Categoría: Artículos de Reflexión

La Armadura que No se Desgasta

Amados Amigos y Hermanos:

Les comparto el mensaje de este domingo pasado. Hay un canto que entonan muchos que dice, entre otras cosas, «aunque la lucha he ganado, mi armadura he desgastado…» Les comparto la Armadura que no se desgasta, úsenla. Tal vez debería decir ese canto «mis fuerzas he gastado…». Por otro lado, si recibes un cheque sin firma y lo vas a cambiar al banco, no te va a resultar, necesita llevar la firma del dueño de la cuenta. Cuando ores, no olvides la firma del dueño de todas las bendiciones. Medita en Juan 14:12-14.

Muchas bendiciones,

Pbro. Raúl Ruiz Ávila

(Gracias, Raúl, está interesante. Puesto que se trata de una presentación powerpoint extensa, quienes deseen gustarla y aprovecharla, por favor ingresen al enlace que aparece abajo. Hno. Bernabé).

La Armadura que no se Desgasta 

 

MÉDICO DE CUERPO Y ALMA

Por Obispo Juan Pluma M.

Lucas 8:43-48

TESTIMONIO Y MEDITACIÓN

Wesley estaba profundamente fascinado por la medicina, seguía de cerca la literatura sobre el tema y llegó a cuestionar la capacidad profesional de algunos médicos. Relata el caso de una niña con viruela medicada sólo con azafrán, él cambia el tratamiento, lo cual permite salud a la niña y relata otros casos, donde los médicos no hacen su trabajo. Por ello en su «Carta a un clérigo» del 4 de mayo de 1748, afirma que la vida y la salud son muy importantes y por lo tanto los médicos deben estar bien preparados para ejercer su profesión.

Cuestiona a médicos que aún con una preparación no consiguen curar a los enfermos y sólo lucran con la salud, en contraste con aquellos que aún sin muchos estudios sobre medicina llegan a curar a muchos enfermos que el doctor no curó, sin pago alguno. Adoro la sabiduría de Dios»

José Carlos Barbosa Pag. 26-27. Como dijo alguien, son médicos que siempre aplican un buen tratamiento muy personal, dicen de los pacientes «ellos tratan y yo miento».

Gracias a Dios hoy hay muy buenos médicos y las instituciones de salud pública igual están bien equipadas, sin embargo, como siempre la política y burocracia las han desvirtuado. Incluso se dice que pronto estas instituciones desaparecerán en pos de la privatización pues es la consigna en este gobierno, favorecer a sus cuates y/o al capital extranjero y no importa la población.

CONTEXTO DEL TEXTO

Lucas -como médico- demuestra una sensibilidad especial hacia los «extranjeros» con los que Jesús se relacionó, incluyendo a las mujeres. Por ejemplo, incluye cinco sucesos donde participan mujeres que otros Evangelios no mencionan. La cultura judía en el primer siglo, por lo general trataba a las mujeres como ciudadanas de segunda clase y tenían solo algunos de los derechos que los hombres poseían. Pero Jesús cruzó esas barreras y Lucas mostró la sensibilidad que tenía para con las mujeres. Trató a todas las personas por igual. Varios pasajes anteriores nos dicen de sus encuentros con mujeres, como la del texto.

LO QUE ME ENSEÑA EL TEXTO BÍBLICO

1. Que uno como ser humano se enferma por distintos motivos

2. Que la medicina es cara y los médicos igual.

3. Que Jesús es el médico de médicos, quien no cobra y da «el remedio y el trapito».

ORACIÓN

Señor gracias por tenerte como el médico de mi alma y de mi cuerpo, tú siempre tienes tu manera de curar a tus hijos, a veces a través de los médicos y medicamentos, a veces a través de tu poder o a veces a través de ambos, pero gracias por darme la fe para creer en cosas posibles e imposibles que haces. Cura por favor a esta humanidad enferma de maldad, soberbia y poder. En tu nombre.

Amén.

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LUPA PROTESTANTE – ALEXANDER CABEZAS • 24/07/2014

 

Etsi Deus non daretur:

¡Vivir como si Dios no existiera!

art.vivircomo.ciencia-religion

La expresión se le atribuye al  teólogo y pastor, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945).  Sin embargo, la autoría le corresponde al jurista, escritor, poeta y teólogo holandés, Hugo Grocio, quien la pronunciaría tres siglos atrás. Por supuesto, Bonhoeffer la retoma y la contextualiza desde la realidad de su cautiverio: prisionero en la celda número 92, de dos por tres metros cuadrados, en la cárcel de Tegel, en Berlín, Alemania.

“Vivir como si Dios no existiera…”. La frase a simple vista podría sonar como una provocación paradójica, una especulación que apela a la vacuidad teológica. O, podría interpretarse como el último grito de un teísta que ha consumido su presupuesto de fe y se ha rendido ante el abandono, la decepción, la desilusión y se transforma en un ateísta reconociendo que Dios es un concepto, una invención de  la humanidad, inútil de sustentar.

Por ello, la expresión y su contenido, requieren del análisis para encontrar su relevancia para nosotros, los del presente siglo.

Para este hombre, de 39 años en ese entonces, esta declaración es un llamado a considerar al ser humano en su relación con Dios y la cristología.

Su legado o testamento teológico, expresado en tan solo cincuenta páginas de cartas que sacó de contrabando de la prisión -posteriormente se publicaría como Resistencia y Sumisión-, tiene que ver con esa acción divina y misteriosa que en demasiadas ocasiones es para nosotros  ininteligible.  Es esa analogía de un Dios que se esconde, calla y decide a sabiendas de nuestras necesidades, permanecer en silencio.  Es el Dios que se manifiesta en su no manifestación y deja sin solución lo insoluble. En síntesis, ¡dejar a Dios ser Dios!

Esta deconstrucción teológica no procede de un pensador que cavila en la comodidad de su escritorio y en un ambiente de relativa paz. Es el convencimiento de un seguidor de Jesús quien arremete desde su experiencia límite y como prisionero sentenciado a muerte.

Feldmann (2007), uno de sus biógrafos, en su libro Tendríamos que haber gritado, comparte que la teología de Bonhoeffer se yergue desde las tinieblas y crece en la noche. Es el “diálogo obstinado y lleno de confianza con un Dios que se oculta mientras, en apariencia, el único en escuchar es el Diablo y la muerte se agazapa en la puerta de la celda” (pág. 233).

Quizás por ello, Bonhoeffer apelaba a la radicalidad: “El silencio de Dios se ha convertido en una experiencia embarazosa para la mayoría de cristianos. Tener fe parece una cosa arriesgada y difícil, y aún imposible”. Más adelante diría: “No puede haber fe sin riesgo”.

¿Por qué no toleramos ese tal llamado silencio de Dios? ¿Por qué no puede coexistir la fe sin el riesgo? Por lo que parece una respuesta simple es a la vez compleja.  Bregamos con paradigmas que se han encargado de ofrecernos a un Dios amorfo muy distante al que la Biblia nos modela.

Nos hemos encargado de fabricarnos a un dios a nuestra imagen y semejanza que se sujeta a nuestras exigencias y pretensiones. Nada más cercano a ese dios tapagujeros –otra metáfora utilizada por Bonhoeffer-, que se rinde ante nuestros altares consumistas y por ello ensalzamos a ese salvador más como un mago que como Dios. Por supuesto, siempre sobraran en las filas compradores de ese producto que llaman dios.

Nos equivocamos al creer que tenemos la franquicia o el monopolio de Dios y pensar que él va a bendecir todas nuestras incursiones. ¿Creerán los israelíes que Dios pelea a favor de ellos en los actuales atentados contra una pequeña franja de tierra llamada Gaza? O, ¿Estarán pensando los más extremistas de Hamás (Movimiento Islámico de Resistencia), que en nombre de su Dios, tienen la bendición para acechar a sus contrincantes?

Lo cierto es que la fe en Dios y con Dios es una relación que no podemos manipular a nuestro antojo o conveniencia. “Se abusa cuando hablamos de Dios como si lo tuviéramos en todo momento a nuestra disposición y nos hubiéramos sentado en su consejo” (Feldmann, 245).

Por otro lado, nos conformamos más con el Dios que rechaza el dolor, la soledad y el sufrimiento, cuando ciertamente lo asume, lo carga y lo padece en el abandono de su cruz (Mateo 8:17, 27:46). Lo paradójico es que a partir de su marginación encontramos nuestra reconciliación y liberación.

En esta misma línea, seis años antes de ser acusado por el régimen nazi, Bonhoeffer escribió unas cuantas líneas estando en Nueva York: Por haberse hecho Dios un hombre pobre, miserable, desconocido y fracasado, y no haber querido desde entonces que se le encuentre sino en esa pobreza, en la cruz, por eso precisamente no podemos desentendernos del hombre y del mundo, por eso precisamente amamos a nuestros hermanos” (Feldmann, pág. 235).

