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Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 18

Chihuahua, Chih., 15 de mayo, 2015


En Aldersgate

Pbro. Bernabé Rendón MoralesDentro de unos días estaremos celebrando el aniversario número 277 de la experiencia que dio origen al metodismo. Un hombre que por 12 años había buscado la seguridad de su aceptación ante Dios, aquel miércoles, tres días después del Domingo de Pentecostés, a las 8:45 pm, en una de las reuniones caseras anglicanas que entonces se llamaban sociedades religiosas, en la modesta callejuela londinense de Aldersgate, alcanzó la tan anhelada seguridad. Por fin, el clérigo anglicano Juan Wesley fue convencido por la Palabra y el Espíritu de que Jesucristo había provisto desde su cruz todo lo necesario para su justificación.

La Reforma Protestante se originó de un debate doctrinal acerca de las indulgencias. Cada nueva iglesia que surgió en el siglo XVI fue al calor de los reclamos por volver a las Sagradas Escrituras. Y lo mismo fue con los movimientos reformados radicales, salvo contadas excepciones. Algunas iglesias radicales surgieron por contenciones debidas a veces a la doctrina, a veces a la organización, a veces al liderazgo. Lo que distingue, entonces, al metodismo, no es un origen por debates doctrinales, ni por pleitos de inconformes separatistas. El metodismo nació de un avivamiento, y el avivamiento nació de una experiencia, por lo que podemos decir con toda propiedad que somos hijos de una experiencia espiritual.Esto hace que pongamos un especial énfasis en las experiencias cristianas, que son una de las cuatro fuentes de nuestra teología, que, por cierto, en México estamos apartando el año 2015 para hacer hincapié en esta fuente, estamos en El Año de la Experiencia. Ninguna otra fuente teológica fue tan distintiva de los sermones wesleyanos como la experimentación de la fe, sin perder de vista, claro, que toda experiencia debía ser permeada por la sana doctrina de la Biblia. Nuestro recordado Foster Stockwell lo decía así: “(Wesley)… Apela más a la experiencia religiosa personal y a la conciencia íntima y constante de la presencia y obra de Dios. Con esta apelación se hace otra la apologética cristiana y se echan las bases de la teología evangélica moderna” (*).

Tipificar la clase de experiencia que vivió Wesley aquella noche cuando dijo, “Sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación; recibí la seguridad de que Dios había borrado mis pecados…”, es cosa complicada. No ha faltado quien haya dicho que recibió el bautismo con el Espíritu Santo como una experiencia posterior a la salvación. Esto sería imposible si tomamos en cuenta que la teología protestante ortodoxa, sostenida siempre por el mismo Wesley, explica que la palabra “bautismo” es una más entre las otras expresiones que se aplican a la llegada del Espíritu en la salvación, tales como “sello”, “arras”, “nacer de”, “adoptados mediante” el Espíritu. Y básicamente es imposible demostrar con las Escrituras que el bautismo con el Espíritu sea algo diferente a la experiencia de la salvación.

Tampoco se trató de una conversión, puesto que no vivía una vida perdida ni de incredulidad, sino que vivía una santidad progresiva y real, aunque haya sido por motivos erróneos. Y tampoco fue el día de su justificación, pues él nunca aceptó tal cosa. Se describía como una persona que había tenido antes una fe de esclavo, pero en quien dicha fe después había evolucionado a la de un hijo. Siempre tuvo fe en Cristo, aun cuando había fallas en ella, pero no debido a conflictos morales, sino a conflictos doctrinales internos.

Esto nos lleva, según parece, a la única conclusión posible: Su experiencia fue la de una iluminación de su entendimiento, gracias a la Carta a los Romanos, que lo llevó a descansar enteramente en los méritos de Cristo (en los cuales creía y de los cuales predicaba) mediante los cuales era aceptado por el Padre de toda misericordia. Fue como descubrir un tesoro que ya tenía, pero cuyo valor y alcances no entendió hasta esa noche.

Como haya sido, nos queda la sustancia del asunto. El cristiano es alguien que no sólo ha creído,  sino alguien que también ha experimentado algo con Dios. Cuenta con el testimonio del Espíritu en su propio espíritu, y está persuadido que hay un Dios invisible, vivo y poderoso cuyo amor realmente ha sido derramado en su corazón.

 Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Stockwell, B. Foster, La Teología de Juan Wesley y la Nuestra, Ed. La Aurora, Buenos Aires, 1962, pág. 25.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 17

Chihuahua, Chih., 30 de abril, 2015


Diez de mayo

Pbro. Bernabé Rendón Morales

El mes de mayo nos lleva, por asociación de ideas, al Día de las Madres, que en México se celebra el día 10. Es una fiesta conectada con nuestra denominación, dado que la primera vez que fue celebrada se debió a la iniciativa de una persona de identidad metodista, en los Estados Unidos de Norteamérica; y la primera vez que se hizo lo mismo en México, fue en un templo metodista de Oaxaca. Detrás de la fiesta está la admonición bíblica a honrar a nuestros padres en todas las formas posibles, como principio básico para la estabilidad social. No obstante, nos parece que, como siempre, habrá mucho del jolgorio que nos distingue a los mexicanos, pero poco de lo que significa en verdad honrar a una madre.

