Las respuestas amorosas de Dios

Dice un cuento persa que una vez un joven dijo a su maestro: “No creo en los milagros, pues nunca los he visto”. Entonces el anciano lo llevó al bosque donde enterró una semilla. Ante la mirada de ambos, la semilla germinó y en un minuto se convirtió en un árbol. El joven, asombrado, reaccionó, “¡Creo en los milagros!” Entonces su maestro le dijo: “¡Qué vacuo eres! El verdadero milagro que has visto no fue la rapidez del crecimiento del árbol, sino el milagro de la vida. Una semilla se abrió para dejar salir la planta verde, la cual se fue perfeccionando hasta convertirse en un árbol capaz de multiplicar en miles las semillas iguales a la original. Este milagro está sucediendo a tu alrededor todos los días. Pero tú, en lugar de ver la generación y transformación de la vida, sólo viste la forma como sucedió.”

A muchos cristianos les pasa lo mismo. En los milagros sólo ven la forma y no el hecho en sí. Dios está haciendo milagros todos los días, pero no los ven. Dios sana milagrosamente en respuesta a nuestra oración no solamente de modo directo, sino a veces también de modo indirecto. El modo no es el elemento milagroso, sino la acción de Dios cambiando la enfermedad en salud.

En una plática de amigos escuchamos al Hno. José Luis narrar la historia que ahora compartimos. Puesto que se trata de un milagro de la grandeza del Padre, solicitamos a José Luis escribiera su anécdota para publicarla aquí, cosa que con buena voluntad hizo.

joseluis ramirez
El Hno. José Luis Ramírez Martínez es Probando de la Conferencia del Distrito Chihuahua. Es el Pastor Titular de la IMMAR Shalom Norte, en la Ciudad de Chihuahua, donde vive con su esposa Leticia Caro de Ramírez.
Fue elegido Presidente de Cooperación Misionera Iberoamericana (CONIBAM), asociación misionera activa en los países latinoamericanos.

Eran los tiempos de mi adolescencia, empezaba a jugar basquetbol, pero mis huesos se resentían y las articulaciones se inflamaban. Mientras un médico decía que tenía fiebre reumática, otro decía que era un soplo en el corazón. En aquellos días, la ciencia no estaba tan avanzada y los medios económicos de mis padres no daban como para buscar especialistas.

Al paso de los años, al ingresar a la Universidad de Chihuahua, ciudad donde vivo, se dio la oportunidad de consultar un reumatólogo, y después de unos análisis especiales determinó y dijo: “Usted tiene Espondilitis Anquilosante”, suena feo, ¿no? Pues aparte de las dolencias en las articulaciones, la columna vertebral se va deformando. Yo leía los artículos de personas con esta enfermedad, y muchos morían o quedaban inválidos, en silla de ruedas o tendidos en una cama, casi inmovilizados.

Mi ritmo de vida siempre había sido de mucha actividad, una buena alimentación y constante ejercicio; sin embargo, hace dos años, dos días antes de cumplir los 60, mi columna tronó, uso esta expresión para señalar que ya no aguantó más; las vértebras muy desviadas y el contacto entre discos por desgaste provocaron una crisis que llamaron “una muy fuerte contractura muscular”.

Quedé prácticamente inmovilizado, el médico ortopedista vino a casa y dijo: debemos operar inmediatamente. Yo le dije a mi esposa: -No me voy a operar, busquemos otras alternativas-.

Intentamos terapias con un quiropráctico y máquinas modernas que no surtieron efecto; fueron dos meses de constante dolor, sin apetito, sin poder caminar ni con andador, ocho kilos menos de peso, incapaz de darme vuelta en la cama por mí mismo; le pedía a mi esposa que me jalara de la cadera para cambiar de posición. En las plantas de los pies se empezó a formar una capa gruesa de pellejo que mi esposa cortaba con tijeras. En los pocos momentos en que mi esposa salía de la casa yo le gritaba desesperadamente a Dios y le decía: “Padre, ¿qué es esto? ¡Muéstrame de qué se trata! No entiendo cuál es tu propósito”. Ahora recuerdo la Escritura sobre el ciego Bartimeo que le gritaba a Jesús: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!