Nos asustan esas pausas silenciosas divinas porque demandamos justas respuestas, pero si no llegan, siempre encontraremos a quien responsabilizar por nuestra falta de fe y, eximimos a Dios quien quizás es quien se abstuvo de actuar.  Y así, limitamos nuestra concepción de Dios y perdemos la oportunidad de vivir con su consecuencias, situando la fe como un estilo de vida y no solo como especulación religiosa.

La fe es un riesgo porque ella no nos garantiza, como se ha dicho,  nuestra seguridad y mucho menos la solución a todos los planteamientos humanos. Debemos recordar que el seguimiento de Jesús se ejercita en la realidad de la vida disfrutando de los beneficios del mundo, así como de las tribulaciones que éste ofrece.

El profeta Habacuc fue testigo de  vivir como si Dios no existiera. Ante el panorama desolador y marchito de lo profundo exclamó: “Con todo, yo me alegraré Yahveh, y me gozaré en el Dios de mi salvación.” (Habacuc 3: 17).  Sadrac, Mesac y Abednego también reconocieron lo que era una vida con y sin Dios (Daniel 3:18 c). Sin embargo, Dios tenía un plan trazado y por eso los rescató. En caso  contrario estos jóvenes estarían engrosando la lista de los mártires que menciona la Biblia.

Y, ¿qué decir de Bonhoeffer, quien durante casi dos años de prisión hasta su muerte, convivió con Dios y sin Dios hasta el último aliento de vida?

Eberhard Bethge, amigo del mártir, retrata en su biografía las palabras del último testigo de la sentencia ejecutada. Éste fue un médico del campamento, cuya opinión, por cierto, no estaba parcializada. En ese entonces para él Bonhoeffer era una víctima anónima que enfrentaba la horca. Diez años después escribiría: “…en mis casi cincuenta años de actividad profesional como médico no he visto a nadie morir con una entrega tan total a Dios” (Bethge 1970, 1246).

La muerte de Dietrich Bonhoeffer, es la evidencia de un hombre que se abandona no a un destino incierto, sino a las manos de Dios y a su soberanía, con gracia, entrega, amor y convicción.

Estemos de acuerdo o no con la teología bonhoefferiana, su reflexión infunde respeto, pues es el pensamiento de un hombre que esculpió su fe tanto en las mejores alboradas de sus días, como en las más profundas noches de su vida. “Este es el fin; para mí el principio de la vida…” Fueron las últimas palabras de este mártir.

Referencia

Bethge, Eberhard. (1970). Dietrich Bonhoeffer. Teologo-Cristiano-Actual. (T. Ambrosio Berasian).   Bilbao, España: Editorial Desclée de Brouwer, S.A.

Feldmann, Christian. (2007). Tendríamos que Haber Gritado. La vida de Dietrich Bonhoeffer. (T.Rafael Fernández de Maruri). Bilbao, España: Editorial Desclée de Brouwer, S.A.

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LUPA PROTESTANTE – LUIS RIVERA-PAGÁN(*) · 22/07/2014

 

Entre el terror y la esperanza:

Religión, guerra, justicia y paz

 

“Los pobres han marcado el verdadero caminar de la Iglesia. Una Iglesia que no se une a los pobres para denunciar desde los pobres las injusticias que con ellos se cometen no es verdadera Iglesia de Jesucristo… Y por eso la Iglesia sufre el destino de los pobres: la persecución. Se gloría nuestra Iglesia de haber mezclado su sangre de sacerdotes, de catequistas y de comunidades con las masacres del pueblo, y haber llevado siempre la marca de la persecución.” (Homilía de 17 de febrero de 1980, Arzobispo Óscar Arnulfo Romero)

 

El siglo guerrero[1]

art.lupaprotEn ocasión de celebrarse el primer centenario del premio Nobel de la Paz, en diciembre de 2001, en Oslo, Noruega, el eminente historiador británico Eric Hobsbawm dictó una conferencia bajo el título “Guerra y paz en el siglo veinte”.[2] A partir de sus observaciones, podemos llegar a las siguientes conclusiones:

Las guerras del siglo veinte han sido las más mortíferas en la historia de la humanidad. Causaron, directa o indirectamente, aproximadamente 187 millones de muertes. Proliferaron las guerras de todo tipo y los impresionantes adelantos en la tecnología militar multiplicaron geométricamente sus consecuencias fatales.

Se erosionó, en ese siglo veinte, la distinción, fundamental para las doctrinas clásicas de la guerra justa, entre combatientes y civiles. La guerra dejó de visualizarse como conflicto entre ejércitos y se convirtió en confrontación entre naciones. De Guernica a Hiroshima hay una fatal y trágica continuidad lógica, la cual prosigue en los bombardeos contra Bagdad y Belgrado, y culmina en las represiones masivas que los ejércitos centroamericanos ejecutaron contra indefensos poblados civiles en El Salvador y Guatemala. Si los cálculos de bajas civiles fueron de aproximadamente 5 por ciento en la primera guerra mundial, éstos se elevaron a 66 por ciento en la segunda. Hoy se estima que 80 a 90 por ciento de los afectados seriamente por ataques bélicos son civiles. La ciudad, eje de la vida social, pierde su inmunidad y se convierte en blanco privilegiado del bombardeo, laberinto del terror bélico, metáfora del infierno. Guernica, Dresden, Tokio, Hiroshima, Nagasaki son parábolas horrendas de un hades dantesco.

A pesar de intensos esfuerzos por establecer un sistema de estructuras internacionales capaz de resolver conflictos políticos mediante procesos multilaterales de negociación, al final del siglo veinte la guerra persistió como recurso privilegiado para proseguir, como diría Clausewitz, la política por otros medios. El tratado Kellogg-Briand proclamó, en 1928, el fin de las guerras. Pronto valdría menos que el papel en que se redactó. El sombrío dilema, al culminar el segundo milenio, era: un sistema multilateral de consensos, relativamente inadecuado, o el unilateralismo de una súper potencia, querellante, fiscal y juez de conflictos mundiales. Estados Unidos ha utilizado la tragedia del 11 de septiembre de 2001 como catapulta para proclamar, como doctrina de seguridad nacional, la guerra preventiva del fuerte contra el débil. No le costó mucho esfuerzo al gobierno estadounidense desmantelar las frágiles estructuras internacionales de conciliación y asumir el rol tejano de sheriff autodesignado de gruesos asuntos que competen a toda la humanidad. Es una postura que en ocasiones, como en la invasión de Irak, hace caso omiso del derecho internacional.

Hobsbawm no destaca, sin embargo, tres elementos de ese mortífero siglo veinte que son cruciales para entender su obsesión bélica: la concentración de las guerras en las áreas más afligidas socialmente de la humanidad, la insensibilidad ante el dolor del “otro” y la pasión ideológica.

art.entre el terror.guerras menoresHubo, en el siglo veinte, una sucesión trágica de guerras menores, en ocasiones catalogadas de “baja intensidad”, pero de enorme costo humano y social para los pueblos involucrados. La llamada “guerra fría” se acompañó de innumerables conflictos bélicos que ensombrecieron buena parte del planeta. Corea, Vietnam, Camboya, Laos, Angola, Mozambique, Israel, Palestina, Jordania, El Líbano, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Colombia, Ruanda, Sierra Leona, Argelia, Liberia, Etiopía, Eritrea, Irak, Irán, Afganistán, India-Pakistán-Bangladesh, entre otros países, fueron escenarios de confrontaciones armadas que causaron graves daños a su población. El escalofriante escudo nuclear parecía preservar la paz únicamente para las naciones euroatlánticas incorporadas a los dos grandes pactos político-militares que a la sazón se repartían el dominio mundial. El resto de la humanidad, aquella que ya sufría el flagelo de la miseria social y económica, quedó libre para incontables guerras, incitadas por causas endógenas y exógenas, y alimentadas por una feroz competencia en la venta de armamentos. Tras el descalabro del bloque soviético y el pacto de Varsovia, la paz no prevaleció. Los empeños guerreros asumieron otros perfiles: las exclusiones nacionales, étnicas, culturales y religiosas. En Ruanda, Croacia, Bosnia, Kosovo, Armenia, Azerbaiyán, Georgia y Palestina las diferencias étnicas y culturales resucitaron rencores ancestrales. Los odios no amainaron, sólo mutaron sus matrices y disfraces.

