El precio de la Gracia (Parte 20)

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Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora la segunda fracción del Capítulo 4, La Iglesia Visible).

  1. barraLa Iglesia Visible (segunda fracción)

Esta joven Iglesia era visible a todos y, cosa bastante singular, «hallaban gracia ante todo el pueblo» (Hch 2, 47). ¿Es que la ceguera del pueblo de Israel no le permitía ver la cruz de Jesús tras esta comunión plena? ¿Se trata aquí de una anticipación de aquel día en que todo pueblo deberá honrar al pueblo de Dios? ¿Se trata de esa benevolencia divina por la que, precisamente en los tiempos de crecimiento, de seria lucha, de separación entre creyentes y enemigos, Dios establece alrededor de la Iglesia un cerco de bienestar puramente humano, de interés humano por el destino de la Iglesia, o se trata de que este pueblo ante el que la Iglesia hallaba gracia era el que había gritado «hosanna», pero no «crucifícale»?

«El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvan). Esta Iglesia visible de la comunidad de vida plena irrumpe en el mundo y le arrebata a sus hijos. El crecimiento diario de la Iglesia prueba el poder del Señor que vive en ella. Lo que cuenta para los primeros discípulos es: allí donde está su Señor deben estar ellos también; allí donde se encuentren ellos se también su Señor hasta el fin del mundo. Todo lo que hace el discípulo lo hace en comunión con la Iglesia, en cuanto miembro de ella. Hasta el acto más profano se realiza ahora en la Iglesia. Así sucede en el cuerpo de Cristo: allí donde se encuentra un miembro, se halla igualmente el cuerpo entero, y donde está el cuerpo, está también el miembro. No hay ningún dominio de la vida en el que el miembro pueda o quiera separarse del cuerpo.

En cualquier sitio donde se halle un miembro, haga lo que haga, todo lo realiza «en el cuerpo», en la Iglesia, «en Cristo». Toda su existencia está centrada «en Cristo». El cristiano es fuerte o débil en Cristo (Flp 4, 13; 2 Cor 13,4), trabaja, se esfuerza o se alegra «en el Señor» (Rom 16,9.12; 1 Cor 15, 58; Flp 4, 4), habla y exhorta en Cristo (2 Cor 2, 17; Flp 2, 1), ejerce la hospitalidad en Cristo (Rom 16,2), se casa en el Señor (1 Cor 7,39), es prisionero en el Señor (Flp 1, 13.23), es esclavo en el Señor (l Cor 7,22). Toda la plenitud de las relaciones humanas entre los cristianos está circunscrita por Cristo, por la Iglesia.

El esclavo Onésimo había huido de su dueño Filemón que era creyente, causándole un grave perjuicio; pero después de su bautismo, Filemón «lo recuperará para siempre» (Flm 15) «no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido… no sólo en la carne, sino también en el Señor» (Flm 16). Como un hermano «en la carne», insiste Pablo; y con ello nos previene contra el peligroso error de todos los cristianos «privilegiados», que aceptan en el culto la comunión con los cristianos de menor crédito o que no poseen los mismos derechos, pero que no dejan que esta comunión se haga eficaz fuera de este estadio.

¡Un hermano de Filemón según la carne! Filemón debe recibir fraternalmente a su esclavo como si se tratase del mismo Pablo (v. 17), debe olvidar fraternalmente las molestias que le ha causado (v. 18). Filemón debe hacer todo esto voluntariamente, aunque Pablo tiene autoridad para dictarle órdenes en este punto (v. 8-14), y ciertamente Filemón hará mucho más de lo que se le pide (v. 21). Un hermano según la carne, porque está bautizado. Aunque en adelante Onésimo siga siendo esclavo de su dueño Filemón, todo ha cambiado en sus relaciones mutuas. ¿Por qué? Porque el libre y el esclavo se han convertido en miembros del cuerpo de Cristo.