La cosmovisión bíblica contiene mucha carga androcéntrica puesto que fue redactada en una época eminentemente patriarcal. El entendimiento cristiano de lo que es la inspiración divina no nos impide aceptar que elementos culturales fueron incorporados en el proceso de la revelación de la Palabra de Dios. Comenzando con la identidad de nuestro Creador, origen y sustento de todas las cosas, es visto como alguien masculino, a pesar de que sabemos que la figura bíblica de Dios se construye con elementos antropocéntricos sólo para hacernos más claro quién es él y cómo actúa. Pero nuestro Creador no tiene figura humana ni de ningún tipo, y por ello no tiene definición sexual. Pero sería un escándalo para algunos si nos atreviéramos a referirnos a Dios como “ella”, pues se tomaría como una ofensa a la naturaleza divina.

Moltmann nos recuerda que el Espíritu Santo es la parte femenina de Dios (1), sólo por decirlo de alguna manera. La palabra para Espíritu (ruah Yahveh) en el Antiguo Testamento es totalmente femenina (gramaticalmente, es la Espíritu), mientras que en el griego del Nuevo Testamento (pneuma) se torna tanto femenina como masculina, y en español es palabra completamente masculina. La misma palabra es entendida de modo diferente por accidentes de lenguaje, no por inspiración divina. Es el Espíritu Santo quien nos engendra y provee el nuevo nacimiento, nacemos de él, que es una hermosa figura maternal. Por otro lado, las Escrituras echan mano de figuras femeninas para describir el amor y los cuidados de Dios, como cuando se le compara con el amor de una madre (Is. 49:15; 66:13) y el cobijo bajo las alas de una gallina (Mt. 23:37).

Son pocos los versículos en el Nuevo Testamento donde se instruye a que las mujeres se sometan a sus maridos y que no hablen en la iglesia, y son muchos aquellos donde se les concede la igualdad frente al varón. Pero no logramos llegar a una interpretación que equilibre el significado escriturario de esa igualdad. Las mujeres han sido violadas en todas las formas posibles dentro y fuera del hogar, pero nuestra hermenéutica patriarcal permanece insensible a ellas y a la intención redentora de Jesucristo por darles un lugar justo dentro de los ámbitos doméstico y eclesiástico.

La Dra. María Pilar Aquino describe el papel de la mujer indígena en la sociedad anterior a la conquista española, como participativa en la construcción de la economía, y era incluida en la toma de decisiones… estatus que le fue destruido con la conquista, gracias a la sociedad patriarcal de los europeos que con su religión enseñaron que el hombre era superior a la mujer (2). A la indígena y a la mestiza se le reconocieron únicamente dos papeles: la procreación y el trabajo forzoso no remunerado. Así que hemos adoptado la teología que dice que la mujer no puede ser igual al hombre, siguiendo aquella frase repetida en la Biblia, “sin contar a las mujeres ni los niños”. Por lo tanto, muchos han dejado de contarlas.

Si en verdad deseamos honrar a las madres, preguntémonos si es justo el trato que se les da en el hogar. Si está establecido por la Ley Federal del Trabajo que la jornada de trabajo diario es de ocho horas, ¿cuántas horas diarias las hacemos trabajar? Si la ley establece un día de descanso semanal, ¿cuál es el día de descanso de ellas? ¿Gozan de algún período anual de vacaciones, que es tan necesario? ¿Los maridos e hijos ayudan a conservar el orden y limpieza de la casa? Si el esposo y la esposa trabajan fuera de la casa, ¿se reparten por igual los trabajos domésticos y el cuidado de los hijos? ¿Es justo permitir que los hijos casados lleguen con todo y familias a comer de “la cocina de mamá”, sin llevar nada y dejando la casa tirada? ¿Se le ha preguntado dónde prefiere vivir cuando lleguen sus años en los que no pueda cuidarse sola? Y hay más preguntas para agregar. Todos sabemos que podemos bajarnos de su cuello y de sus rodillas, pero no de su corazón; pero, ¿su verdadera paz llega cuando los hijos se han ido a dormir o se han ido a sus propias casas?

Pbro. Bernabé Rendón M.

  1. Moltmann, Jürgen, El Espíritu Santo y la Teología de la Vida, Ediciones Sígueme, 2000, Salamanca, pág. 49, 50
  2. Aquino, María Pilar, Redescubrimiento (Simposio III), 1992, Dallas, pág. 124.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 16

Chihuahua, Chih., 16 de abril, 2015


La Estación de la Resurrección

Pbro. Bernabé Rendón Morales

Varias de las congregaciones metodistas mexicanas observan la sana costumbre de las iglesias históricas, consistente en guiarse tanto por el Leccionario como por el Calendario Cristiano. El primero es la guía de lecturas bíblicas para el culto dominical durante todo el año, y el otro es el seguimiento de las fechas de las celebraciones y énfasis que deben observarse en el mismo año. El Leccionario procura ir de acuerdo con las fechas del Calendario, y viceversa.

Es fácil detectar las ventajas de guiarse de este modo. Por un lado se evita la repetición de temas recurrentes en la mente del predicador, y por el otro se asegura que no queden fuera los temas no preferidos. Así se incluyen lecturas de toda la Biblia y no se dejan de lado los grandes acontecimientos del cristianismo. Por otro lado, ordenar los temas cristianos para asegurar la reflexión de ellos durante el año, refleja que los cristianos creemos en un Dios de orden. Pero sobre todo, el Calendario Cristiano gira alrededor de la vida y ministerio (terrenal y celestial) de Jesucristo, colocándolo en el centro de la liturgia y el mensaje de la iglesia cristiana. Las iglesias con mayor estética y sentido cúltico incluyen además colores, paramentos, vestimenta de sus ministros, símbolos e himnología acorde a cada fecha.

