabajo preliminar a la Confesión de Augsburgo definió a la Iglesia como la comunidad de los que «son perseguidos y martirizados a causa del Evangelio». Quien no quie­re cargar su cruz, quien no quiere entregar su vida al dolor y al desprecio de los hombres, pierde la comunión con Cristo, no le si­gue. Pero quien pierde su vida en el seguimiento, llevando la cruz, la volverá a encontrar en este mismo seguimiento, en la comunión de la cruz con Cristo. Lo contrario del seguimiento es avergonzar­se de Cristo, avergonzarse de la cruz, escandalizarse de ella.

Seguir a Jesús es estar vinculado al Cristo sufriente. Por eso el sufrimiento de los cristianos no tiene nada de desconcertante. Es, más bien, gracia y alegría. Las actas de los primeros mártires dan testimonio de que Cristo transfigura, para los suyos, el instante de mayor sufrimiento con la certeza indescriptible de su proximidad y de su comunión. De suerte que, en medio de los más atroces tor­mentos soportados por su Señor, participan de la alegría suprema y de la felicidad de la comunión con él. Llevar la cruz se les revelaba como la única manera de triunfar del sufrimiento. Y esto es válido para todos los que siguen a Cristo, puesto que fue válido para Cris­to mismo.

Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Pa­dre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú…». Y alejándose de nuevo, por se­gunda vez oró así: «Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 39.42).

Jesús pide al Padre que pase de él este cáliz, y el Padre escucha la oración del Hijo. El cáliz del sufrimiento pasará de él, pero única­mente bebiéndolo. Cuando Jesús se arrodilla por segunda vez en Getsemaní, sabe que el sufrimiento pasará en la medida en que lo su­fra. Sólo cargando con él vencerá al sufrimiento, triunfará de él. Su cruz es su triunfo.

El sufrimiento es lejanía de Dios. Por eso, quien se encuentra en comunión con Dios no puede sufrir. Jesús ha afirmado esta frase del Antiguo Testamento. Precisamente por esto toma sobre sí el su­frimiento del mundo entero y, al hacerlo, triunfa de él. Carga con toda la lejanía de Dios. El cáliz pasa porque él lo bebe. Jesús quie­re vencer al sufrimiento del mundo; para ello necesita saborearlo por completo. Así, ciertamente, el sufrimiento sigue siendo lejanía de Dios, pero en la comunión con el sufrimiento de Jesucristo el su­frimiento triunfa del sufrimiento y se otorga la comunión con Dios precisamente en el dolor.

Es preciso llevar el sufrimiento para que este pase. O es el mun­do quien lo lleva, y se hunde, o recae sobre Cristo, y es vencido por él. Así, pues, Cristo sufre en representación del mundo. Sólo su su­frimiento es un sufrimiento redentor. Pero también la Iglesia sabe ahora que el sufrimiento del mundo busca a alguno que lo lleve. De forma que, en el seguimiento de Cristo, el sufrimiento recae sobre la Iglesia y ella lo lleva, siendo llevada al mismo tiempo por Cristo. La Iglesia de Jesucristo representa al mundo ante Dios en la me­dida en que sigue a su Señor cargando con la cruz.

Dios es un Dios que lleva. El Hijo de Dios llevó nuestra carne, llevó la cruz, llevó todos nuestros pecados y, con esto, nos trajo la reconciliación. El que le sigue es llamado igualmente a llevar. Ser cristiano consiste en llevar. Lo mismo que Cristo, al llevar la cruz, conservó su comunión con el Padre, para el que le sigue cargar la cruz significa la comunión con Cristo.

El hombre puede desembarazarse de esta carga que le es im­puesta. Pero con esto no se libera de toda carga; al contrario, lleva un peso mucho más insoportable y pesado. Lleva el yugo de su pro­pio yo, que se ha escogido libremente. A los que están agobiados con toda clase de penas y fatigas, Jesús los ha llamado a desemba­razarse del propio yugo para coger el suyo, que es suave, para coger su peso, que es ligero. Su yugo y su peso es la cruz. Ir bajo ella no significa miseria ni desesperación, sino recreo y paz de las almas, es la alegría suprema. No marchamos ya bajo las leyes y las cargas que nos habíamos fabricado a nosotros mismos, sino bajo el yugo de aquel que nos conoce y comparte ese mismo yugo con nosotros.

Bajo su yugo tenemos la certeza de su proximidad y de su comu­nión. A él es a quien encuentra el seguidor cuando carga con su cruz.

Las cosas no deben suceder según tu razón, sino por encima de tu ra­zón; sumérgete en la sinrazón y yo te daré mi razón. La sinrazón es la razón verdadera; no saber adónde vas es, realmente, saber adónde vas. Mi razón te volverá perfectamente irrazonable. Así fue como abandonó Abraham su patria, sin saber a dónde iba. Se entregó a mi saber, abandonando su propio saber, siguió el verdadero camino pa­ra llegar al fin verdadero. Mira, este es el camino de la cruz; tú no puedes encontrarlo, es preciso que yo te guíe como a un ciego; por eso, no eres tú, ni un hombre, ni una criatura, quien te enseñará el camino que debes seguir; seré yo, yo mismo, con mi Espíritu y mi palabra. Este camino no es el de las obras que te has escogido, ni el sufrimiento que te has imaginado; es el sufrimiento que yo te indico contra tu elección, contra tus pensamientos y deseos. Marcha por él, yo te llamo. Sé discípulo, porque ha llegado el tiempo y tu maestro se acerca (Lutero).

