Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 07
Chihuahua, Chih., 15 de noviembre, 2014
El Conocimiento de Dios
Es verdad que uno de los más gratos beneficios del nuevo pacto es que mediante Jesucristo hemos obtenido un nuevo, vivo y tierno conocimiento de Dios (He. 8:11). Pero por otro lado necesitamos reconocer que frecuentemente las Sagradas Escrituras nos hablan en un mismo lugar de dos tiempos (el ya y el todavía no), cuando parece nos hablan de solamente uno. La verdad es que aún no ha llegado “lo perfecto” cuando “conoceremos como fuimos conocidos” (1ª Co. 13:10,12). Con esto queremos decir que por mucho que alcancemos la bienaventuranza de conocer a Dios, en realidad será casi nada en comparación con el conocimiento que él ha reservado para nosotros en algún tiempo futuro, cuando los mejores dones del nuevo pacto nos sean dados como parte de las riquezas que en Cristo se nos heredaron. Este lado de nuestra teología era denominada por los reformadores en el siglo XVI el Deo absconditus, el Dios escondido, contra el aspecto revelado o Deo revelatus. Los teólogos protestantes de mediados del siglo XX nos enseñaron a pensar en Dios como el enteramente Otro. Así que lo conocemos en alguna medida y manera, pero en realidad aún no. Vamos, ni siquiera lo conocemos por algún nombre, y esto debido a su resistencia a proporcionárnoslo. Cuando Moisés insistía en conseguir el nombre de Dios, sólo se le respondió con el tetragramaton YHWH, Jehová, o aun mejor, Yahveh. Pero no se trata de un nombre en el sentido estricto y formal, sino de un enunciado de una de las cuantiosas cualidades de Dios mismo, describiéndose como el eterno, el que siempre es. Era como si Dios respondiera a Moisés, “¿Y para qué quieres saber mi nombre? Confórmate con saber que yo soy: el que soy”. Denominarlo como Santo, de nuevo no es un nombre sino una de las muchísimas cualidades de él. Y llamarlo conforme la máxima revelación de él, la que nos trajo Jesús, mostrándolo como el Padre, es otra vez mencionarlo por uno de sus atributos, el más hermoso, pero no por un nombre. Quizá la negativa de Dios de proporcionar un nombre se deba al concepto judío de suponer que cuando se nombraba a una cosa, era para ejercer dominio sobre aquello nombrado. Esa era la idea cuando Adán nombró a los animales del huerto, acción que cubría un aspecto de su facultad para sojuzgarlos y enseñorearse sobre ellos (Gn. 1:28; 2:19). Dios no nos deja gobernarlo ni siquiera con el manejo de nuestros conceptos. Esto debiera bajarnos los humos de sentirnos “muy teólogos”. Después de todo, en teología prácticamente ya se ha dicho todo. No somos más que repetidores, ecos, de lo ya dicho (y lo menciono en el contexto de que los metodistas mexicanos recientemente enfatizamos la fuente teológica de La Razón). En cambio, podemos humildemente amarlo porque “nos amó primero” (1ª Jn. 4:19), desbordarnos en alabanza ante su presencia, maravillarnos de su inexplicable gracia, servirlo entregándole nuestra voluntad, y reflejarlo mediante una misión iluminadora que disipe algunas de las muchas tinieblas que nuestro mundo padece. Pbro. Bernabé Rendón M.
