Durante la época de pandemia, por cuestiones sanitarias y prácticas el ministerio de salud de casi todas las naciones decretó la cremación de los seres amados que habían sucumbido ante la enfermedad del COVID-19.
El luto invadió a las familias, un luto rodeado de dolor, sufrimiento y soledad; pues quienes se contagiaron, prácticamente fueron aislados y sus seres amados ya no tuvieron manera de verles , tocarles, hablarles y despedirse de ellos.
Sí, fue un período de muertes fuera de lo común, que sin duda repercute y repercutirá en la salud emocional y espiritual de los dolientes, de los enlutados. Pero también nos hizo enfrentarnos a la realidad de la cremación como única forma de tratar en ciertos casos con los restos de nuestros familiares o amigos, y decidir el destino final de dichos restos.
Los protocolos de la muerte incluyen un período de despedida que ayuda a aceptar y asimilar que nuestro familiar se está yendo o se fue. Es la aceptación del ciclo de vida: nacer, crecer, reproducirse y morir. Pero algo que yo he observado es que al llevar a cabo la cremación, muchas personas se llevan las urnas a sus casas; algunos por cuestiones económicas, pero la mayoría por la dependencia emocional con la persona que falleció: Lo ponen en un lugar especial de la casa, le ponen fotos, y hasta le prenden veladoras. Algunos al llegar a casa incluso saludan al ser querido que “está” en la urna, creyendo que de esta manera están honrando a la persona; otros más lo hacen por el remordimiento de no haber tenido un buen comportamiento con el ser que perdió la vida.
Seguir leyendo «SOBRE LA DEPENDENCIA EN LA CREMACIÓN. «