El precio de la Gracia (parte 5)

Dietrich Bonhoeffer
Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.
(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Capítulo 3

La Obediencia Sencilla

Cuando Jesús exigió al joven rico la pobreza voluntaria, este sabía que sólo era posible obedecer o desobedecer. Cuando Leví fue llamado a dejar su oficina de contribuciones, cuando Pedro fue llamado a abandonar sus redes, no cabía duda de que Jesús tomaba en serio esta llamada. Debían abandonarlo todo y seguirle. Cuando Pedro es llamado a la mar insegura, debe levantarse y arriesgarse a dar este paso. En todo esto sólo se requería una cosa: confiar en la palabra de Jesús, considerarla como un terreno mucho más firme que todas las seguridades del mundo.

En aquella época, los poderes que querían situarse entre la palabra de Jesús y la obediencia eran tan grandes como ahora. La razón discutía; la conciencia, la responsabilidad, la piedad, la ley misma y la autoridad de la Escritura intervenían para prevenir este extremo, este fanatismo anárquico. Pero la llamada de Jesús se abrió paso a través de todo esto e impuso la obediencia. Era la palabra misma de Dios. Lo que se exigía era la obediencia sencilla.

Si Jesús, por medio de la sagrada Escritura, hablase hoy de esta forma a uno de nosotros, es probable que argumentásemos del modo siguiente: Jesús manda una cosa muy concreta, es verdad. Pero cuando Jesús manda algo, debo saber que nunca exige una obediencia conforme a la ley; solo requiere de mi una única cosa: que yo crea. Y mi fe no esta ligada a la pobreza o a la riqueza, o a algo semejante; mas bien, en la fe tengo la posibilidad de ser ambas cosas al mismo tiempo, pobre y rico. Lo importante no es que yo carezca de bienes, sino que los tenga como si no los tuviese, que este libre interiormente de ellos, que no apegue mi corazón a mis riquezas. Por ejemplo, Jesús dice: vende tus bienes, pero quiere decir: Lo importante no es que hagas esto externamente, sino que conserves tranquilamente tus bienes, pero como si no los tuvieses. No apegues tu corazón a tus bienes.

Nuestra obediencia a la palabra de Jesús consistiría entonces en negarnos a la obediencia sencilla, por ser legalista, para ser obedientes «en la fe». Con esto nos diferenciamos del joven rico. En su tristeza, no pudo tranquilizarse diciendo: Es verdad que, a pesar de la palabra de Jesús, voy a seguir siendo rico; pero me liberare interiormente de mi riqueza y, sintiendo toda mi incapacidad pondré mi esperanza en el perdón de los pecados y estaré en comunión con Jesús por medio de la fe. Por el contrario, se alejó triste, perdiendo la fe al faltarle la obediencia. En esto, el joven se mostró totalmente honrado. Se separó de Jesús, y esta honradez se halla mas cerca de la promesa que una comunión aparente con Jesús basada en la desobediencia. Evidentemente, en opinión de Jesús, el joven se encontraba en una situación en la que no podía liberarse ante-reoriente de su riqueza. Es probable que lo hubiese intentado mil veces, como un hombre serio que busca.

Su fracaso lo revela el hecho de que, en el momento decisivo, no pueda obedecer a la palabra de Jesús. En esto se mostró honrado. Pero nosotros, con nuestra forma de argumentar, nos distinguí-

Nos completamente del oyente bíblico de la palabra de Jesús. Si Jesús dice a este: Abandona todo y sígueme, deja tu profesión, tu familia, tu pueblo y la casa de tu padre; este hombre sabe que solo puede responder a tal llamada con la obediencia sencilla, porque precisamente a ella se le ha concedido la comunión con Jesús. Pero nosotros diríamos: Sin duda, la llamada de Jesús debe «ser tomada totalmente en serio», pero la verdadera obediencia a ella consiste en que yo permanezca en mi profesión, en mi familia, y le sirva con libertad interior.

Jesús diría: ¡Sal! Pero nosotros sabemos que, en realidad, quiere decir: jQuédate dentro! Desde luego, como una persona que, en su interior, ha salido.

Jesús diría: No os preocupéis. Y nosotros entenderíamos: Naturalmente, debemos preocuparnos y trabajar por los nuestros y por nosotros mismos. Toda otra actitud sería irresponsable. Pero interiormente debemos sin duda estar libres de preocupaciones.

Jesús diría: Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y nosotros entenderíamos: Precisamente en el combate, precisamente devolviendo los golpes es como crece el verdadero amor al hermano.

Jesús diría: Buscad primero el reino de Dios. Y nosotros entenderíamos: Naturalmente, debemos buscar primero todas las otras cosas. Si no, ¿cómo podríamos subsistir? Jesús se refiere a la disponibilidad última a comprometerlo todo por el reino de Dios.

