El precio de la Gracia (parte 3)

Dietrich Bonhoeffer
Dietrich Bonhoeffer

Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.
(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Capítulo 2 (Primera parte)

LA LLAMADA AL SEGUIMIENTO

Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió (Mc 2, 14). Se produce la llamada y, sin otro intermediario, sigue el acto de obediencia por parte del que ha sido llamado. La respuesta del discípulo no consiste en una confesión de fe en Jesús, sino en un acto de obediencia. ¿Cómo es posible esta sucesión inmediata de llamada y obediencia? La razón natural encuentra esto demasiado chocante, tiene que esforzarse en cortar esta sucesión tan brutal; es preciso que algo se haya desarrollado en medio, hay que explicar algo. De cualquier forma que sea, hay que encontrar un elemento de conexión, psicológico o histórico.

Se propone la estúpida pregunta de saber si el publicano no conocía ya a Jesús, por 10 que estaría dispuesto a seguir su llamada. Pero el texto se obstina en no responder a este punto; 10 único que importa es, precisamente, esta sucesión inmediata de llamada y acción. No le interesan las motivaciones psicológicas de las decisiones piadosas de un hombre. ¿Por qué? Porque sólo hay una motivación que explique suficientemente esta sucesión de llamada y acción: Jesucristo mismo. Él es quien llama. Por eso obedece el publicano. En este encuentro queda atestiguada la autoridad incondicional, inmediata y no motivable de Jesús. Nada precede aquí y nada sigue más que la obediencia del que ha sido llamado. Jesús, por ser el Cristo, tiene poder pleno para llamar y exigir que se obedezca a su palabra. Jesús llama al seguimiento, no como un profesor o como un modelo, sino en cuanto Cristo, Hijo de Dios. Así, en este breve pasaje, 1o único que se anuncia es a Jesucristo y el derecho que tiene sobre los hombres. Ninguna alabanza recae sobre el discípulo o sobre su cristianismo lleno de decisión. La mirada no debe dirigirse hacia él, sino únicamente hacia e! que llama y hacia su pleno poder. No hay otra indicación de un camino que conduzca a la fe, al seguimiento; el único camino hacia la fe es el de la obediencia a la llamada de Jesús. ¿Qué se nos dice sobre el contenido del seguimiento? Sígueme, ven detrás de mí. Esto es todo. Ir detrás de él es algo desprovisto de contenido. Realmente, no es un programa de vida cuya realización podría aparecer cargada de sentido, no es un fin, un ideal, hacia e! que habría que tender. No es una causa por la que, desde un punto de vista humano, merecería la pena comprometer algo, incluso la propia persona.

¿Y qué pasa? El que ha sido llamado abandona todo lo que tiene no para hacer algo especialmente valioso, sino simplemente a causa de la llamada, porque, de lo contrario, no puede marchar detrás de Jesús. A este acto no se le atribuye el menor valor. En sí mismo sigue siendo algo completamente carente de importancia, indigno de atención. Se cortan los puentes y, sin más, se continúa avanzando. Uno es llamado y debe salir de la existencia que ha llevado hasta ahora, tiene que “existir”, en el sentido más estricto de la palabra. Lo antiguo queda atrás, completamente abandonado. El discípulo es arrancado de la seguridad relativa de la vida y lanzado a la inseguridad total (es decir, realmente, a la seguridad y salvaguarda absolutas en la comunidad con Jesús); es arrancado al dominio de lo previsible y calculable (o sea, de lo realmente imprevisible) y lanzado al de lo totalmente imprevisible, al puro azar (realmente, al dominio de lo único necesario y calculable); es arrancado de! Dominio de las posibilidades finitas (que, de hecho, son infinitas) y lanzado al de las posibilidades infinitas (que, en realidad, constituyen la única realidad liberadora).

