28 DE AGOSTO
En una sociedad como la nuestra, llegar a la ancianidad puede ser algo difícil. Y es que vivimos en una «cultura de lo desechable» en la que lo que no produce, no sirve, se arrincona, se arroja.
En México se considera a una persona «adulto en plenitud» (ateniéndonos al término oficial) a una persona mayor de 60 años, según fue determinado por la Organización Mundial de la Salud OMS, por sus siglas, y está basada en los niveles de desarrollo de los países; hay países en los que la edad adulta mayor comienza a los 65, pero precisamente, determinada por su desarrollo. Para la Lic. Ana Bertha García Palacios, directora de atención al anciano del DIF Jalisco, la edad más adecuada para considerar a una persona anciana no es a los 60: «Personalmente creo que a los 60 años todavía se tienen muchas capacidades, hay mucha vida por delante, y más porque la expectativa de vida ha ido creciendo, pues ahora es de 75-76 años y creo que podríamos considerar a una persona anciana, a los 70 años de edad».
Afortunadamente, se vislumbra un despertar en la conciencia de la sociedad en lo que se refiere al trato y el espacio que debemos dar a las personas que han llegado a la ancianidad. Una de esas señales es la celebración del Día del Adulto en Plenitud, que en México se celebra el 28 de agosto, gracias a la iniciativa del locutor chihuahuense Edgar Gaytán Monzón, a principios de los años 1990. Aun así, la realidad supera el título que les queramos dar a estas personas: «adultos mayores», «adultos en plenitud», «ancianos» o «viejos», lo cierto es que urge que la sociedad civil y la iglesia redescubran el valor que tiene esta edad y devolvamos a nuestros ancianos el lugar y espacio que se merecen.
Qué hacer para rescatar el valor de los adultos mayores
- Imitar a la cultura oriental. En Oriente existe entusiasmo y veneración por alcanzar una mayor edad. En China, el joven trata de igualar la pose y dignidad que le son propias al viejo, y los ancianos tienen privilegios, como dejarse crecer la barba o hablar mientras los demás escuchan.
- Educar a la infancia del país con programas escolares que traten el tema de la tercera edad, se les enseñe el valor de la ancianidad y se les lleve a visitar las instituciones dedicadas a su cuidado. Es importante mostrar a los niños que no sólo existen asilos donde muchas veces hay ancianos tristes y enfermos, sino instituciones donde se les dan clases de baile, de manualidades y demás talleres; que esta edad puede ser productiva.
Educar a nuestros hijos en el seno familiar. Con palabras y, sobre todo, con el ejemplo, llevando a visitar a los abuelitos, hablando bien de ellos y tratándolos bien.
- Involucrar a los ancianos en la iglesia y en la sociedad. Creando centros de esparcimiento, aceptándolos en trabajos adecuados a su edad. Que el anciano no se sienta excluido del resto de la población y que pueda seguir sintiéndose productivo.
- Proteger su dignidad y su vida hasta su fin natural, proveyendo los cuidados paliativos.
- Instar al anciano a conservar su autosuficiencia y movilidad hasta donde le sea posible.
- Animar al anciano a comprender la evolución de la sociedad actual e instarlo a que no se sienta ajeno a ella con pesimismo y rechazo.
- Educar al anciano para el uso de los adelantos tecnológicos elementales en el ramo de la comunicación e información.
UN LLAMADO A LA SOCIEDAD Y A LA IGLESIA
Psicóloga Blanca Márquez Rascón
¿Cuál será el motivo de celebración que estos adultos mayores pueden tener el próximo 28 de agosto? ¿Será acaso que la edad y las enfermedades les han arrebatado la fortaleza? ¿El olvido de sus hijos? ¿Qué de las calles para algunos, o el asilo para otros, como el lugar para esperar sus últimos días? Ser abuelo no es sólo motivo para festejar un día. A la luz de la enseñanza bíblica, la vejez se presenta como un «tiempo favorable» para la culminación de la existencia humana, permitiéndole de este modo comprender mejor el sentido de la vida y alcanzar la «sabiduría del corazón».