Llegó la Providencia, Dios empezó a actuar: Los amigos, hermanos, iglesias enteras empezaron a orar por mí. Un pastor amigo desde Aguascalientes me llamó para decirme que su hermano era el pionero de la medicina alternativa en México, y que me subiera al avión y me trasladara a México y él se encargaría de mí, pero mi respuesta fue: Si no me puedo mover, menos subir a un avión. El pastor insistió con su hermano quien le dijo que aquí en Chihuahua había un colega de él que me podría atender. Ellos mismos hicieron la cita para el siguiente día, y fuimos al doctor quien, al verme y checar las radiografías, dijo: -Efectivamente, vienes dañado, te voy a inyectar-.

Fueron células aplicadas a mi columna que empezaron a regenerar mis células, y que a las tres semanas harían notar un cambio.

La Respuesta de Dios: En una de esas pláticas con mi Señor, me dijo que me iba a levantar como las águilas. ¿Como las águilas? dije yo asombrado, yo sabía cómo las águilas eran renovadas cuando decidían vivir más años, desgarrando su pico contra la roca para esperar un pico nuevo, arrancando sus garras viejas y esperando a que nacieran nuevas, arrancando sus plumas viejas y esperando nuevas plumas. Todo este proceso duraría 5 meses pero con dolor.

A las dos semanas el efecto empezó a ocurrir en mi vida: Empezaba a caminar con muletas cuando mi esposa, a los 15 días, notó un cambio y dijo: ¡Ya te volvió el color! Empezó a salir piel nueva en las plantas de mis pies y en las palmas de mis manos, mi piel nueva era como de bebé. También el doctor me hizo soltar las muletas y me obligó a caminar extendiendo sus brazos como si yo fuera un bebé; caminé como 5 metros, y me agarré de la pared. Fueron mis primeros pasos después de un nuevo caminar.

Restauración total: Poco a poco mis músculos se fueron fortaleciendo de nuevo, fui recobrando el apetito, inicié terapias de nado en la alberca, y tiempo después regresé a intentar jugar basquetbol como antes. Por momentos creí que nunca lo volvería a lograr, pero ahora, después de dos años de haber pasado por esa tremenda experiencia, fui invitado a representar al Estado de Chihuahua en un Torneo Nacional con el equipo de basquetbol de veteranos de “Los Dorados de Chihuahua”… ¿Increíble? Para Dios no hay imposibles.

Confieso que al escribir estas notas y recordar detalle por detalle el milagro que Dios hizo en mi vida, me fue imposible continuar escribiendo, me inundó un sentimiento extraño de agradecimiento difícil de expresar combinado con el llanto que me impidió seguir escribiendo.

Al siguiente día continué la escritura, y esto es, querido lector, lo que puedo testificar del excelso poder de Dios en mi propia vida.

Para terminar, quiero agregar un comentario que sucedió entre mi esposa y yo hace unos meses. Le pregunté: ¿Tú creíste que iba a morir cuando caí enfermo? Y me respondió que sí. ¿Por qué?, le pregunté yo; y ella dijo: Te empezabas a llagar, no querías comer ni lo que tanto te gustaba y perdiste la noción del tiempo cuando a las 6 de la tarde preguntabas que si ya había amanecido…

Y luego me preguntó, ¿y tú? Le dije: Yo nunca pensé que me iba a morir, yo estaba seguro que mi Dios me iba a levantar, pero no sabía de qué manera, pero estaba confiado que no era mi tiempo a pesar de las circunstancias. Ahora vivo agradecido y sirviéndole a Él, al que me dio y conservó la vida.

Después de mi agradecimiento a Dios porque me devolvió mi salud, le alabo también por la disposición de mi esposa, quien estuvo todo el tiempo conmigo sufriendo y viéndome sufrir… como la ayuda idónea que Dios me dio.

José Luis Ramírez Martínez