Esto no es una ley general; más bien es exactamente lo contrario de todo legalismo. Insistamos en que sólo significa la vinculación a Jesucristo, es decir, la ruptura total de toda programática, de toda abstracción, de todo legalismo. Por eso no es posible ningún otro contenido: porque Jesucristo es el único contenido. Al lado de Jesús no hay otro contenido. Él mismo es el contenido. La llamada al seguimiento es, pues, vinculación a la persona de Jesucristo, ruptura de todo legalismo por la gracia de aquel que llama. Es una llamada de gracia, un mandamiento de gracia. Se sitúa más allá de la enemistad entre la ley y el Evangelio. Cristo llama, el discípulo sigue. La gracia y el mandamiento se unifican. «y andaré por camino anchuroso porque voy buscando tus preceptos» (Sal 119, 45).

El seguimiento es vinculación a Jesucristo; el seguimiento debe existir porque existe Cristo. Una idea sobre Cristo, un sistema de doctrina, un conocimiento religioso general de la gracia o del perdón de los pecados no hacen necesario el seguimiento; de hecho, todo esto excluye el seguimiento y le es hostil. Al ponemos en contacto con una idea, nos situamos en una relación de conocimiento, de entusiasmo, quizás de realización, pero nunca de seguimiento personal. Un cristianismo sin Jesucristo vivo sigue siendo, necesariamente, un cristianismo sin seguimiento, y un cristianismo sin seguimiento es siempre un cristianismo sin Jesucristo; es idea, mito. Un cristianismo en el que sólo se da Dios Padre, pero no Jesucristo, su Hijo vivo, suprime el seguimiento.

Existe entonces confianza en Dios, pero no seguimiento. Puesto que el Hijo de Dios se ha hecho hombre y es nuestro mediador, el seguimiento es el tipo correcto de relación que se debe tener con él. El seguimiento está ligado al mediador, y cuando se habla correctamente del seguimiento se habla también del mediador, Jesucristo, Hijo de Dios. Sólo el mediador, el hombre-Dios, puede llamar al seguimiento. El seguimiento sin Jesucristo constituye la elección personal de un camino quizás ideal, quizás del camino del martirio, pero carece de promesa. Jesús debe rechazarlo. y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios» (Lc 9, 57-62).

El primer discípulo propone a Jesús seguirle, no ha sido llamado. La respuesta de Jesús le indica a este entusiasta que no sabe lo que hace. No puede saberlo. Este es el sentido de la respuesta, con la que se muestra al discípulo la vida con Jesús en toda su realidad. Quien habla aquí es el que se díríge hacia la cruz, aquel cuya vida entera es descrita en el símbolo de los apóstoles con el término «padeció». Ningún hombre puede desear esto por propia elección. Nadie puede llamarse a sí mismo, dice Jesús, y su palabra queda sin respuesta. El abismo entre el ofrecimiento voluntario al seguimiento y el verdadero seguimiento sigue abierto. Pero cuando es Jesús mismo quien llama, supera incluso el abismo más profundo. El segundo quiere enterrar a su padre antes de seguirle. Está ligado a la ley. Él sabe lo que quiere hacer y debe hacer. Ante todo, conviene cumplir la ley; después vendrá el seguimiento. Un claro precepto de la ley se encuentra aquí entre el que ha sido llamado y Jesús. Ya este precepto se opone con fuerza la llamada de Jesús, que no admite que, precisamente ahora, se interponga cualquier cosa, bajo ningún pretexto, entre Jesús y el que ha sido llamado, ni siquiera lo más grande y santo, ni siquiera la ley. Precisamente ahora, la ley que quería interponerse debe ser transgredida por amor a Jesús; porque ella no tiene ningún derecho entre Jesús y aquel a quien él ha llamado. Jesús se opone aquí a la ley y ordena que se le siga. Sólo Cristo habla de esta forma. Tiene la última palabra. El otro no puede resistírse. Esta llamada, esta gracia, son irresistibles.

