Categoría: Bibliografía

El Magnificat de María

18. El Magnificat de MaríaEl Magnificat de María

Por Antonio Cruz

“Magnificat” es la primera palabra traducida al latín del texto del evangelista Lucas (1:46-55). Se trata de la respuesta de la virgen María a su parienta Elisabet: “Engrandece mi alma al Señor” (Magnificat anima mea, Dominum, según la Vulgata Latina). Todo este pasaje es como un canto lírico sobre la bienaventuranza de aquella joven hebrea tan singular.

La virgen María ha sido definida como “el icono de la Iglesia católica”. Desde la Edad Media, se la ha considerado, siguiendo Apocalipsis 12, como una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona formada por doce estrellas. Aunque hoy la mayoría de los teólogos coincide en que estos textos se refieren a la Iglesia, no a María. Todo esto, unido a la adoración que se le rinde y a considerarla como intercesora entre Dios y los hombres, ha hecho que el mundo protestante se vuelque hacia el extremo opuesto y hable muy pocas veces de María.

Sin embargo, debemos reconocer que María fue una mujer entre las mujeres, elegida por Dios en un contexto de humildad y vida ordinaria. Más que “una mujer vestida de sol”, el evangelio presenta a María como una muchacha que “camina de prisa a la montaña” para contarle a su parienta Elisabeth que también lleva un hijo en el vientre. El encuentro, entre dos futuras madres, ocurre a través de la complicidad y coincidencia de aquello que portan en sus entrañas. Finalmente Dios se ha metido de lleno en la historia de los hombres. Lo humano se hace portador de lo divino. Sacralidad y profanidad se confunden en un ser de carne y hueso. El cuerpo de María se hace tabernáculo de la divinidad. Dios tiene prisa por salir al encuentro del hombre, y elige, para acortar el camino, una vía terrestre. Se deja transportar por una sencilla peregrina de la fe, desconocida, pobre y humilde. Seguir leyendo «El Magnificat de María»

Bibliografía

Protestantismo mexicano

decimonónico

bibliog.

Carlos Martínez García

Tomado de La Jornada, Sección Opinión. 

Miércoles 11 de mayo de 2016.

Ha sido una veta muy fructífera para la investigación. Aunque para obtener sus tesoros debieron conjuntarse la paciencia y el trabajo continuado, y volver a hurgar una y otra vez donde parecía haberse agotado la sustracción de datos y nuevas pistas a seguir. He dedicado varios años a investigar y escribir sobre la gestación del protestantismo mexicano en el siglo XIX, el cual tiene orígenes anchos y diversos, y no angostos y únicos (la vertiente misionera extranjera), como se afirma desde distintas trincheras.

Hasta hoy lo escrito sobre la temática mencionada está contenido en varias ponencias y artículos, y también en cuatro libros, dos de ellos ya publicados y dos que están en proceso editorial. En el volumen James Thomson: un escocés distribuidor de la Biblia en México, 1827-1830 (Maná Museo de la Biblia, 2013), refiero los esfuerzos del personaje enviado a México por la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera (SBBE) para que promoviera la difusión de la Biblia y su lectura en un país que tenía pocos años de haberse independizado. En el arribo de Thomson al país tuvo su parte el interés de liberales mexicanos, quienes buscaban influir para que la nueva nación dejara atrás lastres del pasado colonial, para lo cual sería necesario renovar el sistema educativo. James Thomson (pastor bautista) era, además de promotor de la SBBE, impulsor del sistema de escuelas lancasterianas. Debió salir del país por el acoso de las autoridades eclesiásticas católicas, que promulgaron un edicto contra él y los materiales que promovía, y también presionaron a las autoridades civiles para que la aduana retuviera los envíos de la SBBE.

En Albores del protestantismo mexicano en el siglo XIX (CUPSA, 2015) conjunto una serie de ensayos, como el de la segunda estancia de James Thomson en México de 1842 a 1844, y principalmente en Yucatán, hasta la articulación de núcleos protestantes liderados por nacionales con los trabajos de los misioneros extranjeros denominacionales (particularmente bautistas, metodistas y presbiterianos) a partir de 1873. En el libro se aportan detalles sobre los orígenes múltiples de células protestantes en Monterrey, Nuevo León; Villa de Cos, Zacatecas, y, sobre todo, la Ciudad de México. Una de las vertientes menos conocida del protestantismo mexicano es la de su raíz endógena, en la que se conjuntaron factores y personas que desde dentro del país hicieron posible la construcción de una opción religiosa distinta a la tradicional y hegemónica. Es a tal raíz a la cual enfoca particular atención Albores del protestantismo mexicano en el siglo XIX.

