Por Rubén Pedro Rivera
La historia, el Estado Mexicano y la Iglesia Metodista tienen una deuda pendiente con el pastor revolucionario Rubén Jaramillo y su familia. La deuda tiene qué ver con la reivindicación de su carácter y la condenación de su artero asesinato realizado en compañía de su fiel compañera Epifania Zúñiga García, quien estaba embarazada, y sus hijos adoptivos, Enrique, Filemón y Ricardo.
Rubén nació en Real de Minas, municipio de Zacualpan, Edo. De México, el 25 de enero de 1900, hijo de Atanasio Jaramillo y de Romana Ménez. La familia hubo de emigrar al Estado de Morelos cuando la bonanza minera vino a menos. Allí quedó huérfano de padre y madre, asumiendo la responsabilidad de la crianza, su abuela. La Revolución le afectó desde su infancia y siendo apenas un adolescente se dio de alta en las filas zapatistas; tenía apenas 14 años. Por su arrojo y buen juicio, pese a sus pocos años, pronto ascendió en el aprecio de sus superiores, de modo que a los 17 años ya era capitán y tenía bajo su mando a 72 subalternos. Participó en diferentes combates con sus altibajos correspondientes. Le correspondió ser testigo de la derrota del ejército zapatista que culminó con el asesinato de Emiliano Zapata. La desbandada de los combatientes se hizo general. Unos por amnistía y otros sin ella, se dedicaron al cultivo de arroz y caña de azúcar.
Rubén, tras varias peripecias, ingresó a la iglesia metodista y a la masonería. En la primera debe haber ocupado cargos locales de responsabilidad pese a su analfabetismo, al mostrar su amplia capacidad, porque para los años de 1930 a 1937, encontramos su nombre como Pastor Suplente encargado de Los Hornos, Jojutla Tlaquiltenango y otros lugares, todos ellos en el Edo. de Morelos; y su labor debió ser tan eficiente que la asamblea de la Conferencia Anual del Centro, reunida en la cd. de Puebla en el año de 1934, acordó en su primera sesión del miércoles 10 de enero, enviar una carta a Rubén “por su labor de consagración y éxito en la obra”; al parecer el Pastor Jaramillo no asistió a la susodicha Conferencia, probablemente por no estar obligado a ello en virtud de su status como Pastor Suplente.
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