El salmista nos anima diciendo: El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía, y castillo mío, mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro. Escudo y defensa es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará.
Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Dios, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada; pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y la víbora pisarás, hollarás al cachorro del león y al dragón. Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.
Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré), en la primera resurrección, (la de los salvos). Lo saciaré de larga vida (la vida eterna) y le mostraré mi salvación (Salmo 91).
Los que profesionalmente nos hemos enfrentado por más de 45 años a la muerte, dado que miles de nuestros pacientes han llegado a nuestro consultorio y hospital en estadios muy avanzados de cáncer, nos hemos percatado más que la mayoría de las personas, de lo importante y trascendental que puede ser, al estar amenazados de muerte inminente, el concepto que tengamos sobre la muerte y la eternidad.
Muchos que durante toda su vida de adultos habían presumido de ateos, ante la espantosa noticia de que están desahuciados, rápidamente nos solicitan que les orientemos sobre lo que les espera en el periodo de agonía, y que les comentemos sobre nuestra fe en la esperanza de la vida en el más allá.
Además, cuando la muerte en forma despiadada y frecuentemente cruel, termina con la vida de un ser amado, que muchas veces, hasta hace unos pocos meses gozaba de excelente salud, felicidad y prosperidad, y era considerado una verdadera bendición para la sociedad, gente decente, útil, necesaria, productiva y ejemplar, los familiares cuya fe no está firmemente fundamentada en la persona de Jesucristo y sus fieles promesas, entran fácilmente en la desesperación y en un doloroso estado de angustia y pérdida irremediable.
Las escenas de dolor y llanto de tantas amorosas madres que están dispuestas no solo a dar su médula ósea y un riñón para salvar a sus hijos, sino su vida a cambio, son verdaderamente conmovedoras, sobre todo cuando no están seguras de lo que les espera a sus amados, al terminar su vida aquí.
Al respecto, Alfonso Aguiló, comenta: Todos hemos visto pasar cerca –cuando no nos ha dado ya de lleno alguna vez– ese dolor tremendo que produce la pérdida de un ser querido. La mayoría de las veces casi no sabemos cómo consolar a esas personas. Les decimos unas palabras, procuramos darles ánimo, pero, al final, casi solo queda acompañarles con nuestro silencio. Pensamos en su sufrimiento, en el vértigo que quizá sientan. A veces te dicen que su vida ha perdido ya todo su sentido, que no entienden, que no encuentran respuesta, que chocan contra ese misterio de la muerte, que nada les puede consolar.
Es que a veces no es fácil darles una respuesta. No es fácil, pero desde la fe hay algunas respuestas. Para quienes tenemos fe, la muerte es una despedida, a un tiempo doloroso y alegre. Un cambio de casa, de esta de la tierra a la del cielo. No es que la fe haga desaparecer esa herida como por encanto, sino que la cicatriza por medio de la esperanza, porque sabemos que los muertos no se mueren del todo.
¿Y los que no creen en nada? Para quienes la muerte no es más que la ruina biológica definitiva, sin nada detrás, efectivamente la respuesta es mucho más difícil. Quizá pudiera ser este un motivo más de credibilidad: la vida sin fe es como una broma cruel que termina un día casi sin avisar. La vida sin Dios no sabe qué hacer con la muerte, no tiene respuesta al miedo a morir, no cuenta con ninguna palabra de esperanza que atraviese el temible silencio de la muerte.
A quienes no tienen fe, la muerte les recuerda desafiante que su forma de entender la vida no tiene para la muerte una explicación satisfactoria. Sin Dios, sin un más allá, ¿qué auxilio puedo esperar para la oculta herida abierta en mi corazón por la muerte, por mi egoísmo y el egoísmo de los demás?
Una criatura, antes de nacer, no sabe absolutamente nada de lo que le espera. Les sucede lo mismo a los no creyentes en relación con la muerte: no saben qué les espera. Sin embargo, la madre, como los que tienen fe, ante los dolores –tanto los del parto como los de la muerte– pone su esperanza en la nueva vida.
El humano no puede atesorar su vida. No puede retenerla. La vida es una hemorragia. La vida se va. ¿Hacia dónde? ¿Hacia el vacío? ¿Hacia la nada? Es inevitable que el hombre se plantee la cuestión de su salvación. De lo contrario, la vida sería como un torrente que inevitablemente nos conduce al abismo. Creer en la salvación es creer que en alguna parte nuestra vida queda recogida.
Si todo se acabara con la muerte, es difícil encontrar sentido incluso al esfuerzo por ser buena persona. Algunos cifran sus afanes en trabajar por un mundo mejor, por lograr que fuera menos malo. Eso está bien, pero sería muy corto reducir nuestras esperanzas a un arreglo más satisfactorio de esta tierra. Todo ese sufrimiento, todo el esfuerzo de una vida, todas esas lágrimas –comenta André Frossard–, toda la sangre que empapa y desborda nuestra historia, ¿no habrían servido entonces más que para construir una ciudad terrena ideal, cuya inauguración se iría aplazando indefinidamente para una fecha posterior?
Pero ¡Gloria a Dios! Que la Biblia dice: El cuerpo hecho polvo se vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio; pues está establecido para los humanos que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Así También Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.
Así, todos los que hemos puesto nuestra fe en Jesucristo y sus fieles promesas bíblicas, podemos confiar en que cuando Jesucristo nuestro Salvador regrese, todos seremos transformados, y que en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?
Por tanto, no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen (en el sepulcro), para que no se entristezcan como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron (murieron) en Él. Por lo cual les decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la (segunda) venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero, incorruptibles, inmortales, perfectos y gloriosos.
Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, cuando el mismo Dios de paz nos santifique por completo, y todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea presentado irreprensible en la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo, y así estaremos siempre con el Señor. Porque Fiel es el que nos llama, el cual también lo hará. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación integral (en espíritu, alma y cuerpo), en la resurrección, por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos (muramos), vivamos juntamente con Él. Por tanto, aliéntense, anímense y edifíquense unos a otros con estas palabras.
¡Qué bueno que la Biblia dice: Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor (gran Dios y Salvador), y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo! Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en Él cree, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo que es Señor (Dios) de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
Jesucristo, al invocarlo con su último aliento, le dijo al pecador que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el Paraíso (el seno de Abraham, donde reposan los espíritus de los salvos, mientras llega la primera resurrección), a pesar de que nunca se bautizó, nuca puso un pié en un templo, y nunca tuvo la oportunidad de hacer obras dignas de arrepentimiento. Y digo qué bueno, porque aunque no es lo ideal, ni el perfecto plan de Dios para nuestras vidas terrenales, aún en el lecho de muerte, podemos invitar a las personas a que con una sencilla oración, invoquen el nombre de Jesucristo, crean en Él, y le acepten, reciban y le confiesen como su único y suficiente Salvador.
¡Qué bueno que aún al que nosotros por las apariencias y sus frutos de iniquidad, juzgamos como el más vil, despiadado y condenado de los pecadores, mientras tenga aliento y conciencia, tiene la oportunidad de ser salvo! Dijo Jesucristo: De cierto les digo, que los publicanos y las rameras que se arrepintieron y creyeron, irán delante de nosotros al reino de Dios.
Por todo esto, es que solo el cristiano puede decir confiadamente: Tengo por cierto que, siendo que por la gracia y la fe en Jesucristo, hemos sido hechos hijos de Dios y coherederos con Jesucristo del reino de los cielos, las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. ¡Aleluya! Por tanto: No nos cansemos pues de predicarle el evangelio a toda criatura, porque la promesa