Pero, ¿cuál será el consejo que estos hombres y mujeres en abandono darán, de acuerdo con su dura experiencia, a las nuevas generaciones que, inevitablemente, algún día alcanzarán la «edad de los recuerdos»? La voz callada de esos miles de ancianos, que pueden ser más, responde a esa pregunta con el acento urgente del mandato divino: «Honra a tu padre y a tu madre». Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos saben que no corren peligro de ser considerados un peso inútil y embarazoso. El problema no es que sean miles. Con uno que viva esa realidad, ya es un problema. Y más si consideramos que en un futuro, esos ancianos seremos nosotros.
Xóchitl Zepeda León Escribe sobre los ancianos algo tan cierto que comparto con ustedes:
- Nadie puede hacer por los nietos lo que hace el abuelo.
- No es viejo aquel que pierde su cabello o su última muela, sino el que pierde su única esperanza.
- Cuando seas viejo en la carne, sé joven en el alma.
- Dicen que el tiempo pasa. No es verdad. Somos nosotros los que pasamos por él, y cada momento puede darnos fortuna si entendemos.
El 28 de agosto ha sido instituido en México como el Día del Adulto en Plenitud, y aunque no lo parezca, ser un anciano es un arte que requiere aceptación de la condición de la persona, paciencia, amor y humildad que, por otra parte, son elementos esenciales para vivir con dignidad esta etapa de la vida.
Cuando una persona pasa a un segundo plano en el seno familiar, ya sea por su edad avanzada, como por el surgimiento de un nuevo líder familiar, no le resulta fácil. Dejar de ser cabeza en el hogar y reducir sus actividades drásticamente, hasta convertirse en una simple voz auxiliar de los hijos –o de los nietos, cuando se lo permiten– requiere dosis de sensatez, cordura y preparación que no se adquieren en las universidades, pues sólo se consiguen con la experiencia que brindan los años.
Los abuelos tienen mucha influencia en la vida familiar. Hoy por hoy, muchos de ellos atienden a los nietos, los cuidan con cariño y paciencia mientras sus padres salen a trabajar. Sin embargo, algunos, al pasar los años sienten y viven el abandono y la soledad, debido quizás, a la falta de consideración de parte de sus hijos y nietos, y también porque muchos de ellos acusan cierto dejo por vivir la vida, el desinterés los aleja de la vida en sociedad y familiar.
Cuando somos pequeños pasamos gran parte de nuestro tiempo compartiendo diversión y aprendizaje con nuestros abuelos, porque ellos, con cariño y paciencia, siembran en nosotros el bien y la fe; además, son los primeros educadores en cuestiones religiosas, nos enseñan a saber decir nuestras primeras oraciones. Mas, hay miles de abuelos que viven solos, recluidos en asilos, sufriendo la ingratitud del abandono, o se quedaron, por la ley de la vida, sin familia. Allí, echan de menos la compañía y el cariño, y añoran la familia que un día formaron.
Es importante considerar que el abuelo tiene un papel trascendente en la convivencia familiar. La actual situación de crisis económica, ha propiciado en los matrimonios que tanto el hombre como la mujer se desempeñen laboralmente; en virtud de ello, reciben la ayuda de los abuelos para cuidar a sus hijos, contribuyendo así con su tiempo y dedicación a que los niños sigan sintiendo el calor de un hogar. Así, la familia es escuela del más rico humanismo. La familia, en la que coinciden distintas generaciones que se ayudan mutuamente, constituye el fundamento de la sociedad. La convivencia en familia es necesaria para no sentirnos aislados.
La serena presencia de las personas de edad avanzada es una bendición para todas las familias y comunidades. Alguien insta a nuestros ancianos con los siguientes términos: Habéis trabajado duramente y por largo tiempo para legar a los jóvenes un mundo mejor. Quiera Dios que experimentéis el respeto y la atención afectuosa de las personas que nos rodean. ¡Dios nos bendiga siempre! Deseo que vivamos con paciente abandono los años que el Señor establezca para cada uno, siendo portadores de paz y alegría cristianas en vuestros hogares y comunidades, siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en nosotros, por la fe en Cristo, nuestro Salvador.

Tenemos una deuda de amor con nuestros adultos mayores. En nuestro país hay una gran cantidad de experiencia en ellos que hemos desperdiciado. Hay muchas oportunidades de escucharles que hemos dejado pasar. Es una deuda que tenemos que pagar.
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