Siempre encontramos lo mismo: la supresión consciente de la obediencia sencilla, de la obediencia literal. ¿Cómo es posible tal cambio? ¿Qué ha ocurrido para que la palabra de Jesús haya debido prestarse a este juego, para que haya sido entregada de este modo a la burla del mundo? En cualquier parte del mundo donde se dan órdenes las cosas quedan claras. Un padre dice a su hijo: j Vete a la carnal, y el niño sabe muy bien de que se trata. Pero un niño educado en esta pseudo teología debería argumentar: Papá me dice: vete a la cama. Quiere decir: estas cansado; no quiere que yo este cansado.

Pero también puedo descansar jugando. Por consiguiente, mi padre ha dicho: vete a la cama, pero, de hecho, quiere decir: vete a jugar. Si el niño utilizase un argumento semejante con su padre, o el ciudadano con la autoridad, se llegaría a un lenguaje completamente claro: el de la sanción. Las cosas solo cambian cuando se trata de las órdenes de Jesús. Por lo visto, aqui hay que convertir la obediencia sencilla en pura desobediencia. ¿C6mo es esto posible?

Es posible porque, en el fondo de esta falsa argumentación, se da una cosa verdadera. La orden dirigida por Jesús al joven rico, es decir, la llamada a colocarse en una situación en la que es posible creer, tiene efectivamente por único fin llamar al hombre a la fe en Jesús, llamarlo a la comunión con él.

En definitiva, nada depende de tal o cual acto del hombre, sino de la fe en Jesús, en cuanto Hijo de Dios y mediador. Nada depende de la pobreza o de la riqueza, del matrimonio o del celibato, de la vida profesional o de la ausencia de ella, sino que todo depende de la fe. En esto tenemos razón hasta cierto punto; es posible creer en Cristo siendo ricos y poseyendo bienes de este mundo, con tal de que se tengan como si no se tuviesen. Pero esta es una posibilidad ultima de la existencia cristiana en general, una posibilidad con vistas a la espera seria de la vuelta inminente de Cristo, y no precisamente la posibilidad primera ni la más sencilla. La comprensión paradójica de los mandamientos esta justificada desde un punto de vista cristiano, pero nunca puede conducir a la supresión de una interpretación sencilla de los mandamientos.

Al contrario, solo está justificada y es posible para el que, en un punto cualquiera de su vida, ha intentado ya seriamente la experiencia de comprender las cosas con sencillez y, así, se halla en comunión con Jesús, le sigue y espera el fin. Comprender la llamada de Jesús paradójicamente es la posibilidad más difícil de todas, una posibilidad realmente imposible en el piano humano. Por eso corre el peligro continuo de transformarse en lo contrario, de convertirse en una escapatoria fácil, en una huida de la obediencia concreta.

Quien no sabe que le sería infinitamente más fácil comprender de forma sencilla el mandamiento de Jesús, obedecerlo a la letra -por ejemplo, abandonando realmente todos sus bienes en lugar de

Conservarlos no tiene derecho a interpretar paradójicamente la palabra de Jesús. Por tanto, esta interpretación paradójica del mandamiento de Jesús siempre debe incluir la comprensión literal.

La llamada concreta de Jesús y la obediencia sencilla tienen un sentido irrevocable. Jesús llama con ellas a una situación concreta en la que es posible creer en el; si llama tan concretamente y desea que se le comprenda de este modo es porque sabe que el hombre solo se vuelve libre para la fe en la obediencia concreta.

Donde la obediencia sencilla es eliminada fundamentalmente, la gratia cara del llamamiento de Jesús se transforma de nuevo en gratia barata de la auto justificación. Con esto se proclama también una ley falsa, que cierra los oídos a la llamada concreta de Cristo. Esta falsa ley es la ley del mundo, a la que corresponde y se opone la ley de la gratia. El mundo no es el que ha sido superado en Cristo y al que hay que vender de nuevo cada día en comunión con el, sino que se ha convertido en una ley rigurosa e intangible.

La gracia, por su parte, no es ya el don de Dios por el que somos arrancados del pecado y situados en la obediencia a Cristo, sino una ley divina general, un principio divino cuya aplicación solo depende del caso particular. El combate sistemático contra «el legalismo» de la obediencia sencilla resulta ser la más peligrosa de las leyes: la ley del mundo y la ley de la gracia. El combate sistemático contra el legalismo es el mayor legalismo de todos. No se puede triunfar del legalismo más que obedeciendo realmente a la llamada de Jesús al seguimiento, en el que Jesús mismo cumple y abroga la ley.

Donde la obediencia sencilla es eliminada fundamentalmente, se introduce un principio no evangélico de la Escritura. Entonces el presupuesto para comprender la Escritura consiste en disponer de una llave que sirva para esta comprensión. Pero esta llave no es ya el mismo Cristo vivo, que juzga y da la gracia, ni su uso depende solo del Espíritu santo vivificador, sino que la llave de la Escritura resulta ser una doctrina general de la gracia, de la que nosotros mismos podemos disponer.

El problema del seguimiento también aparece aquí como un problema hermenéutico. Toda hermenéutica evangélica debe saber claramente que no podemos identificarnos inmediatamente, sin más ni más, con los que han sido llamados por Jesús; más bien, los que han sido llamados en la Escritura toman parte en la palabra de Dios y, con ello, en la predicación del Evangelio. En la predicación no oímos solamente la respuesta de Jesús a la pregunta de un discípulo, pregunta que podría ser la nuestra, sino que pregunta y respuesta, ambas juntas, son objeto de la predicación en cuanto palabra de la Escritura. Por tanto, hermenéuticamente interpretaríamos mal la obediencia sencilla si quisiéramos actuar y seguir de forma directamente simultánea con el que ha sido llamado.