En un libro que está en proceso editorial, Persecuciones contra los protestantes en México en el siglo XIX (a publicarse en coedición con Maná Museo de la Biblia, CUPSA y el Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano), me ocupo de varios casos en los que resultaron heridos o muertos en distintas partes del país integrantes de iglesias evangélicas. Estos trágicos hostigamientos tuvieron mecanismos persecutorios, entre ellos la vejación conceptual. El punto de partida ha sido la estigmatización de los diferentes, al endilgarles peyorativamente un término que pretende explicar su anormalidad, como bien explicó Carlos Monsiváis: “La maniobra de aniquilamiento se resume en un término: sectas. Éstas –de acuerdo con el Episcopado y sus numerosos aliados– son la oscuridad en las tinieblas (así de reiterativo), de ritos casi demoniacos que apenas disfrazan la puerilidad de los servicios religiosos que a los Verdaderos Creyentes les resultan indignantes y risibles, de la compra de la fe de los indecisos y los ignorantes. La noción de las sectas autoriza a los Creyentes Auténticos a hacer con los sectarios lo que su fe autoriza. Y el disgusto ante lo distinto legitima los ejercicios del odio”. (De las variedades de la experiencia protestante, en Roberto Blancarte (coordinador), Culturas e identidades: los grandes problemas de México, vol. XVI, El Colegio de México, 2010, p. 77).

Finalmente, el libro que más tiempo me llevó de investigación y redacción es Manuel Aguas: de sacerdote católico romano a precursor del protestantismo en México (1868-1872), volumen de 520 páginas que se encuentra en prensa y saldrá bajo el sello de la Casa Unida de Publicaciones. Tras un proceso de estudio de materiales protestantes y lectura de la Biblia, que se inició en 1868, el sacerdote dominico Manuel Aguas escribió en abril de 1871 una carta al superior de la orden religiosa. La misiva alcanzó notoriedad pública porque fue dada a conocer en las páginas de El Monitor Republicano. Aguas manifestó su ruptura con el catolicismo romano y su ingreso a las filas del protestantismo. Casi de inmediato llegó al liderazgo de la Iglesia de Jesús y en torno a ella se aglutinaron diversos grupos esparcidos por el país, principalmente del centro, pero también del sureste, como fue el caso de Chiapas.

Manuel Aguas es un vértice en la vida del protestantismo mexicano. Es un punto de llegada y, al mismo tiempo, de partida. De llegada porque antes de él se desarrolló un proceso de cinco décadas por tratar de situar en el país, tanto ideológica como físicamente, una creencia religiosa distinta del catolicismo romano: el protestantismo. Y es un punto de partida, ya que su corto pero muy fructífero ministerio como predicador y pastor evangélico marcó un importante impulso para el conjunto de la nueva fe en México. Casi a la par de la muerte de Aguas, en octubre de 1872, comienza la llegada de los misioneros extranjeros denominacionales, quienes aprovecharon el terreno fertilizado por protestantes nacionales.

Por ahora me parece que con la obra sobre Aguas cierro un ciclo de investigación. Aunque hay mucho por realizar, sobre todo en historias regionales y/o locales en torno a cómo echó raíces el protestantismo, existen otros temas sobre las minorías que deseo documentar.

El precio de la gracia (Parte 22)

 

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora la cuarta fracción del Capítulo 4, La Iglesia Visible.

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  1. La Iglesia Visible (cuarta y última fracción)

Por eso también resulta claro ahora que la vida en una profesión secular posee para el cristiano unas fronteras muy delimitadas y que, por consiguiente, a la llamada que le exige entrar en una situación secular puede suceder, llegado el caso, la llamada que le exija salir de ella. Esta forma de pensar es paulina, y también luterana. Los límites son impuestos por la pertenencia a la Iglesia visible de Cristo. El límite se alcanza allí donde el espacio del culto, de los ministerios de la Iglesia y de la vida civil, reivindicado y ocupado por el cuerpo de Cristo en este mundo, entra en conflicto con la pretensión del mundo a tener un espacio propio.

Al mismo tiempo aparece claramente que este límite ha sido alcanzado por la obligación que tiene el miembro de la Iglesia de confesar visible y públicamente a Cristo, y por el hecho de que el mundo se bate prudentemente en retirada o usa de la fuerza. Entonces el cristiano entra en el dominio del sufrimiento público. Él, que ha muerto con Cristo en el bautismo, al que el mundo no reconoce el sufrimiento secreto con Cristo, se ve excluido públicamente de su situación en el mundo. Penetra visiblemente en la comunidad de sufrimiento con su Señor. Ahora más que nunca tiene necesidad de la comunión plena y de la ayuda fraternal de la Iglesia.