Al examinar la imagen que del “enemigo” se configura para incitar a la muerte masiva, se descubre, soterrado bajo el discurso de intereses vitales y seguridad nacional, un hondo desprecio hacia el dolor y la aflicción de quienes se distinguen por su raza, color, lengua o cultura. Al menospreciar las marcas visibles de su ser, se facilita su subyugación o su exterminio. Sólo así puede explicarse la atroz crueldad que seres humanos comunes perpetran contra quienes reconocen no como prójimos, sino como enemigos, por la diferencia en la pigmentación de su piel, sus formas de rezar, su idioma, su memoria nacional o sus tradiciones. Serbios, croatas y bosnios, hutus y tutsis, georgianos y abjasianos, judíos y palestinos, ladinos y mayas, irlandeses católicos y calvinistas, sudaneses cristianos e islámicos, turcos y curdos, rusos y chechenos, ladinos contra comunidades autóctonas en Centroamérica, la lista es interminable, se sumergen en un abismo de hostilidad que parece capturar sus corazones y mentes y que sirve de pretexto para acciones de inmensa crueldad. El Shoah es quizá su expresión mayor, pero no necesariamente la única, en la historia del siglo veinte o de la humanidad.[3]

La pasión ideológica, en ese trágico siglo, fue todo un carnaval de convicciones homicidas. En nombre de la pureza racial y la supremacía nacional, de la igualdad social y la abolición de las clases, del control del partido o del proletariado, de la liberación nacional o de la hegemonía global del libre mercado y el capital, de la democracia y los derechos humanos y, finalmente, en honor de los dioses celosos y airados, pueblos y naciones se lanzaron con fervor y pasión a la tétrica empresa de matarse entre sí. El siglo de grandes adelantos científicos y técnicos fue también época de intensas pasiones homicidas. Sólo dos siglos después que la Ilustración europea proclamase el triunfo de la racionalidad ecuánime y serena y que Immanuel Kant pronosticase la paz cosmopolita y la conversión de la religiosidad en ética solidaria,[4] pasiones de sangre y suelo, dioses y cultos ensangrentaron la faz de la humanidad.

Ese sangriento siglo veinte, marcado por la memoria de Auschwitz, Hiroshima, el Gulag, dos guerras globales y centenares de sangrientos conflictos regionales puede resumirse, al fin de cuentas, en el famoso poema de W. B. Yeats, tan preñado de resonancias religiosas y apocalípticas, “The Second Coming”:

“Things fall apart; the centre cannot hold;

Mere anarchy is loosed upon the world,

The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere

The ceremony of innocence is drowned;

The best lack all convictions, while the worst

Are full of passionate intensity.”[5]

El terror en la mente de Dios

art.entre el... guerra ruso-japoneLo curioso es que en ese siglo veinte se hizo innumerables veces la guerra con la pretensión de terminar con la guerra. Las declaraciones y acciones de guerra se acompañaban, indefectiblemente, con devotas proclamas de concordia universal. Desde la guerra ruso-japonesa de 1904 hasta la invasión a Irak, la masacre humana ha invocado sacrílegamente los ideales de la paz. Es la sisífica paradoja: hacer la guerra en aras de la paz.

Cada adelanto científico y tecnológico militar se justificó de esa manera, como un nuevo sacramento de la paz mundial, hasta culminar en el espeluznante sistema de destrucción nuclear de la civilización humana, erigido paradójicamente para protegerla. La amenaza de destrucción universal, se dijo, sería la garantía de la seguridad global. Una bipolaridad estratégica espantosa que, curiosamente, parodiaba el mito religioso según el cual el horror al infierno conduce al umbral del cielo. Potencial guerra absoluta como rito bautismal de la paz universal.[6]

Parecía inicialmente el siglo de la guerra secular, en el cual la pasión ideológica proclamaría la aurora de los dioses profanos: la supremacía de la nación, la sociedad igualitaria, la apocalíptica lucha de clases, la liberación nacional, la globalización del mercado, el reino del sufragio universal y secreto. Era la devoción profana a los altares irreverentes y heterodoxos de la secularización. Las tribulaciones religiosas parecían restringirse a los rincones íntimos del alma devota o a la quietud de los templos.

Sin embargo, los celosos e implacables dioses de antaño preparaban su retorno en espectaculares teomaquías. A fines de siglo, piadosos adoradores de Yahvé, Jesucristo y Alá proclamaron la cólera divina mediante la declaración de guerras santas, que desdicen las sosegadas normas intersubjetivas de la Ilustración y la modernidad. Se revivió el volcán de las pasiones religiosas, con nuevas generaciones de fundamentalismos.[7] Quienes creían que con la Paz de Westfalia (1648) nos habíamos librado de las guerras religiosas se muestran perplejos ante el retoñar de la belicosidad sagrada.

Muchos teóricos del secularismo y la modernidad se sorprenden por el resurgir de la pasión religiosa beligerante, el “desquite de Dios” como lo ha descrito un islamista francés.[8] Quienes estudiaban el auge, a mediados del siglo pasado, del nacionalismo árabe secular y socializante, quedan perplejos por el fuerte desafío que el integrismo islámico le presenta en la batalla por los espíritus. La yihad retoma sus matices más sombríos y avasalladores.[9] Algo similar acontece en el sionismo. Muchos abandonan su herencia socialista, democrática y plural y se adhieren a posturas dogmáticas sobre la promesa divina, inscrita en la Tanakh, de un Israel ampliado.[10] En el subcontinente indio, se revive la violencia entre hindúes y musulmanes, conmoviendo el paradigma nacionalista de Gandhi y Nehru de una sociedad tolerante y pluralista. En Sri Lanka, la guerra civil de dos décadas entre sinaleses y tamiles tiene como fondo ideológico no sólo sus diferencias étnicas y culturales, sino también el que los primeros son mayoritariamente budistas y los segundos hindúes.[11]

Aún el pacífico budismo puede convertirse en fuente de inspiración para el terror sagrado, como lo demostró el ataque con sustancias químicas al subterráneo de Tokio protagonizado por la secta japonesa Aum Shinrikyo, en 1995. En la fragmentada Yugoslavia, la fe de los ortodoxos serbios y macedonios, de los católicos croatas y de los musulmanes bosnios y albanos ha funcionado como criterio de exclusión y antagonismo.[12] El fundamentalismo estadounidense conjuga la idolatría de la letra sagrada, arcaicos milenarismos, la tradición nacional del “destino manifiesto” y la represión de la alteridad. A pesar de la opulencia económica y el poderío militar de su nación, la derecha fundamentalista norteamericana imagina con pavor diabólicos ejes de maldad cósmica. Es la paradoja de la violencia religiosa: la simultaneidad de la piedad y la crueldad, de la comunión entre los fieles y la hostilidad contra los infieles.[13] Como escribiese José Saramago en ocasión de los ataques del 11 de septiembre de 2001:

“Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios.”[14]

En la época que algunos tildan de posmoderna, uno de cuyos pilares parecía ser la proclama nietzscheana de la “muerte de Dios”, renace por todas latitudes la pasión religiosa. La religión importa,[15] y de tal manera que muchos adeptos están dispuestos a matar y a morir por su fe. Como ha escrito el español Juan José Tamayo Acosta:

“El retorno de la religión se traduce con frecuencia en manifestaciones irracionales e intolerantes: dogmatismo e integrismo, fundamentalismo y fanatismo, rigorismo moral y disciplinar, discriminaciones de género, limpiezas étnico-religiosas, práctica del terrorismo en nombre de Dios, procesos inquisitoriales contra los creyentes heterodoxos…”[16]

Es asunto que ha sido estudiado por algunos autores. Mencionemos algunos de los más destacados.

José Casanova, en su texto Public Religions in the Modern World,[17] ha radiografiado con mucha pericia esta irrupción vigorosa de la mentalidad religiosa en el ámbito público. Lo cataloga como la “desprivatización” de la religión; el rechazo del reclamo secular a restringir el credo religioso a la interioridad de las almas y los templos. En nombre de Dios, las instituciones religiosas entran con vigor en la palestra pública y pugnan por configurar los perfiles de la moralidad y la legalidad. Se niegan a acatar el paradigma secular de la modernidad. Teologías radicales de liberación, integrismos reaccionarios o teologías públicas reformistas: a pesar de sus hondas diferencias, se hermanan en su pretensión común de protagonismo político y social.

Casanova se percata de los riesgos de esa incursión en el debate político, pero también percibe en ella la crítica profética a los esfuerzos por estructurar la sociedad priorizando criterios de cálculos de beneficio económico establecidos por un mercado financiero que pretende excluir las consideraciones éticas de su horizonte conceptual. Restringe, sin embargo, su análisis a países con relativa estabilidad social. Además, su estudio se limita a iglesias y organizaciones cristianas, dejando fuera las versiones remozadas de las cruzadas contra los infieles. Quedan fuera de su mirada crítica los conflictos globales que provocan los “guerreros de Dios”. Las dimensiones potencialmente siniestras de la resacralización de la vida pública permanecen al margen de su horizonte analítico.

Regina Schwartz publicó, en 1997, una aguda crítica, hermosamente escrita, a las dimensiones posesivas y excluyentes del monoteísmo de las tres grandes religiones originarias del cercano oriente: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Su libro – The Curse of Cain: The Violent Legacy of Monotheism – desvela el lado siniestro de la afirmación “mi dios es el único dios verdadero”.[18] La mirada irónica de Schwartz, cargada de densidad ética, analiza los riesgos que esa metafísica, de unidad y totalidad, con fundamentos teológicos en el monoteísmo semita, representa para quienes sustentan perspectivas religiosas diferentes a la esbozada en el shemá bíblico (Deuteronomio 6, 4: “Oye Israel, Yahvé nuestro Dios, uno es”). Es un cuestionamiento sugestivamente heterodoxo de las dimensiones potencialmente totalitarias y homicidas del monoteísmo semita, en el cual se inscribe la mayoría de los habitantes del planeta.

