“La noche buena, si va a estar buena”, dijo uno entre risas, mientras sostenía en sus brazos tres cajas de cerveza en la fila de pago.
Llega el 23 de diciembre. Las compras de última hora son notables en las calles, así como en los centros comerciales y tiendas de conveniencia. Los pendientes de la lista poco a poco son tachados: regalos, ingredientes para la cena, ropa y calzado para estrenar, pero, ¿existe fiesta alguna en la que el mexicano permita la ausencia del caldo alcohólico? No, de hecho, es éste una de las compras primarias y que, ya entrado en calor, cualquier sujeto se muestra listo para soltar hasta el último centavo con tal de conseguir un poco más de consumición.

El mexicano tiene una costumbre que lo distingue a distancia y que no siempre resulta del todo agradable. Pese a esto, él se siente orgulloso de este distintivo, aprovechando cualquier oportunidad para pregonarlo.
Todo y todos son pretextos para hacer fiesta. Somos alegres, dicen algunos. Aunque esto parece más bien egoísmo en su máximo esplendor. Para el regiomontano cualquier excusa es buena para “una carnita asada”. “Gracias, Benito” dicen algunos, mientras disfrutan de los beneficios que ofrece la conmemoración del natalicio de Benito Juárez. La expresión se acompaña con una pizca de sarcasmo, burla y desinterés por conocer qué provoca que esta fecha se considere especial. Antes de continuar, es necesario aclarar que este escenario no se presenta en todos los niveles socioeconómicos; sin embargo, es probable el haber atestiguado una situación como la que se relata en este escrito.
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