Pero el Cristo que nos es anunciado en la Escritura es, a través de toda su palabra, un Cristo que no da la fe más que al que le obedece. No tenemos el derecho ni la posibilidad de volver en busca de los acontecimientos reales tras la palabra de la Escritura, sino que, sometiéndonos a la palabra de la Escritura en su totalidad, es como somos llamados al seguimiento, precisamente porque no queremos violentar la Escritura en virtud de la ley, apoyándonos sobre el principio, aunque este principio sea el de una doctrina de la gracia.

Resulta, pues, que la interpretación paradójica del mandamiento de Jesús debe incluir la interpretación sencilla, precisamente porque no queremos proclamar una ley, sino predicar a Cristo. Con esto, parece ahora superfluo defenderse contra la sospecha de que, al hablar de la obediencia sencilla, lo hacemos de un carácter meritorio cualquiera del hombre, de un «facere quod in se est», de una condición preliminar indispensable de la fe. La obediencia a la llamada de Cristo no es nunca un acto arbitrario del hombre.

En sí, el abandono de sus bienes, por ejemplo, no constituye de ningún modo la obediencia exigida; muy bien podría suceder que semejante paso no significase la obediencia a Jesús, sino la fijación completamente libre de un estilo de vida personal, de un ideal cristiano, de un ideal de pobreza franciscana. Muy bien podría suceder que, al abandonar sus bienes, el hombre se aceptase a sí mismo y a un ideal, pero no al mandamiento de Gestas, quedando sin más prisionero de sí mismo en lugar de verse liberado. Porque este paso hacia la situación no es un ofrecimiento del hombre a Jesús, sino siempre la oferta graciosa de Gestas al hombre. El paso so- lo es legítimo cuando se da de esta forma, y entonces ya no es una posibilidad libre del hombre.

Dijo Jesús a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrara en el reino de los cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos». Al oír esto, los discípulos se asombraban mucho y decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándoles fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible» (Mt 19, 23-26).

Del asombro de los discípulos a propósito de estas palabras y de la pregunta que plantean para saber quién puede salvarse, se deduce que no consideraban el caso del joven rico como un caso especial, sino como el caso más corriente. En efecto, no preguntan: ¿Que rico?, sino, de forma general: ¿Quien» podrá salvarse?, precisamente porque todo el mundo, incluso los mismos discípulos, pertenecen a estos ricos para los que es tan difícil entrar en el reino de los cielos. La respuesta de Jesús confirma la interpretación que hacen los discípulos de sus palabras. Salvarse en el seguimiento es imposible a los hombres, más para Dios todo es posible.

III Congreso Conferencial de Doctrina Metodista CANCEN

III Congreso Doctrinal de la CANCENSe nos invita a participar en este congreso, a celebrarse en la ciudad de Durango, Dgo, el 17 y 18 de octubre próximo y comprenderá los siguientes

TEMAS Y EXPOSITORES

  • Perspectivas de la Bioética.

Objetivo: A la vista de las posibilidades nuevas que abre la genética como una de las ciencias jóvenes que nos habilita para la manipulación de los genes humanos; y de la libertad creciente alentada por el pensamiento humano y las concesiones que proveen las modificaciones a los códigos civiles para decidir sobre asuntos de la vida y la muerte, se confrontarán estas realidades con los principios bíblicos y cristianos, de modo que nos sea más fácil determinar la vía ética tanto en nuestras propias decisiones, como en nuestra orientación pastoral como consejeros en un mundo postmoderno.

Expuesto por la Mtra. Rosa María Garza Cervantes. Estudiante del Doctorado en Educación en la Universidad. Maestría en Bioética, Colegio de Bioética de Nuevo León A. C. (2009). Maestría en Educación con Especialidad en Desarrollo Cognitivo en el ITESM (1998). Licenciatura en Filosofía, con acentuación en Ciencias Humanas, en la Universidad de Monterrey (1987). Acreditación y Certificación como facilitador en Técnica Didáctica Aprendizaje Basado en Problemas en la Universidad de Maastricht, Netherlands (2001). Acreditación de Programa de Ética a través del currículum de la Univ. De Loyola. (2002). Especialidad en Tecnología Educativa en la Escuela de Graduados en Educación en el ITESM. Diplomado en Ética y Responsabilidad Social de la ANUIES (2006). Evaluadora y Supervisora de evaluadores acreditada en ÉTICA como parte del Quality Enhancement Plan (QEP) del Tecnológico de Monterrey como proyecto acreditado de la Southern Association of Colleges and Schools (SACS) (2008). Profesora acreditada para impartir el Taller de ÉTICA TRANSVERSAL para los profesores de la Vicerrectoría de Enseñanza Media de la Zona Metropolitana de Monterrey (2009). Diplomado en Docencia en el ITESM, acreditado por la Secretaría de Educación Pública. Directora General del Instituto Laurens, A. C. (julio 2011- marzo 2014). Directora del Dpto. Desarrollo Integral del Campus Eugenio Garza Sada del Tec de Monterrey (2006-2011). Presidenta de la Academia de Desarrollo Integral en la Vicerrectoría de Educación Media del Tec de Monterrey (2005 a 2010). Senadora Académica en la Vicerrectoría de Enseñanza Media (VEM) de parte del Campus Eugenio Garza Sada. (2008-2010 y reelecta para 2010-2012). Es escritora, asesora, investigadora y conferencista.

