Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 21

Chihuahua, Chih., 30 de junio, 2015


Nuestra Himnología

Pbro. Bernabé Rendón Morales

No tenemos manera de evaluar los beneficios que trajo a la IMMAR el avivamiento de los años 70. Uno de ellos fue una liturgia diferente en la que los cantos son elemento esencial. Los antiguos himnos memorizados desde la niñez eran entonados muchas veces por personas somnolientas que cantaban mientras volteaban hacia todos lados porque cualquier cosa podía distraer la atención. Y la música no tenía punto de conexión con la juventud, cuyos oídos estaban permeados por los ritmos, melodías y tonalidades contemporáneos. Así que la nueva himnología abrió un cauce pertinente para el renovado espíritu de adoración y gratitud. Ahora la iglesia pudo recobrar una espiritualidad más viva, una mejor contemplación, una fresca profundización experimental, que son necesarias cuando de exaltar a Dios se trata.

No obstante, Dios sufrió pérdidas. Los cantos nuevos, confeccionados por “compositores” improvisados que parecen más interesados en la venta de sus materiales o en la promoción de su persona, han estado haciendo un mal trabajo. Y lo peor es que las iglesias extraviaron su apetito por lo mejor y se rindieron entusiasmadas ante la música más sensorial.

Desde las iglesias más grandes hasta las más pequeñas, incluso las pastoreadas por ministros que han obtenido maestrías y doctorados, de quienes se esperaría un oficio más profesional, confeccionan sus órdenes de culto separando un tiempo para la Alabanza de otro para la Adoración; el primero para cantos de ritmo rápido, y el segundo para cantos de ritmo suave. El caso es que ni en la Biblia, ni en hebreo, ni en griego, ni en español la palabra Alabanza es aplicable a cantos con ritmos rápidos. Y la palabra Adoración, ni en la Biblia, ni en el hebreo, griego o español, significa cantos con ritmo lento. Este invento que los compositores disqueros nos han vendido hace violencia contra la semántica más elemental, y esto con la venia de nosotros.

Por si el destrozo de la liturgia y del lenguaje mencionado no fuera suficiente, tenemos también la proyección de los cantos en las pantallas de los templos, ya sean iglesias grandes o chicas, ya sean pastoreadas por ministros con educación teológica o sin ella, lucimos un repudio a nuestra gramática. Allí veremos siempre un anárquico uso de acentos y signos de puntuación, un empleo arbitrario de mayúsculas y minúsculas y cien demoliciones más contra nuestro español. Las pantallas sirven para que nuestros niños, jóvenes y adultos sean educados en una subcultura que los evangélicos hemos creado. Los himnos antiguos promovían la riqueza poética, mejoraban el vocabulario de nuestras iglesias, maravillaban con los giros literarios de compositores con una espiritualidad educada. Hoy promovemos la incultura, sin preguntarnos si esto honra o deshonra a un Dios Excelente. Y todo porque las referencias han dejado de ser Dios, la Biblia y el propósito de ser una iglesia capaz de educar a los pueblos, pues tenemos una referencia que nos parece mejor: Nosotros mismos. El referente verdadero es, ¿nos gusta? Y aun así nos atrevemos a repetir en cada Culto que lo hacemos “para la gloria de Dios”, ya que nuestra lógica es que si nos gusta a nosotros, tiene que gustarle a él también.

Lo dicho anteriormente tiene qué ver con la forma, pero cuando vamos a la sustancia es cuando hallamos las más grandes pérdidas. Claro que, como en todo, tenemos cantos contemporáneos excepcionales donde la letra ha sido cuidada y exaltan a Cristo por su obra sacerdotal lograda a través de su cruz, su resurrección y su entronización en los cielos, todo expresado no con la imaginación visceral del “compositor”, sino con adecuados y precisos términos bíblico-teológicos. Pero hay cantos que no sólo se contentan con estropear la gramática española, sino también la doctrina bíblica e histórica. Y la mayoría de los cantos ni perjudican ni benefician, porque simplemente no dicen nada. Para llenar los vacíos de cantos tan pobres, debe recurrirse a otro error, la repetición innecesaria de alguna sola frase que parece denotar que para que Dios entienda hay que repetírsela muchas veces, o que para que nosotros entendamos bien lo que queremos decir se hace necesario repetírnosla. Esta vana repetición que vacía nuestra mente de significados y drena nuestra alma de una adoración digna del Ser más Sabio del universo, no tiene parangón en la Biblia donde sí se nos ofrecen prototipos de himnos inspirados. Incluso, el Salmo 136, donde se repite la hermosa declaración, “porque para siempre es tu misericordia”, está valiéndose de un recurso poético hebreo que realza esa verdad, pero no repitiendo vanamente, sino luego de varias afirmaciones diferentes una de la otra. Las repeticiones vanas (aunque a nosotros no nos  parezcan vanas), de las que Jesús nos previno (Mt. 6:7), son necesarias para que las mantras funcionen, y eran necesarias para despertar a Baal (1° R. 18:26-29), pero jamás fueron un elemento litúrgico del cual los adoradores israelitas y/o cristianos tuviesen que depender, porque simplemente tenían un concepto de Dios diferente y extraño al nuestro.

