Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 27
Monterrey, N.L., 30 de septiembre, 2015
Se nos va septiembre, y con ello las fiestas patrias mexicanas. Con la inseparable algarabía de estos festejos, nos tocó conmemorar el aniversario de nuestra independencia, contabilizado no desde la finalización de la guerra (1821) sino desde el inicio (1810). Luego de un imperio de sólo dos años de duración, México se hizo República, y como tal, reconoció la democracia como un pilar que la justificaría.
La democracia de nuestra República es la tarea que nos toca continuar, ya sea desde el ámbito espiritual (oración y ayuno), ya sea desde la participación activa en la vida política y social. Aún estamos lejos de haber terminado. La democracia es una palabra que está en todos los discursos políticos, en las aspiraciones de los mexicanos, en las oraciones de los cristianos, pero relativamente ausente en la realidad. Así como los Estados Unidos de Norteamérica no pueden seguir presumiendo su democracia mientras ciudadanos afroamericanos estén siendo asesinados por policías angloamericanos sin el consiguiente castigo jurídico equivalente, tampoco México puede solazarse por ser un país verdaderamente democrático mientras aquellos ciudadanos que disientan en las calles de algunas políticas gubernamentales corran el peligro de una desaparición forzada.
Aún más lejos estamos de una teocracia. Este ideal bíblico nunca ha sido implementado en ninguna parte, a pesar de que rogamos repetidamente: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10). Dios la propuso desde el día en que reveló sus leyes al pueblo que había liberado, pero Israel ha fracasado en todas las épocas de su historia con este plan que se les ofreció. La iglesia cristiana no ha sido la excepción, ya que todos los intentos que hizo por crear proyectos de comunidades teocráticas, tanto en el sector católico como en el protestante, terminaron en espantosos desastres. Y ni qué decir de los países musulmanes que por decidir una política y cultura teocráticas, han terminado en la intolerancia, la persecución y el homicidio.
En las actuales condiciones es peligroso para cualquier pueblo pretender una teocracia, simplemente porque los instrumentos humanos que la administrarían serían líderes en cuyos corazones Dios no es el Rey absoluto. No son muchos los cristianos en quienes pueda verse con toda confianza una teocracia personal honesta. Los administradores de los misterios de Cristo solemos ser vistos frecuentemente como personas ambiciosas, egoístas, intolerantes, vengativas, deseosas de enseñorearse sobre otros, codiciosas, con intereses personales y más. Una teocracia terrenal puede ser vislumbrada únicamente por los cristianos de formación premilenarista, para una época futura cuando irrumpa el reino de Jesucristo, pero inconcebible en la mentalidad de los cristianos con formación amilenarista.
Parece, entonces, que la alternativa viable y posible es construir una democracia, esperando que los altos ideales de Dios de justicia, verdad, trabajo y paz se hagan presentes de ese modo, sin que esto signifique la renuncia a una teocracia que podría establecerse en este mundo o en el otro.
En el siglo V, San Agustín pensaba que la política era mala. Aun así, recomendaba que la iglesia cristiana (La Ciudad de Dios, como la llamó en su obra cumbre) participara en ella como algo propio de los creyentes en el mundo, con el interés de gozar la paz que resultara de un pueblo gobernado por personas justas, aunque ese pueblo y esos gobernantes no fueran cristianos. Transcribimos aquí algunas líneas de ese tesoro del saber humano en la literatura universal que es la obra La Ciudad de Dios, lo mejor que Agustín pudo escribir. Podemos hallarlas en el Libro Decimonoveno, Capítulo XXVI, De la paz que tiene el pueblo que no conoce a Dios de la cual se sirve el pueblo de Dios, mientras peregrina en este mundo:
“Así como la vida de la carne es el alma, así la vida bienaventurada del hombre es Dios, de quien dicen los sagrados libros de los hebreos: «Bienaventurado es el pueblo cuyo Señor es su Dios» Luego miserable e infeliz será el pueblo que no conoce a este Dios. Sin embargo, este pueblo ama también cierta paz que no se debe desechar, la cual no la tendrá al fin, porque no usa y se sirve de ella bien antes del fin.
Pero goza de ella en esta vida, y también nos interesa a nosotros, porque entre tanto que ambas ciudades andan juntas y mezcladas, usamos también nosotros y nos servimos de la paz de Babilonia, de la cual se libra el pueblo de Dios por la fe, entre tanto anda peregrinando en ella. Por eso advirtió el Apóstol a la Iglesia que hiciese oración a Dios por sus reyes y por los que están constituidos en algún cargo o dignidad pública, añadiendo: «Para que pasemos la vida quieta y tranquila, con toda piedad y pureza.» Y el profeta Jeremías, anunciando al antiguo pueblo de Dios cómo había de verse en cautiverio, mandándoles de parte de Dios que fuesen de buena gana obedientes a Babilonia, sirviendo también a Dios con esta conformidad y resignación, igualmente les advirtió y exhortó, a que orasen por ella, dando inmediatamente la razón, «porque en la paz de esta ciudad, dice, gozaréis vosotros de la vuestra»; es a saber, de la paz temporal y común a los buenos y a los malos.”
Pbro. Bernabé Rendón M.



Ciña ¡oh Patria! tus sienes de oliva
de la paz el arcángel divino,
Ciña, es decir, un subjuntivo. No es un imperativo, «ciñe». Es una expresión poética de esperanza en el triunfo. Así mismo se implica la importancia de la intervención divina. Un arcángel es una autoridad competente para resolver conflictos internacionales. El deseo del poeta es la paz con justica. La paz otorgada por un ser sobrenatural. El truinfo verdadero es la base de una paz duradera. El poeta espera que Dios mismo otorgue la paz cada vez que haya una victoria. La victoria ha de ser en la linea misma del carácter divino, de lo contrario el gobernante de los ángeles, no otorgara dicha corona.
Me gustaMe gusta