  • Influencias Helenistas en el Libro de Apocalipsis.

Objetivo: En vista de que los libros del Nuevo Testamento fueron escritos en el contexto de un mundo dominado por el idioma y la cultura de los griegos, y que resultaba casi imposible para cualquier escritor abstraerse de esa influencia, es posible encontrar hoy huellas helenistas en los libros sagrados del cristianismo. Para lograr en este Congreso equipar a los participantes con herramientas que les faciliten elaborar sus posturas relacionadas con el bosquejo de acontecimientos escatológicos, se explicará cómo el libro de Apocalipsis hace eco de creencias helenistas.

Expuesto por el Pbro. Jesús Caos Huerta González. Maestría en Ciencias de la Religión. (1990-1994)            Seminario Metodista Juan Wesley, Monterrey N. L., Licenciatura en Teología. (2012) General Board of Higher Education & Ministry, Certificado de Educación Continua. (1994-1997) Instituto Bíblico Nazareno, Monterrey N. L., Docencia Teológica. (1994-1997) Seminario Metodista Juan Wesley, Monterrey N. L., Docencia Teológica. (2011-2014) Universidad Nacional de Estudios a Distancia (UNED), Madrid, España, Exegesis Bíblica en Clemente de Alejandría, Uso e Interpretación de los LXX en el Pentateuco. (2009-2011) misma Universidad, Máster en El Mundo Clásico y su Proyección en la Cultura Occidental. (1998–2003) Universidad Autónoma de Baja California (UABC), Ensenada, B.C., Maestría en Ciencias de la Educación. (1997) Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) Monterrey, N. L. Estudios de Maestría en Letras Españolas. (1991-1996) Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) Monterrey N. L., Licenciado en Filosofía. (1998-2014) Catedrático en la Benemérita Escuela Normal Estatal (BENE) Ensenada, B. C. (2004-2014)   Catedrático en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) Ensenada, B. C. (2000-2004) Docente en varios colegios. Pastor y conferencista.

  • Hallazgos de la Orientación Escatológica en el Pensamiento de Juan Wesley.

Objetivo: Con el propósito de conocer los énfasis bíblicos, su importancia y su respectiva interpretación, en el pensamiento de Juan Wesley, se expondrán los signos que sus escritos nos dejan ver, como pauta que podría modelar la orientación escatológica de los metodistas de hoy.

Expuesto por el Pbro. Rubén Pedro Rivera Garza. Licenciatura en Teología del Centro Evangélico Unido; Licenciatura en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua; Maestría y Doctorado en Ministerio de la Universidad Visión dependiente del Instituto Fuller, de California, EUA; experiencia pastoral (incluyendo la Superintendencia del Distrito Occidental) de 62 años en la Iglesia Metodista de México, AR; actual pastor del proyecto misionero metodista en El Paso, Texas, E. U. A.

  • Amilenarismo y Premilenarismo en el Calendario Escatológico Bíblico.

Objetivo: En vista de que como denominación los metodistas no tenemos una postura oficial respecto al orden de los acontecimientos futuros relacionados con la Segunda Venida se Cristo, se expondrán las bases de las dos posturas más conocidas, llamadas amilenarismo y posmilenarismo, para ofrecer parámetros que podrían ser útiles a los participantes para la conformación de su postura personal.

Expuesto por dos pastores: Pbro. Bernabé Rendón Morales. Bachillerato en Teología de la Comunidad Teológica de México, en el D. F. (1972); Licenciatura en Teología del Seminario Metodista Juan Wesley, Monterrey, N. L. (1999); Especialidad en Consejería Familiar y Pastoral del Brite Divinity School, en Texas, EUA (2007), con Certificación del College of Pastoral Supervision and Psycotherapy de New York, EUA (2008); experiencia pastoral de 41 años en la Iglesia Metodista de México, AR; actual pastor de la Iglesia Metodista Bethel en la Ciudad de Chihuahua.

Pbro. Rodolfo Rivera de la Rosa. Licenciatura en Teología del Seminario Metodista Juan Wesley, Monterrey, N. L. (2000); Especialidad en Consejería Familiar y Pastoral del Brite Divinity School, en Texas, EUA (2007), con Certificación del College of Pastoral Supervision and Psycotherapy de New York, EUA (2008); experiencia pastoral de 13 años en la Iglesia Metodista de México, AR; actual pastor de la Iglesia Metodista La Trinidad en Chihuahua, Chih.