Es por eso que estamos en la Estación de la Resurrección, temporada que abarca desde el Domingo de Resurrección, para continuar rememorando los hechos del Cristo resucitado, hasta el Domingo de Pentecostés. Aún el día de Pentecostés puede ser visto como uno de los hechos grandiosos de la resurrección, pues Pedro une en un solo pensamiento la resurrección, seguida de la glorificación de Cristo en los cielos y, como consecuencia, el envío del fuego pentecostal por el mismo Señor (Hch. 2:32,33). De este modo, el Calendario Cristiano hace resaltar la Resurrección de Jesucristo como la fiesta máxima de la iglesia que se goza en su Señor, pues le concede la temporada más extensa entre las fiestas que se relacionan con la persona de él: Cuarenta días antes del Día de la Resurrección, y otros cincuenta días después, o sea, desde el inicio de la Cuaresma hasta el Domingo de Pentecostés.

La iglesia cristiana tiene a su fundador vivo, y de ese hecho fundamental depende la vida de ella. Del modo como decimos que ningún ser vivo ha generado su propia vida, sino que la ha recibido desde el exterior mediante la fecundación o la concepción, también decimos que eso mismo ocurre con la vida abundante que el discípulo de Cristo disfruta. Esta vida no es una fuerza errante en el espacio como lo sería la luz de un relámpago, o la electricidad en las nubes, sino que más bien es una vida contenida en alguien. No es una energía despersonalizada que algunos pudieran atrapar subiendo a lo alto de una pirámide o de una montaña levantando los brazos hacia lo alto. La vida sólo puede estar en lo que está vivo. Tampoco llega a un ser humano gradualmente del modo como aumenta la estatura o el conocimiento, sino en un momento, de estar muerto se pasa a estar vivo.

Por supuesto que el párrafo anterior se refiere a Jesucristo. La vida está en él, y llega con él. Para experimentar la vida es necesario que quien la dé esté pleno de vida. Así que se necesita a un Cristo resucitado para que alguien viva por causa de él. Esta es la ley de causa y efecto. El creyente vive porque alguien que vive reside en él. “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1ª Juan 5:12); “Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…” (Ga. 2:20). O como cantamos en aquel poderoso himno de resurrección “Él vive, él vive, imparte salvación. Sé que él viviendo está porque vive en mi corazón”.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 15

Chihuahua, Chih., 31 de marzo, 2015


Queremos ser felices

Pbro. Bernabé Rendón Morales

Este 20 de marzo se celebró apenas por tercera vez el Día Internacional de la Felicidad, luego de la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas para que se hiciera por vez primera el 20 de marzo de 2013. La finalidad es reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos, y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno.

Todo comenzó porque el rey de Bután decidió cambiar el PIB por el FIB (Felicidad Interna Bruta), sosteniendo que la producción y ganancias económicas no son suficientes para sustentar el bienestar humano. El programa de su gobierno intenta armonizar la estabilidad económica y social con los valores culturales, el cuidado del medio ambiente, y la procuración de un buen gobierno. Fue este país el que promovió lo que es ya una resolución de las Naciones Unidas.

Y pese a que la felicidad es algo muy complicado de cuantificar, según lo reconoce la propia ONU, el tema se puso de moda, y la encuestadora Gallup ya logró determinar que hay zonas en el mundo donde la población vive con mucha mayor satisfacción que en otras y, al frente de todas ellas está Latinoamérica. La lista la encabeza Paraguay y detrás aparecen Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Panamá, Venezuela, Costa Rica, El Salvador y Nicaragua. Otros estadígrafos han aplicado diferentes métodos de medición y consideran a los países escandinavos, con Dinamarca, Finlandia y Noruega a la cabeza, como los más felices del planeta.

La idea del FIB nos suena extraña, y más si proviene de un país con serios rezagos sociales como Bután, pero al menos va más allá del concepto simplista tan manejado en nuestros púlpitos de que la felicidad es una experiencia sólo interna y privada. No se le puede quitar razón al dicho de Ortega y Gasset de que “el hombre es él y sus circunstancias”. En realidad pocas denominaciones cristianas tienen tan claro esto en su memoria histórica como el metodismo, desde que el Rev. Wesley insistió, aún en la temprana época del Club Santo, en que la fe cristiana debe vivirse en contexto. “No hay santidad sino santidad social”, nos dijo. Y eso nos guía por derivación a entender la felicidad como algo social, no privado.

Jesucristo nos instruyó sobre la felicidad, pero no la dejó únicamente como un hecho personal entre cada uno de sus discípulos y Dios, sino que fue más adelante, descubriéndonos los diferentes senderos para llegar a ella por la vía de procurar el bien de los demás. En el manejo del griego que hace Mateo, nos explica que el Señor hablaba de makarios, la bienaventuranza (Mt. 5:3-12), cuyo antecedente hebreo es ashere. ¿Cómo llegar a la bienaventuranza? Siendo pobres en espíritu, siendo de los que lloran, teniendo hambre y sed de justicia (y no se refiere a la doctrina paulina de la justificación por la fe, pues aún no existían los elementos para construir ese dogma neo-testamentario), mostrando misericordia, teniendo un corazón limpio, trabajando por la paz, y sufriendo persecución tanto por causa de la justicia como por causa de Cristo.