Ahora, en su comunión, como en una pequeña célula, vive el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Todos los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos sois uno en Jesucristo (Ga13, 27s; Col 3, 11). En la Iglesia, ya no se considera al prójimo como libre o esclavo, como hombre o mujer, sino como miembro del cuerpo de Cristo. Esto no significa que el esclavo ya no sea esclavo, ni que el hombre ya no sea hombre. Pero significa que en la Iglesia ya no hay que preguntar a nadie si es judío o griego, hombre libre o esclavo. Esto es precisamente lo que hay que excluir. Sólo vemos los unos en los otros nuestro carácter de miembros del cuerpo de Cristo, es decir, el hecho de que todos somos uno en él. El judío y el griego, el libre y el esclavo, el hombre y la mujer se hallan en adelante en comunión, formando parte de la Iglesia del cuerpo de Cristo. Allí donde viven, hablan, actúan, se encuentra la Iglesia, están en Cristo. Pero con esto, también se determina y transforma de modo decisivo su comunión. La mujer obedece a su marido «en el Señor», el esclavo sirve a Dios al servir a su dueño, el señor sabe que también él tiene un Señor en el cielo (Col 3, 18-4, 1), pero ahora son hermanos «en la carne y en el Señor»

La Iglesia penetra en la vida del mundo y conquista un espacio para Cristo; porque lo que está «en Cristo» no se encuentra ya bajo la soberanía del mundo, del pecado y de la ley. En esta comunión renovada, ninguna ley del mundo puede decidir nada. El dominio del amor fraterno cristiano está sometido a Cristo, no al mundo. La Iglesia no puede admitir límites en su servicio de amor fraterno, en su servicio de misericordia. Porque, allí donde se encuentra el hermano se halla el propio cuerpo de Cristo, y allí donde está el cuerpo de Cristo se halla también siempre su Iglesia, y es preciso que yo también me halle.

Quien pertenece al cuerpo de Cristo está liberado del mundo, es llamado a salir de él; y es preciso que esto se haga visible al mundo no sólo por la comunión del culto y del orden en la Iglesia, sino también por la nueva comunión de la vida fraterna. Cuando el mundo desprecia a un hermano, el cristiano le amará y servirá; cuando el mundo usa la violencia contra este hermano, el cristiano le ayudará y le consolará; cuando el mundo le deshonre y ofenda, el cristiano entregará su honor a cambio del oprobio de su hermano. Cuando el mundo busque su provecho, el cristiano se negará a hacerlo; cuando el mundo practique la explotación, él se desprenderá

de todo; cuando el mundo practique la opresión, él se someterá para salir victorioso. Si el mundo se cierra a la justicia, él practicará la misericordia; si el mundo se envuelve en la mentira, él abrirá la boca para defender a los mudos y dará testimonio de la verdad. Por amor a su hermano

-judío o griego, esclavo o libre, fuerte o débil, noble o no- renunciará a toda otra comunión en el mundo, porque está al servicio de la comunión del cuerpo de Cristo. No puede permanecer oculto al mundo en esta comunión. Ha sido llamado y sigue a Cristo. Pero, que permanezca cada cual tal como le halló la llamada de Dios.

¿Eras esclavo cuando fuiste llamado? No te preocupes. Y aunque puedas hacerte libre, aprovecha más bien tu condición de esclavo. Pues el que recibió la llamada del Señor siendo esclavo, es un liberto del Señor; igualmente, el que era libre cuando recibió la llamada, es un esclavo de Cristo. ¡Habéis sido bien comprados! No os hagáis esclavos de los hombres. Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en el estado en que fue llamado (1 Cor 7, 20-24).

¿No ha cambiado absolutamente todo en relación con la primera llamada de Jesús al seguimiento? Entonces, los primeros discípulos debieron abandonarlo todo para ir con Cristo. Se nos dice: que cada uno permanezca en el estado en que se encontraba cuando fue llamado. ¿Cómo resolver esta contradicción? Reconociendo que, tanto en la llamada de Jesús como en la exhortación del apóstol, sólo se trata de conducir a aquel a quien se dirigen estas palabras a la comunión del cuerpo de Cristo. Los primeros discípulos debían acompañar a Jesús para hallarse en comunión corporal con él. Pero ahora, por la palabra y el sacramento, el cuerpo de Cristo no está ya vinculado a un lugar único de la tierra. Cristo resucitado y glorificado está más cerca del mundo; el cuerpo de Cristo, bajo la forma de la Iglesia, ha penetrado hasta dentro del mundo. Quien está bautizado penetra por el bautismo en el cuerpo de Cristo. Cristo ha venido a él, ha tomado su vida sobre sí y, de este modo, ha arrebatado al mundo lo que le pertenecía. Si alguno ha sido bautizado siendo esclavo, ha sido hecho partícipe de la comunión del cuerpo de Cristo como esclavo.

