Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 20

Chihuahua, Chih., 15 de junio, 2015


Paternidad

Pbro. Bernabé Rendón MoralesCuando en el mundo antiguo la patria potestad dio toda autoridad a los padres sobre los hijos, ésta tomó matices brutales. Por ejemplo, en De Ira, Séneca escribe: “A un perro furioso le golpeamos en la cabeza; al buey salvaje y feroz le matamos; a la oveja enferma la pasamos a cuchillo para que no infecte el resto del rebaño; la prole monstruosa la destruimos; incluso a los niños que nacen enfermos o anormales los arrojamos del hogar. No es efecto de la cólera, sino algo razonable, el que se separe lo perjudicial de lo sano” (1).

En el siglo II, el gran defensor del cristianismo, Justino Mártir, en su Primera Defensa, le echa en cara a la sociedad romana que, debido a que algunos padres rechazaban a sus hijas por ser mujeres, éstas eran abandonadas de manera legal en un lugar señalado para ese fin, de donde los dueños de burdeles las rescataban y criaban para dedicarlas a la prostitución. Esta circunstancia hacía posible, les acusaba Justino, que más tarde un padre fuera atendido sexualmente por su propia hija en un prostíbulo, sin saberlo ninguno de los dos (2).

Mucha de esta barbarie desapareció por la poderosa influencia que ejerció el cristianismo en el mundo de aquellos tiempos. Hoy, muchas personas no alcanzan a ver cuánto del mundo moderno, con su cultura judeo-cristiana, con sus leyes que pugnan por el mejor orden y las mejores garantías para niños y adultos, mujeres y hombres, es resultado de la alta moralidad que los discípulos de Jesucristo vivieron y predicaron en un principio. Aquellos cristianos ofertaron a su mundo decadente una nueva fe, una nueva teología, pero también un nuevo orden que incluía una nueva definición de lo que debería ser el matrimonio y la familia.

Teniendo a la vista el Día del Padre, celebrándose en 2015 el 21 de junio, todos los padres cristianos nos vemos en la obligación de tomar conciencia sobre nuestro papel estratégico para este nuevo orden de cosas. La mayordomía cristiana nos recuerda que nuestros hijos no son nuestros, pertenecen a Dios. Están en nuestras manos porque él nos los confió, y no podremos evadir el momento cuando daremos informes sobre esa prioridad de nuestra vida. Ningún padre puede dejar de serlo mientras haya tenido un hijo, la paternidad es irrevocable. De hecho, los hijos desde pequeños asimilan la influencia de su padre, sea destructiva o constructiva, puesto que mientras se configura su formación neurológica, aprenden de manera inexorable, ya sea por lo que oyen o por lo que ven, por lo que reciben o por sufrir la privación.

En la Tercera Carta de Juan, versículo 4, leemos, “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad”. Su gozo no era el éxito estudiantil o laboral de sus hijos. No era el gozo tan común entre los papás de hoy, debido a que los hijos sobresalgan deportiva o económicamente. Por supuesto que estas cosas representan satisfacciones deseables y encomiables, pero tendrán que venir en un segundo plano si es que hemos logrado que nuestros hijos en primerísimo lugar amen y teman a Dios, sigan a Cristo como su verdadero Señor y vayan en el proceso de asemejarse a él en su carácter. El rompecabezas de la vida de nuestros hijos se acomoda si logramos la más profunda satisfacción de nuestra responsabilidad paterna: Que nuestros hijos anden en la verdad. Juan no tuvo hijos biológicos, pero nosotros sí, y sus palabras nos interpelan directamente. Somos padres, y no hay nada ni nadie que nos pueda sustituir en el ejercicio de esta mayordomía familiar.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(1) Barclay, William, The Plain Man´s Guide to Ethics, Fontana Books, London, 1972, p. 83.

(2) Barclay, William, idem, p. 83.