El precio de la Gracia (parte 4)

Dietrich Bonhoeffer
Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.
(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Capítulo 2 (Segunda parte)

LA LLAMADA AL SEGUIMIENTO

Por tanto hay que considerar este primer paso como la obra exterior consistente en cambiar una forma de existencia por otra. Todos pueden dar este primer paso. El hombre tiene libertad para ello. Es un acto dentro de la justicia civilis, en la que el hombre es libre. Pedro no puede convertirse, pero puede abandonar sus redes. Lo que se exige en los evangelios con este primer paso es una acción que abarque toda la vida. La Iglesia romana consideraba semejante paso sólo como la posibilidad extraordinaria del monaquismo, mientras que para los otros fieles bastaba estar dispuesto a someterse incondicionalmente a la Iglesia y a sus preceptos.

También los textos de las confesiones de fe luteranas reconocen de manera significativa la importancia de un primer paso. Después de haber eliminado conscientemente el peligro de un error sinergista, es posible y necesario dejar espacio libre a este primer acto exterior exigido por la fe; es el paso hacia la Iglesia, en la que se predica la palabra de la salvación.

Este paso puede ser dado con toda libertad, ¡Ven a la .Iglesia! Los domingos, puedes dejar tu casa e ir a escuchar la predicación. Si no lo haces, te excluyes voluntariamente del lugar donde es posible creer. Con esto, los textos de las confesiones de fe luteranas testimonian que son conscientes de una situación en la que es posible creer, y de otra en la que no es posible. Es verdad que esta idea permanece aquí en segundo plano, como si nos avergonzásemos de ella, pero existe bajo la forma de un conocimiento único e idéntico sobre la importancia del primer paso como acto externo. Seguir leyendo «El precio de la Gracia (parte 4)»

Una breve introducción a la teología

Will Graham(*)

 Déjame aclarar que la teología ni es una palabrota ni una enfermedad. ¡No, no, no! Tampoco una isla exótica ni de una marca de coche del Lejano Oriente.

19 DE JULIO DE 2014 

teol.breveintrdTeología. Parece una palabrota o una enfermedad letal, ¿verdad? No sé cuántas veces habré oído a predicadores hablando mal de la teología a lo largo de los años. Entonces: ¿Qué es? ¿De qué va? En este artículo de hoy, espero darte una cortita, chiquitita, pequeñita introducción a la teología. A lo mejor te sirve para algo.

Bueno, para empezar, déjame aclarar algo. La teología ni es una palabrota ni una enfermedad. ¡No, no, no! Tampoco se trata de una isla exótica ni de una marca de coche del Lejano Oriente.

Es una palabra compuesta. Existe un sinfín de palabras compuestas en el mundo de hoy. Tal vez la más famosa sea  Facebook.  Face  significa ‘cara’ y  book  ‘libro’. La palabra compuesta, pues, quiere decir ‘libro de caras’. Hay muchos ejemplos en castellano también, por ejemplo,  anteayer.  Ante  se refiere a ‘antes’ y  ayer  a ‘ayer’. Por lo tanto, la palabra compuesta  anteayer  significa el día antes de ayer. Otro ejemplo sería  agridulce .  Agri  proviene de ‘agrio’ y  dulce  de dulce. De allí que la palabra compuesta  agridulce  quiera decir agrio y dulce. Un ejemplo final podría ser  caracol . Tiene  cara ,  cara  de  col , por consiguiente decimos  caracol . ¡Qué no, es broma!

Entonces, ¿qué quiere decir teología? En términos actuales, la traducción más adecuada sería  el estudio de Dios.  Teo  proviene de teos  (Dios en griego) y la raíz de  logía  es  logos  (estudio, discurso, palabra, etc.). La teología es –lingüísticamente hablando- el estudio de Dios. Por esta razón, todos los cristianos tienen que ser teólogos (o sea, estudiantes de Dios). Hay que estudiar a Dios si decimos ser sus seguidores. ¡Así de sencillo!

La teología es bien necesaria en nuestros días por tantas razones. Aquí tienes tres.

Primero, la teología nos ayuda a identificar herejías y refutarlas eficazmente. Segundo, el estudio de la doctrina santifica nuestra mente y así cumplimos el mandato de Cristo en Mateo 22:37: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y  con toda tu mente”. Tercero, la teología nos da profundidad en las cosas del Señor. De esta manera nos alejamos de una fe superficial basada en nuestras emociones y sabiduría humana.

Puesto que hemos explicado el significado de la palabra, ahora podemos bosquejar el contenido de la teología. A grandes rasgos, se puede resumir la disciplina en seis puntos clave. Si coges cualquier libro de teología sistemática de tu estantería, los siguientes seis puntos aparecerán de alguna forma u otra. Y todo lo que se predica desde el púlpito semana tras semana se podrá colocar en una de las seis categorías.

¿Cuáles son? Pues, espera un momentito a que me coloque bien en la silla…

Ahora sí… ¿Listo?

1.- LA TEOLOGÍA PROPIA

La Teología propia se refiere a Dios tal cual es. Es el estudio de Dios mismo. Dios en sí. En esta primera categoría, estudiamos la persona y las obras de Dios. Aquí, pues, encontramos estudios sobre la naturaleza trinitaria de Dios y sus atributos (omnipresencia, eternidad, bondad, misericordia, etc.) Se resalta lo que la Biblia enseña acerca del carácter de Dios. La Teología propia también está interesada en estudiar los varios nombres de Dios registrados a lo largo de las Escrituras (Elohim, Adonai, Yahweh, etc.)

