“Deléitate asimismo en Jehová y él te concederá los deseos de tu corazón” (Salmo 37:4). Para mi esposo Uwe siempre fue un gran anhelo en lo íntimo de su corazón el vivir en los Estados Unidos, y su anhelo le fue concedido, no fue algo sencillo e implicó mucho esfuerzo y trabajo para él, pero Dios le ayudó y logró certificarse como maestro de educación bilingüe, pasar los exámenes correspondientes hasta aprobarlos, y finalmente obtener el empleo que le permitiría trabajar legalmente y permanecer con toda la familia en Houston, Texas.
“Encomienda al Señor tu camino, y confía en él, y él hará” (Salmos 37.5). En el tiempo en el cual él iniciaba todo el proceso, orábamos para que Dios nos confirmara su perfecta voluntad, pues implicaba grandes cambios para toda la familia, y aunque el deseo de Uwe y mío era el de ofrecer a nuestras hijas una mejor calidad de vida y de oportunidades, nos preguntábamos si este era el camino para llegar a ello, y si estábamos tomando la mejor decisión.
En las siguientes semanas recuerdo que el pastor de nuestra iglesia y su esposa nos visitaron en casa, y veíamos que no estaban plenamente convencidos de que nos fuéramos , pero nos dijeron que iban a orar de una forma específica esa noche, y oraron, y una parte de su oración decía así: “Señor, tú que todo lo ves y todo lo sabes, que eres soberano en todas las cosas, te rogamos que si este no es el camino que tú tienes para esta familia, les cierres todas las puertas para que no se vayan de este lugar, cierra esas puertas si esta no es tu voluntad”. Esa sí que fue una oración muy específica.
Pero después de esto el Señor siguió obrando, y nos mostraba su divina voluntad, y para sorpresa nuestra, se suscitaban nuevas señales de que íbamos en el camino correcto; y él no cerraba sino que abría puertas para que partiéramos de Monterrey a Houston.
Siempre había escuchado decir que cuando Dios bendice, lo hace abundantemente y sin medida, y para gloria de él pudimos vivir esta verdad. Dios puso en el corazón de una pareja de amigos que ya vivían en Houston el invitarnos a conocer el área donde ellos vivían, y considerarla como opción para que viviéramos por ahí. Fuimos un fin de semana, era un área hermosa, llena de bosque y tranquilidad. El lugar era tan bello que rebasó todas nuestras expectativas, y recuerdo que le comenté a Uwe, “Esto es demasiado bello, pero demasiado para nuestras posibilidades económicas”, esa era nuestra realidad. Pero Dios tenía una vez más su mano obrando en nuestra nueva aventura de vida. Estando ahí estos amigos, nos comunicaron que estaban por marcharse por 6 meses al extranjero, por lo cual su casa se quedaría sola, y ellos deseaban que nosotros fuéramos los guardianes mientras regresaban. Nuestra sorpresa no tuvo igual pues hasta nos dejaron su camioneta.

Partimos a Houston, dejando nuestra casa en Monterrey. Llegamos a Kingwood, Texas, nuestro nuevo hogar por 6 meses. Dios permitió que el distrito que contrató a Uwe estuviera cerca de donde viviríamos. Nuestros amigos nos apoyaron con la inscripción de la escuela de mis hijas, ya en condiciones extemporáneas, pero ayudados por el Señor. El estatus de visa que teníamos sólo permitía a un miembro de la familia trabajar, así que le tocó a Uwe, y yo, después de 35 años de trabajar, recibí el regalo de disfrutar de mis hijas, cocinarles, llevarlas y traerlas de la escuela; y al hacerlo, le decía al Señor: “No entiendo tu gracia y amor tan grande”.
