
La Regeneración en el Contexto Metodista
Pbro. Bernabé Rendón Morales
La publicación de la presente reflexión aparece un tanto extemporánea por razones fortuitas. Un servidor está compartiendo estas ideas a raíz de la consulta que le hizo una maestra de Escuela Dominical de la IMMAR Agua de Vida, en la zona de Monterrey. Ella se refirió a la guía de estudio para el Evangelio según San Juan que se nos ha provisto a la IMMAR, por medio de su página web (www.iglesia-metodista.org.mx). Hubiera sido mejor elaborar este artículo antes de enero para ofrecer puntos de vista oportunos que pudieran ayudar a nuestros maestros en su ministerio de enseñanza sobre este Evangelio que nos será libro de estudio para el primer semestre de 2020, pero las cosas se dieron ya a camino andado. Nos referiremos solamente a la Introducción de la guía citada, con el ánimo de hacer algunas precisiones que esperamos provean pautas para la investigación propia de cada lector de El Evangelista Mexicano.
En la pág. 5 de la guía dice, “Regeneración es el acto de Dios en el alma que se hace de una vez para siempre, lo que Dios hace lo hace para siempre”. Esta idea no va de la mano con la doctrina arminiana del metodismo. Dado que creemos en la posibilidad de la apostasía, afirmamos que la regeneración o nuevo nacimiento podría perderse. Nuestros hermanos calvinistas señalan que la calidad de ser hijos, ya se trate de una filiación terrenal, o de la filiación divina, es imposible que desaparezca. Razonan que así como un mal hijo podría alejarse al máximo de su padre, pero no dejaría de ser su hijo, del mismo modo nadie puede dejar de ser hijo de Dios. Y citan Juan 3:3,5, que se refiere al nuevo nacimiento que nos hace hijos de Dios. Sin embargo, no se percatan de que ese símil no está permitido en Juan 3, puesto que en el v. 6 se aclara que “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. No se puede echar mano de un nacimiento en la carne para ilustrar literalmente un nacimiento en el Espíritu. Un hijo natural goza de vida independiente de sus padres, la recibe de ellos y la disfruta como algo suyo; pero el hijo de Dios no tiene vida independiente, participa de la vida de Dios y debe permanecer en él para seguir recibiéndola.
Luego, en las págs. 6,7, dice, “los pasos por los cuales el creyente transita hasta alcanzar la plenitud de la salvación, Juan Wesley tenía bien definido éstos”, y en seguida enlista y explica la justificación, regeneración, adopción, redención, reconciliación y santificación inicial. Aquí tenemos dos problemas. El primero consiste en llamar “pasos” a los aspectos de la salvación que allí se enlistan, como si se tratara de un proceso que se va dando gradualmente. Y, por cierto, Juan Wesley jamás definió tales “pasos”. Los reformadores, cuando exponían su soteriología, no hablaban de pasos sino de un “ordo salutis” (orden de la salvación), que es muy distinto. La Iglesia Católica no había definido antes ningún “ordo salutis”, pero los reformadores lo hicieron para describir la apropiación subjetiva (personal) de los beneficios del sacrificio objetivo de Jesucristo. Propusieron que la justificación y la regeneración son instantáneas, que suceden al mismo tiempo, pero discutían en qué orden debían colocarse en el terreno de las ideas, ¿iba primero la justificación o la regeneración? Wesley, en esa misma línea, dijo textualmente que eran simultáneas, pero que la justificación precede a la regeneración.(1) En otro momento dijo que la santidad inicial también sucede a la vez que la justificación y la regeneración.(2) Si estos componentes de la salvación son coincidentes, entonces no podemos hablar de pasos. Y, por supuesto, la reconciliación no es tampoco un paso posterior, pues fue una obra objetiva consumada por Cristo desde su cruz (2 Corintios 5:19); aunque, subjetivamente, podría ser no otra cosa que la misma justificación. La redención tampoco es otro paso, sino una forma de referirse a la salvación. La visión wesleyana de la salvación perfila sólo dos etapas, la inicial (justificación, regeneración, santidad inicial) y la subsecuente (santidad progresiva). La glorificación puede ser vista, si lo deseamos, como la etapa final, pero no fue parte de las definiciones soteriológicas de Wesley.
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