Esto debiera hacernos suspirar por un México mejor, por una atmósfera que mejor represente los principios del Dios Creador. Hoy en la mañana escuché a un hombre cristiano orar con lágrimas durante uno de nuestros cultos matutinos de la Semana Santa. Orábamos por las próximas elecciones de junio de 2015. Él preguntaba a Dios por qué los mexicanos debemos ir a votar al mismo tiempo que hemos llegado a sufrir tanta desconfianza hacia quienes elegimos. Usó una frase lacerante, “Dios, no merecemos un México tan corrompido”. ¿Qué podemos hacer, además de orar y evangelizar, para que Dios derrame felicidad en un ambiente de tanto agravio por parte de quienes ejercen el poder humano en lugar de ejercer la autoridad de Dios? Muchos estamos esperando aparezca el hilo que guie hacia el origen verdadero del despido de Carmen Aristegui con todo su equipo, preguntándonos mientras, ¿tendrá esto que ver con la casa de siete millones de dólares? No estamos de acuerdo en que se nos despoje de los muy pocos periodistas comprometidos con su vocación.

Claro que en Cristo podemos descubrir el secreto de la vida, la maravilla de la bienaventuranza. Pero por eso mismo tenemos hambre de que este «suelo donde hemos nacido» (como dice la Canción Mixteca) sea también menos infeliz.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 14

Chihuahua, Chih., 15 de marzo, 2015


En pro de la mujer

Pbro. Bernabé Rendón Morales

El domingo pasado 08 de marzo, por disposición de las Naciones Unidas, conmemoramos el Día Internacional de la Mujer, una de las conquistas logradas por el movimiento pro liberación de la mujer, en sus dos oleadas identificadas en el siglo XX. Es motivo de pena para el sector varonil tener que aceptar que las condiciones favorables que las mujeres gozan hoy, superando las condiciones que las lastimaron hasta la primera mitad del siglo pasado, fueron conseguidas por ellas en medio de una desagradable oposición social. Qué bueno sería poder decir que ellas gozan de sus libertades modernas debido a que los varones se las concedimos por iniciativa propia, y de buena gana, como una dádiva de alguna evolución antropológica, o por la nobleza de alguna nueva caballerosidad que nos brotó, o mejor, porque hayamos sido finalmente iluminados por el Evangelio de Jesucristo… Pero no fue así.

De hecho, aún estamos lejos de conseguir un estatus de verdadera igualdad entre ambos sexos. Por ejemplo, todavía no hemos acabado de sanar del escozor que nos dejó Don Hilario Ramírez Villanueva, alcalde de San Blas, Nayarit, cuando este sábado 07 de marzo, mientras festejaba su cumpleaños mediante un dispendio de 15 millones de pesos, levantó el vestido de una joven en dos ocasiones, tratándola como si fuera un objeto, cosificándola, insultando su pudor. Y todavía de mayor trascendencia es la situación de desigualdad entre un hombre y una mujer ante las leyes de Las Bahamas, siendo las iglesias, en su mayoría protestantes, las principales opositoras a la corrección de esa anomalía jurídica.(1)

En la antigüedad, hasta una mente brillante como la de Platón describió a las mujeres como hombres que habían sido castigados mediante una reencarnación en seres inferiores.(2) Por su parte, el Corán en el Sura 4:38, establece que “El hombre tiene autoridad sobre la mujer, porque Alá ha hecho a uno superior al otro”, y enseguida faculta a los hombre para azotarlas, si es necesario(3). El Antiguo Testamento de nuestras Biblias, entre un montón de hechos discriminadores, nos cuenta que las mujeres eran tomadas como botín de guerra junto con los ganados (Nm. 31:32-35), que algunos personajes como David tenían varias concubinas (2° Sm. 16:21,22), que cuando Moisés legisló sobre el divorcio, sólo los hombres podían despedir a su mujer con carta de divorcio, pero no al revés (Dt. 24:1-4), y etc., etc.

Ante el panorama anterior, los cristianos necesitamos leer el Nuevo Testamento de tal manera que no parezca reflejar la misma injusticia, siendo que entendemos que Jesús vino a darle fin a la postración social y religiosa a la que fue sometida la mujer por siglos. El Evangelio del Hijo de Dios debe ser algo diferente. Pero para esto será necesario interrelacionar bien la exégesis gramatical de los textos bíblicos con la hermenéutica basada en los principios fundamentales de Gracia e Igualdad. Sí, porque mucho antes que la Revolución Francesa enarbolara los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad (consagrados en los colores de su bandera), San Pablo estableció, en el nombre de Cristo, esas aspiraciones humanas como pilares de la nueva comunidad cristiana, al escribir: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga. 3:28).

Inclusive, el día cuando la iglesia nació se echaron bases sobre las cuales el edificio debía levantarse, y fue la ocasión cuando San Pedro tomó el sustento profético escriturario para dejar claro que los ministerios cristianos no serían sólo prerrogativa masculina, sino que las mujeres estaban habilitadas por igual para asumirlos, al predicar: “Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán… sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán…” (Hch. 2:17,18). Y por esto es lamentable que el libro de la Disciplina de la IMMAR no aclare qué debería suceder con las pastoras que contraen matrimonio, vacío que propicia que algunos Obispos y Gabinetes no sepan qué hacer con ellas, de grado que pareciera que silenciosamente y sin trámite alguno se les han retirado sus credenciales ministeriales.

Que nuestros biblistas serios y profesionales nos ayuden a interpretar las Sagradas Escrituras, pero de tal manera que trascendamos a las antiguas categorías interpretativas que no coinciden con un Dios cuyos designios son sabiduría, aunque alguno que otro varón se ponga nervioso. ¿La mujer es inferior al hombre únicamente por ser mujer? ¿Que ella se calle y se someta nada más porque nació mujer? ¿Qué clase de Dios se comprometería con semejante aberración ideológica?

(1) Anuario 2015 de la Unión Nacional Interdenominacional de Sociedades Femeniles Evangélicas Cristianas, México, D. F., 2015, pág. 60,61.