En el inicio del verano de 2013, Uwe asistió a un examen de rutina con su doctora, quien le comentó que todo estaba en orden, pero que uno de los niveles de los exámenes urinarios era elevado, y sin más, le dijo: “Quiero que lo revise un nefrólogo”. Le programaron su cita y lo acompañé. Era algo perturbador, pues la mayoría de los pacientes eran de edades más avanzadas que la de mi esposo. En fin, los resultados fueron revisados por el especialista, quien diagnosticó que los niveles sí estaban elevados, pero que no parecían anormales, pero que lo revisaría de nuevo en un mes. Regresamos a su revisión, pero ahora los resultados reflejaban que su nivel se había duplicado sin haber una razón natural para ello. Le prescribió a mi esposo una gran cantidad de exámenes, pero el más concluyente sería una biopsia de su riñón. Esto sonaba intimidante, pero oraba para que los resultados no fueran devastadores. Cuando finalmente llegaron los resultados finales, la expresión del rostro del médico era algo seria. Nos dijo que en 40 años de carrera, este era su primer caso de un nuevo padecimiento llamado Amiliodiosis. Nos difirió a una excelente hematóloga conocida de él, a quien él contactó personalmente para que tomase el caso.
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamientos en ti persevera, porque en ti ha confiado” (Isaias 26:3). Aun en medio de este diagnóstico estábamos en paz. Cuando asistimos por primera vez a la cita con la hematóloga, nos vimos inmersos en un nuevo mundo, el del Centro Médico M. D. Anderson. Era como una ciudad dentro de otra, una gran cantidad de personas iban y venían, el ambiente se percibía cálido y generoso, las personas eran muy amables y consideradas a pesar de lo ocupadas que estaban. Cuando hablamos con la hematóloga y todo su equipo, nos explicaron todo, y así nos dimos cuenta de la magnitud de lo que estaríamos enfrentando. Pero no dejamos de ver una vez más la grandeza de Dios quien estaba ofreciéndonos lo mejor del mundo para ayudarnos.
A la vez, se presentaron ante nuestros ojos humanos realidades que no podíamos dejar de considerar, y una de ellas era cómo pagaríamos este tratamiento tan costoso si nuestro seguro médico no lo cubriera. ¡Existía esa posibilidad!, y el costo equivalía a más del valor de una casa. Ahora más que nunca necesitábamos orar y confiar en que Dios nos supliría con su provisión. Y así fue, el seguro cubriría el 80% del costo, y si excedía cierta cantidad, cubriría el 100%. En tal caso, habría qué pagar un deducible, pero hasta en eso el Centro médico nos apoyó, pues lo pagaríamos mensualmente.
Así se inició una serie de exámenes y tratamientos, pasamos días completos en el Centro Médico, llegábamos a las 8:00 am y salíamos a las 6 o 7 pm, pero con una nueva esperanza. La hematóloga prescribió el tratamiento: Varias quimioterapias para las cuales no era necesaria su hospitalización, y después de ellas se le estimularía a la multiplicación de sus células, se haría un conteo de ellas cada 2 o 3 días, y cuando se tuviera la cantidad adecuada, se procedería a sacar de sus propias células madre lo necesario, separando las correctas o limpias del amiloide con un aparato sofisticado, y se conservarían en refrigeración para su trasplante cuando ya fuera necesario. Era todo una novedad de procedimientos médicos de autotransplante.
Sólo una de sus quimioterapias sería fulminante, y habría que hospitalizar a Uwe, cuidando que no se presentara ninguna complicación a pesar de que el riesgo era grande, y más durante el tiempo crítico al inicio y luego durante el trasplante de sus células limpias. Mientras, el amiloide que estaba dañando su riñón peligraba en extenderse a otros órganos importantes. Dios puso en Uwe la convicción de que al someterse a todo esto era para salir adelante, con la ayuda de Dios. Su familia fue un gran apoyo durante todo el proceso. En lo administrativo, su hermano fue quien más se hizo cargo. Su hermana Hedi, enfermera cirujana, que vive en Austria, dejo a su esposo dando conferencias en España, y se vino a Houston para hacerse cargo de Uwe durante la hospitalización. Me era de gran alivio contar con ella para auxiliarme en la traducción de la terminología médica. Su prima Hanne, quien también es auxiliar de enfermería, viajó dese el Estado de Washington para apoyar por unas semanas. La mamá de Hanne viajó desde California para apoyar en su cuidado médico posterior a la hospitalización. Tuvimos que rentar una suite porque los médicos debían tener a Uwe a menos de 30 millas del hospital, por cualquier emergencia que se presentase.
