Rubén Pedro Rivera
México tiene la mala fama de ser un país en donde la corrupción impera en diversas formas. No es una cosa de la que podamos estar orgullosos. Si bien no todo el panorama social es corrupto, es cierto que el soborno, los “moches”, la extorsión, la compra venta de documentos legales, la obtención de ciertos privilegios, y un sinnúmero de cosas, procesos, trámites, etc., se obtienen a base de procedimientos viciados. Esta es una lacra que nos viene desde la época de la conquista y arraigó con amplitud durante la colonia y tiempos ulteriores. Son casos documentados los referentes al cambio de virreyes, porque al poco tiempo de su estadía en la Nueva España, ya eran objeto de sobornos y presiones corruptas por parte de los peninsulares (y posteriormente los criollos también), que buscaban acrecentar sus riquezas e influencias dentro del sistema gubernamental. Esto acarreaba tantas críticas y malestares sociales que, al ser conocidas por la corona hispana, obligaban a destituir virreyes y nombrar nuevos mandatarios sólo para cambiarlos también al poco tiempo por la misma razón. Lo que pasaba en la cúspide social se reproducía en los estratos inferiores, al punto que el vicio pasó a ser cosa normal en los manejos de la sociedad.
Hay que asentar que la corrupción era ajena a la cultura de las etnias; y cuando por excepción ocurría algún caso, éste se castigaba de forma extrema. Es cierto que los pueblos originarios tenían algunas costumbres crueles y reprobables, pero para el caso del presente artículo, quede claro que no eran corruptos.
Por desgracia la corrupción derivada en sistema continuó existiendo tras la época colonial en nuestra república con vigencia hasta nuestros días, y esto pese a la labor de notables educadores y de la enseñanza de las iglesias. Tal parece que estamos ante un mal que requiere un milagro para ser erradicado.
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