Dicho en pocas palabras, jamás en toda la historia del culto judío, y jamás en toda la historia de la iglesia cristiana, Dios recibió tan pobre alabanza como la de nuestros días. Jamás antes se le entregó algo tan mal hecho. Esto se debe a un síndrome completado por tres factores: 1) La baja cultura y pobre formación doctrinal de los actuales compositores, 2) las iglesias que preferimos darnos gusto a nosotros mismos aunque sacrifiquemos elementos bíblicos e históricos debido a que no nos dan un “masajito” a nuestros sentidos, y 3) a la tendencia psico-social denominada posmodernismo que ha logrado un posicionamiento dentro de nuestras iglesias que denota que así como hemos sido incapaces de influenciar al mundo, también hemos sido incapaces para evitar que el mundo nos influencie a nosotros.

Si Dios es como él dice que es, entonces merece lo mejor, y le estamos dando lo peor. Lo mejor se maneja hoy dentro de los círculos literarios seculares, pues lo mejor, literariamente hablando, no encuentra lugar en la iglesia. Pero podemos tranquilizarnos gratuitamente diciéndonos que somos sinceros, “al cabo que es para el Señor”. Podemos resolverlo pidiendo “un aplauso para Cristo”, y si nos hace sentir bien, ¡entonces está bien! Si el punto de referencia somos nosotros mismos, y la subjetividad va a sustituir a la objetividad, entonces todo está resuelto. Pero si concordamos en que Dios es Perfecto y Sublime, y que a él le interesan no sólo las intenciones sino también las acciones, y si él se alegra no sólo por la sustancia sino también por la forma de las cosas, entonces nuestra fe en él debería llevarnos a examinarnos a nosotros mismos. ¿Podríamos vislumbrar algún día cuando él sea algo más serio, más grande, más honorable ante nuestros ojos? ¿Podríamos hacer algo más refinado para nuestro Padre, que conserve lo mejor que ya tenemos, pero que limpie el tamo que no es trigo?

Pbro. Bernabé Rendón M.

14 comentarios sobre “Editorial

  1. Comparto este artículo interesante sobre la Himnologia escrito por el Pbro. Bernabe Rendon. No estoy completamente de acuerdo con él, pero reconozco hay mucho de verdad en este artículo que debe hacernos reaccionar. La riqueza himnológica no la podemos negar, es parte de nuestra herencia e identidad, y más como metodistas; pero no podemos soslayar la riqueza del canto contemporáneo, sólo que bien elegido y pensado; por ejemplo: Incluir estribillos que sean congregacionales con letra y música, en que se mencione al Padre, al HIjo o al Espírtu Santo; que cumplan un propósito de llamado, es decir, Salvación, Santidad, Consagración, Servicio; que no se incluya ningún estribillo sin saber su origen y bien consensado con la comisión de música y el pastor; que se revisen bien las proyecciones de la letra en diapositivas para no distorsionar el lenguaje, etc.; y que el canto en cuestión invite a cumplir el Gran Mandamiento y la Gran Comisión. Lo puse en mi muro. El reconocimiento para ti Berna. Dios te bendiga.

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    1. Obispo Fernando, esa era la idea con el Editorial, cuando dije que sin perder lo que ya tenemos (la himnología contemporánea), logremos darle la formalidad que Dios merece (como lo hacen los himnos incluídos en la Biblia). Bendiciones.

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  2. Hola Pastor, el Señor le bendice, gracias por este interesante y fundamentado artículo, hace años que venimos observando como se incrementan en nuestros Cultos los llamados tiempos de alabanza con coritos y repetitivos cantos, así como el uso de pantallas, con lo cual los congregantes ya no tienen que llevar consigo ni Biblia ni el Himnario.
    Ya de por sí no todos estudian la Palabra entre semana, pues hemos favorecido que otros más no la abran ni el domingo. El Señor nos de sabiduría y le adoremos conforme a su voluntad.

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  3. Excelente artículo, totalmente de acuerdo, gracias Pastor Bernabé Rendón por el tiempo que nos instruyó en la iglesia con todo esto que menciona, porque nos enseñó hermosos himnos con los cuales glorificamos a Dios, sus enseñanzas estaran atesoradas en mi corazón y en el de muchos, Bendiciones.

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    1. Gracias, Obispo. El plan es despertar inquietudes y reacciones que resulten en un análisis multilateral. Es la única manera de darle paso a la luz. Bien dijeron los cristianos jerosolimitanos: “Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…” Bendiciones.

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  4. Que el Señor de la mies llene de gracia su vida y nos ayude a preservar la sana doctrina a travez de redacciones como la suya.
    El reino de los cielos………………y los valientes lo arrebatan
    El Señor nos ayude a luchar por su verdadera Iglesia.
    Felicidades pastor
    Hidilberto Paredes E.
    Iglesia Metodista “El Mesias
    Balderas 47.

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  5. Estoy completamente de acuerdo y tenemos una gran riqueza en nuestra himnologia que no debemos perder su música es hermosa y las letras de los himnos son todo un mensaje teológico .

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