(2) Platón, Diálogos (Diálogo de Timeo), Editorial Porrúa, S. A., México, D. F., 1971, pág. 720.

(3) Mahoma, El Corán, Editorial Época, S. A., México, D. F., 1982, pág. 59.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 13

Chihuahua, Chih., 28 de febrero, 2015


Cuaresma 2015

Pbro. Bernabé Rendón Morales Estamos ya en la estación del calendario cristiano denominada la Cuaresma, y así nos integramos a las aspiraciones de nuestros hermanos cristianos de todos los tiempos. Cuando los metodistas reconocemos a la Tradición como una de nuestras cuatro fuentes de información teológica, queremos decir que somos capaces de reconocer el trabajo del Espíritu de Dios a través de la historia de la iglesia, y que no suponemos un espacio vacío desde la era del Nuevo Testamento hasta hoy. Lo que otras generaciones entendieron y decidieron, bien apegadas a las Sagradas Escrituras, representa la herencia que hemos venido transmitiéndonos unos a otros, siendo lo que somos, un todo, un solo cuerpo, donde nos pertenecemos unos a otros trascendiendo distancias y tiempo, entre otras cosas.

La Cuaresma y la Semana Santa son derivados de la primera fiesta cristiana que fue acordada por los cristianos de la antigüedad. Ninguna de nuestras fiestas es más antigua que la celebración de la Resurrección del Señor. Y no sólo fue la primera, sino la principal de todas las solemnidades del pueblo cristiano. La acción rápida de la iglesia cristiana fue la de establecer el primer día de la semana como día de celebración semanal, y esto es observable desde la época de los apóstoles, como es el caso de Hechos 20:6-12.

Una referencia importante de ésta, la primicia de las fiestas cristianas, es la defensa escrita por Justino Mártir en su Primera Apología, enviada al Senado Romano en el año 150. En la parte final del documento él describe cómo era el orden de un culto cristiano. Esa descripción es de suma importancia pues no tenemos ninguna anterior a esa, cuando ni siquiera en el Nuevo Testamento hallamos un orden de culto preciso. Allí menciona dos veces que las reuniones cristianas eran celebradas el primer día de la semana, por la razón de que ese día había resucitado Jesucristo.

Luego se dio el paso natural, definir cuál domingo del año era el correcto para el Gran Día Anual de la Resurrección de nuestro Salvador. Esto fue sencillo tomando en cuenta que la Resurrección había ocurrido en los tiempos de la Pascua judía, así que quedó establecido el domingo posterior a la luna llena del equinoccio de primavera. Más tarde se estableció la Cuaresma como tiempo de preparación necesaria para llegar dignamente al Día Anual de la Resurrección; y todavía más tarde se acordó guardar la Semana Santa y el Miércoles de Ceniza como partida de la Cuaresma.

Por cierto, resulta difícil hallar el beneficio que obtenemos la mayoría de las iglesias evangélicas de México (incluidos los metodistas) al abstenernos de observar el Miércoles de Ceniza. Nuestra antipatía, abierta o disimulada, hacia el catolicismo nos ha hecho perder una oportunidad para la contrición de espíritu. Para los judíos sinceros del Antiguo Testamento era frecuente mostrar su dolor a través de la aplicación de ceniza, y Dios se agradaba de esa acción. El mismo Jesús lamentó que algunas ciudades no hubieran llegado al tipo de arrepentimiento mostrado a través de la ceniza (Mateo 11:21). Es increíble cómo pesan más en nuestra conciencia nuestros prejuicios que los mismos principios bíblicos.

La espiritualidad cristiana no se integra sólo de gozo, música y algarabía, incluye también el dolor, la pena ante Dios porque no hemos llegado a ser lo que él espera, porque no hemos amado lo suficiente ni a él ni a nuestros semejantes, porque hemos pecado después de conocer la verdad, porque nuestra sociedad sufre dolores de parto sin dar a luz nada, porque no hemos odiado suficientemente lo que el Señor odia, ni hemos amado tanto como podríamos hacerlo aquello que él ama.

Necesitamos ver el dolor del Nazareno por causa de nosotros, vislumbrar su entrega ensangrentada por personas como nosotros a quienes él procuró redimir, y reflexionar sobre estas cosas. Para esto es la Cuaresma, porque, ¿cómo podríamos celebrar de manera sensata y esperanzadora la Resurrección de Jesús, si no vemos cuánto dentro de nosotros, y fuera de nosotros, refleja de tantas maneras el aluvión de muerte?

“Así que, celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1ª Corintios 5:8).

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 12
Chihuahua, Chih., 15 de febrero, 2015


El Dios de las naciones

Pbro. Bernabé Rendón Morales

Una de las doctrinas fundamentales del metodismo es la declaración arminiana de que el sacrificio de Cristo fue efectuado por todo el género humano, que su gracia es universal, que desde la cruz Dios ofrece su abrazo redentor sin distingo a todo ser humano. Hoy no pretendemos abordar tan atractivo tema, sino trasladar este énfasis tan nuestro a las actitudes que nos dirigen desde nuestro interior.

El mes pasado (enero), como lo recordaremos, el semanario francés Charlie Hebdo sufrió un atentado donde once personas perdieron la vida (y enseguida también un policía), perpetrado por dos terroristas pertenecientes a Al Qaeda, indignados porque se habían publicado caricaturas satíricas de Mahoma. Una de las cosas que nos llamó la atención fue que el gobierno francés, entre varias medidas importantes que de inmediato tomó, fue la de hacer un llamado a evitar las injustificables venganzas contra la comunidad musulmana de Francia. Y había razón, porque el corazón humano es proclive a la discriminación generalizada. Esa misma noche en el país varias mezquitas fueron atacadas, inclusive con granadas y disparos. Y esto a pesar de que líderes musulmanes en el mundo habían condenado el acto violento contra el personal del Charlie Hebdo.

