Oswaldo Ramirez González
Introducción.
Como se ha señalado en otras ocasiones, durante el período de la dictadura del general Porfirio Díaz, algunos grupos protestantes -entre ellos los metodistas estadounidenses- tuvieron un notable auge y apertura en cuanto a sus actividades de evangelización y desarrollo social. Esto gracias a que los misioneros supieron eslabonar las necesidades del régimen con una contundente gestión, administración y planeación logística, que permitió en gran manera la construcción de obras sociales, particularmente centros educativos y hospitales. Estos contribuyeron en el desarrollo y propagación del evangelio, abonando instituciones que sirvieron como elementos cruciales en la urbanización de ciudades con un repunte prometedor en la industria.
El siguiente texto rescata de manera fragmentaria algunos aspectos sobre la historia del hospital metodista “Monterrey”, construido en la capital neoleonesa a principios del siglo XX, y que, pese a que hoy sobrevive sólo en la memoria colectiva de la localidad, su recuerdo es un reflejo fiel del altruismo, la dedicación, la perseverancia y la fe de los grupos misioneros metodistas en pro de expandir La Palabra por medio de la obra médica.
La fiebre amarilla y los primeros años.
En el mes de julio de 1901, el Dr. Udolphus Hamilton Nixon funda, bajo auspicio y apoyo de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur, el Hospital Monterrey, en las inmediaciones céntricas de la capital neolonesa; dicho edificio se ubicaba en la esquina norponiente entre las calles Juárez y Espinoza, a espaldas del Colegio Civil. Sin embargo, después de la revolución mexicana y de la reestructuración de la obra misionera Años este hospital albergó a mediados del siglo XX una escuela preparatoria. Cabe señalar que inicialmente las instalaciones no estuvieron contempladas para ser sede un centro médico, lo cual explica que más tarde en el desarrollo y ampliación del hospital se le tuvieron que hacer algunas adecuaciones. Contó con un espacio con capacidad de internar hasta cuarenta pacientes (camas), área de cocina, lavandería, consultorio, sala de espera y desde luego una capilla. Además de esto, sus instalaciones albergaron una pequeña escuela de enfermería, cuyas egresadas ingresaban al campo laboral como ayudantes en dicho hospital o bien en otras instancias de salud dentro y fuera de la región.
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