The Battle for God, de Karen Armstrong,[19] es un análisis muy sugestivo de los integrismos actuales de las tres grandes religiones monoteístas nacidas en el cercano oriente. La beligerancia de integristas cristianos, judíos o musulmanes, según Armstrong, procede de su percepción apocalíptica de encontrarse en un momento decisivo de la historia: la confrontación final entre las huestes de la luz y las fuerzas de las tinieblas. Se reacciona contra diversos enemigos: los seculares que creen que las leyes dependen de consensos sociales y no de los textos sagrados; los correligionarios que promueven algún tipo de acomodo reformista que restrinja la piedad religiosa a la esfera subjetiva y privada; y, finalmente, los infieles, los devotos de las otras religiones, tildadas de parodias satánicas. Se trata, por consiguiente, de una dramática batalla por Dios, al borde, constantemente, de pasar de la hostilidad verbal a la guerra santa. También, añadamos de paso, se incrementa, invocando la sharia, la tora o las epístolas neotestamentarias, la represión de las mujeres y de quienes optan por estilos alternos de conducta sexual, como bien ha percibido la escritora egipcia Nawal El Saadawi.[20] Hay continuidad discursiva entre los integrismos dogmáticos, el enclaustramiento patriarcal de la mujer y la homofobia.

Terror in the Mind of God: The Global Rise of Religious Violence, del profesor norteamericano Mark Juergensmeyer,[21] estudia los mecanismos mentales e ideológicos de esa transición a la guerra santa y su conversión en terrorismo religioso. Se da cuenta el autor que es un proceso que no se limita a los tres grandes monoteísmos que el imaginario mediterráneo ha privilegiado, sino que también se manifiesta en algunas religiones orientales, como el hinduismo y el budismo. Juergensmeyer ha viajado y entrevistado líderes de sectas militantes en distintos países – Estados Unidos, Israel, Palestina, India – y acumulado información clave sobre la universalidad de la violencia y el terrorismo religioso. Ilumina tres áreas claves de este proceso.

La recuperación, en contextos de profundas crisis sociales y humillación comunitaria, de las imágenes y símbolos de violencia sagrada que se encuentran en muchas tradiciones religiosas: la cólera divina, la confrontación entre los hijos del bien y los del mal, la ejecución de los transgresores de la ley divina, la exclusión de infieles, idólatras, herejes, gentiles e impuros. La piedad, alimentada por los sagrados “textos de terror”,[22] se torna crueldad implacable contra los enemigos de la fe. Es la resurrección del sustrato tenebroso de la exclusividad religiosa. Los “guerreros de Dios” militarizan la fe. Los conflictos seculares sobre la posesión de la tierra se sacralizan; el enemigo es ahora agente satánico, a quien se debe no sólo derrotar, sino también exterminar.

La acción contra los enemigos de la fe se transmuta en teatro del terror: en un performance dramático simbólico de una guerra cósmica trascendente. La violencia divina tiene sus rituales teatrales que se perciben como preludio detonador del pavoroso juicio final. Las imágenes míticas del Apocalipsis, y sus equivalentes en otros textos sagrados, se reviven en conflictos históricos concretos. Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 son paradigmáticos, potenciada su resonancia, claro está, por la enorme capacidad de reproducción de los medios de comunicación y la inmensa retribución militar de los Estados Unidos. Es el símbolo dramático, de espeluznante teatralidad, de atacar, en nombre de la ira divina, los iconos económicos, militares y políticos de la infidelidad occidental. Esta teatralidad del terror religioso es lo definitorio de los eventos del 11 de septiembre, no la imputada intención de matar civiles.

Estas sectas integristas religiosas reactivan a su modo la tradición del martirio redentor. La lucha contra el secularismo, la infidelidad y la herejía exige la disposición al sacrificio supremo: el de la vida propia. La sangre de los mártires es la matriz de la renovación escatológica de la creación. Timothy McVeigh, en los Estados Unidos, los militantes de Hamas, en Palestina, los sionistas ultra ortodoxos, en Israel, los guardaespaldas sijs que asesinaron a Indira Gandhi, en India, los jóvenes que estrellaron los aviones contra las torres gemelas neoyorquinas y los insurgentes que hoy hacen pagar cara la invasión de Irak asumen su muerte como un ritual de sacrificio, una consagración excelsa a la ira divina contra quienes contaminan la creación. Es el retorno del sacrificio humano, revestido del prestigio del martirio, que al engarzarse en imágenes de guerra santa se convierte en atroz suicidio homicida. No es el sacrificio tradicional que, de acuerdo a la teoría de la violencia sagrada de René Girard,[23] pretende restaurar el orden social y la armonía cósmica, sino aquel que desencadena el cataclismo universal final. Es, más bien, un testimonio/martirio de sangre que purifica el escenario cósmico para la hecatombe postrera.

En momentos en que la nación a la cual se entrega la lealtad patriótica se involucra en guerra, se disuelve la superficial fachada secular y en altares y púlpitos renacen las súplicas de victoria al “Dios de los ejércitos”, como con tan brillante ironía satirizase Mark Twain en su clásica Oración de guerra.[24] Por diversos lados, invocando distintas y opuestas deidades, se entonan variantes del lúgubre himno de la muerte y la desolación escatológica, el tétrico canto litúrgico del oficio de tinieblas:

Dies irae, dies illa

solvet saeclum in favilla…

Quantus tremor est futurus,

quando judex est venturus,

cuncta stricte discussurus.

Entre el terror y la esperanza

Lo central, decisivo y definitorio, en las grandes tradiciones religiosas, es la reverencia ante lo sagrado, la afirmación de la vida humana en todas sus manifestaciones y la preservación de la naturaleza como creación divina y hogar humano. La genuina religiosidad tiende a re-ligar a los seres humanos con sus prójimos, los cercanos y los lejanos, que trazan su particular peregrinaje en la existencia, en busca esperanzada de un significado que les confiera dignidad perdurable a pesar de su ineludible fragilidad.

De ahí la simpatía recíproca tan natural entre almas profundamente espirituales como Isaías, el Jesús de los evangelios, Mahoma, Thomas Merton, Martin Luther King, Jr., Mahatma Gandhi, Óscar Alnulfo Romero, Desmond Tutu y el Dalai Lama, a pesar de sus grandes diferencias doctrinales y culturales. Convergen en ellas la ternura restauradora y la pasión profética. Si se mira con detenimiento estamos ante una sorprendente paradoja: Isaías, Jesús, Merton, Luther King, Jr. Gandhi, Tutu y el Dalai Lama, encarnan el afecto divino y reconciliador por la humanidad, con todas sus máculas y defectos, y, sin embargo, en ocasiones exclaman saturados de incontenible indignación profética:

“¡Ay de los que dictan leyes injustas

y prescriben tiranía,

para apartar del juicio a los pobres

y para privar de su derecho

a los afligidos de mi pueblo…!

¿Y qué haréis en el día del castigo?…

¿En dónde dejaréis vuestras riquezas?”

(Isaías 10: 1-3)

Se puede, sin duda, encontrar en las escrituras canónicas de las diversas religiones imágenes tenebrosas de repudio y violencia contra quienes contaminan la integridad de la identidad cúltica. Las guerras santas israelitas, las cruzadas cristianas, los yihad islámicos, las servidumbres opresivas, las jerarquías despóticas y las intolerancias de toda índole se han justificado aludiendo a textos sagrados. Así la Inquisición avaló la restricción a la libertad de culto, el patriarcado la subordinación de la mujer, los europeos el avasallamiento de tantos pueblos nativos, los blancos la esclavización de tantas comunidades africanas, y los fundamentalistas modernos sus prejuicios homofóbicos. La “palabra de Dios” se ha usado demasiadas veces para devastar solidaridades, conciencias y esperanzas. Pero, esos “textos del terror” no son los decisivos ni predominantes en las tradiciones religiosas que la humanidad ha forjado a lo largo de su historia, aunque en ocasiones cofradías represivas y excluyentes pretendan trasladarlas de las capillas periféricas al altar mayor.

El genuino pensamiento religioso, al reflexionar sobre el destino de la historia humana, nunca destaca los símbolos tenebrosos del armagedón y sus jinetes del terror, sino la esperanza de liberación y reconciliación universales.[26] Ciertamente, escritores de tenebrosa mentalidad apocalíptica, comoTim LaHaye y Jerry B. Jenkins, han explotado, la veta del terror eterno en una serie de novelas muy populares entre evangélicos fundamentalistas.[27] La mediocridad de esos artefactos pseudoteológicos y pseudoliterarios en nada compara, dicho sea de paso, con la sublime manera en que James Joyce describe el pavor ante las imágenes tradicionales del infierno eterno, en su clásico A Portrait of the Artist as a Young Man (1916). Lo que en el gran escritor irlandés es tragedia sublime, se reduce en los apocalipcistas estadounidenses a superficial farsa.