Dios seguía mostrándole a Uwe cuánto lo amaba al traerle a toda esa gente llena de amor para cuidarlo. De nuestra iglesia, la Second Baptist Church, donde Uwe sirve en el ministerio musical tocando el chelo durante los domingos, nos brindó un gran apoyo al pagar una semana de la estancia en la suite.
Fueron semanas largas y pesadas para él más que para nadie. La atención medica era muy buena. Nuestras hijas le visitaban, pero no podían quedarse por la noche debido a su escuela, pero sí se quedaban los fines de semana. Las visitas estaban restringidas, y sólo las personas que lo cuidábamos podíamos estar allí, siempre con mascarilla y guantes. Aun así, el amor, cuidado y oraciones de mucha gente se hicieron notorios. Le imprimimos los mensajes electrónicos y celulares que le enviaron para animarle. Le construimos un muro con tarjetas de buenos deseos que le enviaban, y él podía verlo desde su cama. Sus compañeros de trabajo nos hicieron llegar alimentos para nuestra familia. Un buen amigo, William, nos sorprendió viniendo desde McAllen con una gran cantidad de frutas y verduras frescas para que Uwe comiera saludable, y se quedó unos días para hacerle compañía y platicar con él. No puedo acabar de contar las bendiciones que Dios nos brindó durante este difícil recorrido.
Luego de unos días las cosas serían menos difíciles, pero hubo que sufrir las secuelas de la quimo, tanto que a veces él sentía que ya no volvería a estar bien. Pero Dios le daba fuerza de su debilidad y lo sacaba adelante. Gracias a Dios, no surgió ninguna complicación infecciosa a pesar de que su sistema inmunológico estaba muy vulnerable.
Al inicio de 2014, el equipo médico lo autorizó para regresar a trabajar, pero con ciertas precauciones. Así Dios le dio la fuerza y entereza para regresar a su clase, donde los niños eran de gran alegría y aliciente para él. Regresaba cada día a casa cansado pero feliz. Dios ha estado hasta el día de hoy fortaleciendo su vida física y espiritual, dándole a conocer a él y a todos nosotros que Dios tiene siempre propósitos buenos para nuestras vidas. El venirnos a Houston ahora tenía otra gran explicación que nos era desconocida en aquellos días en Monterrey cuando orábamos para saber la voluntad de Dios. Él nos trajo para sanar a mi esposo, y paras que todos aprendiéramos vivencialmente a jamás dudar de la gracia de nuestro Padre celestial. Dios me mostró cuán frágil puede ser el tener un día y quizá no al otro día a mi compañero de vida a mi lado, al padre de mis hijas para mí y para ellas ellas; y aprendí cuán agradecida y cuidadosa debo ser con este regalo que él me prestó. No bastarían las palabras de agradecimiento a Dios por permitirnos superar esta experiencia, y haber salido adelante juntos. En este mes de septiembre, exactamente a un año de haber pasado Uwe todo su tratamiento, tuvo su cita con su médico que le atendió en el procedimiento de trasplante celular, y le dio la feliz noticia de que oficialmente su paciente Uwe estaba considerado dado de alta total de su padecimiento de Amiliodosis. El médico lo felicitó pues los pacientes que regresaban a hospitalización eran aquellos que durante el año posterior al tratamiento registraran algún tipo de retroceso, que no fue el caso de Uwe ya que las oraciones por una recuperación creciente fueron contestadas. Mi familia y yo nos quedamos con un crecimiento en la fe y el amor para Dios y nuestros deseos de vivir para agradarle, valorando todo lo que ya tenemos, una familia feliz y grandes compañeros en la fe. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de Misericordia y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con la que nosotros somos consolados por Dios”
(2ª Co. 1:3-4).


Un conmovedor testimonio de la forma misteriosa en que Dios obra a favor de sus hijos.
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