Pero no siempre es el mundo quien excluye al cristiano de la vida profesional. Desde los primeros siglos de la Iglesia hubo profesiones que fueron consideradas incompatibles con la pertenencia a la Iglesia cristiana. El actor, que debía representar a los dioses y héroes paganos; el profesor, que debía enseñar en las escuelas paganas la mitología pagana; el gladiador, que debía matar por juego; el soldado, que llevaba la espada; el policía, el juez… todos debían renunciar a su profesión si querían recibir el bautismo. Posteriormente, la Iglesia, o más bien el mundo, permitió a los cristianos el ejercicio de la mayor parte de estas profesiones. En adelante, la resistencia vino cada vez más del mundo, y no de la Iglesia.

Pero cuanto más envejece el mundo, cuanto más se agudiza el combate entre Cristo y el anticristo, tanto más intenta el mundo desembarazarse completamente de los cristianos. A los primeros cristianos el mundo les reconocía el derecho a un espacio en el que podían alimentarse y vestirse con el trabajo de sus manos. Pero un mundo que se ha vuelto totalmente anticristiano no puede dejar a los seguidores de Cristo esta esfera privada del trabajo profesional destinada a procurarles el pan cotidiano. Por todo trozo de pan que quieran comer debe exigírseles que renieguen de su Señor. Así, sólo quedarán a los cristianos dos posibilidades: huir del mundo o ir a la cárcel. Pero cuando se quite a la cristiandad este último espacio sobre la tierra, el fin estará cerca.

El cuerpo de Cristo penetra así profundamente en las esferas de la vida del mundo; sin embargo, en otros lugares la separación sigue siendo radical y visible, y deberá serlo cada vez más. Pero, en el mundo o separados del mundo, las dos actitudes sólo tienen lugar en la obediencia a esta palabra: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rom 12, 2).

Hay una forma de acomodarse al mundo en el mundo, pero también existe el «mundo» espiritual del claustro. Hay una forma prohibida de quedar en el mundo y una forma prohibida de huir del mundo. En ambos casos nos acomodamos a él. Pero la Iglesia de Cristo tiene una forma distinta a la del mundo. Debe transformarse cada vez más para conseguir esta forma, la forma misma de Cristo que vino al mundo y, en su misericordia infinita, tomó a la humanidad, la acogió, pero sin conformarse al mundo; al contrario, fue rechazado y excluido por este. No era del mundo. En el encuentro auténtico con el mundo, la Iglesia visible se volverá cada vez más semejante a la forma de su Señor sufriente. Los hermanos deben saber que el tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no 10 estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Yo os quisiera libres de preocupaciones (1 Cor 7, 29-32a).

Tal es la vida de la Iglesia de Cristo en el mundo. Los cristianos viven como los otros hombres. Se casan, lloran, se alegran, compran, usan del mundo para vivir cada día.

Pero 10 que tienen sólo lo tienen por Cristo, en Cristo, a causa de Cristo, y así no quedan atados a estas cosas. Las poseen como si no las poseyesen. No ponen en ellas su corazón. Son plenamente libres. Por serlo, pueden usar del mundo y no están obligados a retirarse de él (l Cor 5, 13). Por ser libres, también pueden abandonar el mundo cuando constituye un obstáculo para seguir a su Señor. Se casan; evidentemente, la opinión del apóstol es que es mejor permanecer libre en la medida en que esto es posible en la fe (l Cor 7, 7.33-40). Compran, comercian, pero sólo para socorrer a las necesidades de la vida cotidiana. No acumulan tesoros a los que esté apegado su corazón. Trabajan porque no deben permanecer ociosos. Pero el trabajo nunca es para ellos un fin en sí mismo. El Nuevo Testamento ignora el trabajo por amor al trabajo. Cada uno debe ganar con su trabajo lo que necesita. También debe tener algo con que ayudar a sus hermanos (l Tes 4, lIs; 2 Tes 3, lIs; Ef4,28).

Debe ser independiente de «los de fuera», los paganos (l Tes 4, 12), como Pablo mismo, que se enorgullecía de ganar su pan con el trabajo de sus manos, y de ser independiente incluso con respecto a las iglesias (2 Tes 3, 8; 1 Cor 9, 15). Al predicador del Evangelio esta independencia le sirve para demostrar con especial fuerza que los motivos de su predicación no son lucrativos. Se encuentra al servicio pleno de la Iglesia. Junto al mandamiento de trabajar se halla el otro:

No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias (Flp 4, 6).

Los cristianos saben que ciertamente es un gran negocio la piedad, con tal de que se contente con lo que tiene. Porque nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso. Los que quieren enriquecerse, caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición (1 Tim 6, 6-9).

