Los siguientes comentarios breves no fueron redactados para su publicación en este órgano informativo, sino localizados y rescatados de diferentes comunicados que el Obispo Fernando Fuentes Amador envió mediante las redes sociales a su área episcopal. Es iniciativa de este periódico su publicación, ya que su contenido tiene un valor pastoral aprovechable para todos nosotros.
NO ENCIENDAS ALGO QUE PROBABLEMENTE NO PUEDAS APAGAR.
Leyendo al Apóstol Pablo en Romanos 1:18-32, vemos cómo establece que todo pecado, extravío, todo mal o quebranto proviene de tres cosas: Primero, (25) cambian la verdad por la mentira; segundo, (27), encienden apetitos y pasiones que no pueden controlar; tercero (28), no aprobaron tener en cuenta a Dios. Las tres cosas -que no son limitativas, pues el pasaje enseña muchas cosas más- establece (y quiero hacer énfasis en esto), la palabra ENCENDIERON. Otra versión dice: «ardieron»…en el sentido de prender, iniciar un fuego.
Aquí la pregunta es: ¿cuántas veces hemos encendido cosas como pasiones, sentimientos, pecados, hábitos que no hemos podido apagar y controlar? Aquí el pasaje habla de encender su lascivia, su aspecto sexual y sensual de manera incorrecta; después, aunque quieran, es muy difícil de apagar, pues el cuerpo tiende a la adicción y nuestro cuerpo encuentra rutas fáciles para volver y conectarse con aquello que le suministra placer temporal y paliativo a una situación. No soy freudiano, creyendo e interpretando que el hombre y la mujer son seres sólo sexuados y toda su vida, felicidad, depresión, enojo, reprensión, su introyección, o proyección están ligados mera y absolutamente con el sexo; el hombre es más que libido; pero esta parte es importante y a donde Pablo nos quiere llevar al advertirnos «NO ENCIENDAS COSAS EN TU VIDA QUE NO PUEDAS APAGAR, CONTROLAR O DOMINAR». Pero si por azares del destino, o provocadas intencionalmente por ti, has encendido cosas no correctas, el Señor te dice: «Toda cosa que no sembró mi Padre será desarraigada» (Mateo 15:13). El Padre está aquí a través de Cristo para apagar y desarraigar. Sólo él lo puede hacer, no hay otro camino: sólo el camino de la Cruz.
LA VIDA EN ABUNDANCIA.
Jesús establece que él viene para que tengamos vida y VIDA EN ABUNDANCIA; por el contrario, el enemigo viene para hurtar, matar y destruir (Juan 10:10). Hay otras versiones que traducen que él ha venido para que «no nos falte nada», tener una «vida completa», una vida feliz; una vida «integra»; es decir que no sobra ni falta.
Leyendo a Thomas Hobbes en su libro El Leviatán, expresa de manera sucinta el sentimiento universal y general de nuestro mundo: «y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve…” Y esto añade a causa de la competencia, la desconfianza y la vanagloria de la vida. Él está describiendo lo que el enemigo trae a la vida de la gente: la empobrece, la llena de temor y peligro, la hace violenta, difícil, solitaria, abigarrada y breve; si tienes este diagnóstico en tu vida, entonces estás en las manos equivocadas, en aquellas que hurtan, matan y destruyen.
Jesucristo ha venido para dar propósito y sentido a la vida, a salvar lo que se había perdido, a resucitar lo que ha muerto, a levantar lo caído, a sanar lo enfermo, a darle dirección a lo extraviado, a reconciliar lo peleado, a enriquecer lo empobrecido, a dar esperanza contra esperanza, a dar amor donde ha habido odio, a establecer fe donde ha existido incredulidad. Venid a mí, dice él hoy, los que estén cansados y cargados que YO LOS HARÉ DESCANSAR. La vida es bella, la vida es abundante en Dios.