El tercero, como el primero, entiende el seguimiento como un ofrecimíento suyo personal, como un propio programa de vida que se ha escogido. Pero, al contrario que el primero, se juzga con derecho a poner condiciones. De este modo, se contradice plenamente. Quiere acompañar a Jesús, pero al mismo tiempo coloca algo entre él y Jesús: «Permíteme primero». Quiere seguir, pero creándose sus propias condiciones de seguimiento. Para él, el seguimiento es una posibilidad cuya realización supone el cumplimiento de determinadas condiciones y presupuestos. Con esto, el seguimiento se convierte en algo humanamente comprensible e inteligible. Primero se hace una cosa, después otra. Todo tiene su derecho y su tiempo. El discípulo se pone a disposición de Jesús, pero conservando el derecho a poner condiciones. Es evidente que, desde este instante, el seguimiento deja de ser seguimiento. Se convierte en un programa humano que yo me establezco según mi propio juicio, que puedo justificar racional y éticamente.

Este tercer discípulo desea seguir a Cristo, pero desde el mismo momento en que expresa tal intención, no quiere ya seguirle. Con su misma oferta suprime el seguimiento; porque el seguimiento no admite condiciones susceptibles de intervenir entre Jesús y el que obedece. Este tercer discípulo cae, pues, en contradicción no sólo con Jesús, sino consigo mismo. No quiere lo que Jesús quiere, ni siquiera quiere lo que quiere. Se condena a sí mismo, se encuentra en conflicto consigo mismo, y sólo por el «permíteme primero». La respuesta de Jesús, mediante una imagen, le confirma este conflicto interno que excluye el seguimiento: «Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el reino de Dios». Seguir a Cristo significa dar unos pasos determinados. El primero, el que sigue inmediatamente a la llamada, separa al que sigue de la existencia que ha llevado hasta ahora. La llamada al seguimiento crea, al punto, una situación nueva. En la situación antigua son incompatibles el «quedarse» y el «seguir». Esto fue completamente claro desde el principio. El publicano debió abandonar la oficina de contribuciones, Pedro debió dejar sus redes y marchar detrás de Jesús. Según nuestro modo de comprender las cosas, podría haber sucedido de otra forma. Jesús podría haber ayudado al publicano a adquirir un conocimiento nuevo de Dios y dejarlo en su antigua situación.

Si Jesús no hubiese sido el Hijo de Dios, esto habría sido posible. Pero como Jesús es el Cristo, hacía falta que quedase bien claro desde el principio que su palabra no es una doctrina, sino una nueva creación de la existencia. Se trataba de ir realmente con Jesús. Cuando él llama, esto significa para el que recibe la llamada que sólo hay una posibilidad de creer en Jesús: abandonarlo todo y acompañar al Hijo de Dios hecho hombre. Con este primer paso, el que sigue es puesto en una situación que le permite creer. Si no sigue, si se queda atrás, no aprende a creer. El que ha recibido la llamada debe salir de su situación, en la que no puede creer, para introducirse en la situación que le permite creer. En sí mismo, este paso no tiene ninguna clase de valor programático; sólo se justifica por la comunión que se adquiere con Jesús. Mientras Leví permanezca en su oficina de contribuciones y Pedro junto a sus redes es posible que cumplan su oficio honrada y fielmente, es posible que tengan un conocimiento nuevo o antiguo de Dios; pero si quieren aprender a creer en Dios, es necesario que obedezcan al Hijo de Dios encamado, que marchen con él. Antes era de otra forma. Podían vivir pacíficamente, desconocidos, realizando su trabajo, observando la ley y esperando al Mesías. Pero ahora éste ha llegado, su llamada resuena. Ahora, creer no significa permanecer tranquilos y esperar, sino ir con él siguiéndole.

