Por Timo Barbosa, Catalyst Communities – Brasil, IG @thimoteobarbosa
El Nuevo Testamento está lleno de más de cincuenta mandamientos de “unos a otros”: amaos los unos a los otros (Juan 13:34), animaos los unos a los otros (1 Tes. 5:11), llevad las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2). No son extras opcionales, sino prácticas fundamentales de una comunidad sana y centrada en Cristo. Cuando la iglesia se toma en serio estos mandamientos, se vuelve fuerte, vibrante y se multiplica de forma natural, porque las personas se sienten atraídas por el amor auténtico en acción.
El mismo Jesús marcó la pauta para esta vida en comunidad. En Juan 13:35, declaró: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros”. La misión de Jesús nunca consistió en que individuos aislados buscarán la espiritualidad personal, sino en formar un pueblo cuyo amor mutuo revelara la realidad del Reino de Dios.
El teólogo Michael Goheen nos recuerda a menudo que la iglesia es una comunidad misionera, no sólo una reunión para bienes y servicios religiosos. Nuestro testimonio no proviene de los programas, sino de la forma en que vivimos unos con otros en el ritmo cotidiano de la vida. Del mismo modo, los movimientos se multiplican cuando los discípulos hacen discípulos y los grupos dan lugar a nuevos grupos, impulsados por relaciones genuinas. Como resultado, el discipulado no puede separarse de la comunidad: es en las relaciones “mutuas” donde la transformación echa raíces.
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