Lo central, en las imágenes transhistóricas de nuestras escrituras sagradas, no es el terror ni la violencia del Dios celoso y excluyente. Es más bien la visión de un “cielo nuevo y una tierra nueva” (Isaías 65 y Apocalipsis 21), donde los seres humanos puedan sembrar trigo y comer su pan en paz, cosechar uvas y tomar su vino con regocijo compartido, edificar casas y dormir con tranquilidad. La visión de una nueva era, un mundo inédito, en el que “el efecto de la justicia será la paz” (Isaías 32: 17), cuando se “convertirán las espadas en rejas de arado y las lanzas en hoces; y no alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra” (Isaías 2: 4). Es una esperanza escatológica de reconciliación universal, que anuncia la llegada de un mesías “cabalgando sobre un asno… (que) proclamará la paz a las naciones” (Zacarías 9: 9-10).

Responde esa aspiración universal de paz y solidaridad a lo más genuino de la imaginación creadora religiosa. Es, ciertamente, una visión ardua de plasmar históricamente. Pero, es una expresión del diálogo perpetuo entre la razón y el corazón humanos, empeñados en forjar aproximaciones terrenales del mito genésico del paraíso y la aspiración apocalíptica de la nueva Jerusalén. En nuestras utopías terrenales e históricas palpitan, como bien apuntó el filósofo alemán Ernst Bloch,[28] las imágenes escatológicas escriturarias de la reconciliación final entre la divinidad, la humanidad y la naturaleza.

Conjugar la denuncia profética y el reclamo de reconciliación entre pueblos enemistados es tarea compleja, pero necesaria y posible, como han demostrado, en el entorno eclesiástico, los arzobispos Desmond Tutu y Óscar Arnulfo Romero, y, en el literario secular, la escritora india Arundhati Roy y la feminista egipcia Nawal El Saadawi.[29] No se comienza, afortunadamente, en cero. Hay un acopio considerable de reflexiones teóricas y estrategias de acción que vinculan la denuncia profética y la resistencia civil no violenta, que puede asumirse desde distintas ópticas políticas, filosóficas y teológicas.[30]

La tesis del “conflicto de civilizaciones”, de la hostilidad ineludible entre el occidente cristiano y el oriente musulmán, tan de boga en ciertos círculos noratlánticos tras su articulada exposición por Samuel Huntington[31] es una variante del anacrónico recelo contra el islam. Aunque percibe correctamente la importancia de las diferencias religiosas para los conflictos internacionales en la era posterior a la guerra fría, no logra deshacerse del prejuicio de la superioridad de la civilización occidental.[32] Intelectual y políticamente estéril, la tesis del conflicto entre el occidente cristiano y el mundo islámico no es sino el reverso del amargo antioccidentalismo de Osama bin Laden y Al Qaeda. Es irónico que, en ocasiones, el liderato político estadounidense, con sus alusiones constantes a la guerra total contra quienes tilda como encarnaciones de la maldad absoluta, reproduce la retórica cósmica maniquea de su enemigo. Tal confrontación se asemeja más bien a un “conflicto de fundamentalismos”, como sagazmente ha sugerido Tariq Ali.[33]

Tampoco pequemos de ingenuos. Ya Erasmo mostró con mucha agudeza, en el siglo dieciséis, que tras las proclamas piadosas de la guerra contra otomanos musulmanes, tildados de “enemigos de Cristo”, prevalecía en muchas ocasiones el afán de riquezas.[34] Por esos mismos años, Hernán Cortés revistió su saqueo de Tenochtitlán, la gran urbe azteca, de cruzada piadosa contra la idolatría.

“Cuánta solicitud… los naturales de esta parte tienen en la cultura y veneración de sus ídolos, de que a Dios Nuestro Señor se hace gran deservicio y el demonio, por la ceguedad y engaño en que los trae es de ellos muy venerado; y en los apartar de tanto error e idolatría, y en los reducir al conocimiento de nuestra santa fe católica… exhorto y ruego a todos los españoles que en mi compañía fueren a esta guerras… que su principal motivo e intención sea apartar y desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales destas partes… y que sean reducidos al conocimiento de Dios y de su santa fe…”[35

Quienes hoy hacen de la guerra preventiva un eje fundamental de la política exterior del país más poderoso del orbe utilizan en sus declaraciones públicas un lenguaje que tiende a identificar a los enemigos de la nación como adversarios de Dios.[36] De esa manera, conflictos muy terrenales adquieren dimensiones cósmicas: la perpetua confrontación entre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Las épocas varían, pero la ambición de poder, prestigio y peculio sigue escudándose en la devoción religiosa.[37]

A pesar de tales persistentes signos ominosos y aunque algunos jerarcas cristianos, rabinos sionistas y e imanes islámicos no se hayan percatado, las cruzadas, las guerras santas y los yihads han perdido vigencia histórica. Los pueblos de tradición cristiana, en vez de acentuar la apología contra el islam, deben, por el contrario, diseñar instancias de comunicación, comprensión y diálogo. Sobre todo si tomamos en cuenta que aunque diversos líderes misioneros proclamaron, a inicios del siglo veinte, la mundialización del cristianismo, a su final el resultado fue un aumento mayor, absoluto y proporcional, del islam.[38] La compleja diversidad interna del islam contradice la caricaturesca imagen del enemigo musulmán que intentan proyectar ciertos apologistas de nuevas cruzadas.[39] Además, en sus tradiciones canónicas centrales, el islam comparte perspectivas éticas no muy diferentes a las de los seguidores de los evangelios o del talmud

Despistada me parece también la tesis, esbozada recientemente por algunos autores cristianos, de que la diferencia notable entre el cristianismo y el islam radica en la ausencia de una lengua “sagrada” en el primero, mientras que los textos canónicos del segundo están indefectiblemente ligados al árabe.[40] De esa distinción deducen una diferencia esencial entre el cristianismo y el islam, atribuyendo a este último rigidez e inflexibilidad respecto a la diversidad cultural. Son subterfugios sofisticados que preservan la postura hostil hacia el islamismo que atraviesa fatalmente toda la historia del Occidente cristiano. Olvidan, además, estos apologistas la excesiva frecuencia con que, en el cristianismo y el judaísmo, la idolatría de la letra sagrada se ha tornado abominable para quienes no la comparten, algo que ya en el siglo diecisiete señaló atinadamente Baruch Spinoza,[41] el espléndido heterodoxo judío, estigmatizado por la iglesia y la sinagoga, de quien Jorge Luis Borges, con mucha admiración, escribiese:

“Alguien construye a Dios en la penumbra…

Es un judío

De tristes ojos y piel cetrina….

Desde su enfermedad, desde su nada,

Sigue erigiendo a Dios con la palabra.”[42]

La idolatría de la letra sagrada llevó, en ocasiones, en el cristianismo, a la ejecución de las mujeres consideradas hechiceras (Éxodo 22: 18: “A la hechicera no la dejarás con vida”)[43] o a las desposadas no vírgenes (Deuteronomio 22: 20-21). Hombres con poder social y almas violentas leyeron esos textos, con profunda devoción hacia ellos, antes de proceder a cegar atribuladas vidas femeninas. Hoy muchos creyentes dogmáticos se apoyan en textos canónicos para justificar el discrimen contra los homosexuales, con una lógica discursiva muy similar a la que sus antecesores esgrimieron contra la abolición de la esclavitud o la emancipación femenina.[44] Esa idolatría de la letra sagrada ha sido la inspiración de frecuentes guerras santas, cruzadas, yihads y pogromos. Incontables han sido los seres humanos sacrificados en el altar de dioses celosos, excluyentes e implacables.

Erróneas me parecen la posturas intolerantes como la que se manifiestan en Dominus Iesus (2000),[45] la declaración del Vaticano sobre la exclusividad soteriológica del cristianismo. Es un intento de atajar actitudes dialógicas en las fronteras de encuentro entre el cristianismo y las grandes religiosidades orientales, como las propuestas por algunos teólogos católicos como Jacques Dupuis, Raimon Panikkar, Aloysius Pieris y Michael Amaladoss,[46] las cuales podrían conducir a identidades híbridas, curtidas en el diálogo interreligioso e intercultural. En tiempos de incertidumbres, los centinelas de la pureza sienten pavor ante el cruce de fronteras. Como era de esperarse en un entorno global tan repleto de paradojas, Dominus Iesus fue aplaudida por los tradicionales adversarios de Roma: los evangelicals conservadores y fundamentalistas. En honor a la verdad, sin embargo, debe reconocerse la respetable y escéptica distancia que el Vaticano ha mantenido respecto a la política belicista del gobierno estadounidense y a las tendencias antiislámicas que la nutren.