Su llamada al seguimiento ha abolido ahora todos los vínculos en beneficio del único lazo que une a Jesucristo. Hubo que cortar todos los puentes, hay que dar el paso hacia la inseguridad infinita, a fin de reconocer lo que Jesús exige y lo que da. Leví, en su oficina, habría podido encontrar en Jesús una ayuda en todas sus necesidades, pero no le habría reconocido como el único Señor, en cuyas manos debía poner toda su vida, no habría aprendido a creer. Hay que crear la situación en que se puede creer en Jesús, Hijo de Dios encamado, esta situación imposible en la que se hace depender todo de una sola cosa, de la palabra de Jesús. Es preciso que Pedro salga del bote y marche sobre el agua insegura para que experimente su debilidad y la omnipotencia de su Señor. Si no hubiese salido, no habría aprendido a creer. Hay que dejar clara esta situación sobre el mar inseguro, situación absolutamente imposible e irresponsable en el plano ético, a fin de que la fe sea posible. El camino de la fe pasa por la obediencia a la llamada de Jesús. Este paso es necesario; sin él, la llamada de Jesús se pierde en el vacío y toda presunta obediencia se revela como una falsa exaltación. Al establecer la diferencia entre una situación en la que se puede creer y otra en la que no se puede creer, corremos un gran peligro.

Debe quedar claro, ante todo, que la situación por sí misma nunca nos revela a cuál de estas dos clases pertenece. Sólo la llamada de Jesús la cualifica como situación en la que se puede creer.
En segundo lugar, no corresponde al hombre determinar cuál es la situación en la que es posible la fe. El seguimiento no es una oferta del hombre. Sólo la llamada crea la situación. En tercer lugar, esta situación nunca implica en sí misma un valor propio, sólo la llamada la justifica. Por último, y esto es esencial, la situación en la que se puede creer sólo llega a producirse por medio de la fe. La idea de una situación en la que se puede creer es sólo la descripción de un estado de hecho en el que son válidas las dos frases siguientes, ambas igualmente verdaderas: sólo el creyente es obediente y sólo el obediente cree. Supone un grave atentado a la fidelidad bíblica tomar la primera frase dejando la segunda. Sólo el creyente es obediente; pensamos que entendemos esto. La obediencia es una consecuencia de la fe, como el buen fruto es producto del buen árbol, decimos.

Primero la fe; sólo después viene la obediencia. Si con esto sólo pretendemos probar que la fe sola justifica y no los actos de obediencia, entonces tenemos la condición preliminar necesaria e irrefutable para todo lo restante. Pero si con esto hemos de dar una precisión temporal cualquiera, según la cual primero habría que creer para que, a continuación, intervenga la obediencia, entonces se separaría la fe de la obediencia, y sigue existiendo el problema práctico sobre cuándo debe comenzar la obediencia. La obediencia queda separada de la fe. Es verdad que la obediencia y la fe deben estar separadas a causa de la justificación, pero esta separación no puede suprimir la unidad que existe entre ellas y que consiste en que la fe sólo se da en la obediencia, nunca sin ella, y en que la fe sólo es fe en el acto de obediencia.

Puesto que es inexacto hablar de la obediencia como de una consecuencia de la fe, y con el fin de fijar la atención en la unidad indisoluble de fe y obediencia, conviene contraponer a la frase «sólo el creyente es obediente», la otra: «sólo el obediente cree». Si en la primera proposición la fe es presupuesto de la obediencia, en la segunda la obediencia es presupuesto de la fe. Del mismo modo que la obediencia ha sido llamada consecuencia de la fe, hay que llamarla también presupuesto de la fe. Sólo el obediente cree. Para poder creer hay que practicar la obediencia a una orden concreta. Es preciso dar un primer paso de obediencia para que la fe no se convierta en una forma piadosa de engañarse a sí mismo, para que no se convierta en gracia barata. Esto depende del primer paso, que es cualitativamente distinto a todos los siguientes. El primer paso de la obediencia debe llevar a Pedro lejos de sus redes, fuera de su barca, debe llevar al joven rico lejos de sus riquezas. Sólo en esta existencia nueva, creada por la obediencia, es posible creer.

(La segunda parte de este Capítulo dos, continuará en la próxima edición de EEM).