Siendo esclavo ha escapado del mundo para convertirse en liberto de Cristo. El esclavo puede seguir siendo esclavo. En cuanto miembro de la Iglesia de Cristo ha recibido en herencia una libertad que ninguna insurrección, ninguna rebelión le hubiesen podido proporcionar, ni se la podrían proporcionar en el futuro. En realidad, no es para ligarlo más estrechamente al mundo, para «anclan> su vida en el mundo de una forma «religiosa», para hacer de él un ciudadano mejor y más fiel a este mundo, para lo que Pablo exhorta al esclavo a permanecer en su estado. Realmente, Pablo no habla para justificar o robustecer cristianamente un siniestro orden social.

Si Pablo rechaza la rebelión no es porque la situación del mundo sea tan buena y divina que resulte innecesario cambiarla, sino porque el mundo ha saltado de sus goznes con la venida de Jesucristo, con la liberación que han experimentado en Cristo tanto el esclavo como el hombre libre. Una revolución, un cambio de orden social ¿no oscurecerían la visión del nuevo orden divino de todas las cosas en Jesucristo y la institución de su Iglesia?

Todo intento de este género ¿no amenazaría con impedir, con retardar la decadencia de todo el orden mundano y la irrupción del reino de Dios? Por consiguiente, si el esclavo debe seguir siendo esclavo, no es porque debamos considerar el cumplimiento de las profesiones mundanas como realización de la vida cristiana, sino porque al renunciar a rebelarnos contra los órdenes de este mundo expresamos de forma adecuada que el cristiano no espera nada del mundo, sino que lo espera todo de Cristo y de su Reino. Puesto que el mundo no necesita reforma, sino que está maduro para su destrucción… ¡que el esclavo siga siendo esclavo!

Es objeto de una promesa mejor. El hecho de que el Hijo de Dios haya «tomado forma de siervo» (Flp 2, 7) al venir a la tierra ¿no constituye un juicio suficiente para el mundo y un consuelo suficiente para el esclavo? El cristiano que ha sido llamado siendo esclavo ¿no está ya, precisamente en medio de su existencia de esclavo en el mundo, suficientemente alejado de este mundo que podría amar y desear, y con el que podría consolarse? Sufra, pues, el esclavo no como un hombre rebelde, sino como miembro de la Iglesia y del cuerpo de Cristo. Al hacer esto, conseguirá que el mundo quede maduro para su destrucción.

«No os hagáis esclavos de los hombres». Ahora bien, esto podría producirse de dos formas: una, insurreccionándose y rebelándose contra las autoridades establecidas; otra, sublimando religiosamente a las autoridades establecidas. «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en el estado en que fue llamado». «Ante Dios»… y, por consiguiente, «no os hagáis esclavos de los hombres», ni por la insurrección, ni por una falsa sumisión. Permanecer ante Dios en su estado significa permanecer unidos, en medio del mundo, al cuerpo de Cristo en la Iglesia visible, transmitir en el culto y en el seguimiento el testimonio vivo de la victoria sobre este mundo.

Por consiguiente, «que todos estén sometidos a las autoridades constituidas» (Rom 13, l s). El cristiano no debe aspirar a situarse en el mismo plano de los que tienen el poder; su vocación es la de permanecer abajo. Las autoridades están arriba, mientras él se encuentra abajo. El mundo reina, el cristiano sirve; así está en comunión con su Señor, que se hizo esclavo. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros; sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos»

(Me 10, 42-45).

«Pues no hay autoridad que no provenga de Dios». Esta frase está dirigida al cristiano, no a las autoridades. Los cristianos deben saber que precisamente en esta situación inferior a la que las autoridades los han relegado, reconocen y cumplen la voluntad de Dios. Los cristianos deben consolarse pensando que Dios mismo quiere actuar en bien de ellos a través de las autoridades, que su Dios es también el Señor de las autoridades.

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