Se impone como necesidad vital para la paz y el bienestar de la humanidad, promover el diálogo intercultural e interreligioso y silenciar las confrontaciones estridentes y degradantes. De no seguirse esa perspectiva dialógica intercultural e interreligiosa corremos el peligro de promover y sacralizar la globalización de la violencia sagrada. Es necesario forjar senderos de diálogo, reconocimiento mutuo y respeto recíproco y, sobre todo, de vínculos de solidaridad y misericordia, entre las distintas religiosidades históricas. No es cuestión de irenismo superficial y cortés, de salón. Nada menos que el futuro de la humanidad está en juego. De otra manera, como con su habitual gracia escribe Leonardo Boff, los humanos “podemos sufrir el destino de los dinosaurios”.[47]

Especial importancia tiene hoy propiciar el diálogo creador entre las tres grandes religiones monoteístas originadas en el cercano oriente y que consideran a la ciudad de Jerusalén como urbe sagrada. ¿Es demasiado utópico soñar que algún día Jerusalén, con su historia tan trágica y sangrienta, sea símbolo de convivencia en paz y armonía entre adoradores de distintas encarnaciones de lo sagrado? ¿Es viable imaginar que no lejos del muro de las lamentaciones se erija un día no muy lejano un monumento a la concordia entre cristianos, judíos e islámicos, que celebre el fin de las guerras santas, cruzadas, pogromos, y yihads? ¿Es acaso iluso pensar un futuro en el que finalmente Jerusalén, la ciudad sagrada que durante milenios ha presenciado tanta violencia y agresión, haga honor a la etimología de su nombre, “ciudad de paz”?[48]

Es el tiempo de forjar aquello que el teólogo católico Johann Baptist Metz catalogó de “ekumene de la compasión”, un proyecto inclusivo de solidaridad con el sufrimiento humano que trascienda las fronteras de la cristiandad.[49] Por compasión, aclaremos, se entiende aquí no la paternal indulgencia, sino el “padecer con”, la identificación y solidaridad con quienes sufren el pavoroso “misterio de la iniquidad” (II Tesalonicenses 2: 7). El vínculo de la urgencia profética por la justicia y la compasión por el dolor humano que se expresa intensamente en seres tan dispares y sin embargo tan hermanados como Isaías, Jesús, Mahoma y Gautama Buda constituye un sacramento de esperanza para un mundo atribulado todavía por la violencia, el despotismo, el discrimen nacional, étnico y cultural, el patriarcado androcéntrico y la homofobia. Este ecumenismo de la compasión puede nutrirse del viraje hacia la aflicción humana que se manifestó en variadas sensibilidades religiosas de fines del siglo veinte y que a la larga puede servir de contrapeso a la pasión homicida de los “guerreros de Dios”.[50] Se trata del mismo sentir y pensar que anidaba en el corazón y la mente del arzobispo mártir Óscar Arnulfo Romero cuando en una de sus más emotivas homilías proclamó,

“¡Ay de los poderosos… cuando se trata de torturar, de matar, de masacrar, para que se subyuguen los hombres al poder! ¡Qué tremenda idolatría que le están ofreciendo al dios poder, al dios dinero, tantas vidas, tantas sangres que Dios, el verdadero Dios… se lo va a cobrar bien caro a esos idólatras del poder!”[51]

Respecto a las diversas tradiciones culturales y religiosas, el desafío es superar la mera tolerancia y aprender a estimar y apreciar la “dignidad de la diferencia” , como la llama el rabino judío Jonathan Sacks.[52] La raíz latina del vocablo tolerancia sugiere que su alcance semántico se limita a soportar o sufrir la diversidad. De lo que hoy se trata es de valorarla y disfrutarla. Es la única manera de enterrar en el cementerio de las pesadillas al racismo moderno, cuya expresión más nefasta fue la célebre frase de Carl Schmitt, filósofo político e ideólogo del antisemitismo nazi: “No todos los que tienen rostro humano son seres humanos.”[53] Expresión de encomiable humildad y de reconocimiento sincero y genuino hacia quienes nos acompañan, de manera diversa y diferente pero no opuesta ni conflictiva, en la esperanza militante del reino de Dios de paz y justicia, es la siguiente confesión de Óscar Arnulfo Romero: “Hermanos, ¡cuánta bondad, cuánta verdad, cuánto bien hay más allá de las fronteras cristianas!”[54]

¿Qué tal ecumenismo de la compasión es un sueño, una utopía? Ciertamente, pero el ser humano se constituye por la nobleza y el arrojo de sus sueños, de sus aspiraciones utópicas. Por eso, siempre he preferido Utopía, de Tomás Moro, a El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, escritos ambos textos en el nacimiento de la modernidad occidental. Ante el pragmatismo mortífero de los realistas forjados en Maquiavelo, Hobbes y Clausewitz, por un lado, y las atrocidades apocalípticas de los fundamentalismos belicosos, por el otro, ¿no es acaso preferible soñar con el instante apasionadamente erótico en el que “la justicia y la paz se besen”, como reza el salmo bíblico (Salmo 86: 10)? Ya lo dijo el gran Lezama Lima, “sólo lo difícil es estimulante”.[55]

Quienes aspiran a ser cristianos, no deben olvidar que el Jesús de los evangelios nunca hizo de la adhesión a dogmas, jerarquías eclesiásticas o prescripciones rituales lo decisivo de su mensaje. Jesús fue siempre muy heterodoxo en sus predilecciones: prefería al solidario y compasivo samaritano sobre el piadoso levita o el devoto sacerdote (Lucas 10: 29-37). Su desafío radical conduce más bien a asumir plenamente la solidaridad y la compasión con quienes Franz Fanon llamó “los condenados de la tierra”.

Cuando un líder religioso proclama la guerra santa contra quienes tilda de “adversarios de Dios”, debemos recordar la sensata advertencia de John Locke: “quisiera saber cómo hemos de distinguir entre los engaños de Satanás y las inspiraciones del Espíritu Santo”.[56] En asuntos de diferencias doctrinales, es válida la norma que establece Umberto Eco en su ejemplar diálogo/debate con el cardenal Carlo Maria Martini: “en los conflictos de fe deberán prevalecer la Caridad y la Prudencia”.[57] Sólo así pueden los hombres y mujeres de fe poner límites a la voracidad de quienes pretenden continuar el legado de muerte y destrucción de la pasada centuria. Sólo así quienes viven entre el terror y la esperanza pueden entonar el tierno himno bíblico a la paz:“¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!”(Isaías 52: 7ª).

La paz abrazada con la justicia, aquella que brotó como esperanza contra toda esperanza de los labios del arzobispo mártir Óscar Arnulfo Romero segundos antes que una bala asesina canonizara prematuramente su apostolado, cuando se aprestaba a consagrar el sacramento más excelso de la tradición cristiana…

“Que este Cuerpo inmolado y esta Sangre sacrificada por los hombres, nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo.”[58]

¿El martirio como posible fuente de la esperanza de una patria gravemente herida y cruelmente lacerada? Esa misteriosa esperanza, como misteriosos son siempre los senderos inéditos de la divinidad, fue la que afirmó el arzobispo Romero pocas semanas antes de ser asesinado, y con esas sus palabras, teñidas de dolida esperanza, concluyo,

“Estoy seguro de que tanta sangre derramada y tanto dolor causado… no será en vano. Es sangre y dolor que regará y fecundará nuevas y cada vez más numerosas semillas de salvadoreños que tomarán conciencia de la responsabilidad que tienen de construir una sociedad más justa y humana, y que fructificará en la realización de las reformas estructurales audaces, urgentes y radicales que necesita nuestra patria.”[59]

 

(*)Luis Rivera-Pagán

art.luis rivera pagánProfesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Es autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996)…

 

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Oscar G. Baqueiro

Dos Teólogos Políticos

 

De entrada hay que decir que todo humano, en uso de razón, hace teología al pensar en su ser supremo. Los que aceptamos que lo hay y también los que piensan lo contrario. No es cosa única de quienes se dedican a la actividad religiosa de manera profesional, a quienes se les reconoce como clero, sino es un tema que pasa por toda mente humana.

Antonio Vieiria
Antonio Vieiria

En lo que en seguida se expone nos vamos a encontrar con un clérigo y con un laico (palabra que proviene del griego laos, pueblo). Los dos iluminaron su tiempo y su espacio: Antonio Vieira (1608-97), portugués y jesuita y Juan Germán Roscio (1763-1821), venezolano  y abogado. Antonio ministró la mayor parte de su larga existencia en Brasil en tanto que José  ejerció en  su país natal.

Los contextos inmediatos son diversos pero los une el entender cuál es la voluntad de Dios frente a las ideas del “derecho divino” de los reyes y la explotación inmisericorde de la realeza frente a la dignidad de los

J. German Roscio
J. German Roscio

nativos latinoamericanos, vistos por los iberos como mera fuerza de trabajo y la supuesta condición de servidumbre ante sus “colonizadores.”

Ambos se declaran cristianos aunque su iglesia los señala como equivocados  o “herejes”.  Ninguno de los dos favorece la violencia como medio de lograr sus legítimos y naturales derechos, aunque navegan contra corriente, y no logran acuerdos pacíficos entre la partes en conflicto. Vieira quien vive casi 90 años tiene más tiempo para empujar sus ideas, pero Roscio, con edad menor, es reconocido como uno de los padres de su nación.

