Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 15
Chihuahua, Chih., 31 de marzo, 2015
Queremos ser felices
Este 20 de marzo se celebró apenas por tercera vez el Día Internacional de la Felicidad, luego de la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas para que se hiciera por vez primera el 20 de marzo de 2013. La finalidad es reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos, y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno.
Todo comenzó porque el rey de Bután decidió cambiar el PIB por el FIB (Felicidad Interna Bruta), sosteniendo que la producción y ganancias económicas no son suficientes para sustentar el bienestar humano. El programa de su gobierno intenta armonizar la estabilidad económica y social con los valores culturales, el cuidado del medio ambiente, y la procuración de un buen gobierno. Fue este país el que promovió lo que es ya una resolución de las Naciones Unidas.
Y pese a que la felicidad es algo muy complicado de cuantificar, según lo reconoce la propia ONU, el tema se puso de moda, y la encuestadora Gallup ya logró determinar que hay zonas en el mundo donde la población vive con mucha mayor satisfacción que en otras y, al frente de todas ellas está Latinoamérica. La lista la encabeza Paraguay y detrás aparecen Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Panamá, Venezuela, Costa Rica, El Salvador y Nicaragua. Otros estadígrafos han aplicado diferentes métodos de medición y consideran a los países escandinavos, con Dinamarca, Finlandia y Noruega a la cabeza, como los más felices del planeta.
La idea del FIB nos suena extraña, y más si proviene de un país con serios rezagos sociales como Bután, pero al menos va más allá del concepto simplista tan manejado en nuestros púlpitos de que la felicidad es una experiencia sólo interna y privada. No se le puede quitar razón al dicho de Ortega y Gasset de que “el hombre es él y sus circunstancias”. En realidad pocas denominaciones cristianas tienen tan claro esto en su memoria histórica como el metodismo, desde que el Rev. Wesley insistió, aún en la temprana época del Club Santo, en que la fe cristiana debe vivirse en contexto. “No hay santidad sino santidad social”, nos dijo. Y eso nos guía por derivación a entender la felicidad como algo social, no privado.
Jesucristo nos instruyó sobre la felicidad, pero no la dejó únicamente como un hecho personal entre cada uno de sus discípulos y Dios, sino que fue más adelante, descubriéndonos los diferentes senderos para llegar a ella por la vía de procurar el bien de los demás. En el manejo del griego que hace Mateo, nos explica que el Señor hablaba de makarios, la bienaventuranza (Mt. 5:3-12), cuyo antecedente hebreo es ashere. ¿Cómo llegar a la bienaventuranza? Siendo pobres en espíritu, siendo de los que lloran, teniendo hambre y sed de justicia (y no se refiere a la doctrina paulina de la justificación por la fe, pues aún no existían los elementos para construir ese dogma neo-testamentario), mostrando misericordia, teniendo un corazón limpio, trabajando por la paz, y sufriendo persecución tanto por causa de la justicia como por causa de Cristo.
Esto debiera hacernos suspirar por un México mejor, por una atmósfera que mejor represente los principios del Dios Creador. Hoy en la mañana escuché a un hombre cristiano orar con lágrimas durante uno de nuestros cultos matutinos de la Semana Santa. Orábamos por las próximas elecciones de junio de 2015. Él preguntaba a Dios por qué los mexicanos debemos ir a votar al mismo tiempo que hemos llegado a sufrir tanta desconfianza hacia quienes elegimos. Usó una frase lacerante, “Dios, no merecemos un México tan corrompido”. ¿Qué podemos hacer, además de orar y evangelizar, para que Dios derrame felicidad en un ambiente de tanto agravio por parte de quienes ejercen el poder humano en lugar de ejercer la autoridad de Dios? Muchos estamos esperando aparezca el hilo que guie hacia el origen verdadero del despido de Carmen Aristegui con todo su equipo, preguntándonos mientras, ¿tendrá esto que ver con la casa de siete millones de dólares? No estamos de acuerdo en que se nos despoje de los muy pocos periodistas comprometidos con su vocación.
Claro que en Cristo podemos descubrir el secreto de la vida, la maravilla de la bienaventuranza. Pero por eso mismo tenemos hambre de que este «suelo donde hemos nacido» (como dice la Canción Mixteca) sea también menos infeliz.
Pbro. Bernabé Rendón M.