El conflicto árabe-israelí tuvo una expresión candente a mediados del año pasado, con el intercambio de misiles entre Gaza e Israel. La historia que se ha sufrido en ese desdichado pedazo de tierra por más de medio siglo, es una de las situaciones críticas más tristes que nos heredó el siglo XX. Las Naciones Unidas resolvieron en 1947 la partición de Palestina entre judíos y palestinos, para convivir en paz. Obviamente, la medida ofendió a los palestinos que ya vivían allí, pues no veían razón para ser obligados a compartir su espacio, y menos cuando siendo mayoría se les asignó la menor parte del territorio. Vinieron las guerras donde miles de palestinos fueron echados de su patrimonio convirtiéndose ahora en refugiados, e Israel se adueñó de porciones de tierra que no se les concedió en un principio. Y como un insulto agregado, han estado construyendo asentamientos israelíes en los territorios ocupados. Israel no ha logrado aplicar las resoluciones de las Naciones Unidas relacionadas con la devolución de esos territorios, de no construir más en ellos, ni de suspender la proclamación de Jerusalén como su capital. Y los palestinos no han colaborado lo suficiente para aceptar la creación del Estado Palestino en las condiciones acordadas a sus espaldas en 1947.

Por supuesto que estas actitudes han ocasionado que tanto judíos como palestinos incurran en errores bastante irracionales como lo son los ataques masivos con armas sofisticadas y los actos de terrorismo. Huelga decir que el gobierno mexicano fue uno de los muchos que condenaron el ataque masivo con misiles con que Israel, con respaldo de los Estados Unidos e Inglaterra, devastó a la población de Gaza. El actual primer ministro israelí no ha sido de mucha ayuda, pues está muy lejos de la labor ejemplar en pro de la paz que en su momento realizaron grandes estadistas judíos como Shimon Peres e Isaac Rabin (este último asesinado por un judío fanático).

Esto y mucho más estaba detrás del difícil conflicto con Gaza en 2014. No obstante, en los redes sociales llovieron comentarios de personas cristianas que tomaron partido en apoyo a Israel, sin mediar ningún análisis del conflicto, y menospreciaron a los palestinos, basándose sólo en citas bíblicas mal entendidas. Cuando no nos auxiliamos con los principios de la hermenéutica para entender y aplicar la Biblia, podemos, incluso, usarla como un arma de injusticia contra distintas agrupaciones humanas que no nos son afines. Dios no es la deidad local de Israel, es el Dios de todas las naciones. Algunos discriminamos a los musulmanes porque no creen como nosotros, porque son diferentes a nosotros, y podemos hasta usar la Biblia de Dios para encausar esa proyección carnal proveniente de nuestro interior.

Dios no tiene pueblos, razas ni naciones de su preferencia. Él no va a cerrar sus ojos ante los desmanes de ningún pueblo porque éste diga que es el pueblo preferido de Dios. Los judíos sufrieron una discriminación inhumana durante el holocausto y hay que evitar que se repita, pero ellos no deberían, bajo ninguna circunstancia, discriminar a los palestinos musulmanes. Y nosotros tenemos que examinarnos para saber de qué espíritu somos. Tendríamos que madurar nuestra cosmovisión y caer en la cuenta de que es verdadero el descubrimiento que hizo Pedro: “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hch. 10:34,35).

Por supuesto que nuestro deber cristiano es procurar la evangelización de los musulmanes, pero esa tarea debiera venir hasta después de que aprendamos a respetarlos, incluso respetar sus creencias aunque no estemos de acuerdo con ellas, del mismo modo como Dios nos amó antes de nuestra salvación y no gracias a ella (Ro. 5:8). El amor de Dios es más universal de lo que a veces suponemos. Él ama la “verdad en lo íntimo” (Sal 51:6), por lo que es indispensable limpiar nuestro corazón de actitudes ajenas a él, como lo es la descalificación, la animadversión, la discriminación, el menosprecio de quienes no se parecen a nosotros.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 11

Chihuahua, Chih., 31 de enero, 2015


Acerca del Amor

1a
Pbro. Bernabé Rendón Morales

Febrero, el mes del amor, nos remite al más exaltado poema sobre el amor que encontramos en la Biblia, escrito por San Pablo en 1ª Corintios 13. Ni con siglos transcurridos desde su composición, hemos logrado ponderarlo ni disfrutarlo cabalmente. Termina afirmando (v. 13) que, por encima de sacrificios filantrópicos, revelaciones del Espíritu y un conocimiento perfecto, quedará lo mejor: la fe, la esperanza y el amor; pero hace sonar su nota todavía más alta al afirmar que, dentro de estas tres virtudes teologales que son lo mejor, el más grande dentro de los grandes es el amor.

La idea de llamar a esta tríada de 1ª Co. 13:13, “virtudes teologales” inicia de manera vaga con San Agustín en el siglo V, para madurar de manera leve con Pedro Lombardo (teólogo italiano a quien mucho admiró Martín Lutero en su juventud) en el siglo XII, y de una manera completa en Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII. La teología que desarrollaron ellos, tanto como los reformadores en el siglo XVI, es tan extensa como hermosa. Según los teólogos antiguos, se llaman “teologales” porque se refieren a Dios de manera directa (su origen -provienen de él- tanto como su motivo y su objeto) y sirven para disponer a los cristianos en los diversos aspectos de su relación con Dios. De ahí que sean fundamentales en la existencia de los que por gracia son hijos de Dios, pues vivifican todas las demás virtudes.