La Teología no siempre es limpia y la política casi nunca, pero estos dos varones encuentran punto de equilibrio que demuestra que no son cuestiones necesariamente opuestas. La teocracia no es el sistema ideal de gobierno ni los estados laicos son un paraíso. Todo lo humano adolece de algo o de mucho, pero toda situación es manejable cuando hay la voluntad de entenderlo así.

Vieira fue un orador extraordinario y lingüista destacado y educador sobresaliente, pero Roscio supo sortear los difíciles años de la independencia de España de los países de América Latina y ambos dejaron huella profunda en el devenir sus respectivos pueblos, no buscando quedar en los textos de historia, sino movidos por ideales superiores. ¡Bien por ellos dos!

 

 

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cmmConsejo Metodista Mundial

aplaude el Voto Femenino en Permitir

Obispos de Inglaterra

 

El día de hoy la Iglesia del Sínodo General de Inglaterra votó a favor de permitir que las mujeres se conviertan en obispos.

En una carta enviada al arzobispo de Canterbury Justin Welby, Secretario Mundial Metodista general Ivan Abrahams dijo: «La noticia de que la Iglesia de Inglaterra ha votado a favor de permitir que las mujeres se conviertan en obispos se da la bienvenida con los brazos abiertos por el Consejo Metodista Mundial. Nuestro organismo mundial ha acogido siempre, apreciado y se ha fortalecido con nuestras hermanas en nuestra tradición de fe, y sabemos que esta noticia va a ser vista como otra creencia común que afirma no sólo la unión entre la Iglesia de Inglaterra y sus miembros, sino también dentro del diálogo ecuménico en curso del Consejo Metodista Mundial, con la iglesia. «

Aprobación de la modificación, que vuelca siglos de tradición anglicana, se requiere una mayoría de dos tercios por el Sínodo General – máximo órgano de gobierno de la iglesia, que está compuesto por la Cámara de Obispos, Casa del Clero y de la Cámara de Laicos. Histórica votación del lunes tuvo lugar en la ciudad de York Inglés.

«A medida que la Iglesia de Inglaterra actúa sobre esta decisión histórica, sabe que al hacerlo lo están haciendo con las bendiciones y las oraciones de los metodistas alrededor del mundo que forman parte del Consejo Metodista Mundial», añadió Abrahams.

 

La Iglesia de Inglaterra aprueba

el histórico acceso de las mujeres al obispado

Antes de Navidad se podría conocer el nombre de la primera obispo

WALTER OPPENHEIMER Londres 14 JUL 2014 – 17:57 CEST161

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El arzobispo de Canterbury, Justin Welby, con mujeres pastores. / NEIL HALL

La Iglesia de Inglaterra ha aprobado en una votación histórica el acceso de las mujeres al obispado, culminando así el camino de la mujer a la plena igualdad con el varón en el seno de esa confesión emprendido en 1994, cuando fueron ordenadas las primeras sacerdotes. El sínodo de la Iglesia de Inglaterra, reunido en York, dio su respaldo al compromiso alcanzado el año pasado para permitir el acceso de las mujeres al obispado.

La aprobación, que se consideraba muy probable, permitirá que la decisión se convierta en ley el próximo noviembre a través del Parlamento británico. Con ese calendario, antes de fin de año se podría conocer el nombre de la primera mujer obispo de la Iglesia de Inglaterra, aunque no alcanzaría plenamente esa condición hasta bien entrado 2015.

La Iglesia de Inglaterra se une así a otras provincias de la Comunión Anglicana en las que ya hay obispas, como Estados Unidos, Canadá, Suráfrica, Australia y Nueva Zelanda. El arzobispo de Canterbury, Justin Welby, se declaró “encantado” con la votación. “Hoy hemos completado un viaje que empezamos hace 20 años con la ordenación de mujeres sacerdotes”, declaró. “Es el inicio de una gran aventura, la búsqueda de la prosperidad mutua por encima de algunos desacuerdos”, añadió en referencia a la minoría que se opone al obispado femenino y que durante años lo ha bloqueado porque las normas de la Iglesia de Inglaterra exigen que un cambio de esa naturaleza tenga el respaldo de dos tercios de cada uno de los tres colegios que forman el sínodo: el de los obispos, el de los clérigos y el de los laicos.

“Aunque estoy encantado por el resultado, pienso también en aquellos dentro de la Iglesia para quienes el resultado será difícil y motivo de causa de tristeza. Mi propósito, y creo que el de toda la Iglesia, es que seamos capaces de ofrecer un lugar de bienvenida y desarrollo para todos”, precisó el arzobispo de Canterbury.

En noviembre de 2012 el sínodo anglicano ya estuvo a punto de dar luz verde a las obispas, pero el compromiso de entonces, ampliamente respaldado tanto por el colegio de los clérigos como por el colegio de los obispos, se quedó a un puñado de votos de esos dos tercios. Esta vez, en el colegio de laicos, 152 votaron a favor, 45 en contra y 5 se abstuvieron: un 77% de votos favorables, lo que superaba ampliamente los dos tercios requeridos.

art.ingl.3descargaAquel tropiezo hizo pensar que el obispado femenino quedaría atascado de nuevo durante años. Pero, bajo el empuje del nuevo arzobispo Welby, se alcanzó un compromiso en noviembre del año pasado. Los sectores más conservadores del anglicanismo, y en particular los anglo-católicos del grupo Forward in Faith, se dieron por satisfechos con la creación de la figura de un ombudsman que pueda intervenir en el caso de que una parroquia conservadora considere que no se encuentra lo bastante protegida de la autoridad de una mujer obispo. Aunque el objetivo es que obispos y obispas gocen de la misma consideración y categoría, la corriente mayoritaria acepta que los sectores más conservadores han de tener a su alcance una herramienta que les permita evitar tener que responder personalmente a la autoridad de una mujer obispo.

Aunque bastaba con que esta vez votaran a favor 6 de los 74 miembros del colegio de laicos que en 2012 votaron en contra, la semana pasada había dudas sobre si los votos a favor en ese colegio llegarían hasta los dos tercios exigidos. Incluso se especuló con la posibilidad de que, si la propuesta era rechazada, la Iglesia de Inglaterra se plantearía la medida de presentar en la Cámara de los Lores una propuesta para forzar la aprobación por ley del obispado femenino. Una alternativa muy radical llamada seguramente a dividir profundamente a los anglicanos y a la que finalmente no ha hecho falta recurrir.

El histórico cambio fue aplaudido por el primer ministro británico, el conservador David Cameron, que le dio una “cálida bienvenida”. También por el número dos del Gobierno y reconocido agnóstico, el líder liberal demócrata Nick Clegg: “Es un punto de inflexión para la Iglesia de Inglaterra y un enorme paso adelante para hacer una sociedad más justa”, aseguró. Para el laborista Ed Miliband, que se define como “un judío ateo” porque no cree en Dios pero la religión forma parte de su cultura, es “una estupenda noticia”.

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(CNN) — Líderes de la Iglesia de Inglaterra votaron a favor de permitir que mujeres se conviertan en obispos, anunció el lunes la institución religiosa.

La medida requirió una mayoría de dos tercios en cada uno de los tres órganos de esta iglesia anglicana (cristiana): La Cámara de Obispos, la Cámara del Clero y la Cámara laica.

La legislación fue aprobada en el Sínodo General de la Iglesia, celebrado en la Ciudad de York (norte de Inglaterra). La primer obispo mujer podría ser designada a finales de año, agregó la Iglesia.

Las iglesias de Irlanda, Gales y Escocia ya permiten que mujeres accedan a este cargo eclesiástico; Pat Storey fue la primera mujer obispo consagrada en esta Iglesia, lo cual ocurrió en Dublín en diciembre de 2013.

 

Mujer sacerdote de México

celebra apertura anglicana

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La reverenda Sally Sue Hernández reveló que en nuestro país hay 17 mujeres que ejercen el sacerdocio; admiten en Inglaterra presencia femenina en el obispado

La reverenda Sally Sue Hernández García fue instalada como deán de la Catedral Anglicana de San José de Gracia, en febrero de 2013.

CIUDAD DE MÉXICO, 16 de julio.- Sally Sue Hernández, sacerdote de la Iglesia Anglicana de México, afirmó que los integrantes de este culto en nuestro país recibieron con gran beneplácito la aprobación histórica por parte de la Iglesia de Inglaterra para que las mujeres tengan acceso al obispado.

En entrevista para Excélsior Televisión, con Pascal Beltrán del Río, la reverenda indicó que esta propuesta se planteó por primera vez en 2012, pero fue rechazada; finalmente, por mayoría de votos, fue aprobada en el seno de la Iglesia Anglicana en Londres.

“En el caso de la Iglesia en Inglaterra para nosotros en realidad ha sido sorpresa, pero alegre, de fe y esperanza”, declaró la sacerdote, aunque dijo desconocer si actualmente hay candidatas que pudieran aspirar a ocupar la máxima jerarquía.