Como regla general, el estudio de la creación tiende a formar parte de la Teología propia. Algunos libros colocan la doctrina de la creación en el apartado de ‘Antropología’ (número dos en nuestra lista) o en otra sección aparte. Allí, claro está, entraría el estudio de los ángeles, los demonios y los seis días de la creación (entre otras cosas).

2.- LA ANTROPOLOGÍA

Antropología. No. Sé lo que estás pensando. No es otra palabrota. Significa  el estudio del hombre. Comienza estudiando la creación del hombre (y la mujer) a partir de Génesis. Una subdivisión importante en cualquier antropología teológica es el concepto de  Imago Dei  (imagen de Dios) empleado en Génesis 1:26-27.

Otro tema fascinante es el debate entre el dicotomismo (que el hombre es solamente cuerpo y alma) y el tricotomismo (que el hombre es cuerpo, alma y espíritu). Los dicotomistas creen que el espíritu es el alma mientras que los tricotomistas proponen que son distintos.

En cuanto a la Antropología, sin embargo, los temas más transcendentales tienen que ver con la doctrina de la caída en el huerto y las consecuencias de la misma en la historia humana.En algunos libros la Hamartiología (el estudio del pecado) tiene un capítulo propio, pero la mayoría de teólogos sistemáticos siguen considerándola como parte fundamental de la antropología. Hablar del hombre es hablar del pecado.

3.- LA CRISTOLOGÍA

Cristología. Quiere decir  el estudio de… ¿De qué? O mejor dicho, ¿de quién? ¿Puedes adivinar? Respuesta: el estudio de Cristo. ¡Claro que sí! ¡Bravo! Eres más listo que el hambre.

La Cristología suele ser bastante fácil. Los dos grandes bloques de cualquier Cristología se centran en su divinidad y humanidad. Jesús, al fin y al cabo, es mucho más que un mero hombre para los creyentes. Es Dios manifestado en carne. Por esta razón, el nacimiento virginal de Jesucristo es de mucho interés para la Cristología

Otra sección que suele formar parte de esos dos bloques es el estudio de los nombres de Cristo en el Nuevo Testamento tales como Hijo de hombre, Mesías, Hijo de David, Salvador, Siervo, Señor, etc. Todos estos términos arrojan más luz sobre el carácter de lo que la Iglesia primitiva creía acerca de Jesús de Nazaret.

4.- LA SOTERIOLOGÍA

Soteriología. ¡Mareee…! ¿Por qué tantos nombres raros? ¿Verdad? Pero no te preocupes. Pienso igual que tú. La soteriología no quiere decir el estudio del sótanosino el estudio de la salvación. En cierto sentido es una extensión de la Cristología ya que se centraliza en lo que Cristo hizo por su pueblo mediante su crucifixión y resurrección. No obstante, además de considerar la obra  objetiva  de Cristo llevada a cabo una vez y para siempre; la Soteriología se dedica a explicar la obra  subjetiva  que el Espíritu Santo realiza en cada creyente para que éste sea salvo.

En cuanto a la obra del Espíritu, cada vez más libros tienen un apartado enteramente asignado a la Pneumatología (el estudio del Espíritu). Es aquí donde se analiza tanto la personalidad como la divinidad del Espíritu Santo. Un tema polémico es el  ordus salutis  (el orden de la salvación) que desarrolla temas tan centrales a la teología como la predestinación, la presciencia, el llamamiento, la regeneración, la fe, el arrepentimiento, la justificación, la santificación, la perseverancia, la glorificación, etc. Las Iglesias de corte reformado (calvinistas) en España enfatizan que Dios salva en base a su elección mientras que las Iglesias arminianas creen que Dios salva porque prevé que el pecador le recibirá.

5.- LA ECLESIOLOGÍA

Eclesiología. Casi terminados. Tómate un respiro bien hondo. Bueno, no lo hagas si estás leyendo este artículo por debajo del agua. Eclesiología quiere decir  el estudio de la Iglesia. Los que son salvos forman parte de la Iglesia del Señor. Los temas más importantes de la Eclesiología son el gobierno de la Iglesia, sus ministerios y las ordenanzas (bautismo y Santa Cena).

A finales del siglo XX, se ha hecho mucho hincapié en la Misiología (el estudio de las misiones). Gracias al Señor, nos estamos dando cuenta de la imperiosa necesidad de predicar el Evangelio a toda criatura. La Misiología también nos está enseñando sobre la importancia de hacer obra social y de aplicar los principios del Reino de Dios a cada esfera de la vida (no solamente dentro de las cuatro paredes del Templo). Poco a poco la Iglesia va recuperando su voz profética.

6.- LA ESCATOLOGÍA

El último punto es el más difícil de todos. La escatología. ¿Qué es?  El estudio de las últimas cosas. Suele prestar bastante atención al libro de Apocalipsis y a las profecías no cumplidas del Antiguo Pacto. Es una de las áreas más emocionantes del estudio teológico, pero sigue siendo muy compleja y complicada. Abundan teorías sobre cómo interpretar el futuro venidero. Por eso muchos cristianos están divididos en este sentido.