Fueron llamadas también “infusas” por querer decir que sólo provienen de Dios, no del corazón humano, y son posibles en la vida del hombre únicamente cuando Dios las concede o las infunde mediante el Espíritu Santo. Las alude Santo Tomás en los siguientes términos: “Tienen a Dios por objeto, en cuanto que a través de ellas las personas se ordenan rectamente a Dios; son infundidas por Dios solo; son conocidas sólo a través de la revelación de Dios en la Escritura». Pero, aun cuando son teologales pues relacionan al creyente con su Dios, también tienen reflejos en el dinamismo humano, de modo que, refiriéndonos al amor, porque se ama a Dios se ama también al prójimo. Se proclaman con dos pulmones, por ser personas en Cristo, amamos al Padre para luego amar también a nuestro hermano.

A pesar de no tratarse de un texto bíblico ni de alguno de nuestros himnos, la canción What the World Needs Now is Love (Lo Que el Mundo Necesita Hoy es Amor), compuesta por Hal David y Burt Bacharach, nos conduce de manera tierna a través de frases envueltas en una cautivante melodía, a la misma conclusión que encarecen nuestros teólogos. Ellos apelan con fuerza a nuestra razón, mientras que esta canción con su atractivo popular, respetadas las debidas proporciones, coloca las ideas en la parte emocional de nosotros. No hay discusión, la mayor necesidad que tenemos como personas, matrimonios, familias, iglesias y naciones, es aprender a amarnos, alcanzar el ideal de la virtud teologal superior a todas, y que será una derivación de nuestro amor a Dios, cuando todos lo conozcamos en verdad.

LO QUE EL MUNDO NECESITA AHORA ES AMOR

Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor;
Es la única cosa de la que hay demasiado poco.
Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor.
No, no sólo para algunos, sino para todo el mundo.
Señor, no necesitamos otra montaña;
Hay montañas y laderas suficientes para subir,
Hay océanos y ríos suficientes para cruzar,
Lo suficiente como para durar hasta el fin de los tiempos.

Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor;
Es la única cosa de la que hay demasiado poco.
Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor.
No, no sólo para algunos, sino para todo el mundo

Señor, no necesitamos otro prado;
Hay campos de maíz y campos de trigo suficientes para crecer,
Hay rayos de sol y rayos de luna suficientes para brillar.
Oh, escucha Señor.

Si quieres saber…
Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor;
Es la única cosa de la que hay demasiado poco.
Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor.
No, no sólo para algunos; oh, pero sólo para cada uno,

Para todo el mundo

Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor;
(Espera, espera, es amor).
Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor;
(Oh, oh, es el amor).
Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor
(Espera, espera, es amor).

Para escuchar la melodía, lo mejor es recurrir a la voz de la primera persona que la interpretó en la década de los 60, Jackie DeShannon, disponible en el siguiente enlace:

http://youtu.be/YUaxVQPohlU.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 10

Chihuahua, Chih., 31 de diciembre, 2014


1a
Pbro. Bernabé Rendón Morales

Con nuestra gratitud a Dios se nos fue el 2014, y con nuestra confianza en él nos llega fresco el nuevo 2015. Medir el tiempo en tramos largos, como por ejemplo por años, es un hábito creciente en nuestra mentalidad, en parte obligados por la conciencia de que sacrificar el largo plazo en pro del corto plazo es lo que ha malogrado el equilibrio ecológico. Nos hemos regalado comodidad y placeres inmediatos, aunque para disfrutarlos hayamos tenido que dañar permanentemente el ecosistema.

No obstante, no podemos pasar por alto el que la Biblia nos hable tan poco acerca de la celebración de cumpleaños, fiesta indispensable para nosotros hoy. Por supuesto que nada tenemos contra la celebración de nuestros años y aniversarios, ya que son uno de los recursos familiares para ponernos en el centro por un día. Esto es saludable para contribuir a una saludable autoestima. Pero en la mentalidad judía no estaba tan presente tal costumbre. Los únicos dos cumpleaños mencionados fueron de personajes ajenos al pueblo israelita (Gn. 40:20; Mt. 14:6). En esta línea, suena a exageración el manejo ingenuo de la Navidad como la celebración del cumpleaños de Jesús, idea que tiene más referencia a nuestras costumbres que a alguna expectativa que Jesucristo pudiera tener. La Navidad hace referencia a algo más grande, al hecho salvífico de un Dios de gracia hacia un mundo sin méritos, y no a un vano festejo cumpleañero.

Es claro que el Canon Hebreo es un documento sobre las grandes convocaciones para las fiestas anuales de la nación judía, pero también es claro que, al tratarse del tema de nuestra vida, se prefiere contar los días que los años, y permanece el mismo énfasis en el Canon Cristiano.

Al evaluar la vida, se pide que se nos enseñe a “contar nuestros días” (Sal. 90:11). La duración de la vida del hombre es conocida pues “sus días están determinados” (Sal. 39:5). Y la brevedad de la existencia se describe en  el Sal. 102:11 así: “Mis días son como la sombra que se va”. En vez de gozar los años, se nos dice que “Este es el día que hizo Jehová, nos gozaremos y alegraremos en él” (Sal. 118:24). Y por eso la gratitud no espera al final del año, sino que “Cada día te bendeciré” (Sal. 145:2). Nuestra confianza en el Padre debe darse cuenta de que su fidelidad se muestra en misericordias “nuevas cada mañana” (Lm. 3:22,23).

