La Iglesia Metodista en México y, aparentemente en otras latitudes del mundo, ha experimentado una alarmante reducción en su membresía. Con tristeza podemos decir que ya no es novedad, ni es motivo de sorpresa escuchar entre nuestros miembros, y pastoras y pastores, los razonamientos acerca de esta realidad que enfrentamos. Sin embargo, parece que ni aún este horizonte inquietante nos mueve lo suficiente para ver las maneras de atender este problema en los diversos niveles de nuestra comunidad metodista.
Recuerdo que al llegar a la iglesia que actualmente pastoreo, fueron diversos domingos en los que no faltó un comentario que, con el paso de un tiempo se volvió recurrente“Uy pastor, antes, aquí todo esto estaba lleno”. Cada hermano o hermana que lo decía, acompañaba sus palabras de distintas maneras: extendiendo la mirada a lo largo y ancho del templo, mirando las bancas despobladas o una mirada perdida con un pequeño dejo de nostalgia.
Al principio, no entendía con claridad la razón de dichas palabras. Aunque por momentos sonaron a reclamos de algo que yo desconocía, comprendí que se trataba de la expresión afligida de mis hermanos y hermanas, que simplemente extrañaban a quienes crecieron con ellos y ellas. Por otro lado, confieso que creí con cierta ingenuidad que esto sólo correspondía a un grupo de hermanos adultos en la iglesia. Pero mi mala sorpresa, fue que al escuchar con más atención las conversaciones casuales de la juventud, escuchaba: – ¿y no has sabido de ella? – Sí, ya no viene desde hace como dos años, pero creo que va a otra iglesia” – . Han pasado dos años y de vez en cuando vuelve a asomarse aquel comentario, ahora ya tan familiar y motivo de estas letras que comparto.
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