Ahora bien, hay ciertos temas que son clarísimos, por ejemplo, la Segunda Venida de Cristo, el cielo y el infierno, etc. Pero hay muchos otros asuntos que causan controversia. Pongo un ejemplo: el milenio. ¿Cómo interpretarlo? Bueno, el premilenialismo dice que la Segunda Venida de Cristo ocurrirá  antes  del milenio. El posmilenialismo cree que Cristo volverá  después  del milenio. Y el amilenialismo proclama que  no habrá  milenio. Es posible ser evangélico y abrazar cualquiera de estas tres posturas. Otros temas bien debatidos son el rapto, el anticristo, la Gran Tribulación.

De nuevo, la escatología es un tema muy amplio. Existe mucha confusión y muchas especulaciones disparatadas al respecto. Si tienes una postura muy definida sobre las cosas del fin, mi consejo es que la mantengas con humildad y amor y que no seas demasiado dogmático. Somos salvos por la sangre de Cristo, no por nuestras suposiciones escatológicas.

CONCLUSIÓN

Ya está. Espero que los seis puntos te hayan ayudado a entender un poco mejor de lo que va la teología. Para recapitular:

1) La teología propia (el estudio de Dios)

2) la Antropología (el estudio del hombre)

3) la Cristología (el estudio de Cristo)

4) la Soteriología (el estudio de la salvación)

5) la Eclesiología (el estudio de la Iglesia)

6) la Escatología (el estudio de las últimas cosas)

Si tienes dos minutos libres, ¿por qué no aprendes la lista de memoria?

Sólo quiero añadir dos cosas más para terminar. En primer lugar, decir que hay bastantes libros de teología sistemática que ahora empiezan con la  Bibliología (el estudio de la Biblia) y luego hacen mención de la Teología propia. En segundo lugar, agradecerte por perseverar hasta el fin. Ahora puedes impresionar a tus amigos con todas las palabras tan largas que has aprendido hoy. ¡Enhorabuena! ¡Ánimo y adelante, querido  teologus fantasticus !

Autores: Will Graham©Protestante Digital 2014

 teol.will graham(*)Will Graham Predicador itinerante, escritor y profesor en el Centro Superior de Teología de las Asambleas de Dios (CSTAD).

 Nacido en Belfast, Irlanda del Norte en 1985, Graduado en Filología española y francesael Queen’s University  (Belfast) en el 2007 y posteriormente en Teología el CSTAD, en el 2011. Actualmente está cursando una maestría en Teología por el Instituto Teológico FIET. Desde 2012 es profesor de Pneumatología y Apologética en el CSTAD.

 Se congrega en la Iglesia de Comunidad de Amor Cristiano (Córdoba) y trabaja como profesor de inglés. Colabora frecuentemente con el libro devocional  Notas diarias  (España) y la revista digital  The New Cruse  [La vasija nueva] (Reino Unido).

Teología

Manuel Osorio

Nuestras fuentes de revelación

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Antes de que existiera la Escritura como fuente de revelación, los antiguos encontraron en la Creación su principal fuente. A través de ella pudieron vislumbrar al Dios Creador en su dimensión infinita. La creación atestiguaba sobre la realidad de Su existencia, sobre lo ilimitado de su poder y de su soberanía universal. No necesitaron leerlo en ningún manuscrito para creerlo, bastaba con ver la creación y eso era suficiente. ¿De dónde podría surgir tanta belleza, orden, equilibrio y misterio, si no era del Poder de Dios?

Lo que originalmente era obvio, hoy día es obsoleto. Suponemos que esa fuente de revelación ha perdido vigencia y la hemos reservado para el uso científico. Suponemos que la Escritura es una revelación superior y no una progresión de la anterior, suponemos que la Escritura es otra revelación y no una continuidad complementaria. Lo que de Dios hemos recibido desde el principio es tan valioso como lo que hemos recibido hoy, pues en Dios nada se puede considerar inferior.

teolog.teolog.saludCon esta visión de la teología nos estamos perdiendo mucho de lo que Dios nos dice para nuestra vida diaria. Por ejemplo, nos estamos perdiendo mucho de la teología para la salud y el bienestar de cada día. Desestimamos la forma en que Dios ha diseñado nuestros cuerpos y la manera en que este diseño nos alerta del cuidado que nos conviene tener de nosotros mismos. Cuando vamos al médico este solo confirma o trata de interpretar lo que nuestro cuerpo dice, cuando en realidad el que habla a través de el, es Dios. Alguien dirá ¡Un momento, Dios no habla así hoy día, y no habla de estas cosas! En realidad yo estoy convencido de que Dios hoy sigue hablando a través de su Creación.

Si la ciencia nos ayuda a comprender la creación y su funcionamiento, entonces puede ser también una herramienta hermenéutica que nos ayude a interpretar lo que Dios dice por medio de ella. Si la Creación y las Escrituras son fuentes complementarias y continuas de la revelación entonces mantener un equilibrio y conexión entre ambas nos darán un mensaje más amplio acerca de Dios. Lo cierto es que hay científicos que no ven la fe en lo creado, y creyentes no ven ciencia en lo que creen. Sin embargo con la Creación sucede lo mismo que con la Escrituras, por más que las escudriñamos no terminamos de verlo todo, y pienso que es así, porque ambas apuntan en una misma dirección: testificar de la grandeza del Dios infinito.