Las provisiones de Dios no eran para lapsos largos, pues eran diarias; el maná era del día, puesto que el de ayer estaba putrefacto y el de mañana no llegaba nunca (Ex. 16:19-21). De igual modo, Jesús nos enseñó a rogar por el “pan nuestro de cada día” (Mt 6:11), y nos pidió no afanarnos por el futuro, debido a que “basta a cada día su propio mal” (v. 34). El Señor no intentaba llevarnos al nihilismo respecto al futuro, sino a renovar nuestra confianza en su Padre en tramos cortos de tiempo, cada día. Si el ayer tiene su propio ayer, y el mañana su propio mañana, entonces hay dos eternidades, una antes y otra después de hoy. Resulta en un desastre intentar vivir hoy un segundo del ayer o uno del mañana, así que mejor podemos irnos con aquella canción que dice, “Señor, por mi bien, yo quiero vivir un día a la vez…” Vivamos, entonces todo el año 2015, pero en tramos diarios.

Pbro. Bernabé Rendón M.

Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 09

Chihuahua, Chih., 15 de diciembre, 2014


Es más un Hecho que una Fecha

1a
Pbro. Bernabé Rendón Morales

La Navidad de nuestro Señor y Salvador es más un hecho que una fecha. Es el gran acontecimiento del amor de Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, quien vino a nuestro mundo para buscar y salvar lo que se había perdido. Nos resulta increíble el que haya personas con una mentalidad dominada por el legalismo fundamentalista, que prefieran perder de vista el hecho y renuncien a celebrarlo sólo por causa de la fecha. Es decir, pierden lo más por causa de lo menos, y suponen que esta actitud honra a Dios.

1. No está contra las Escrituras. El que esta fiesta no esté establecida en la Biblia no es argumento válido para suspenderla. El único argumento válido sería que la Biblia la prohibiera. Es un principio legal de uso universal que lo que no está claramente prohibido, está permitido. La Navidad no está prohibida por la Biblia ni siquiera tácitamente, y no afecta ninguno de los principios bíblicos. Prohibir en nombre de la Biblia lo que ella no prohíbe, corresponde a una mentalidad insana muy semejante a la de los fanatismos históricos que culminaron en tragedias.

2. El ejemplo de Jesús. Hay un detalle bíblico que no debe pasarnos inadvertido: Jesús viajaba a Jerusalén a celebrar las fiestas, entre ellas la Fiesta de la Dedicación (Jn 10:22,23). En ninguna parte del Antiguo Testamento está ordenada por Dios esa fiesta. Fue acordada por el pueblo de Israel luego del triunfo macabeo. Ni Jesús ni el mismo evangelista Juan señalan esa festividad como un error. Más bien se unían gozosamente a su pueblo para celebrarla. La pregunta es, si Jesús sancionó una fiesta no bíblica para unirse a su pueblo, ¿no sancionará hoy otra fiesta no bíblica para unirse a su iglesia, y que, inclusive, sirve para honrarlo a él como centro y razón de dicha fiesta?

3. La Epifanía. No hay duda de que la Navidad se estableció por la iglesia cristiana occidental en el siglo IV. Pero no debe olvidarse que la Epifanía se comenzó a celebrar dentro de las iglesias cristianas orientales desde el siglo II, mucho antes que se pensara en sustituir la fiesta pagana del sol invicto con la Navidad. Esta fiesta cristiana no nació en el tiempo de Constantino, sino mucho antes.

La festividad cristiana del siglo segundo se denominaba Epifanía o «manifestación» de Dios en Cristo, y abarcaba tres eventos: La manifestación de Cristo a los paganos, mediante su estrella a los magos; su manifestación a la nación de Israel, mediante su bautismo; y su manifestación a sus discípulos, mediante su primer milagro en Caná. Luego entonces, la Epifanía incluía el nacimiento de Jesús reconocido por los magos del oriente, lo que nos indica que el nacimiento del Señor era celebrado desde por lo menos el siglo II.

4. Saqueando a los egipcios. Los que cuentan mal el origen de la Navidad, como si no hubiera existido antes del acuerdo de establecerla como fiesta cristiana en el siglo IV, enfatizan que se estableció con el propósito de sustituir una fiesta pagana, la Saturnalia. Aunque así hubiera sido, la idea no es condenable, sino ponderable, ya que tiene justificación bíblica y estratégica.

San Pablo nos dice que los alimentos comunes son santificados por la palabra de Dios y la acción de gracias (I Tm. 4:5). Por lo tanto, es deseable que podamos santificar lo común, lo profano, para que venga al servicio del Señor. Jesús mismo arrebata a aquellos que eran del diablo, contados como algo profano, para santificarlos en su Reino mediante la redención.

San Agustín usaba este principio para referirse a asuntos como la filosofía y las virtudes cardinales, y decía que del mismo modo como Israel despojó a los egipcios al tomar sus riquezas para convertirlas más tarde en un tabernáculo en el desierto, también los cristianos deberíamos saber cómo despojar a los paganos para consagrar sus cosas al Señor. Así pues, la Navidad representaría un gran despojo que los cristianos hicimos, para establecer una nueva fiesta en honor del nombre de Jesucristo.

Celebremos, pues, libre y confiadamente la fiesta más grande del mundo, ya que se refiere al Dador más grande, quien dio el Regalo más grande que jamás se haya dado, destinado para el más grande número de beneficiarios, y así salvarlos de la más grande ruina posible para el ser humano, y llevarlos al más grande y eterno beneficio que se le puede hacer a una persona… y todo esto gracias al amor más grande de todos.

 

Pbro. Bernabé Rendón M.