Los cristianos usan de las cosas de este mundo sabiendo que «todas ellas están destinadas a perecer con el uso» (Col 2, 22). Lo hacen con acciones de gracias y oraciones al Creador de toda criatura buena (l Tim 4, 4). Y sin embargo, son libres. Pueden estar satisfechos y tener hambre, hallarse en la abundancia y en la miseria. «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 12s). Los cristianos están en el mundo, usan del mundo, porque son de carne y a causa de su carne vino Cristo al mundo. Realizan cosas mundanas. Se casan, pero su matrimonio tendrá una apariencia distinta a la de los del mundo. Será un matrimonio «en el Señor» (1 Cor 7,39). Estará santificado al servicio del cuerpo de Cristo y se situará .e~ la disciplina de la oración y de la continencia (1 Cor 7, 5). Sera Imagen del amor desinteresado de Cristo a su Iglesia. Formará parte del cuerpo de Cristo. Será Iglesia (Ef 5,32). Los cristianos compran y venden, comercian y ejercen la industria, pero lo harán de forma distinta a los paganos. No sólo no se aprovecharán de los otros (1 Tes 4, 6), sino que harán algo inconcebible al mundo: preferirán dejarse engañar y sufrir la injusticia antes que pedir justicia a un tribunal pagano para que defienda sus «bienes de este mundo». Si resulta necesario, arreglarán sus conflictos dentro de la Iglesia, en sus propios tribunales (l Cor 6, 1-8).

De este modo, la Iglesia cristiana vive en medio del mundo y con todo su ser, con toda su actividad, da testimonio en cada instante de que «la figura de este mundo pasa» (l Cor 7, 31), de que el tiempo es breve (1 Cor 7,23) Y el Señor está cerca (Flp 4, 5). Esto la llena de la alegría más intensa (Flp 4, 4). El mundo se vuelve muy pequeño para ella, la vuelta del Señor lo es todo. Camina aún en la carne, pero su mirada está puesta en los cielos, de donde volverá aquel a quien espera.

Aquí, en tierra extraña, es como una colonia lejos de su patria, una comunidad de exiliados que goza de la hospitalidad del país en el que vive, que obedece sus leyes y respeta a la autoridad. Utiliza agradecida las cosas necesarias para el cuerpo y para la vida; en todo se mostrará honrada, justa, pura, dulce, tranquila y dispuesta a servir. Manifiesta a todos los hombres, «especialmente a los hermanos en la fe» (GaI6, 10; 2 Pe 1, 7), el amor de su Señor. Es paciente y alegre en el sufrimiento, se gloria en la aflicción. Vive su propia vida bajo una autoridad y una jurisdicción extranjeras. Ruega por toda autoridad y, con esto, le hace el mayor servicio (1 Tim 2, 1). Pero sólo se encuentra como de paso. En cualquier instante puede sonar la señal que manda proseguir la marcha. Entonces rompe y abandona toda amistad, todo parentesco de este mundo y sigue únicamente la voz que la ha llamado. Abandona el país extranjero y marcha hacia su patria, que está en el cielo.

Son pobres, sufren, padecen hambre y sed, son misericordiosos, pacíficos, son perseguidos y ultrajados por el mundo y, sin embargo, este sólo se mantiene a causa de ellos. Preservan al mundo del juicio de la cólera de Dios. Sufren para que el mundo pueda seguir viviendo bajo el régimen de la paciencia divina. Son extranjeros y peregrinos por la tierra (Heb 11, 13; 13, 14; 1 Pe 2,11). Buscan las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3, 2). Porque su verdadera vida aún no se ha manifestado, está oculta con Cristo en Dios. Tienen ante sus ojos el reflejo de lo que serán. Aquí sólo es visible su muerte, su morir diario y secreto al hombre viejo y su muerte pública ante el mundo. También están ocultos a sus propios ojos. La mano izquierda no sabe lo que hace la derecha. Precisamente en cuanto Iglesia visible se desconocen completamente a sí mismos. Sólo miran a su Señor, que está en el cielo y en el que se encuentra la vida que esperan. Pero cuando Cristo, su vida, aparezca, también ellos aparecerán gloriosos con él (Col 3, 4).

Caminan por la tierra y viven en el cielo,

carecen de poder y protegen al mundo;

saborean la paz en medio de tumultos;

son pobres, pero tienen lo que quieren.

Sufren, pero están alegres,

parecen muertos a los sentidos externos

y viven interiormente la vida de la fe.

Cuando Cristo, su vida, se manifieste,

cuando se presente un día en su gloria,

también ellos aparecerán como príncipes de la tierra,

llenos de gloría para admiración del mundo.

Reinarán y triunfarán con él,

adornarán los cielos como suntuosas luminarias.

Entonces gozarán de la alegría plena.

(Chr. F. Richter, Es gliinzet der Christen inwendiges Leben).

Es la Iglesia de los que han sido llamados, la ekklesía, el cuerpo de Cristo en la tierra, los seguidores y discípulos de Jesús.