«COMO SAETAS EN MANOS DEL VALIENTE, ASÍ SON LOS HIJOS HABIDOS EN LA JUVENTUD» (Salmos 127:4).
Las saetas no son lo que conocemos como flechas; hay una acepción de la palabra pecado -amartía- que significa errar el blanco (también significa hacer lo malo, quebrantar los mandamientos del Señor, etc.). Esto nos trae la imagen mental de un tirador dando en el medio de círculos concéntricos, entre más al centro das, eres más certero, es decir que no hierras, no pecas.
La Biblia establece que los PADRES son los valientes, que DIOS les ha dado a sus hijos ¿para qué?, para lanzarlos y guiarlos intencional y direccionalmente al blanco para el cual fueron creados. ¿Cuál es el blanco? Que sean a imagen y semejanza de Dios, de Cristo; que se cumpla en ellos el plan perfecto, su perfecta voluntad en ellos; y al LANZARLOS, da la enseñanza de que ellos deben llegar mucho más allá de donde nosotros hemos llegado, tienen que ser mejores, deben ir más alto, mucho mejor. No seremos avergonzados con esta clase de hijos que son UNA HERENCIA, UN TESORO, ESTIMADOS Y DIRECCIONADOS HACIA EL PLAN PERFERCTO DE DIOS.
«TUS HIJOS COMO PLANTAS DE OLIVO ALREDEDOR DE TU MESA» (Salmos 128:3b). Siguiendo la reflexión anterior, voy a hacer una alegoría al estilo Scoffield, que es válida como método de interpretación, siempre y cuando lo sepas y aclares… El aceite de olivo se utilizaba para cuatro cosas entre el pueblo de Dios, los hebreos; primero, como ungüento para sanar; segundo, como ungüento de perfumería; tercero, se utilizaba para ungir al rey y consagrar las cosas; y tercero, tenía fines culinarios altamente curativos.
De manera analógica y alegórica, Dios quiere que tus hijos sean sanos e irradien e impartan sanidad en lo que hablan y hacen; que donde quiera que vayan, haya un olor agradable, aceptable, deseable a través de su vida y carácter, que lleven en si el poder y la unción del Espíritu Santo, la salvación a los que los rodean predicando a Cristo; que den a las relaciones que tienen y a la gente que los rodea ese sazón de salud física, mental y espiritual que poseen en el Señor y por la dirección que tú les has dado (saetas en tus manos). Esta será la bendición del hombre y la mujer que temen a Jehová.
Volviendo a leer el libro El Príncipe, del Italiano Nicolás Maquiavelo, expresa una gran verdad; «La única manera de librarte de la adulación y la lisonjearía es permitir a los que te rodean una confianza hacia ti de tal manera que te digan la verdad, aunque no sea de tu agrado» (que por cierto no todos sus consejos en este libro son buenos, pues establece el ejercicio del poder sin ética y moral, pero la verdad es la verdad no importa en labios de quien se exprese).
La Palabra de Dios nos dice a través de David en el Salmo 12:2-4, «Falsedad habla cada uno a su prójimo; hablan con labios lisonjeros y con doblez de corazón. (3) Corte el SEÑOR todo labio lisonjero, la lengua que habla con exageración; (4) a los que han dicho: Con nuestra lengua prevaleceremos, nuestros labios nos defienden; ¿quién es señor sobre nosotros?» La lisonjería, según este pasaje, es hablar con doblez y con exageración. También SANTIAGO 3:5 dice: » Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de grandes cosas. Mirad, ¡qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!» La lisonjera es jactarse de grandes cosas o expresarlas, cuando no lo son, podemos desencadenar situaciones de peligro para nosotros y los demás. Por eso no hay como amar, decir y establecer la verdad en amor; y permitir que otros hacia nosotros mismos nos amen, nos digan y nos establezcan la verdad. Más valor tiene una persona que es sincera contigo que aquel que sólo quiere quedar bien contigo, no siendo honesto.