No obstante, recordó que ya ha habido mujeres primadas en el caso de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos, con la que mantienen fuertes vínculos.

Dijo que la presencia de la Iglesia Anglicana en México comenzó en el siglo XIX a partir de las Leyes de Reforma, a través de las cuales se permitió la libertad de culto. Y a pesar de que desde 1994 se ordenaron las primeras sacerdotes, fue hasta este año que fue aprobada la presencia de la mujer en el arzobispado

La reverenda indicó que actualmente en nuestro país existen 17 mujeres sacerdotes, y consideró que con esta decisión hecha desde Inglaterra, la presencia femenina en la jerarquía anglicana se irá incrementando paulatinamente.

Agregó que en la Iglesia Anglicana, tanto la formación teológica como el rito de ordenación no varían en hombres y mujeres.

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Jaime Fernández Garrido

 

Amor, matrimonio, familia…

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Anillos de boda / Ernst Vinke (Wikimedia – CC BY-SA 2.0)

 

La verdad es que no sólo en el cine, sino también en la vida “normal” el matrimonio parece ser el fenómeno más incomprensible para muchos.

 

18 DE JULIO DE 2014

En el mundo del espectáculo, parece lo más normal del mundo casarse y descasarse varias veces a lo largo de la vida. Actrices como Elizabeth Taylor y Lana Turner, se casaron ocho veces cada una. Parece que nunca daban con la persona correcta, o quizás eran ellas las que no eran la persona correcta.

Lo que suena increíble es la historia de los que llegaron a casarse dos veces con la misma persona: Richard Burton y Elizabeth Taylor; Melanie Griffith y Don Johnson; Natalie Wood y Robert Wagner… ¿Volvieron para reconocer que se habían equivocado al separarse? Quizás no, porque todos se casaron después con otras personas.

La verdad es que no sólo en el cine, sino también en la vida “normal” el matrimonio parece ser el fenómeno más incomprensible para muchos.

Si no lo crees, aquí tienes algunas de las frases que sobre el matrimonio, algunos amigos me enviaron en los últimos días:

            Cuando una pareja de recién casados sonríe, todo el mundo sabe por qué. Cuando una pareja con veinte años de casados sonríe, todo el mundo se pregunta: ¿por qué?

            Una mujer puso un anuncio en un periódico buscando esposo. Recibió más de cien cartas de otras mujeres que le regalaban el suyo.

            Cuando un hombre le abre la puerta del coche a su esposa, usted puede estar seguro de una cosa: o el coche es nuevo, o es una nueva esposa.

Amor, matrimonio, familia… parece que siempre bromeamos sobre las cosas que son más importantes en la vida. Te aseguro que pocas cosas pueden llenar tu vida de significado como comprender de qué se trata el verdadero amor.

Vivir la lealtad y la fidelidad de quién amas, y devolverle la ilusión por envejecer juntos, porque cuando nos comprendemos más cada día, y aprendemos a ayudar cada uno en las debilidades del otro, sabemos lo que significa el verdadero amor.

Amor tiene que ver con lealtad y cariño sobre todas las cosas. Por encima de todas las circunstancias, por encima de enfermedades, de incomprensiones a veces, por encima del propio carácter y de las cosas que no entendemos del otro.

No existe nada más grande que el valor de edificar una relación con el compromiso de que no termine. Todo lo demás son bromas y amor sin sentido.

Si me dejas ser un poco radical, te diría que ni siquiera puede llamarse amor. Aunque haya muchos que vivan así.

©Protestante Digital 2014

 

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LUPA PROTESTANTE –

VÍCTOR HERNÁNDEZ · 11/07/2014

 

 El Dios de los Ateos

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Hablar sobre el Dios de los ateos supone asumir que los ateos son creyentes. Los ateos son creyentes en, al menos, dos sentidos: por una parte tienen sus creencias como cualquiera; y por creencias no me refiero a opiniones o a conocimientos (científicos o de cualquier tipo), sino a una manera de comprender el mundo y habitarlo.

Desde la perspectiva occidental y (pos) moderna siempre es más fácil pensar que las creencias forman parte de otras culturas (creencias en la magia, en el animismo, en dioses, etc.), pero en todos los colectivos las creencias coexisten con los conocimientos (un autor que ha mostrado la simetría entre ambas cosas es Bruno Latour, y también la filósofa Isabelle Stengers). En este sentido, los ateos son tan creyentes como cualquier persona.

Pero, por otra parte, los ateos también son creyentes en Dios (o Dioses), sólo que son creyentes al revés. Se trata de una creencia en sentido negativo: afirmar (y habitar) la no existencia de Dios o de los Dioses. Y a partir de esa creencia formulada negativamente se pueden advertir los diversos dioses o los diversos rostros de Dios, con los cuales brega una persona atea.

Y aquí es donde yo veo una valiosa aportación del discurso ateo hacia quienes nos confesamos creyentes en Dios, puesto que el discurso ateo realiza, desde su negatividad, una tarea crítica necesaria, semejante a la crítica profética y apocalíptica que hallamos en la Biblia.

Efectivamente, los profetas bíblicos tienen un discurso y una práctica atea, en cuanto denuncian la opresión y critican a los líderes  que se someten al Dios–ídolo. Los profetas criticaron duramente a los dirigentes sometidos a sistemas político–religiosos que oprimían a los débiles, afirmando que estaban siguiendo a dioses falsos, a ídolos o fetiches: “Venid ídolos {Dioses}, a presentar vuestra defensa; /venid a defender vuestra causa –exige el profeta Isaías, que luego añade– ¡Pero vosotros no sois nada / ni podéis hacer nada!” (Isaías 41:21, 24).

El ateísmo de los profetas consiste en la polémica contra los ídolos, es decir contra la poderosa imagen del Dios (o los Dioses) de un sistema dominante e injusto. Enrique Dussel compara este ateísmo de los profetas con la crítica que realiza Karl Marx contra el ídolo del Dios–dinero en la sociedad capitalista (cf. “Las metáforas teológicas de Marx”, pp. 235 – 255). El ateísmo de Marx, afirma Dussel, era contra el Dios de Hegel, contra el Dios de la Europa moderna, cuya cara luminosa tiene, como su reverso, la cara oscura del colonialismo y la explotación de sus trabajadores pobres.

También los cristianos de los primeros siglos, bajo el imperio romano, fueron acusados de “ateos”, porque se negaban a adorar y reconocer la divinidad del emperador y a los otros dioses. Esto no era una cuestión limitada al ámbito religioso, sino que implicaba una forma de subversión contra el poder del emperador y su imperio. Además, dicho “ateísmo” afectaba la vida cotidiana, puesto que la fidelidad al imperio era necesaria para poder comerciar y subsistir en la sociedad romana. Juan Stam dice que el Apocalipsis, con su extraño lenguaje simbólico, hace una dura crítica contra la idolatría del control y dominio comercial del imperio romano, desde la perspectiva de los cristianos marginados, pero esperanzados en su fe: “Además hizo que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, les pusieran una marca en la mano derecha o en la frente. Y nadie podía comprar ni vender si no tenía la marca o el nombre del monstruo {bestia}, o el número de su nombre.” (Ap. 13:16, 17). Frente al texto apocalíptico del Nuevo Testamento se puede reflexionar en la afirmación de Walter Benjamin, respecto a que el capitalismo es una religión, una celebración del consumismo que no cesa jamás. Se trata de una crítica valiosa hecha desde un ateísmo que rechaza toda deidad, sea del imperio romano o del capitalismo.

En esta coincidencia entre el ateísmo de los profetas bíblicos (o del Apocalípsis) y el ateísmo contemporáneo considero posible un diálogo constructivo entre creyentes y ateos. Es cierto que hay ateos con actitudes militantes que rayan en un fanatismo fundamentalista o que se sienten misioneros llamados a un apostolado iconoclasta (semejante a los fundamentalismos y beligerancias que encontramos entre los creyentes religiosos), pero en realidad es muy importante la tarea crítica que realizan los ateos.

El ateísmo cumple, en cierto modo, el mandato judeocristiano de no hacerse imágenes de Dios, de no representarlo, porque toda imagen (idolon, en griego) de Dios, es ya un falso Dios. Y es a partir de la deconstrucción de (las imágenes) de Dios que se abre un camino hacia la vida.

Para el ateo, la vida se le abre como la responsabilidad del agnosticismo necesario para que la vida no cese de ser una búsqueda honesta de la verdad y para el creyente la vida se le presenta como el desafío de no conformarse con falsas imágenes de Dios, que acaban siendo ídolos a los que sacrifica su vida y la de los demás.

Pero, para ambos, ateos y creyentes, la vida es algo abierto, irresuelto, que jamás se puede cerrar en destinos funestos o en fórmulas que atrapan a la gente en sistemas opresivos (sean religiosos o económicos), puesto que la vida es algo más. Ateos y creyentes comulgamos en el mismo desafío: que la existencia humana en este mundo, sea cual sea su sentido, valga la pena de vivir.