Dios me ama.

Dr. Ernesto ContrerasEste artículo fue escrito por el Dr. Ernesto Contreras Pulido, médico especializado en el tratamiento del cáncer mediante quimioterapia y radioterapia.
Fue líder laico metodista dentro de la CANO mientras vivió en Playas de Tijuana, B. C. Actualmente vive con su familia en San Diego, California, E. U. A., donde colabora con la Iglesia de Las Asambleas de Dios.

Aunque hay mil y más razones por las que es una grande bendición ser cristiano, hoy quiero hacer énfasis en la bendición que es saber que realmente Dios nos conoce en forma individual, nos ama, y tiene un plan maravilloso para nuestra vida en particular. A los que hemos invertido en el estudio de las ciencias más de 40 años, cada día nos dejan más perplejos, los múltiples conocimientos descubiertos en los últimos 50 años, que cada vez con más elocuencia, nos demuestran la real, asombrosa, e inmensa sabiduría de Dios.

Es verdaderamente maravilloso reconocer con qué maestría, precisión, y belleza, desde la misma creación de Eva, Dios tuvo que diseñar, crear, y hacer funcionar perfectamente y desde el primer instante, múltiples tejidos, órganos, glándulas, y sistemas, con el único propósito de que, al llegar a la madurez biológica, toda mujer fértil pudiera concebir, engendrar, dar a luz, y alimentar a sus hijos.

Y es que el cuerpo de la mujer es maravillosamente más complicado que el del varón, pues no sólo tiene más órganos, aparatos y hormonas, sino que además, todos ellos funcionan con la perfección y sofisticada armonía de un reloj biológico. Por ejemplo, son obvias las diferencias que hay en la estructura y forma de los huesos de la cadera en una mujer, y ahora se sabe que desde el cuarto mes de gestación o desarrollo dentro de la matriz, el cerebro de la mujer desarrolla más que el varón, las áreas relacionadas con la comunicación y las emociones.

Mientras más lo estudiamos, nos damos cuenta que aunque parece algo natural y ordinario, el que una mujer logre concebir y engendrar un hijo, es algo poco menos que un milagro, pues para empezar, la simiente del varón, el espermatozoide, solo sobrevive unos tres días después de que es expulsado, por lo que para engendrar un hijo, tiene que ser depositado adecuada y oportunamente en el interior de la mujer, y librar obstáculos como el localizar y penetrar el cuello de la matriz, y una vez dentro de ésta, ascender hasta su fondo, llegar hasta el conducto de Falopio que a manera de túnel lo conduce hasta el ovario que ovuló ese mes, y alcanzar ahí a la simiente de la mujer, el óvulo, dentro de las dos únicas horas en que la mujer es fértil cada mes. Por ello, de unos 300 millones de espermatozoides que son depositados, solo unos cuantos, generalmente los más fuertes y sanos, llegan a completar con éxito la hazaña, que es comparable con la de escalar el monte Everest, y sólo un espermatozoide es aceptado para fecundar el óvulo y consumar así la concepción de un hijo.

Pero por extraordinaria y excepcional que parezca tal hazaña, aún no es todo lo que se necesita para que se inicie con éxito un embarazo, pues después de la concepción, el huevo humano fecundado, llamado cigoto, que es parecido a un huevo de gallina, pero del tamaño de la punta de un alfiler, necesita viajar por varios días y sin contratiempos, a través del tubo de Falopio hacia el interior de la matriz, mientras se va multiplicando vertiginosamente, en 2, 4, 8, 16, 32, y muchas más células, tomado la forma de una mora o mórula, y cambiando de nombre a embrión. Una vez que llega a la matriz, tiene que encontrar su recubrimiento interior, llamado endometrio, sano y adecuadamente preparado para recibirlo, y solo si logra anidarse en él exitosamente, entonces establecerá un embarazo.

Ahora el embrión cambia de nombre a feto, y multiplicando sus células a razón de unas 4 mil por minuto, forma en sólo 266 días a partir de la concepción, en forma perfectamente coordinada, y de acuerdo a lo programado por Dios en su muy particular ADN, con unos 200 tipos diferentes de células, cada uno de los tejidos, órganos, huesos, nervios, músculos, y estructuras de su cuerpo, incluyendo el cerebro, y sus sofisticados aparatos como el digestivo, respiratorio y reproductor, de tal manera que en sólo 9 meses, queda completo, con ojos, orejas, uñas y pelo, y listo para nacer. Pero eso no es todo, Dios también escoge y nos hereda a través del ADN, los talentos, capacidades, inteligencia y habilidades necesarias para que a su tiempo, podamos cumplir feliz y excelentemente, las tareas y responsabilidades que nos habrá de encomendar, durante nuestro peregrinar terrenal. Esto se dice fácil; pero es algo extraordinariamente complicado, y hasta el 15% de los hijos concebidos, terminan en aborto espontáneo, ya sea por fallas en la nidación, o defectos genéticos que no son compatibles con la vida.

Con razón, más de dos mil años antes de que se descubriera el embrión y el ADN, Job y el salmista exclamaron maravillados: “¡Te alabaré porque formidables, maravillosas son tus obras! Estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien. Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado y entretejido en lo más profundo de la Tierra. Mi embrión vieron tus ojos y en tu libro, el ADN, estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. Me vestiste de piel y carne, y me tejiste con huesos y nervios.  ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!» (Sal. 139:13 al 18; Job 10:11).

Con todos estos conocimientos, qué fácil nos resulta ahora, reconocer que verdaderamente, herencia de Jehová son los hijos y cosa de gran estima a los ojos de Dios, el fruto del vientre; y que la realidad es que si cada uno de los que estamos aquí, logró ser engendrado, llegar al final de su desarrollo intrauterino sin accidentes, y ser dado a luz felizmente, no fue por casualidad, sino por la grande misericordia de Dios.

Pero si aún tiene dudas al respecto, solamente póngase a pensar qué hubiera sido de usted si al momento de nacer, Dios no le hubiera proporcionado una mamita linda sea biológica o adoptiva, bien dispuesta y capacitada con el excepcional y sacrificial amor de madre, y la sabiduría de lo Alto necesaria para cuidarlo, alimentarlo, protegerlo y educarlo, las 24 horas del día, y frecuentemente por más de 20 años consecutivos. Pues como médico, le aseguro que abandonado, no hubiera sobrevivido en este mundo hostil, ni unas cuantas horas. Que Dios nos conceda apreciar, reconocer, y corresponder adecuada y oportunamente, ante la realidad de que si llegamos y seguimos en este mundo, nos es sino porque Dios nos ama y tiene un plan maravilloso para nuestras vidas. ¡Benditas sean las mamitas lindas que Dios escogió para traernos, criarnos, y conservarnos en el mundo! AMEN, ASÍ SEA.